Luna caliente que deja frío

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Las quejas de los librófagos por las adaptaciones de libros al cine vienen de lejos. Y no es cierto que la película siempre sea peor que el libro. Como en todo, hay casos en todos los sentidos y no hay que ponerse exquisito. Y después hay que pensar que una cosa es el libro y otra la película: son lenguajes distintos, enfoques diferentes, etc.  Son obras diferentes. Dicho lo cual, también es cierto que hay cineastas que hacen un uso bastante cochambroso de los libros para sacar adelante sus películas. Hay un precedente muy interesante con Javier Marías y la presunta versión cinematográfica de Todas las almas, que se tituló El último viaje de Robert Rylands. Los directores, cuando los autores se quejan de la adaptación al cine, esgrimen muy ufanos su derecho como creadores a hacer una obra a su manera, con su estilo y se lamentan de quienes pretenden coartar su sagrado derecho a la libertad creativa. Quieren ser creadores libres, parece perfecto, ¿pero entonces por qué cogen una novela para ese fin? Es decir, cogen una novela, para después ufanarse en que lo que han hecho no tiene absolutamente nada que ver con ella. Esto era tan clamoroso en el caso de Todas las almas que Javier Marías, tras un cruce de cartas jugosísimo en El País con Gracia Querejeta, los llevó a juicio. Si querían hacer la película que quisieran con toda la libertad del mundo, perfecto; pero entonces que no dijeran que eso que habían rodado estaba basado en Todas las almas porque se parecía tanto a Todas las almas como a una edición de los manuscritos del Mar Muerto. De manera que lo que estaban haciendo era aprovechar el prestigio de Javier Marías para hacer una película a su bola. Y el juez falló a favor de Javier Marías y el recurso posterior también lo perdieron los Querejeta, que tuvieron que pagar las costas, devolverle los derechos cinematográficos y encima pagarle una indemnización.

Todas estas reflexiones me vienen a la cabeza tras el estreno de Luna caliente de Vicente Aranda. La última hazaña literaria de Aranda que había visto era su versión de Tirant Lo Blanc. Naturalmente, el caballero donde más cabalgaba era encima de una dama abierta de piernas y se pasaba la película en pelotas, entrando y saliendo de las alcobas por el balcón como en un vodevil enloquecido. Aún así uno esperaba algo bueno (ingenuidad que no falte) de la adaptación al cine de Luna caliente, uno de los libros más turbadores que yo haya leído. Mempo Giardinelli nos describe una trágica noche de ardor climático en la Argentina pantanosa, donde el ambiente pegajoso y caliente asfixia y trastorna al protagonista, hipnotizado por una preadolescente que con su mera presencia física desata sus más bajos instintos hasta que, enloquecido de calor y deseo, se va a por ella y… no sigo, que ya se me enfadó alguna persona por contar el final de Fin. La cuestión es que Aranda ¿adapta? esta excelente novela (que acaba de reeditar Alianza) y lo que hace es ambientarla en Burgos, donde las noches de calientes no tienen nada, más bien hace un frío de cojones y a la pubescente muchacha la convierte en una ninfómana de 18 años. El clima asfixiante de la novela ha desaparecido y el clímax… pues lo que era insinuación del deseo en la novela que se va larvando, inflando, hasta su volcánico estallido se convierte (para variar en el cine español) desde el primer momento en una olimpiada de la fornicación: follan hasta en los funerales.  En fin, que quien no haya leído la interesantísima novela de Mempo Giardinelli y vea la película no crea que la novela es así de infumable.

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