Luis Goytisolo sigue los caminos del azar

El académico y escritor Nobelable Luis Goytisolo novela su propia vida en “Cosas que pasan” (Siruela) para construir desde este material un ensayo sobre las casualidades e influencias esenciales en la creación literaria. Texto: Begoña Piña

Miembro de una reconocida saga de la literatura española, a Luis Goytisolo ha llegado a sobresaltarle, a sus 74 años, el poder del azar, de lo imprevisible, en la vida. “Lo que impresiona es que en el acto sexual en que tú eres concebido, si el único macrogameto fecundado hubiera sido otro, uno también hubiera sido otro distinto”. Y, de ahí, el académico se deja ir, desde la infancia hasta hoy, por los caminos más azarosos de su biografía para identificar desde ellos las consecuencias. “Los factores aleatorios que conforman la vida de uno” y cómo las circunstancias de esta vida “y del yo” influyen en la creación literaria es el tema del nuevo libro de Luis Goytisolo, Cosas que pasan, un ensayo para el que el autor se ha prestado a sí mismo como rata de laboratorio. Son sus propias experiencias las que sirven de materia prima para construir esas reflexiones.

Sueños y pudores

¿A esta mezcla de ensayo y memoria le llama usted novela?
En el fondo, es un ensayo novelado a partir de mi vida.

En el libro reflexiona sobre lo que ha tenido consecuencias en su creación literaria. Dice que la ausencia de su madre, muerta por una bomba el día que usted cumplió tres años, no le ha influido. ¿Realmente lo cree así?
La ausencia de mi madre… Yo siempre la he negado y el libro empieza así, lo que pasa es que al final también se acepta como obvia, aunque yo mismo no sepa muy bien por qué ni cómo. De alguna forma tiene que haber influido, pero de una forma muy distinta a como deber de haber influido en mi hermano Juan o en José Agustín, porque yo no guardo ningún recuerdo de ella. En sueños, sí, es curioso, alguna vez he soñado con ella y en esos sueños mi madre aparece vestida como en los años 1930.

¿Qué sueños tiene ahora?
Estoy convencido de que el yo soñante tiene su propia memoria, te remite y te explica, y hay sueños que se van complementando. En mis sueños, hay una ciudad que yo voy conociendo, que es una mezcla de Madrid y Amberes. Una mezcla rara. Voy descubriendo zonas nuevas, que desconocía, o una casa contigua, que es susceptible de estupendas reformas…

En su obra es muy evidente la influencia de la sexualidad. ¿Por qué es tan importante?
La sexualidad me parece muy importante no sólo en mí o en mis hermanos, sino en la mayor parte de los escritores, que siempre han tenido una pulsión sexual muy intensa. Por ejemplo, en Marcel Proust, En busca del tiempo perdido es pura pulsión sexual. Lo es también en Joyce. Es el tema central del Ulises, los paseos de Leopold Bloom por Dublín, que no te explicas por qué pasea tanto y en realidad es porque no quiere volver a su casa, porque sabe que su mujer tiene una entrevista con un contratista de cantantes de ópera y éste es un paseo atormentado por los celos. Faulkner está seguramente muy inhibido por los problemas de alcoholismo que tenía. Y en Hemingway está muy sublimado en todas sus novelas. Influye en el escritor, pero es que influye en todo el mundo.

¿Es difícil llegar a esa casi ausencia de pudor a la hora de escribir de sexo, de emociones…?
Seguramente, porque soy tímido soy menos pudoroso. Creo que es cierto que de lo auténtico surgen buenas obras… Aunque también es cierto todo lo contrario. En determinados escritores hay todo un ejercicio malabarístico para ocultar y eso también puede ser muy fecundo. Precisamente, es una figura que yo trato en Oído atento a los pájaros. Es un pintor al que le sugieren escribir su autobiografía y entonces, con el mayor desparpajo y sin darse cuenta, piensa: “Qué bien, así me puedo inventar una vida”. Y empieza a escribir, pero el lector, que conoce los datos reales, se da cuenta de que es un arreglo. Esto es muy frecuente y puede ser muy bueno. La sinceridad no lo es todo.

Pero parece que escribir de ese modo le procura cierta satisfacción, ¿no es así?
Para mí es una necesidad placentera y lo ha sido siempre. Estas cosas que cuentan algunos autores del sufrimiento de escribir, incluso Conrad, que sentarse a la mesa era como prestarse a una sesión de tortura cotidiana, a mí no me ha pasado nunca. También es cierto que nunca pensé que iba a vivir de la literatura.

Sin embargo, ha sido su forma de vida.
Pues sí. Y los documentales, que he dirigido 32, más que novelas, que me parece que estoy en la dieciséis o diecisiete. Pero económicamente me ha compensado. Mi imagen de pequeño era Joseph Conrad, capitán de barco; me hubiera encantado escribir novelas de países exóticos, supongo que de ahí me viene lo de los documentales. Y Saint-Exupéry, que era piloto de aviación. Me hubiera gustado salir piloto.

En el libro menciona a muchas personas conocidas. ¿Le inquieta lo que piensen al leerlo?
Son cosas inevitables. Qué se yo, por ejemplo, mi alejamiento de Barral. Yo siempre he pensado que el primer Seix Barral fue obra de Jaime Salinas, que era el que sabía. Carlos Barral no leía las novelas, opinaba improvisando. Mi ruptura con él no se hubiera producido, pero en el fallo del Premio Biblioteca Breve iba a ganar Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth me parecía una excelente novela, muy innovadora. Y ganaba. Lo que pasa es que Barral se trabajó a los jurados y ganó Juan Marsé. Marsé es un escritor al que respeto enormemente, pero Últimas tardes con Teresa no me parece su mejor novela, tiene páginas buenas, pero no está lograda. A mí me gusta más Si te dicen que caí o Ronda de Guinardo o incluso Las muchachas de las bragas de oro, que es francamente graciosa. Me irritó la actitud de Barral. Luego, visto como iban los premios, pues ya me sorprendo mucho menos. Pero yo era un joven muy estricto.

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Los hermanos, los hijos...

También habla de un distanciamiento literario con sus hermanos y da la sensación de que se extiende a lo personal. ¿Es así?
Ha habido distanciamientos, producidos por cosas de la vida, cosas que pasan que no tienen que ver con la creación literaria. No voy a entrar en detalles. Es curioso, porque en otras familias yo veía que había disputas entre hermanos y pensaba: “¡Qué cosa más rara! Entre nosotros nunca pasará”. Y sí, sí. Terminó habiendo disputas entre los cuatro.

Se ha cumplido el décimo aniversario de la muerte de su hermano José Agustín. ¿Qué opinión tiene de él como poeta
Era una persona enormemente afectuosa y a mí me quería muchísimo, aunque nos peleábamos con frecuencia. Él se sentía un poco herido por la consideración de poeta secundario que le tenían algunos de sus compañeros de generación. Barral, Gil de Biedma, Valente… No es el tipo de poesía que a mí me guste más, pero yo creo que era un buen poeta. Uno de los últimos libros que escribió me gustó especialmente. Creo que le perjudicaron, en el sentido de consideración literaria, sus canciones y esas cosas. Escribía como era. Él era una persona muy optimista y convertía en realidad lo que hubiera deseado. Eso también le pasaba porque era ciclotímico, estaba en tratamiento, pasaba de épocas de depresión profunda a épocas de exaltación. Esto le hacía tener un comportamiento un poco mitómano. Inventaba una realidad que hubiera deseado. Pero, por lo demás, era muy buena persona.

¿Cuántas veces le han confundido con alguno de sus hermanos?
Constantemente. Ya estoy habituado, incluso sale en fotos. Cuando ocurre, contesto cortésmente. Pero casi lo que me sorprende es que me conozcan por la calle, que me paren, que me pasa mucho más en Madrid que en Barcelona. Se lo agradezco sinceramente a la gente, claro.

No menciona a sus hijos en el libro. ¿Es que el nacimiento de un hijo no influye en la creación literaria?
No lo sé en otros casos, en el mío no. Pero es que, por otra parte, esto ha sido en cierto modo premeditado, no quería condicionar a mis hijos de ninguna forma. Yo creo que los dos son estupendos, uno es pintor, el otro es científico, pero prefiero que no se sientan implicados. Lo he hecho para no proyectarles una carga, por su propia libertad. Como todo el mundo, cuando yo tenía veinte años ni pensaba casarme ni tener hijos, pero los dos fueron muy bienvenidos y me ocupé mucho de ellos cuando eran pequeños.

En Cosas que pasan reflexiona sobre la emoción que transmite la obra. ¿Conseguir esa emoción en el lector es el objetivo último del escritor?
Es el telón de fondo de lo que intento transmitir, que, en definitiva, es que el lector se conozca mejor a sí mismo y que conozca mejor el mundo y que ese conocimiento, y sobre todo la forma en que está dicho lo leído, le emocione.

Últimamente, ¿qué le ha emocionado leyendo?
Cosa nueva, ninguna. Para mí es un descubrimiento reciente, aunque un poco tardío, W.G. Sebald. Tiene algunos libros realmente sensacionales, lo considero un afín. Como también Claudio Magris. Por los demás, Francia está pasando un mal momento literariamente; Italia, también; Alemania está bastante bien. Es que yo creo que en la segunda mitad del siglo XX, la literatura en español y en alemán, contando austriacos y latinoamericanos, es la mejor. En España, la segunda mitad del XX fue mucho más importante que la primera, pero la gente no se da cuenta.

¿Qué destacaría de esa segunda mitad de siglo en España?
En novela hay figuras muy importantes, dos juanes y dos luises… Que son Luis Martín Santos y Juan Goytisolo, por una parte, y Juan Benet y Luis Goytisolo, por otra. Juanes hay más, está García Hortelano, Marsé, etc. Esto no existe en la primera parte del XX. Baroja es un escritor muy respetable, pero es del siglo XIX. Valle-Inclán, lo mismo; a mí me gusta, pero es un novelista de otra época. En poesía, yo creo que Lorca es un gran poeta. Juan Ramón Jiménez también lo fue, pero Jaime Gil de Biedma o José Ángel Valente no tienen nada que envidiarles.

El género de este libro, ¿es una especie de contestación a la novela convencional?
No. No me he planteado esto. Lo que pasa es que mi literatura no tiene nada que ver con los best sellers, que es que han existido siempre y que me parece muy bien que existan. Además yo he leído literatura, digamos, de consumo. Patricia Highsmith la he leído de cabo a rabo. Es un género que me gusta, pero cuando hay cierta calidad. Highsmith, Le Carré…

Usted no es un escritor del circuito comercial. ¿Qué pensó cuando supo que su nombre estaba en las listas de apuestas para el Premio Nobel?
Yo me quedé… Cuando me lo dijeron, porque es una casa que se dedica a apuestas deportivas, a caballos… ¡y también al Nobel! La primera noticia me llegó de Estados Unidos. Estaban eufóricos allí, porque estaba muy bien colocado. Me parece en todo caso una buena noticia, me lo dieran o no. Nunca sacrificaré a lo comercial lo que a mí me interesa.

Ojos, círculos, búhos; La paradoja del ave migratoria; Estatua con palomas; Oído atento a los pájaros… ¿Qué significan los pájaros para usted?
Pues no lo sé, es un animal que siempre me ha admirado. Su inteligencia, su capacidad de percepción, su sabiduría y, sobre todo, la capacidad que tienen para simultanear, para tener una visión casi divina. Leí en una revista científica la sorpresa de los zoólogos al descubrir que eran muchísimo más inteligentes de lo que se había supuesto nunca.

¿Y eso le admira porque el ser humano es incapaz de ello?
En cierto modo, nos dan vuelta y media. Su capacidad de síntesis…

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Escrito por el ene 20 2010. Archivado bajo Autores, Entrevistas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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