En la muerte de J.D. Salinger
Sucede, con el fallecimiento de Jerome David Salinger, que cualquier ejercicio de información objetiva, con sus fechas y sus títulos e incluso alguna que otra anécdota vital, jamás parecerá suficiente. Por el contrario, paradójicamente, limitar el comentario al lema de “Muere el autor de El guardián entre el centeno” podría bastar, tal es el volumen de asociaciones personales que en el lector desatará la sola mención de esa obra, uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana y trabajo clave para entender no pocos aspectos de la cultura anglosajona de las últimas seis décadas. Podemos caer en el lado oscuro y resaltar que Mark David Chapman quiso justificar el asesinato de John Lennon con El guardián entre el centeno (otro luctuoso fanático fue John Hinckley Jr, autor del magnicidio frustrado contra Ronald Reagan). Podemos ponernos exquisitos y explicar la primera persona del Menos que cero de Bret Easton Ellis (lo mismo que el cine de Wes Anderson) aludiendo a la seminal voz de Holden Caulfield, protagonista adolescente que en 1951 prefigura el estallido de liberación religiosa, ética y erótica que barrerá Occidente entre dos y cuatro lustros más tarde. Podemos incluso ponernos personales y recordar el caso del amigo que decoró uno de los muros de su casa con el primer párrafo de la novela, o el del blog de una reciente colaboradora de esta casa, que se da a la crítica literaria “como Holden Caulfield por Manhattan” (esto es, con intensa naturalidad, dejándose deslumbrar pero sin extraviar el criterio). Las referencias, insisto, son innumerables.
Quizá fuera precisamente esa virtud, el modo en que la voz literaria de Holden lleva a que se alcen también las voces de sus lectores (hablamos de 250.000 copias vendidas al año únicamente en Estados Unidos, para un total que en 2004 alcanzaba los 65 millones a lo largo y ancho del globo), lo que condujo a la progresiva desaparición de Salinger como escritor público. Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961), Levantad, carpinteros, la viga del tejado / Seymour: Una introducción (1963) -es decir, las colecciones de relatos y novellas que nos introdujeron en el universo de la familia Glass- y, desde 1965, un silencio editorial que, aparentemente, no se contagió a su máquina de escribir. Lo sabemos por las respectivas memorias que redactaron su amante Joyce Maynard y su propia hija Margaret: en 1972 había acabado por lo menos dos novelas y durante la(s) década(s) siguiente(s) siguió marcando sus manuscritos según el estado en que se hallaran: corregidos, pendientes de edición, etc. Recluido en su casa de Cornish, New Hampshire, J.D. Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, pasó los últimos treinta años de su vida regateando a los fans y periodistas que constantemente acudían a la llamada de su obra. En tiempos recientes, cada vez que un plumilla golpeaba a la puerta, el ya anciano escritor escapaba escaleras arriba mientras su esposa atendía al visitante y le informaba, con toda amabilidad, de que él tampoco iba a ser quien devolviera al mundo a su marido. Cerrar esta pieza hablando de compromiso quizá añada un tono lírico con el que Salinger tampoco comulgaría. Pero, de nuevo, todo lo que se pueda añadir sabrá a exceso, tal y como todo lo que dejemos de decir sabrá inevitablemente a poco. Descanse en paz, sea como fuere, J.D. Salinger.








Aquí el amigo del muro con el primer párrafo de “Catcher in th rye” admitiendo que pensó mucho para que cuadrara a la perfección en la pared de la biblioteca. Un primer párrafo ha de ser potente, y este, con toda su coña “a lo Dickens”, lo es.
RIP Salinger.