Joseph Roth: borracho pero lúcido
La literatura centroeuropea, tan en boga hoy, tiene en Joseph Roth a uno de sus nombres más representativos. Este “judío oriental en busca de patria”, según lo caracterizó Marcel Reich-Ranicki, dejó tras de sí veinte narraciones e infinidad de crónicas que reflejan a la humanidad en un fin de mundo.
Texto: Carles Barba
A setenta años de su muerte, Joseph Roth estaría seguramente encantado con la posteridad de su figura y obra en el mundo, y particularmente en España. Acantilado ha ido editando modélicamente sus novelas y relatos, así como un tomazo con las Cartas; Siglo XXI ha reunido sus escritos periodísticos en El juicio de la historia; y Minúscula se ha ocupado de sus piezas más cosmopolitas y viajeras (Crónicas berlinesas y Las ciudades blancas). Por otra parte, también se encuentran disponibles algunas obras que reflejan al hombre: Huida y fin de Joseph Roth de Soma Morgenstern (en Pre-Textos) y El santo bebedor. Recordando a Joseph Roth de Geza von Cziffra (en Acantilado), así como el amplio estudio de Claudio Magris Lejos de donde: Joseph Roth y la tradición hebraico- oriental (en Siglo XXI). En resumidas cuentas, es un escritor hoy muy visible y ubicuo entre nosotros, y ha tenido la fortuna además de caer en manos de excelentes traductores (Feliu Formosa, Miguel Sáenz, Jesús Pardo, Eduardo Gil Bera, Berta Vias Mahou…).
En cualquier caso, su vida y destino siguen resistiéndose a interpretaciones unívocas y, cuanto más se entrevé de ellas, más paradójicas parecen sus fuentes nutrientes. No hay más que echar un vistazo a su evolución ideológica: el hombre que en los años 1920 firmaba Joseph el Rojo y zahería el orden burgués estaba adscrito, al final de su vida, a la anacrónica corriente de los monárquicos más sectarios. Otra ambivalencia: desde los 23 años bebió cada vez más compulsivamente, hasta la autodestrucción final. En cambio, estos desequilibrios apenas se transparentaron en su escritura: lo mismo en su narrativa que en el periodismo, cuajó una de las prosas más acrisoladas y brillantes surgidas en Austria en la primera mitad de siglo (y eso, con compatriotas de la talla de Musil, Broch, Zweig, Doderer o Hofmannsthal). Supo, en definitiva, sobreponer su estatura de artista supremo por encima de los remolinos que constantemente corrían bajo sus pies.
Su biografía ciertamente estuvo erizada por continuas penalidades. Se lo confesaba a Stefan Zweig en carta fechada en noviembre de 1935: “Tengo 41 años. Durante quince he comido pan a secas. Luego vino el pan con mantequilla. Luego vino la guerra. Luego vinieron diez años de subsistencia. Luego vinieron los anticipos. Periodismo. Trabajo repugnante. Humillación”. La inestabilidad que lo acompañó siempre hay que remontarla a su mismo nacimiento. Vino al mundo el 2 de septiembre de 1894 en Brody, Galitzia (hoy Ucrania), poco después de que Nachum Roth, su progenitor, tratante de cereales y madera, hubiese desaparecido del hogar, al parecer víctima de alguna patología mental que más adelante lo llevó al suicidio. El escritor tuvo que crecer sin padre (y sin hermanos), criado sólo por su madre, Maria Grübel, la hija de un comerciante judío de paños que enseguida enviudó, lo que llevó a la joven a restituirse a su casa original y a dirigirla. Moses Joseph pasó sus primeros años en el domicilio del abuelo paterno y pronto fue ahijado por Siegmund Grübel, el hermano mayor de su madre, que en la cercana Lemberg (hoy Lvov) había prosperado como comerciante de malta y lúpulo. El pequeño huérfano, en verano, iba a la casa de su tutor Siegmund en Lemberg y, durante los inviernos, concurría a la escuela primaria y gratuita Baron Hirsch, conocida como “escuela comunal judía”. Su madre lo acompañaba al colegio todos los días y lo conducía de nuevo a casa, protegiéndolo posesivamente y evitando a toda costa que llegase a oídos del niño el bulo de que su padre era un perturbado. Lo cierto es que el fantasma paterno se enseñoreó de él hasta sus últimos días, como lo atestigua otra carta a Zweig de julio de 1934: “¡Si supiera usted bien cómo me va! ¡Qué rodeado estoy de tinieblas! Temo cada día por mi juicio y vuelven los presentimientos que no había tenido desde mi adolescencia, de que me volveré loco a la misma edad que mi padre. ¡Sufro aterradoramente, mi querido amigo! Y trabajo para huir”.
Joseph Roth ingresó pues en la pubertad con acentuados sentimientos de misantropía. En el otoño de 1905 entró en la escuela secundaria K.K. Kronprinz Rudolf, de Brody, y allí cursó el bachillerato entero, hasta 1913. El chaval rápidamente destacó como el primero de la clase y, gracias a un singular profesor (y poeta), Max Landau, muy pronto se despertó en él el amor a la literatura. Tuvo una suerte especial: perteneció a la última de las hornadas que cursó sus estudios en alemán (justo antes de la rápida penetración de la cultura polaca) y así pudo hacer de la lengua germánica su propio instrumento de expresión, y encontró en la gran tradición de Goethe y Heine, de Lessing y Hölderlin, un arsenal inagotable de fecundas lecturas juveniles. En su natal Brody, por cierto, este sensitivo y solitario muchacho halló un segundo filón de goces poéticos: el paisaje de Galitzia, los bosques y pantanos que rodeaban su ciudad, el concierto de las ranas y las alondras, y el paso migratoria de los gansos salvajes que, lo mismo que los contrabandistas y refugiados, iban y venían regularmente por esta guarnición de frontera.
Roth emprendió su vida de nómada en 1913-14, instalándose en Lemberg para iniciar los estudios universitarios. El polaco que primaba en las aulas y la insatisfactoria relación que tenía con su tio (que lo alojaba), le movieron a trasladarse a Viena, entonces una metrópolis en pleno apogeo cultural y social, con una comunidad de 100.000 judíos en su seno. Su primer contacto con la Universidad lo desmoralizó: tal como apunta su biógrafo David Bronsen, había esperado hallar literatura y lo que encontró fue filología germánica. El joven dió en todo caso con otro profesor de talla, el catedrático de literatura moderna Walter Brecht, y gracias a él se hizo consciente de que los autores austríacos formaban dentro de las literaturas germánicas un grupo con características propias. En esos años vieneses, Roth se domicilió en distritos obreros. Para ganarse unas monedas, trabajó de preceptor para los dos hijos de la condesa Trautmannsdorff y en esa casa empezó a adquirir las maneras dandies que luego destacarán sus compañeros universitarios. Uno de ellos, Jozef Witlin, lo recordaba atildado, con bastón, y mirando el mundo a través de un monóculo.
La fascinación que le produjo Viena se vió sacudida de golpe por el atentado de Sarajevo. “Mi experiencia más profunda fue la guerra y la quiebra de mi patria, de la única patria que jamás tuve: la monarquía austrohúngara”, diría después. Para más inri, en 1916 muere el emperador Francisco José I y él acusa esta desaparición como la de un padre protector y consolador. El 28 de agosto de 1916 se inscribe en la Escuela de Instrucción de Voluntarios del 21 Batallón de Cazadores y, al tiempo que presta servicio militar, empieza a publicar artículos y poemas en diarios de Viena y Praga. No hay constancia de que interviniera en acciones bélicas. Él, en su madurez, urdió una serie de imágenes retrospectivas que parecen fruto de su fantasía romántica. “Hasta el final de la guerra estuve en el frente, en el este. Yo era valiente, austero y orgulloso”, diría a su editor Kiepenheuer. El conflicto de 1914-18, en todo caso, sin duda acabó con los últimos restos de su inocencia existencial y acentuó su desarraigo, que en lo sucesivo exorcizó añorando un mítico mundo de caballerosidad y honor aristocratizantes. La imaginería militar se apoderó de su mente y a ella recurrirá cuando, por ejemplo, a la hora de explicar por carta a Zweig su vida a salto de mata, le diga: “Usted piensa estratégicamente como un general, y yo tengo que pensar tácticamente, como un teniente”.
Tras el final de la guerra, a los 24 años, Roth reemprendió la vida civil sin un céntimo, con los estudios interrumpidos y la necesidad de ganarse el pan con el periodismo. Enseguida dio muestras de no tener aptitudes para la información, pero en cambio se reveló un brillante cultivador del reportaje. Alfred Polgar, desde Der Friede y Der Neuer Tag, dio generosa cabida a las colaboraciones del galitziano y aquí el incipiente cronista empezó a manifestar su sintonía con el socialismo radical. En esos años conoce por cierto, en el café Herrenhof, a la que sería su esposa, Friederike Reichler, una joven de apenas 18 años, pobre, oriunda también de Galitzia, y de la que después diría a su prima: “Jamás habría pensado que yo fuera capaz de amar durante tanto tiempo a una chiquilla como ella”.
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En junio de 1920, Roth decidió mudarse a Berlín en busca de mejores oportunidades y no erró la previsión, porque en esta capital despegó de verdad su carrera literaria. Se volcó de lleno en el reporterismo político y costumbrista, y, gracias a cientos de colaboraciones en el Neue Berliner Zeitung, el Berliner Börsen-Courier y el prestigioso Prager Tagblatt, se convirtió en uno de los periodistas mejor pagados del área alemana. En ese favorable impasse, el Frankfurter Zeitung contrató su pluma y lo mandó de corresponsal a París. Para entonces, Roth había perdido a su dominante madre (1921) y se había casado con Friederike (1922), a la que se llevó a su nuevo destino parisiense. Tras el periplo galo, Roth inició su carrera de narrador, con dos primeros títulos de corte periodístico (La tela de araña y La rebelión) a los que siguieron Hotel Savoy, Huida sin fin y Zipper y su padre, donde se transparenta una crítica corrosiva del Berlín weimariano y apunta ya la nostalgia de un pasado imperial.
Entretanto, en su vida privada Roth ha de lidiar con una situación muy ingrata: a su mujer Friedl se le diagnostica una esquizofrenia y él (corroido por la culpa) se da a la bebida con furia. Para espantar sus penas, trabaja con ardor en una nueva novela, el Job, y avisa a sus conocidos: “Será una sensación y me haré de un solo golpe rico y famoso”. Efectivamente, esta historia de un judío sencillo que viaja a América en pos de un futuro le catapulta internacionalmente. Coinciden con este éxito profesional dos encuentros decisivos: con Stefan Zweig, que en adelante será su mejor confidente y amigo, y con Andrea Manga Bell, una mulata de sangre cubana y alemana, madre de dos niños habidos con un príncipe camerunés, que será su compañera durante cinco años. La mujer sucumbió inmediatamente al hechizo del escritor: “Jamás he conocido a otro hombre con tanta atracción sexual” -confesaría después-. “Andaba tan despacio como un caracol, todo en él estaba como inhibido, jamás se observaba en él un solo movimiento espontáneo, estaba siempre al acecho, cada uno de sus gestos era meditado. Pero era capaz de ser más tierno que ningún otro hombre, y yo me volví loca por él”. En adelante, Roth cargó con la que llamaba su “tribu negra” (Andrea y los dos críos) y se deslomó para mantenerlos, escolarizarlos y darles una vida digna.
En medio de tales borrascas, con Friedl peregrinando de clínica en clínica y él sacando adelante a su nuevo cogollo, Roth logró terminar la que se considera su obra maestra, La marcha de Radetzky (1932). Aprovechando los recuerdos que almacenaba de la época imperial, levantó un grandioso friso elegíaco a la Austria de los Habsburgo y pudo decir después con orgullo de su personaje principal: “Der Leutnant Trotta, der bin ich” (“El teniente Trotta soy yo”). Con esta ficción se aseguró un lugar en las letras alemanas y se ganó el respeto de la comunidad literaria y de los públicos más diversos.
Pero el advenimiento de Hitler le dejó disfrutar muy poco de su nuevo estatus y en 1933 salió de Berlín camino de un exilio que durará hasta su muerte. París será en lo sucesivo su cuartel general y los hoteles y cafés, sus lugares de trabajo, y también sus precarios espacios de convivencia familiar y social. Este régimen de provisionalidad continua, de inestabilidad financiera y de cada vez más visceral adicción alcohólica, acabará extenuándole y llevándolo al colapso con sólo 44 años. Las Cartas (las destinadas a Zweig sobre todo) constituyen un documento insustituible para seguir esta deriva. Cuando el escritor salzburgués le riñe por abusar del vino y el aguardiente, Roth le contesta: “No se preocupe por la bebida. Más que arruinarme, me conserva. Quiero decir que el alcohol, sí, acorta la vida, pero impide la muerte inmediata”. A lo que Zweig responde: “Usted sólo tiene un deber, escribir buenos libros y beber lo menos posible, para que nos dure a nosotros y a sí mismo”.
Las borracheras, sorprendentemente, no obnubilan su lucidez. Con implacable clarividencia, Roth ve las sombras que se ciernen sobre el mundo: “Lo que está en juego aquí es la civilización europea”, clama y constata: “Cualquier establo de vacas encierra hoy más inteligencia que la que alienta en la humanidad”. Su pesimismo se trasluce en su siguiente novela, El Anticristo, y su desengaño hacia los partidos de izquierdas (a los que también culpa del envilecimiento de la sociedad) lo conducen a abrazar un monarquismo reaccionario, e incluso llega a participar en los intentos de restaurar en el trono a Otto von Habsburg, sobrino nieto de Francisco José I.
En los años 1935 a 1937 se muda varias veces de residencia (Niza, Marsella, Amsterdam, Ostende…), sigue produciendo relatos con los que salda sus deudas (Jefe de estación Fallmerayer, El triunfo de la belleza, El busto del emperador, Confesión de un asesino…) y se somete en Viena a un tratamiento de desintoxicación, que abandona antes de tiempo. En 1937 se rompió su relación con Andrea Manga Bell (harta ella de “mi vida en los cafés”) y al poco Roth conoció en Ostende a una escritora y actriz de 27 años, Irmgard Keun, con la que convivió un año y medio. Irmgard bebía también y acompañó a su pareja en una gira de conferencias por Polonia, para luego viajar con él hasta Viena y Lemberg, en donde el escritor se reencontró por última vez con los escenarios de su niñez y juventud.
De hecho, Galitzia y sus gentes y paisajes lo acompañaron siempre en la emigración, y ello explica que, en una de sus últimas narraciones cortas, El peso falso. Historia de un inspector de pesas y medidas (Siruela), la evocase de nuevo, en descripciones que rebosan nostalgia y melancolía. Roth sentía cada vez más agudamente la pérdida de su sistema de valores y en La cripta de los capuchinos (1938) describe a su personaje Franz Ferdinand Trotta buscando acogida en la cripta de los Habsburgo y preguntándose desolado: “¿A dónde iré ahora yo, un Trotta?”.
En 1939, Roth, de vuelta a París, se sabía ya desahuciado. “Tengo el arrojo de la desesperación”, se confesaba con su querido Zweig. Y, aunque sus desdichas amorosas y la ocupación alemana de Austria lo habían desmoralizado profundamente, todavía pudo apelar a su genio creativo y escribir un relato testamentario y conmovedor, La leyenda del santo bebedor (Anagrama), la historia de un clochard que sobrevive bajo los puentes del Sena y cuyo honor está empeñado en restituir una deuda con santa Teresita de Lisieux. En el personaje de Andreas Kartak, Roth se autorretrató por última vez y sin afeites, con todas sus debilidades y toda su generosidad.
En mayo de 1939 vino por fin en su busca (son sus propias palabras) “el prendero que le cae a uno antes de tiempo”. Enterado del suicido de Ernst Toller, Roth se derrumbó y hubo de ser ingresado en el hospital Necker de París, víctima de una crisis irreversible. Tras varios días de delírium trémens, expiró el 27 de mayo, a las cinco de la mañana.
“Creo que sólo soy capaz de conocer el mundo cuando escribo, y cuando dejo la pluma estoy perdido”. Tal confesión resume con justeza la singladura de un hombre que se autodefinió como “un pequeño judío pobre” y escribió casi siempre apremiado por el tiempo y la propia supervivencia. “Me figuro que es más decoroso que me ahogue en el mar del trabajo que en el real”, argumentaba a menudo, y justificaba en concreto su práctica de la ficción con una explicación muy sencilla: “Escribo cada día sólo para perderme en destinos inventados”. A medida que su situación económica y el estado de su salud y nervios se agravaron, quedó atrapado en un cepo perverso: por un lado tenía que producir libros deprisa para pagar las cuentas y, por otro, su conciencia literaria (“una pésima enemiga”) le exigía trabajar despacio, para dar a las escenas y al lenguaje la verosimilitud y perfección formal de la gran literatura. Siempre creyó que tenía de su lado un ángel que lo protegía. Y, a la vista del conjunto de su obra, lo que consiguió parece mismamente un milagro.









