Vesko Branev: “El hombre vigilado”

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Autor: Vesko Branev
Traductora: Noemí Sobregués
Editorial: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
420 páginas. 24 euros.
CUATRO TINTEROS

En 1957, Vesko Branev, un joven búlgaro de 25 años que estudia cine en Berlín Este, decide instalarse en la parte occidental de la ciudad todavía sin Muro. Poco después será detenido por la Stasi, extraditado a Bulgaria y pasará a ser objetivo de la policía política de su país, los “hombres de la sombra”. Su historia, como dice el ensayista Tzvetan Todorov, en la introducción, es “un cuadro de la vida cotidiana de la Europa del Este”.

Sobre los totalitarismos se ha escrito en primera persona de manera excepcional y parece estar todo dicho. Este libro de Vesko Branev, redactado a partir de los informes que la Seguridad del Estado búlgaro acumuló sobre él, aporta una mirada que nos pone de nuevo a reflexionar. Y pensamos aquí no en la criminal represión de estos regímenes, sino en la miseria moral que extienden, en la mediocridad “despiadada” que generan. Branev, que vivió siempre con el temor a ser engullido por esa maquinaria, se lee en esos informes y, con lúcida honestidad, los interpreta para nosotros en una clave personal que revela un estrecho círculo de traiciones y servilismos, “la rutina de desconfianza y miedo del escenario búlgaro” poblado de informadores y chivatos. Branev no es un disidente sino sólo un resistente, un exiliado interior, un hombre vigilado que no quería deshacerse de un mínimo de dignidad. Ante la “promoción” de su caso dentro del aparato policial y sus íntimas consecuencias, nos identificamos con su perplejidad y vemos con ojos nuevos un paisaje en blanco y negro que creíamos definitivamente pintado. Los informes de los distintos agentes, lo que el autor llama “el diario del tiempo humano perdido”, son ya en sí mismos literatura, pero capítulo aparte merecen aquellos episodios en los que se recrea en la paranoia del Estado o en la denuncia de una intelectualidad corrupta. Con Branev tenemos la impresión de habernos sentado a su mesa a escuchar su historia, la de un “crimen continuo” con el que sólo se permite saldar cuentas en las páginas finales.

Por Ángel Cabo

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