James Salter: piloto, amante, escritor, vividor empedernido…
En el aire, pilotando cazas. En tierra, seduciendo a bellas mujeres. Como avanza el título de sus memorias –que él prefiere llamar “reminiscencias”–, “Quemar los días”(Salamandra), James Salter ha vivido todo lo intensamente que ha podido, embocando el peligro, cortejando el placer. Texto: Antonio Lozano Foto: Ulf Andersen
Dieciséis nombres tuvo que cambiar James Salter al escribir sus memorias para no herir sensibilidades, lo que da medida de la tierra quemada que ha dejado atrás. Ya el prólogo es una tesis magistral sobre cómo opera una autobiografía; es decir, del funcionamiento de los recuerdos; esto es, de a qué queda reducida una vida pasada por el filtro de las palabras. “Si por un momento uno imagina la vida como una casa grande (…), los capítulos que vienen a continuación son, en cierto modo, como mirar por las ventanas de esa casa. A algunos ocupantes alcanzaremos a verlos fugazmente. Las visitas van y vienen (…) Como en cualquier casa, no puede verse todo lo que hay dentro”.
Por lugar y fecha, Nueva York en 1925, el alumbramiento de Salter pudo haber contado con la ayuda del pediatra y poeta William Carlos Williams, pero él sabe que no fue así. Más le costó asumir que su tío favorito no acabó en un manicomio a resultas de un tumor cerebral, sino que simplemente se escapó con su secretaria. El escritor fue un niño obediente y querido, de aquí la codificación en clave proustiana de aquellos lejanos días radiantes: “Siento en mi boca la frescura de los tomates de granja, los huevos revueltos que me preparaba mi abuela, los tragos imprevistos de agua de mar”. En las baladas de Kipling descubrió que la fortaleza es sagrada y, en un panfleto escondido entre las revistas de un estanco, los misterios del sexo.
Su padre alcanza el rango de comandante en la Oficina del Cuerpo de Ingenieros de Atlanta en 1941. Visitarlo le brinda a su hijo el primer vuelo “en un gran aparato plateado con rueda de cola”. Muchos años después, arruinado y sin trabajo, su progenitor entrará en una depresión que lo acabará conduciendo a un hospital psiquiátrico. Salter, que gusta de interpretar su vida en términos literarios, nos recuerda que al de Herman Melville le ocurrió lo mismo. Tras coincidir en un colegio de Riverdale –un suburbio al norte de Nueva York– con Jack Kerouac, se matricula en la sagrada academia militar de West Point, pero a él le trae a la cabeza el asfixiante Clongowes Wood College descrito por James Joyce en Retrato del artista adolescente. Bisoño, inmaduro, debilucho y falto de motivación, se harta enseguida de dedicarle horas a sacar febrilmente brillo a accesorios del siglo XVIII y va coleccionando castigos. “Yo no sabía que el ejército significaba mala dentadura, barracones sucios, mentes estrechas y coroneles luciendo gafas de sol. Yo imaginaba campañas como las de César, puestas de sol en países selváticos, campamentos en cumbres, amaneceres al fresco”.
Salter va saltando de foto mental en foto mental, descartando el orden cronológico, dispersándose en microanécdotas que le inflan el pecho. Cuenta que compró grabados de Chagall y Picasso; que un corte en la pierna en un arrecife de coral degeneró en un septicema que le provocó delirios sobre los mares de China; que en un tren que cruzaba la noche de Virginia adoptó el seudónimo de un personaje de Arthur Koestler para seducir a una mujer casada; que en un vuelo solitario de punta a punta de América en 1945 se perdió y, apurado por la falta de combustible, tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia que lo estampó contra una casa en Great Barrington (Massachussets)…
Obtenido su anillo de licenciamiento, pasa un tiempo realizando vuelos de abastecimiento que lo llevan a Japón, Australia y Hawái; en el ínterin ve a MacArthur en un hotel de Manila y se enamora de la mujer de un capitán que se convertirá en su mejor amigo. La guerra de Corea está en auge y se presenta voluntario para abatir los MIG15 rusos, siendo escogido piloto de reemplazo, lo que se traduce en numerosas prácticas de artillería en Alemania, Francia y el norte de África (“En Tánger en 1956 podías comprarte un palacio por doce mil dólares”).
La pluma del autor se estremece sobre el papel cuando evoca el tiempo pasado entre las nubes: “Abajo, la tierra se ha despojado de la oscuridad. Asoma la plata de incontables lagos y ríos. Las cosas más maravillosas que pueden verse, escribieron los antiguos, son el sol, las estrellas, el agua y las nubes. Aquí, entre ellos, ¿en qué piensa uno? No lo recuerdo, pero probablemente en nada, en el propio hecho de volar, lo que tiene de imperecedero, el esplendor”. Sin embargo, Salter se había alistado buscando algo que nadie te puede conceder y que a nadie puedes robar, la victoria, y se encuentra con que su ídolo Saint-Exupéry tenía razón cuando aseguraba que “los luchadores no luchan, matan”. Con un deshonroso bagaje de un avión enemigo destruido y otro dañado, acaba su aventura bélica con un profundo desprecio hacia sí mismo, infinita tristeza por los compañeros volatilizados, el fracaso y el vacío royéndolo. Sabe que ha vivido la experiencia más importante de su vida, pero sospecha que no querrá hablar nunca de ella. Una lección prevalece: “Sólo cuando aceptas que eres mortal, y eso nunca ocurre al principio, empiezas a comprender que la vida y la muerte son la misma cosa”.
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Tras despedirse de las Fuerzas Áreas con grado de teniente coronel, James Salter encara su latente aspiración de convertirse en escritor. Europa (“Me dio la madurez o al menos una imagen de ella. No fue cuestión de placer, sino algo más duradero: una ordenación de las cosas, cómo valorarlas”), las mujeres (“Una noche, una actriz frotó lentamente mi dedo entre la yema de los suyos. Era francesa. ‘¿Iba yo a permitir que esa noche durmiera sola?’, me preguntó, como si fuera una desconsideración por mi parte”) y el cine copan el escenario. Para empezar, una extensa loa a Irwin Shaw (Hombre rico, hombre pobre) por su amistad y padrinazgo durante veinte años. A continuación, el recuerdo de un jovencísimo Robert Redford, para quien escribió el papel del esquiador protagonista de Downhill Racer: “Fuimos juntos a los Juegos Olímpicos de Grenoble en 1968, dormimos en pasillos cuando no había hotel y nos trasladamos en autobús”. Pero ni reír con el rubio de oro ni departir con Fellini en un estudio de Roma, ni cenar con su amigo Polanski y un Nureyev ávido de fresas en un restaurante de Londres, ni jugar al bingo con Edward Albee en un barco con destino a París, ni entrevistar a Nabokov y Graham Greene… Cuando la voz de Salter se engolosina y se pasa al verso libre es al retratar a las mujeres que le alegraron la vida. No son pocas, pero podemos quedarnos con Ilena, amante del rey egipcio Farak y de John Huston, de quien nos dice que “era una delicia verla. Las piernas, la seda del vestido empapado, la tersura de sus mejillas, todo ello resplandeciente como las constelaciones, de esas que rigen el destino de uno (…). Me gustaba su generosidad y su ausencia de moral –parecían algo cercano a una forma ideal de vida– y también cómo se miraba los dientes en el espejo mientras hablaba”.
De la muerte de una de sus hijas, apenas unas líneas; de sus ataques depresivos, un comentario de pasada. Sobre su obra, información escasa, quizás por no romper el hechizo de que “sólo en los libros encuentra uno la perfección, sólo en los libros ésta no puede estropearse”. Hablando del más célebre suyo, Años luz, la forma en que describe a Nedra, la elegante esposa que inspiró el personaje protagonista, tiene visos de autorretrato final, de resumen de Quemar los días: “La suya fue una vida singular (…) La vida es energía, proclamaba, la vida es deseo. Uno no está concebido para comprenderlo todo, sino para vivir y hacer ciertas cosas”.


Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra