Libros que devoran cerebros: la literatura zombi invade las librerías

A tumba abierta. Así se ha lanzado el mercado editorial sobre el filón de los zombis, colectivo que está tomando el relevo de sus primos lejanos, los vampiros, en el corazón del aficionado al fantástico. Texto: Laura Fernández

Mayo de 1968. Hordas de estudiantes de melena enmarañada y aspecto descuidado se manifiestan en París contra la guerra de Vietnam y el pujante imperialismo yanqui. Los McDonald’s están por todas partes. Los muertos están por todas partes. Vuelven a sus casas, se reencuentran con sus familias, sólo que lo hacen cubiertos con la bandera norteamericana, porque ya han empezado a pudrirse. Las cámaras de televisión también están por todas partes. El primer coletazo de la globalización tuvo, en cierto sentido, espíritu zombi. Y si no, que se lo digan al tipo que creó al devoracerebros contemporáneo: George A. Romero. El bueno de George tiene la culpa de que la literatura zombi esté invadiendo las librerías. ¿De veras? ¿Por qué? ¿Y cómo demonios lo ha hecho? Será mejor que empecemos por el principio.

El del zombi es un mito medieval. Se dice que había tipos que administraban a otros una especie de pócima no milagrosa que les hacía entrar en un trance mortal: el corazón de la víctima latía tan despacio que parecía muerta. Y como cádaver al borde de la putrefacción, se enterraba. ¿Y qué hacía el verdugo entonces? Desenterrar al no muerto y hacerle engullir el antídoto a esa suerte de veneno, lo que provocaba un colapso en el ya maltratado cuerpo de la víctima (rescatada cuando estaba a punto de arañar el atáud desde dentro) que la dejaba a expensas del artífice del invento. La administración de tan profundo sedante (según el etnobotánico Wade Davis, una toxina que se encuentra en el pez globo) provoca graves daños en el cerebro, que el segundo polvo mágico (o remedio) acaba de destrozar, anulando así la voluntad de la víctima, que queda en manos de su verdugo. Se dice que, por entonces, los zombis se utilizaban para recoger cañas de azúcar y cualquier trabajo sucio del campo, sin necesidad de ser, por supuesto, recompensados. Una especie de esclavos sin conciencia de sí mismos que se limitaban a deambular y acatar órdenes. Hay quien añade a esta versión de las pócimas el componente vudú (hechiceros que eran capaces de acabar con la voluntad de sus víctimas). Sea cual sea el caso, el resultado es el mismo, un muerto en vida. O un vivo que apenas respira y pestañea. Mito con un sugerente potencial narrativo que, aunque muy probablemente a lo largo de la historia alimentó, sin saberlo, las pesadillas de más de un futuro escritor de novelas de terror, vivió al margen (mejor dicho, en este caso, no vivió) hasta que el chaval de la coleta y las gafas gigantes (George A. Romero) lió a un montón de amigos para rodar la película que refundaría la figura del zombi: La noche de los muertos vivientes. O de cómo la visita de una pareja de hermanos a un cementerio acaba en resurrección de los ex vivos.

El humano es el villano

Romero asegura que se basó en el clásico Soy leyenda de Richard Matheson para construir la historia, pero lo cierto es que allí (en el distópico y siniestro mundo desolado de Matheson) no había tipos pudriéndose. Más bien algo parecido a esos vampiros que siguen poblando los estantes de las librerías, aunque ahora deben compartir parte del botín con esos otros no muertos que huelen mal. Pero, volviendo a Romero, el caso es que, ciertamente, tal y como apuntan todos los expertos en la materia, fue él quien rescató al zombi del olvido y lo convirtió en una especie de antihéroe (el director no se cansa de asegurar que en sus películas los vivos son los villanos) que sólo piensa en alimentarse (de carne viva y humana). Romero fue quien dijo que al zombi había que dispararle a la cabeza, que sus movimientos eran estúpidos (al fin y al cabo, un cerebro muerto no puede comunicarse a la perfección con un montón de músculos muertos) y que la cosa era contagiosa (hasta La noche de los muertos vivientes era impensable que un monstruo te pudiese pegar algo, y mucho menos la no muerte, a excepción de los vampiros, por supuesto, pero lo suyo tenía mucha más clase).

¿Y qué pasó a continuación? Que primero tímidamente y después descaradamente (sobre todo tras el estreno de Zombi, también conocida como El amanecer de los muertos, del propio Romero, una brutal crítica al consumismo, a punto para la era yuppie, formato clientes putrefactos), el género de los devoracerebros se hizo un hueco en el videoclub (al fin y al cabo, estamos hablando de los años 1980). Y luego asaltó el cine. Y conquistó (o, mejor dicho, se comió) el corazón de los más jóvenes, hasta el punto de que, cuando Playstation decidió lanzar su propia consola de videojuegos (rompiendo para siempre el oligopolio Sega-Nintendo), lo hizo apoyándose en un adictivo nuevo género llamado “survival horror”, cuyo máximo exponente siempre ha sido Resident Evil. Sí, la cosa consiste en matar muertos.

Y, así las cosas, cuando parecía que el zombi no podía dar más vueltas, aparece un tipo llamado Max Brooks (que, para colmo, es hijo de Mel Brooks, director de la desternillante El jovencito Frankenstein) y se lanza a relatar lo que pasó cuando la raza humana estuvo a punto de extinguirse en Guerra Mundial Z (Almuzara), y luego lo adereza con una excelente Zombi. Guía de supervivencia (Berenice), que ya ha alcanzado la octava edición en España (donde los títulos se han publicado al revés, primero llegó la guía y luego el falso documental literario). Y, aunque antes maestros del terror de la talla de Stephen King habían jugueteado con el género (en Cementerio de animales los no muertos eran mascotas, por poner un adictivo ejemplo, aunque ahí está también la civilización que cae víctima de los teléfonos móviles en Cell), tomando siempre como punto de partida, eso sí, al zombi de Romero, es el libro de Max (al menos, en España) el que desata la euforia.

Y, de la noche a la mañana, las librerías se llenan de Zombis Rubias (ya un clásico de Brian James, editado por La Factoría de Ideas, en el que un grupo de animadores rubias y cadavéricamente perfectas asola un pequeño pueblo, empezando por el instituto) y de Zombies a secas (fabulosa es la antología de relatos que acaba de publicar Minotauro, en la que figuran desde Neil Gaiman hasta el propio King, pasando por su hijo, Joe Hill y otros clásicos del terror como Dan Simmons, George R.R. Martin o Poppy Z. Brite). ¿Qué demonios está pasando? ¿A qué se debe semejante invasión?

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Déjame salir (de la tumba)

Si hay un género capaz de sintonizar con el lector joven, ése es sin duda el del terror. Y, si no, que se lo digan a Stephen King y a todos los hoy ilustres escritores que están en esto por su culpa (y sólo señalaremos a Bret Easton Ellis). Pero ocurre que el terror hoy no es lo que era en lo que a recluta de lectores de refiere. O sí, si echamos un vistazo a los estupendos resultados que está dando en todo el mundo la saga Crepúsculo. Pero, ¿acaso sólo los vampiros están muertos y quieren volver a la vida? Ajá. Con el zombi hemos topado.

El zombi es, visto su atractivo interactivo, el siguiente en la lista de monstruos con posibilidades (lectoras). Y he aquí que la ecuación ha permitido a la literatura ocuparse por primera vez de un subgénero no ya B, sino Z, algo históricamente sólo al alcance de los tebeos de grapa (Historias de la Cripta entre ellos). Y lo ha hecho llevándose por delante todas las barreras, incluidas las del delirante calco con añadidos. Y estamos hablando de Orgullo y prejuicio y zombis (Umbriel), todo un homenaje en clave víscera y sonrisa de calavera al clásico de Jane Austen, firmado por un tipo de Los Angeles llamado Seth Grahame-Smith que no ha hecho otra cosa que plagar de zombis los alrededores de la mansión de los Bennet. Bienvenidos todos a un mundo en el que las chicas son buenas si saben defenderse. A un mundo en el que la dulce e inteligente Elizabeth Bennet es en realidad una despiadada cazazombis, mientras que el apuesto señor Darcy se convierte en un apetitoso bocado para el ejército de muertos que ha invadido Netherfield Park. Para fans, un aviso. Se prepara ya la versión zombi de La casa de Bernarda Alba. Otro puñado de chicas en apuros.

Pero hay más. Mucho más. El autor de Déjame entrar, John Ajvide Lindqvist, ha saldado la cuenta con los chupasangres y en su lugar ha decidido preguntarse qué pasaría si los zombis tomaran Estocolmo. Y ha firmado con tales mimbres una enorme epopeya en descomposición llamada Handling the Undead, que llegará a las librerías españolas en marzo de la mano de Espasa. Mientras, se crean concursos literarios de temática zombi (la revista virtual ZomicZ ha abierto la veda); David Wellington firma la segunda parte de Zombie Island, llamada Zombie Nation (ambas han sido publicadas por Timun Mas), y Dolmen lanza Apocalipsis Z, la novela que primero fue blog de Manuel Loureiro -o lo que es lo mismo, las peripecias de un abogado gallego en un mundo repleto de muertos vivientes… La cosa no ha hecho más que empezar. Pero promete.

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Escrito por el ene 25 2010. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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