Esther García Llovet dispara con balas de verdad
Tras años de silencio, esta malagueña afincada en Madrid ha vuelto a desenfundar. La publicación de “Las crudas” (Ediciones del Viento) nos traslada de nuevo a su universo de personajes sin pasado ni futuro, de un realismo paradójico e incierto, como la vida misma.
Texto: Antonio G. Iturbe Fotos: Asís G. Ayerbe
En un país donde hay más escritores que lectores y donde cuesta encontrar gente que aporte algo distinto a lo ya sabido, asomó la cabeza García Llovet con Coda en Lengua de Trapo en 2004, que saludamos en Qué Leer como un hallazgo. Había ahí una manera de contar que disgregaba las convenciones de la novela: frente a la habitual narrativa de corte y confección con doble pespunte, ella hilvanaba su relato de personajes desdibujados con trazos impresionistas que se deshilachaban hasta perderse. Una novela donde la trama se escurría entre las líneas, pero que iba trazando una tupida atmósfera de desasosiego que atrapaba al lector como en un charco de cola. Había nacido una escritora muy potente. Pero durante seis años no volvió a publicar, le perdimos la pista. Hace unos meses editó con muy poco ruido en Salto de Página Submáquina (¿libro de relatos, novela despedazada?). Y ahora llega Las crudas de la mano de Ediciones del Viento, conocida sobre todo por sus exquisitos libros de exploradores y viajeros. Su carrera literaria parece haberse contagiado del mismo aire errabundo que sus historias.
Por eso, en cuanto conseguimos echar el guante a esta madrileña escurridiza pero muy afable, lo primero que le preguntamos es eso de: ¿Por qué has tardado tanto en publicar de nuevo? ¿Dónde estuviste metida todo este tiempo? La respuesta es de una sinceridad desafiante: “Después de Coda escribí Submáquina, un monstruo de siete cabezas para el que tardé más de tres años en encontrar editor. Se habrán vendido trescientas copias como mucho. Tampoco pasa nada. Mientras tanto he estado disfrutando de la vida a todo meter, claro que sí. Escribiendo a diario, saliendo por ahí y metiéndome en pamplinas con mis amigotes, viajando (estuve en Las Vegas, ¡jugándome los cuartos!), leyendo a Juan José Saer y comiendo muchas proteínas”.
La escueta nota biográfica de la solapa del libro dice que estudió cine y psicología clínica: Uno se pregunta si vive de los rollos de celuloide o de los rollos mentales de la gente. Ni lo uno ni lo otro. Tiene una actividad (o inactividad) la mar de literaria: es rentista. Como Tolstói. Pero, en vez de granja rusa, tiene un piso en Madrid y vive de su alquiler. Una rentista sin ínfulas: “Total, son 1.500 euros al mes, pero me arreglo”. Podríamos decir que es una rentista mileurista. Ha sido una escritora tardía, se puso a los 34 años, pero ahora escribe todos los días, más que de manera sistemática, de manera compulsiva, por necesidad de echar palabras sobre papeles: “Escribo todas la mañanas, pero no por sistema, sino porque me apetece. Voy por la calle y si se me ocurre una idea llamo a mi buzón de voz para que quede ahí. A veces escribo un par de líneas. Después intento no recrear lo que está escrito. Cuanto más lo trabajas, más se jode. Es mejor dejarlo crudito”.
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Está claro: a García Llovet le gusta la literatura poco hecha. Así es Las crudas, un relato protagonizado por un tipo llamado Esmiz del que sabemos que le gustan las mujeres y la carne, vuelta y vuelta, sin preámbulos ni salsas, que está divorciado y solo, casi con la única compañía de acreedores que intentan cobrar las facturas que él se esmera en no pagar. Esmiz se cruza en un funeral con Perica, una mulata sensual y arisca a un tiempo, que se le resiste. Su resistencia le resulta irresistible. Esmiz trata de seducirla sacando lo mejor de sí mismo, que tampoco es mucho.
Como en Coda, la historia está atravesada por hilos de se pierden, por carreteras que se abren y quedan cortadas, por personajes que atraviesan la trama y desaparecen sin saber de dónde vinieron ni a dónde van. Consigue crear otra novela únicamente con lo que no cuenta, con lo que deja fuera: con el incógnito pasado de los personajes, con las historias que abandona sin más (un secuestro, un radiofonista desquiciado por el asesinato de su novia, una señora de clase alta atenazada por el odio y la cleptomanía…). De esa manera consigue un efecto ultrarrealista, porque la vida no es como supuestamente la describe la literatura realista decimonónica, con personajes de una pieza e historias perfectamente desarrolladas desde la génesis a su desenlace. La vida es mucho más desordenada, disgregada, mal contada.
Aún así, por si acaso, para no meter la pata, le pregunto si al llegar al final había alguna conclusión que debía descubrir la perspicacia del lector (que Esmiz fuera el asesino de la novia del radiofonista, que Perica tuviera algo que ver en el mediático secuestro que conmociona la ciudad…). Pero no, el gato no tiene cinco pies: “No hay conclusiones. Es que en la vida real no llegamos nunca a conclusiones. Eso son cosas de las novelas. En todo caso, habrá las conclusiones a que llegue cada lector, todas distintas, seguramente”.
Esmiz es un tipo que viene y va, pero no sabemos muy bien hacia dónde va. No tiene pasado y, al parecer, poco futuro… “Es que me gusta contar muy rápido, como una bala. Si te paras a explicar su vida anterior cortas la velocidad. A mí me gusta David Mamet, porque no hay historia anterior… ¿Para qué?”.
Ya en Submáquina, cada capítulo del libro era una pieza de una Smith and Wesson (cargador, resorte, recámara…). Aquí, el protagonista mata el aburrimiento yéndose a una cabaña del extrarradio a cazar conejos con una pistola Smith and Wesson… y se llama Esmiz.
-¿Te resultan inspiradoras las Smith and Wesson?
-“Las Smith and Wesson… Hace años me metí a escribir la biografía real de una pistola, de una en concreto, que encontré en el museo de armas de la Guardia Civil. El material desapareció cuando me robaron el portátil. Una putada”.
-¿Te fascinan las pistolas?
-Bueno… Me explicó Raúl Argemí [Dios los cría y ellos se juntan] que en Hamburgo hay un sitio donde te puedes tunear tu propia pistola. Es que alguien saca un arma y el mundo se para, todo se congela… No sabes lo que hay dentro del arma.
-¿Vas armada por Madrid?
-Sólo con un spray de pimienta. Ya he tenido algún problema. Y es bastante eficaz.
Le digo que sus personajes se relacionan pero a la vez viven incomunicados, incapaces de entenderse entre ellos. No está de acuerdo. A ella, Esmiz le parece un tipo entrañable, se iría de copas con él: “Tiene un punto psicópata, pero es encantador”.
Ella es vital, de risa fácil. Le gusta (mucho) Roberto Bolaño. También le gusta “la gente que hace lo que dice que va a hacer, el saludo de los conductores del 67 cuando se cruzan, escuchar conversaciones en los bares, la espalda de la gente por la calle, la inocencia de los desconocidos, la cara de los desconocidos…”.
Pero hay algo que la asusta: “La gente gris”. Dice que siente que ya va dominando los mecanismos de la escritura y, tal por eso, cada vez le interesa menos escribir, o al menos inventar. Por eso planea irse a Nuevo México a comprobar si es cierto que existe un cañón donde los sonidos suenan de una manera especial a causa de la extrema sequedad del aire. Explica con entusiasmo el experimento de colocar un vaso con arena ante un bafle y comprobar cómo diferentes notas hacen que la arena adopte distintos dibujos. Quizá como sus novelas, donde los personajes y la vida que nos rodea es arena que se escurre entre los dedos.


Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra