Paul Auster: vuelve la magia del azar (por fin)

Entre los devotos de Auster, no eran pocos los que habían perdido la fe en que el autor de “El cuaderno rojo”, metido en una espiral de sobreproducción literaria y fallidas excursiones cinematográficas, recuperara el toque, el duende que condujo a que Brooklyn bautizara con su nombre uno de los días del año. Pero su última novela, “Invisible” (Anagrama/Ed. 62), supone un regreso en plena forma y la constatación de que le quedan caminos narrativos por explorar.
Texto: Antonio Lozano Foto: Jean-Christian Boucart

Ser muy consciente de que, conspirando entre sus capas rutinarias y lineales, la vida se guarda ases en la manga, hirviendo en su epicentro sucesos inexplicables, curiosidades asombrosas y caprichos del azar, es lo que ha hecho grande a Paul Auster (Nueva Jersey, 1947). Aferrándose a experiencias personales que encajarían con mayor suavidad en el ámbito de la ficción -un rayo que segó la vida de un compañero de campamento que le antecedía a la hora de cruzar una verja; recibir en custodia un lote de libros de un tío transhumante (y traductor de Virgilio y Homero); responder a una llamada telefónica confundiéndole con un detective de la agencia Pinkerton…-, el autor ha sustentado su hipnótica obra en el convencimiento de que nuestro primer motor es el hecho fortuito, de que somos producto de una improvisación perpetua, de una potencialidad infinita, retorcida e ingobernable. Alrededor de este principio, a un tiempo perturbador y esperanzador, ha extendido una telaraña de historias fascinantes, cuyo origen siempre sitúa en la caja negra de su cerebro, donde la invención literaria no es más que una pantalla o una posibilidad latente de experiencia real, donde un autoestopista, una piedra mágica, un cómico mudo o un cuaderno han ejercido de interruptores que activan aventuras metafísicas hacia ese misterio indescifrable que se llama ser humano.

A todo o nada

Carecer de un lápiz para que su ídolo de béisbol Willie May le estampara un autógrafo y leer a Dostoievski son dos novelescas hipótesis que siempre le ha gustado barajar para explicar su dedicación a la escritura. Su desesperada trayectoria profesional antes de la consagración no encierra mayores secretos, pues él mismo ha practicado la confesión catárquica en La invención de la soledad (en la que la muerte del padre coincide con el despegue creativo y sirve de salvación económica) y A salto de mata (donde, recordándonos al protagonista de Hambre de su admirado Hamsun, evoca su angustiosa relación con el dinero, que le condujo a ser grumete en un petrolero que cruzaba el Golfo de México, a ejercer de negro literario, a cuidar de una finca, a emplearse como telefonista en la sede parisina del The New York Times).

El revés que comportó suspender el examen de acceso a la Academia de Cinematografía de París se vio paliado, en parte, por el profundo amor hacia la literatura francesa surgido de su labor de traductor de Du Bouchet, Mallarmé, Sartre y Simenon, entre otros (faceta que pesó en el jurado que lo nombró Chevalier de L´Ordre des Arts et des Lettres). Tras una corta etapa como profesor de escritura creativa en Princeton y diecisiete sellos rechazando el manuscrito de Ciudad de cristal, se lo jugó todo a que viviría exclusivamente de sus libros o perecería en el intento. Y lo consiguió: 1) componiendo personajes con fracturas profundas a los que la vida viene a rescatar para conducirlos por carreteras secundarias, donde la locura y la perdición amenazan en cada esquina, donde la extrañeza es la norma, pero al final de las cuales aguarda una expiación (El libro de las ilusiones, La noche del oráculo, Brooklyn Follies); 2) bebiendo de la mitomanía yanqui (el primer alunizaje está presente en El Palacio de la Luna; la protesta anti Vietnam recorre Leviatán; los felices años 1920 y la Gran Depresión sirven de marco a Mr. Vértigo…); y 3) convirtiendo Brooklyn (su guarida junto a su esposa, la escritora Siri Hutsvedt, y su preciosa hija, la bisoña cantante y actriz Sophie, amén de cantera inspiradora) en escenario donde providencia y drama se fusionan con la naturalidad con que el día cede paso a la noche.

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Un cierto empacho

Sin embargo, este azote de la administración Bush Jr., adicto a los puritos holandeses Schimmelpenninks, pareció conjurar el miedo a la entrada en la sesentena escribiendo a destajo e insistiendo en aventurarse en un terreno, la dirección cinematográfica (con La vida interior de Martín Frost), en el que la magia de sus historias no acaba de cuajar (resulta sintomático que su único logro en la gran pantalla fuera sólo con palabras, las del guión de Smoke). Pese a que, en última instancia, es una cuestión subjetiva, hay bastante consenso en que los últimos libros de Auster habían perdido frescura y swing, y que el alto ritmo de producción jugaban en su contra. Por poco que se conozca su obra, Brooklyn Follies, que tuvo una gran fortuna comercial, era un flagrante reciclaje de Smoke, aderezado con toques de El Palacio de la Luna. Además, la obra que la precedió (La noche del oráculo) y las que le siguieron (Viajes por el Scriptorium y Un hombre en la oscuridad) orbitaron todas sobre el retrato de personajes baqueteados física y moralmente, el abuso de juegos metaliterarios y la extinción precipitada de absorbentes historias secundarias en beneficio de diatribas que mostraban el descontento del autor con el estado del mundo. También el aumento de su visibilidad, tanto por las entrevistas surgidas de sus novelas como a raíz de la concesión de premios, entre ellos el Príncipe de Asturias, contribuyeron a un cierto “empacho Auster”.

Por todo esto, que Invisible se cuente entre las mejores novelas de la dilatada carrera de Paul Auster es una noticia bomba. Podría explayarse uno sobre su compleja estructura con tres narradores en diferentes tiempos históricos y escenarios, las reflexiones abiertas sobre la moral humana y las subterráneas sobre los mecanismos de la ficción, la carga erótica y la osadía de tratar un incesto… pero, al final, de lo que se trata es que el escritor ha recuperado su subyugante capacidad de deslizarnos por una de sus narraciones como si de un suelo de mármol recién encerado se tratara. Soy de la opinión que, cuando sus libros introducen un elemento de misterio, un toque detectivesco en torno a un personaje intrigante –pienso en títulos como Fantasmas, Leviatán, El libro de las ilusiones– consiguen extraer lo mejor de él. Aquí cumple la función el ambiguamente mefistofélico Rudolf Born, posible asesino que intoxica la vida de un frágil aspirante a poeta en el que hallamos trazos de los años jóvenes de su creador. En cualquier caso, la garantía de la aspiradora marca Auster no ha caducado.

La memoria es engañosa

Hace un par de años declaraba que una combinación de urgencia y rabia explicaba en parte su alto ritmo de producción. ¿Estas sensaciones han ido a más desde entonces?
Los últimos cinco años han tenido un extraño ritmo para mí, con idénticos períodos de tiempo dedicados a escribir y a no escribir, pausas más largas entre uno y otro libro… Pero, cuando me he sentado frente al papel, me he descubierto trabajando en un estado cercano al frenesí. Habiendo acabado una nueva novela hace apenas dos meses, en la actualidad me encuentro vegetando, sin la menor idea sobre lo que voy a hacer a continuación.

Para crear a Adam Walker se inspiró en diversos episodios autobiográficos, como estudiar en Columbia, escribir poemas, establecerse una temporada en París… En este punto de su vida, ¿se encuentra recordando y pensando con frecuencia acerca de aquella etapa de su juventud? ¿Quizás viéndola con otros ojos? ¿O simplemente quería alejarse de los personajes machacados física y anímicamente de sus últimas novelas?
Entre 2007 y 2008 se celebró el cuarenta aniversario de muchos acontecimientos: la Guerra de los Seis Días, enormes concentraciones de tropas americanas en Vietnam, choques raciales en docenas de ciudades americanas, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la huelga de estudiantes de la Universidad de Columbia, Mayo del 68 en Francia, los tanques soviéticos en Praga… y la lista podría continuar un buen rato. Creo que quería revisitar aquellos años en Invisible. Fuera de algunos puntos de contacto superficiales (poesía, Columbia, París…), no tengo nada que ver con Walker.

¿Cómo recuerda la Nueva York de 1967?
Era una ciudad mucho más áspera y peligrosa que hoy en día.

Soy de la opinión de que un “toque de suspense”, como el que aporta un presunto asesinato en Invisible, amplifica alguno de sus mejores recursos como narrador.
Nunca he pensado en mí mismo como un escritor de suspense, sino como en un escritor a secas, puro y simple. Asimismo, me veo incapaz de juzgar mi propio trabajo.

Invisible despliega múltiples voces y una estructura compleja. ¿Afirmaría que es uno de los libros que más le han exigido y en que más se ha acercado a la idea original?
Al igual que parece ocurrir con todas mis novelas, Invisible empezó siendo una cosa para acabar mutando en otra. Encontré el libro mientras lo escribía. Por lo que respecta a las múltiples voces, llegaron de una manera orgánica, fluyeron de forma natural de la historia que estaba intentando componer. Son variaciones que sentí como necesarias.

Con su mezcla de erotismo, amor tormentoso, crimen, culpa… Invisible tiene un aroma muy francés, rozando el existencialismo. Uno casi puede imaginarse a Trufaut, Godard o Melville poniéndola en imágenes, ¿no cree?
No. Jamás concibo mis libros como películas. Siento que en el fondo son profundamente acinematográficos. Quizás por esto haya disfrutado tanto trabajando en la industria del cine, porque escribir y dirigir películas es muy diferente de escribir novelas.

El lector de Invisible se pregunta si Adam se habrá inventado o no algunos de sus recuerdos, si ha construido una novela a partir de fragmentos de su vida. ¿Hasta qué extremo piensa que todos nosotros tendemos a hacer ficción nuestra historia personal?
La memoria puede ser profundamente engañosa. Está repleta de distorsiones, errores, omisiones, trampas. En este sentido, efectivamente, para la mayoría de nosotros el pasado que acarreamos consiste en una ficción, y sí, todos nos estamos contando constantemente la historia de nuestra vida, con frecuencia rescribiéndola de año en año, de día en día.

Lugares ocultos

Born es un personaje malvado, un depredador. ¿Se ha cruzado en su vida con sujetos tan venenosos?
Preferiría no contestar a esta pregunta.

Si bien perturbadores, los pasajes en que expone la relación incestuosa entre Adam y su hermana rebosan ternura y alegría. ¿Fue con un cuidado especial de cara a no incomodar al lector?
Estoy de acuerdo en que son muy perturbadores, pero debo dejar claro que también lo son para mí. Fueron pasajes muy complejos de escribir. Por otro lado, puesto que Walker no se siente culpable por lo que hace (si es que de verdad llegó a hacerlo), al mismo tiempo desprenden una extraña sensación de inocencia.

Le he leído comentar el papel decisivo que el inconsciente juega en su creatividad. ¿Podría explicar de qué manera?
Todo proviene de lugares ocultos, a los que no tengo acceso. El miedo, el riesgo, no saber… éstas son las fuerzas que me empujan. Si las cosas tuvieran lugar en la superficie, si estuvieran cartografiadas de antemano, la escritura sería una actividad muy tediosa.

Asimismo, ha defendido la transparencia como uno de los principales objetivos de sus libros.
La claridad me parece mucho más subversiva que la oscuridad.

¿Le tienta la posibilidad de volver a dirigir películas?
En un mundo ideal me encantaría rodar otra película algún día. ¿Pero es éste un mundo ideal?

¿Diría que el nuevo clima desde la llegada de Obama ha tenido algún impacto en su trabajo?
Después de la inmensa ilusión que me produjo la elección de Obama, me descorazonó y chocó lo que le siguió. La derecha está haciendo cuanto queda en su mano para destruirlo y el aire que se respira en América se ha vuelto tóxico. Aún queda por ver si algo de esto se acaba filtrando en mi obra.

Ha concluido una nueva novela, Sunset Park. ¿Nos puede avanzar algo?
Su extensión es similar a la de Invisible, está ambientada en la actualidad y reúne diversos protagonistas, la mayoría de los cuales se encuentran en la veintena. Uno de los temas colaterales consiste en los efectos que la segunda guerra mundial tuvo en los libros, las películas y otras manifestaciones de la cultura popular, lo que me permite hablar de uno de mis films predilectos, Los Mejores Años de Nuesta Vida.

¿Qué suerte de legado literario le gustaría dejar atrás? ¿Qué querría que las futuras generaciones de lectores encontraran en sus libros?
Cualquier escritor desea que su trabajo perdure tras su muerte. El problema es que ninguno de nosotros jamás lo sabrá. Y no estoy intentando ser gracioso.

Quizás la idea de vivir una “experiencia austeriana” continuará circulando en el futuro con tanta frecuencia como ahora nos referimos a una “experiencia kafkiana”. ¿Qué le parecería?
Como no sé qué tipo de experiencia es esa, no puedo responderle.

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Escrito por el feb 9 2010. Archivado bajo Autores, Entrevistas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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