Gutiérrez Aragón: “Quiero que la cultura sea elitista”
Retirado del cine desde hace poco más de un año, Manuel Gutiérrez Aragón se presenta ahora como novelista con “La vida antes de marzo” (Anagrama), el encuentro de dos desconocidos en un tren que ha sido bendecido con la última edición del Premio Herralde. Texto: Begoña Piña Foto: Sebastián Romero Márquez
Viajero vocacional, Manuel Gutiérrez Aragón, en las largas travesías a lo largo y ancho del mundo, ha sufrido a bastantes compañeros de asiento “súbitamente dipsómanos y parlanchines”. Él, repentina y deliberadamente esquivo, procura no hablar con ellos, para lo que abre un libro en chino y se pone unos auriculares. Y, sin embargo, paradojas del creador, ha buscado justamente en esa situación el origen de la historia de su primera novela, La vida antes de marzo. Dos hombres –Ángel y Martín– se encuentran en el vagón del tren circular Lisboa-Bagdad. Es el año 2024. Animados por las botellas de vino que van consumiendo –singulares de cada país por el que pasan–, inician el relato propio e íntimo de sus vidas sin saber, aunque tal vez presintiéndolo, que entre ellos existe el vínculo de una muerte. Retirado del cine desde hace poco más de un año, el cineasta ha mutado en novelista, buscando en la literatura nuevos destinatarios de su arte. Con su primera obra recién aparecida, prepara ya la segunda.
Ahora ya no es director de cine. ¿Es escritor?
Ahora mismo me parece que nunca fui director, que las películas las dirigía uno que se llama como yo, Manolo Gutiérrez, que es un pariente lejano mío. En realidad, hace años que me preparo para escribir, pero lo he ido aplazando porque sabía que la decisión iba a ser como profesar o contraer matrimonio. Y, la verdad, son dos pasos muy serios. Ahora he elegido la novela y aquí me quedo.
¿Por qué ahora?
Ni yo mismo lo sé. Porque ahora toca ser otro, porque siempre fui escritor, porque me rejuvenece una nueva actividad… Lo que nunca quise fue hacer a la vez cine y escribir. O sea, que eso de ser un rato director de cine y otro rato novelista, no. Si un día volviera al cine, dejaría de ser novelista.
¿Por qué ha ganado la apuesta la literatura?
Me preocupa mucho el “para quién”. Cuando hacía películas como Sonámbulos, que eran decididamente minoritarias, tenían un destinatario. Ahora, el destinatario puede ser incluso mayor en número, pero yo siento un vacío. No sé para quién lo hago. Con la literatura no me pasa porque ya está acotada. Antes, desde un punto de vista progresista, queríamos que la cultura fuera mayoritaria, ahora estamos necesitados de una cura minoritaria. Parece paradójico, pero yo siento la necesidad de que la cultura vuelva a ser elitista, escogida, porque lo otro, este desparrame mediático, no sólo ha servido para empobrecer la cultura, sino también a los consumidores de cultura.
Nada más anunciar que estaba escribiendo una novela le salieron varios novios.
Tuve un par de ofertas de editoriales, pero decidí que fuera Herralde, que era uno de los que no me había llamado. Pensé que si a mí lo que me gustaban eran los libros que edita Herralde, pues que me gustaría editar con él. Entonces le llamé y le ofrecí la novela. La leyó enseguida y me dijo que sí. Hace muchos años, Herralde, al que no conocía de nada, me dijo: “Si un día escribes una novela, dímelo”. Y otro que me lo dijo fue Manolo Rodríguez Rivero, cuando estaba en Espasa. Pero de esto hace veinte años.
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Dos personas se cuentan sus historias en un tren. ¿Qué le decidió a partir de este punto?
Contar algo es como viajar. El tren es el relato. En este caso, el expreso Bagdad-Lisboa no tiene paradas. Así que el relato no se detiene nunca, no tiene final, porque lo propio de una narración es seguir, seguir siempre. Ponerle final es un artificio retórico.
Para cumplir ese propósito de narración que no muere, se ha inventado un tren de lo más especial…
Creía que me había inventado un tren así, pero ¡qué va! El otro día vi un reportaje de un proyecto japonés ingeniosísimo. Es un tren como el que me he imaginado, sólo que los vagones auxiliares cuelgan por encima del tren y se acoplan al convoy principal, que no se detiene nunca. Mi invento es más modesto.
¿Y por qué Lisboa-Bagdad?
Esto es un secreto de cocina, yo quería que el tren viniera de Bagdad porque de Bagdad vienen los cuentos. También porque Bagdad es el sitio de los “malos” y, sin embargo, en la historia se cuenta que ahora, en el 2024, los árabes son los dueños del tren. Y Lisboa porque es el punto más extremo hacia Occidente.
¿Toda la novela partió de esas premisas?
Quizás la primera idea de la novela venga de imaginarme a dos personas desconocidas que se cuentan sus historias. Dos extraños que beben vino juntos, a los que se les suelta la lengua con el alcohol. Y todo eso ocurre en ese tren velocísimo que atraviesa Europa. Ése es el marco y lo único que ha permanecido invariable en todos los esquemas que he hecho, que han sido muchos.
¿Por qué? ¿Le ha puesto un empeño especial por ser la primera novela?
El desarrollo de la novela ha dado muchas vueltas. En el libro hay vacas, policías, desguaces, chatarra, extremistas… Todo lo he pasado varias veces por el colador. He rellenado bastantes cuadernitos… también en viajes largos. Un vuelo a La Habana, otro a Shangai, a Berlín…. Horas encerrado en un avión dan para mucho. Y yo también bebo bastante en los aviones. Al final, me cuesta un poco descifrar las notas que he tomado, sobre todo en las horas finales del viaje, qué le vamos a hacer.
Con la variedad de vinos que beben los personajes, usted se revela como un gran conocedor del asunto.
En el libro menciono los vinos que me gustan a mí. Los viajeros de ese tren apenas tienen ocasión de ver el paisaje, así que se lo beben. Los dos se cuentan el uno al otro, necesitaba justificarlo con algo como el vino, que suelta la lengua. Hay gente que no suele beber y que en los viajes sí lo hace: por miedo, por aburrimiento, porque es gratis… Y en seguida quieren pegar la hebra con el viajero de al lado. He sufrido a bastantes de esos viajeros súbitamente dipsómanos y parlanchines. Yo también bebo mucho en los viajes, pero no cruzo una palabra con nadie. Abro un libro en chino y me pongo los auriculares.
En su novela hay “vacas, policías, desguaces, chatarra, extremistas…” y éstos últimos son los del 11-M. ¿Por qué ha buscado conexión con una realidad tan dura?
El 11-M ha sido el impacto mayor que hemos recibido los que no vivimos la guerra civil. Un mazazo inesperado, absolutamente abominable. Muchas personas han tenido alguna clase de relación con la tragedia y ha conmovido a más gente que ninguna otra.
Sin embargo, el 11-M no es lo esencial del libro. ¿No teme que piensen que es una novela sobre los atentados?
Evidentemente, un hecho como el 11-M tiñe todo el papel donde lo pongas. Cosa que no me gusta, no es real, pero cuando lo hice ya sabía que eso ocurriría. Toda la novela es una consecuencia de unos hechos producidos años atrás y sólo uno de ellos es el atentado. Por otra parte, yo creo que, junto con la tristeza y la pérdida que produce un atentado, está el sentirse humillado, que es una sensación distinta de la impotencia. En el relato, la idea del humillado es más importante que la del 11-M.
A pesar de todo, ha dedicado mucho esfuerzo a la investigación, ¿no?
Y, además, lo que más me ha costado ha sido compaginar la ficción novelesca con la conspiración yihadista. En el texto se respetan los hechos principales, como las reuniones islamistas en el río Alberche o el robo de los explosivos en Asturias. También he utilizado las declaraciones de testigos protegidos. Y me han ayudado mucho los periodistas de La Nueva España. Los nombres de los personajes reales se han cambiado, claro. Y Ángel y Martín son entes de ficción, como Véspero, el monte de Asturias.
En sus películas siempre ha dejado ver su propio universo escondido tras sus personajes, los paisajes… En la novela, ¿hay mucho de usted y de sus recuerdos?
La parte de la novela que trascurre en las montañas del norte es más identificable con los escenarios de mis películas. Pero yo llevo ya más años viviendo en este páramo manchego que los que viví en el norte. Tanto son recuerdos los de allí como los de aquí, claro que los de la infancia siempre son recuerdos especiales, y así salen en la novela, algo míticos. Esta vez he tenido que cambiar Cantabria por Asturias. En cuanto a los personajes principales, quizá mi propia esquizofrenia se vea reflejada en los dos: próximos y distintos, amigos y enemigos.
Pues, por las pistas que ha ido dando en su cine, se diría que usted es más uno de ellos.
Bueno, sí. Martín es más yo, en él me reconozco. Es el chico con padre reconocido, buen estudiante, que tiene criadas y tiene amores caprichosos, como todos los señoritos. Y el otro es el “Otro” con mayúsculas. Es hijo de padre desconocido, madre que a todos los efectos puede pasar por puta y un chico de la calle. Pero fui descubriendo que éste tenía más interés. Me interesa lo que tiene de personaje humillado, marginado siempre, porque es un semidelincuente, tiene un trabajo siempre en precario y, sobre todo, tiene un origen marcado. Es un personaje que suele fabricar nuestra propia incomodidad.
Muchos se preguntarán si su novela se va a adaptar al cine…
Me gusta pensar que La vida antes de marzo es irreductible al cine. Pero también sé que a la pantalla se puede adaptar cualquier cosa, incluso la guía telefónica. Mi intención, en cualquier caso, ha sido hacer literatura. Sé que algunos verán al guionista detrás del texto, pero el proceso ha sido a la inversa. Lo he pasado muy bien escribiendo, sin pensar en un presupuesto de producción, en el lanzamiento, en el público…









