¡Más juerga, monstruo! Las tres vidas del clásico de Maurice Sendak
Redaccion
“Donde viven los monstruos” (Alfaguara/Kalandraka), de Maurice Sendak, ha sufrido un doble proceso de engorde por el que sus once líneas de texto han dado pie a una novela de 220 páginas de Dave Eggers, “Los monstruos” (Mondadori), y a una película de cien minutos de Spike Jonze. Perdura así la magia de uno de los libros infantiles más populares del siglo XX, con diecinueve millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, si bien controvertido en su momento.
Texto: Antonio Lozano
Todos conservamos al niño que fuimos. Todos llevamos un monstruo dentro. Todos queremos ser un rey. La suma de estos tres elementos podría explicar por qué Donde viven los monstruos es un cuento presuntamente infantil que fascina más a los adultos que a sus hijos. Con sus 338 palabras, repartidas en diez líneas que se despliegan a lo largo de 37 páginas (en su versión original), la obra maestra de Maurice Sendak es casi un haiku ilustrado, a partir del que el lector puede proyectar hasta el infinito sus interpretaciones. La fervorosa imaginación de Max corre pareja a la del lector que la contempla.
Quizás el mayor acierto de Sendak fue condensar en tan breve espacio cómo opera la mente de un niño, así como resumir sus necesidades básicas. Max comete las diabluras propias de su edad y recibe una reprimenda que lo conduce a refugiarse en una fantasía. Ésta le permite huir del lugar en el que se siente maltratado y erigirse en líder de una comunidad indómita que sólo vive para la diversión (“¡Que empiece la juerga monstruo!” es el grito de guerra del clan). Max, que ya había creado uno de esos monstruos con los que se topará en su reino imaginario, tal y como detectamos en un dibujo sutilmente colgado en una de las paredes de su casa, es llamado “monstruo” (“wild thing”) por su madre, por lo que su venganza pasa por auto-coronarse el más salvaje entre una corte de animales de apariencia mucho más feroz que la suya. Finalmente, al crío, una vez se le ha pasado la rabieta, le falta tiempo para regresar a su círculo íntimo, a requerir los mimos maternales. Un humeante plato de sopa, símbolo del calor hogareño, vence a sus escapistas sueños de grandeza.
En un primer borrador, la obra iba a titularse Donde viven los caballos salvajes, pero resultó que Sendak no tenía especial habilidad a la hora de dibujar estos animales. Trabajó en ella durante ocho años, la publicó en 1963 y, pese a ser galardonada con la prestigiosa Caldecott Medal, despertó no poca controversia: algunos la consideraron confusa y muchos otros dijeron que podía asustar a los pequeños. Sendak, que ya había batallado contra la ridícula sugerencia de su editor por cambiar la última palabra (“caliente” por “tibia”) mandó a todo el mundo al infierno haciendo gala del fuerte temperamento que siempre lo ha caracterizado (y que le ha llevado a bramar frases como “Disney fue terrible para los niños, convirtieron a Mickey Mouse en un sensiblero”).
Nacido en 1928 en el seno de una familia de inmigrantes judíos de Nueva York, Sendak siempre recordaría cómo el miedo marcó su infancia. Miedo por su salud frágil. Miedo por el fantasma de tantos familiares víctimas del Holocausto. Miedo azuzado por unos padres sobreprotectores (que nunca supieron de su homosexualidad). La escritura de Donde viven los monstruos supuso un “exorcismo” que le obligó a mirar como nunca a aquellos años de temblor. Incluso las criaturas de afilados dientes y desorbitados ojos tienen su referente real en unos parientes que los asustaban a él y sus hermanos con sus achuchones. “Te cogían y te estrujaban la cara para demostrarte su cariño, pero nosotros, conscientes de lo terriblemente mal que cocinaba nuestra madre, no descartábamos que se nos quisieran zampar. Así que los monstruos son en verdad unos emigrantes perdidos en América, que apenas hablan inglés, y cuyos gestos de afecto son malinterpretados por unos chiquillos”.
Sendak ha ilustrado más de cien libros buscando que las historias se desplieguen como sueños, alejándose de la lógica de los adultos y sus imposiciones temáticas (ha retratado a niños pobres, enfermos, malos…), haciendo que la belleza y la tristeza vayan de la mano, avanzando lentamente a base de dejarse guiar “por misteriosas y pequeñas claves, que salen a mi encuentro como luciérnagas en la noche”. Su objetivo es transmitir a los niños que el arte y la ingenuidad son herramientas para conquistar cuanto deseen. Asimismo, ha colaborado en películas y series de animación, diseñado escenarios y vestuarios para ballets, óperas y obras dramáticas, y fundado una compañía de teatro infantil. A los 81 años, con tres bypass en el corazón y la única compañía de Melville, su pastor alemán, Sendak sigue trabajando desde su retiro rural en Connecticut, atornillando su fama de misántropo y gruñón, siempre defendiendo la inteligencia y tenacidad de los niños, saciando su apetito por “aprender no cosas didácticas sino apasionantes”.
Tienda
Ir a la tienda | Recomendados | Novedades | Mas vendidos | Ofertas | Preventa |
Aquellas 338 palabras han sufrido una doble mutación: las 220 páginas de Los monstruos de Dave Eggers y los cien minutos del film Donde viven los monstruos de Spike Jonze (cuyo guión han escrito Eggers y Jonze al alimón). A ambos hay que otorgarles el crédito de haber alumbrado proyectos personales, fieles a la idea de no infantilizar la historia y respetar la natural traslación del mundo real al fantástico. Jonze tuvo que pelear con unos estudios deseosos de empaquetar un producto para toda la familia que generara un lucrativo merchandising de cara imponer su visión de la historia: un acercamiento en crudo a los sentimientos de las bestias. A falta de ver el resultado en las salas españolas, hay que decir que el similar ángulo de entrada en la novela de Eggers resulta un despropósito. Los monstruos se centra en los desvelos de Max por descifrar las necesidades y el carácter de sus nuevos compañeros de juegos, unas criaturas desorientadas, hipersensibles y caprichosas. Su nuevo monarca intenta disipar el vacío existencial, las diferencias y los miedos que las atenazan implicándolas en un desfile, una guerra y la construcción de un fuerte, pero nunca se hace digno de la corona. La incomunicación, los malentendidos y la soledad prevalecen; la falta de ritmo clama al cielo y el lector se siente desconcertado ante lo que parece un episodio de Barrio Sésamo filmado por Bergman según un guión de Ionesco que adaptara Miedo a la libertad de Fromm. La edición que McSweeney´s ha hecho del libro, con un gracioso envoltorio peludo, le garantiza al menos una próspera segunda vida como objeto de coleccionismo.
Por fortuna, siempre nos quedará volver al original, donde con cada lectura seremos de nuevo invitados a participar en una juerga monstruo con la seguridad de que, al cansarnos, nos esperará en casa un humeante plato de sopa.


Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros