El final de “Fin”: algunas objeciones
David Monteagudo ha sido uno de los descubrimientos de 2009 (y así lo reflejaremos en el anuario de 2009 que Qué Leer editará en los próximos días) con su novela Fin (El Acantilado). Un debut que ha sorprendido gratamente. La novela tiene un motor excelente. Monteagudo tiene una gran habilidad para hacer avanzar la historia a caballo de los diálogos e incluso perfilar de manera precisa a los personajes casi con la única arma de las conversaciones entre el grupo de amigos que se reencuentra 25 años después en la vieja y aislada casa de colonias que solían frecuentar. Eso ya lo acredita como un descubrimiento importante. Sin embargo, he de decir que la resolución final de la novela me ha resultado irritante. Y a partir de aquí he de hacer la advertencia de que quien no haya leído todavía la novela no debe seguir leyendo esta nota porque voy a desvelarlo. Uno intenta no chafar los finales de las novelas, pero en un libro como éste, donde la historia esconde un misterio y la acción es un tobogán que nos lleva a su resolución, la única manera de comentarlo es hablando de ese final. Monteagudo nos pone (muy hábilmente) en tensión al hacer sobrevolar sobre el grupo la ausencia (muy presente) de uno de sus miembros apodado El Profeta, al que gastaron una broma pesada y vejatoria que les produce diversos grados de arrepentimiento. Cuando empiezan a suceder hechos extraños en medio de la casa aislada en la montaña (apagón de luz, desactivación de teléfonos móviles, coches que no arrancan) empieza a cundir la sospecha de que El Profeta ha urdido una pesada broma para vengarse. Poco a poco se va viendo que las dimensiones de la broma son muy grandes (la urbanización de al lado también está vacía). Los miembros del grupo van desapareciendo de uno en uno como en los Diez negritos de Agatha Christie, siguiendo el plan del Profeta. Todo parece llevarnos a un final que ate los hilos y sepamos quién hay detrás de todo. Pero al final resulta que no hay nadie detrás, ningún plan, que la culpa es de un desastre nuclear o de los extraterrestres. Paul Auster ha hecho una carrera subido sobre el azar. Pero los azares de Paul Auster suceden de uno en uno, llegan incluso a resultar verosímiles (más o menos). Pero aquí se rompe el pacto de la verosimilitud que une al lector con unas hojas encoladas (mientras no llegue el dichoso e-reader). Uno de los personajes de Monteagudo se lamenta en la novela de los guionistas que cuando no saben cómo acabar una historia muy enrevesada, despiertan al protagonista y dicen que todo ha sido un sueño. Pues él hace algo similar: un desastre (nuclear, radioactivo…) que casualmente no llega a la casa de colonias (llega a aviones a 10.000 m. de altura pero no a una casa de colonias a 500 m.), y ya está, eso lo explica todo. Y todo lo demás que hacía parecer que era obra del Profeta resulta que no, que la confusión ha sido por una serie de casualidades: que el fin del mundo suceda justo 25 años después de la fatídica última reunión del grupo en el mismo punto donde se vieron por última vez, que justo los miembros del grupo desaparezcan cuando alguien gira la cabeza hacia otro lado para que no se los vea desvanecerse en la nada (entonces ya se vería que no es obra de un humano) y pueda seguir el intríngulis de la broma, que el orden en que desaparezcan sea justo el del orden de odio de mayor a menor del profeta, que el primero que desaparezca sea el único que se disgustó violentamente la noche anterior y por tanto pueda tener algún sentido su desaparición, que la que quede última sea justamente la única externa al grupo, que el único cadáver que encuentren en kilómetros a la redonda rodeado de decenas de coches sea justo el del Profeta, que justamente es el único que no se ha descompuesto porque deducen que se estrelló justo antes del “apagón nuclear”, pero no mucho antes porque si no lo habrían evacuado los servicios de emergencias, digamos cinco minutos antes… Hombre, una cosa es la música del azar, pero esto ya es una fonoteca completa. En fin, cuando comento esto, me dicen que es un final muy posmoderno. Probablemente sea verdad: la posmodernidad parece apoyarse en la ausencia de responsabilidad, en este caso hacia el lector.

Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra
Lo primero que quiero mencionar es que al leer el final de FIN, quedé en parte decepcionado, aunque también he de decir que el final en sí es lógico y es la resolución más coherente con la gran cantidad de aspectos inverosímiles que acumula la historia.
En culquier caso, estoy en desacuerdo con la interpretación que se hace de ese final en este blog.
Es más, los que creen que todos los hechos extraños on debidos a un cataclismo, creo que se equivocan y no tienen en cuenta el vértice sobre el que se sostiene la segunda mitad del libro. Y éste punto crucial es que, de hecho, no sólo no se sabe adónde a ido a parar todo el mundo sino que tampoco sabemos cual es el lugar en el que irremediablemente terminan, uno a uno, los protgonitas.
Otro aspecto importante de la historia es el momento en el que encuentran el cuerpo de El Profeta. Éste sí yace en el coche, lo que indica que hay una conexión entre su muerte y la realidad en la que coexisten los protagonistas.
Y también se debe recordar el comentario que se hace en la novela sobre la posibilidad de encontrarse en una realidad distinta de la del resto de la humanidad, en otra dimensión, en un sueño (o pesadilla) y creo que es por ahí por donde van los tiros.
Ni que decir tiene que uno de los objetos de un final abierto es que el lector tome sus propias conclusiones sobre el devenir de los personajes y la historia a partir de ese punto concreto, pero es obligación del autor proveer a los lectores de los instrumentos necesarios para que puedan luego desarrollar sus propios finales.
Para terminar, felicitar al autor por su originlidad al introducir, de manera magistral, el miedo primigenio de todo ser humano gracias a la amenaza que representan los animales en la historia y el extraordinario clima de tensión que crea con ello.
Un saludo.
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lo primero que siento después de leerla, es que me falta entendimiento y me sobran páginas, es larga, eso si te engancha desde el principio, es muy hábil el autor desviando el problema con ese personaje enigmático que no llega, y está presente constantemente, me encantan las escenas con los animales, algunas son terroríficas -los galgos-, los paisajes son desoladores, cortantes, yo estaba muy expectante del final, y lógicamente me defraudó, al fin y al cabo es un final como se dice a lo largo de la novela, hay que buscar el final, salir de ahí, llámalo un sueño del que despierta el personaje o este final posmoderno que decís…????
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Me parece aburrida en sus 150 primeras páginas, mal escrita y llena de tópicos (en la descripción de personajes). Además de tramposa. Me gustan, sin embargo, esas escenas surrealistas con animales: las cabras, los galgos, ¡el tigre! Mucho ruido para tan pocas nueces.
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Me pregunto qué hubiera pasado si en vez de editarla Acantilado esta novela la hubiera editado, por poner, Suma de Letras. Me pregunto si se estaría hablando de posmodernidad o de, sí, insisto, más ‘amateurismo’ de la cuenta. Si la posmodernidad es la falta de responsabilidad ante el lector, como apunta el señor Iturbe, que se vaya por donde ha venido. No la queremos entre nosotros.
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Edda Respuesta:
Enero 30th, 2010 at 17:13
Tal y como está hoy el panorama editorial lo extraño es que esta novela no se haya paseado por unas cuantas editoriales hasta aterrizar en Acantilado. Y si ellos la han apoyado, por algo será. No por ser una joya, que no lo es, pero algo tiene. Dices que es amateur, pues claro, todos los escritores cuando empezáis lo sois ¿no? El tiempo pondrá las cosas en su sitio y sólo si merece la pena seguirá publicando. Un saludo.
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Señor Iturbe acaba de hacer usted algo imperdonable
: desvelar el final de una novela. Sí lo ha avisado, de acuerdo, pero en una novela como ésta en la que la trama está cargada de tensión la gracia radica precisamente en eso, en que el lector no sabe cómo va a terminar en ningún momento. Al final puede resultar incluso decepcionante, algunos lo piensan. Pero yo no estoy de acuerdo.
Afortunadamente, a la hora de leerla, no tuve ninguna influencia externa, no había leído opiniones a favor ni en contra, y cuando llegué al final tuve la sensación de encontrarme ante un final abierto. Pero después de dejarla reposar la sensación fue distinta. Yo sí creo que cierra el círculo. Estoy con Milo en que la escena de la protagonista junto al coche del Profeta es fundamental para entenderlo. Pero esa determinación con la que emprende el camino en el cambio de rasante, cuando el lector no es capaz de ver lo que ella ve ¿qué os hace pensar? ¿que llevará a cabo lo que no terminó junto al coche o nos ceñimos literalmente a las últimas líneas de la novela?
Me gustaría saber cuál fue la intención del autor. Pero la gracia está en que cada lector se quede con su opinión.
En cuanto al autor de la novela, poco me importa su trayectoria literaria. Ya ni siquiera me fio de las novelas premiadas. Cuando abro un libro sólo le pido al autor dos cosas: Que esté bien escrito y que me haga disfrutar la lectura, y disfrutar no sólo es entretenimiento. Como que esté bien escrita tampoco significa que sea una buena novela.
Saludos.
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Respeto la opinión de mi jefe (no estrictamente porque se trate de mi jefe) lo mismo que la de Porfin, pero no puedo mostrarme de acuerdo con ellas. Comenzando por la segunda, ‘Fin’ me parece una novela magníficamente construida, con un ritmo endiablado (cosa no siempre sencilla cuando se hace avanzar la trama a partir de diálogos) y cuyo único rasgo de “amateurismo” radicaría en esas veinte o treinta páginas que le sobran en su último tercio: pecatta minuta y ciertamente habitual (disfruté a Larsson como casi cada hijo de vecino pese a que, con seiscientas páginas menos, la trilogía hubiera quedado la mar de apañada). Ya se sabe que para gustos los colores. Porfin está en todo su derecho a la hora de no comulgar con la fiebre Monteagudo. Pero ciertos apartados sí admiten una apreciación más o menos objetiva y ‘Fin’, que dirían desde ‘Airbag’, es una novela profesional, muy profesional.
Que su final guste o indigne, en cambio, es pura subjetividad. No hay terreno para rebatir. Cada cual expone sus sensaciones y, caso de extraer algo de las ajenas, todo eso que habremos ganado. Personalmente, soy un enamorado de The Twilight Zone (la serie televisiva que presentaba Rod Serling y no tanto la película codirigida por Spielberg en los ochenta, aunque también). Y ‘Fin’ parte de parámetros muy similares a los de algunos de sus episodios. Pero, a estas alturas de la partida, por más que durante la lectura mi curiosidad era inmensa, por más que ansiaba una explicación, llegué a un punto en que cualquier resolución explícita me hubiera parecido reduccionista. Y, por el contrario, la que plantea Monteagudo se me antojó de una elegancia maravillosa. Porque el autor no nos trata como a telespectadores de los años 1950. Se las arregla para que todas las explicaciones sean buenas. Nos invita a que todos y cada uno tengamos nuestro propio final. Extraterrestres, desastre químico, un sueño premortem à la David Lynch… Tanto da. Y es un tanto dar (o tanto darnos) que no esconde una falta de responsabilidad sino todo lo contrario: convierte al lector en cocreador de la obra. Le coge de la mano, lo conduce hasta un punto sin retorno y le invita a seguir por sus propios medios. Yo lo agradezco: es una opción quizá no posmoderna, como dije cuando esta conversación era oral, pero sí adulta. Y, como el azar literario me pone pero sólo hasta cierto punto, sigo convencido de que la escena junto al coche del Profeta, precisamente a las afueras de esa ciudad que algo esconde tras un cambio de rasante, esconde la clave del asunto. Porque ‘Fin’ no es un círculo cerrado, más motivo hallo para defender que los lectores se sigan perdiendo en él.
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Por fin alguien se atreve a llevarle la contraria a la mayoría. Gracias, Antonio, por la sinceridad, porque uno llega a creerse que se ha vuelto loco. Es una novela ‘amateur’ que ha sido tratada como una joya, sólo porque el señor en cuestión sale de una fábrica. Efecto Rosa de España trasladado al mundo del libro.
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