Vasili Grossman: la gran voz del frente ruso

Vasili Grossman es uno de los mejores escritores que ha dado la literatura contemporánea: “Vida y destino” o “Todo fluye” son muestras de ello. La miseria y la condición humana están tratadas en sus obras con un nervio narrativo vigoroso y espléndido. Ahora, por primera vez, se reúnen sus textos periodísticos y relatos de los “Años de guerra” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), legado de alguien que, aunque abatido al final de su vida por la represión, nunca fue vencido.
Texto: Francisco Luis del Pino Olmedo

Esta descripción tiene lugar una noche de verano, en los primeros meses de la Gran Guerra Patriótica (1941-1945): “Las negras y llorosas pupilas del caballo, llenas de un dolor insondable, reproducían como un espejo las casas en llamas, el humo que flotaba en el aire”. Vasili Grossman la traslada a los ojos del comisario de una unidad de infantería y aparece recogida en la novela El pueblo es inmortal, que inicia Años de guerra (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Los diferentes actores que tratan de salvar vidas de civiles, mientras observan impotentes la muerte de una ciudad, tienen esa voz propia tan formidable en su sencillez que el autor de Vida y destino imprimió a sus artículos y relatos mientras fue corresponsal especial de Estrella Roja, el periódico de las fuerzas armadas soviéticas.

Cada país ha tenido su representante más brillante a la hora de contar la épica y el horror de un conflicto. Durante la segunda guerra mundial tal vez sean tres los más destacados: la elegante ironía y el detalle pormenorizado de John Steinbeck, que flota en cada artículo publicado en el New York Herald Tribune; el valor de un “escribiente de la infantería”, como se definía el ganador del premio Pulitzer Ernie Pyle, cuyos artículos se publicaban en cuatrocientos diarios y más de trescientos semanarios, y que con su indiscutible fraternidad conquistó a los soldados estadounidenses; y Vasili Grossman, que, aunando virtudes periodísticas y de estilo, lo tuvo mucho peor que sus colegas occidentales a la hora de poder escribir sin trabas. Por eso, quizá, también sea el mejor.

Como Pyle, Vasili Grossman se hermanó de forma entrañable con el Ejército Rojo, especialmente con los defensores de Stalingrado. Sobre los soldados de a pie llegó a escribir: “el soldado de infantería, el demiurgo de la guerra. Que recorre con su delgada guerrera los campos de hierro de la batalla”…

Quienes conozcan la obra de Grossman y hayan leído su testamento literario, Todo fluye, sentirán, si cabe, aún más admiración y respeto por él al leer Años de guerra. En el caso de que éste signifique su bautismo de fuego en la obra del corresponsal soviético, no hay duda de que representará una ocasión magnífica para conocer a un magnífico escritor y periodista. Un Grossman patriota e ingenuo que entra en la guerra en el frente central ruso en agosto de 1941, durante la retirada del Ejército Rojo ante el avance terrible de los alemanes. Sentirán su dolor brevemente al pasar junto a Isnaia Polaina, la propiedad de Tolstói donde está su tumba, por el deterioro que sufrió al ser ocupada por las tropas nazis. Recién reconstruida la casa, Grossman describe su entorno y la utiliza para rendir homenaje a la mujer rusa por su duro trabajo: “Ella no duerme por la noche y hace guardia junto a los graneros, vigilando el trigo recogido”. Y es también por boca de una mujer que el corresponsal resume la inquebrantable voluntad del pueblo en Stalingrado, cuando un militar levanta del suelo, en una casa casi destrozada por la artillería, un libro medio quemado, el Humillados y ofendidos de Dostoievski. Y una joven, como leyendo sus pensamientos, que se adivinan pesimistas, se le acerca y le espeta: “¡Hemos sido ofendidos, pero no humillados! ¡Nosotros nunca seremos humillados!”.

El heroísmo como hábito

La dureza de la lucha en la ciudad prácticamente destruida era tal que, según escribe Grossman, hasta los perros impedían que los alemanes merodearan en la noche por las viviendas. Unas casas que, a pesar de no poseer ya más arquitectura que algunas piedras o atisbo de lo que fue una pared, continuaban siendo su hogar. Bajo las ruinas, entre los escombros, la resistencia rusa en el infierno provocado por los bombardeos de los Junkers-87 y de la artillería, por los ataques de infantería, por los tanques pesados y los lanzallamas, no desmaya.

Entre las crónicas de este frente de Stalingrado, fechadas en noviembre de 1942, el corresponsal pone énfasis en la heroica defensa de la división siberiana que ocupa la fábrica Barricada. Narra Grossman que hubo un día terrible en que la infantería y los carros alemanes lanzaron veintitrés ataques. “Y los veintitrés fueron rechazados”. El corresponsal matiza, para que los lectores sean conscientes de aquel terrible infierno, que toda esa presión estaba concentrada en un frente de kilómetro y medio a dos kilómetros de longitud. Y que los defensores, los disciplinados y estoicos siberianos, no pudieron dormir muchas veces en tres o cuatro días. Resistieron hasta la muerte.

Dice Grossman que el heroísmo se hizo hábito, se convirtió en el estilo de la división y de su gente, pasó a ser cotidiano, “una costumbre de cada día”. La lucha por la fábrica Barricada contabilizó 117 ataques de infantería, en los que las fuerzas alemanas perdieron 5.000 hombres. Pero lo que hace de las crónicas de Grossman siempre algo especial son los rasgos de carácter humano que aportan, que van más allá de la épica y el heroísmo. Y, en el caso de esta lucha desesperada, destaca el papel relevante que tuvo para la trágica epopeya “el firme afecto que une a todos los hombres de la división siberiana”.

Fue el periodista que más tiempo permaneció en la ciudad sitiada, hasta que le ordenaron que la abandonara antes de su liberación, y que dejó con tristeza por la intensa y dramática relación vivida con los soldados, que le respetaban y querían. Allí describió el olor habitual de la línea del frente como “una mezcla entre depósito de cadáveres y herrería”.

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El horror de Treblinka

Los animales siempre aparecen en las crónicas de guerra. Grossman escribe sobre un regimiento de artillería camino de Minsk que tiene como mascota un camello de nombre Kusniéchik, tracción de un carro de abastecimiento. El animal, de color pardusco, natural del Kazasjstán, hizo todo el camino de Stalingrado al Beriziná. Durante los tiroteos, le explican, se esconde en los embudos abiertos por las bombas y los proyectiles. Ha sido herido ya tres veces. Y el jefe del regimiento de artillería ha prometido al carrero, que si lleva al camello hasta Berlín, será condecorado.

Vasili Grossman siempre estuvo en la primera línea del frente para recabar información de los combatientes; cubrió la retirada y las contraofensivas del Ejército Rojo. Estuvo en el saliente de Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia. Y también fue uno de los primeros corresponsales que visitaron el campo de exterminio de Treblinka, donde quedó muy afectado por las entrevistas que realizó a una cuarentena de supervivientes y a los campesinos polacos de la zona. El artículo El infierno de Treblinka, compilado en este libro, que fue citado en el juicio de Nuremberg, explica por si solo la conmoción que sufrió el escritor al descubrir el horror que se había sufrido en aquel lugar.

Vasili Grossman llegó a Berlín con las tropas que conquistaron la capital del Reich y, a pesar del gran amor que sentía por sus camaradas del Ejército Rojo, su honradez se impuso a la hora de denunciar las masivas violaciones de mujeres alemanas perpretadas por las fuerzas victoriosas. Grossman siempre creyó que el bien debía imponerse al mal.

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Escrito por el feb 2 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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