El Andén acaba en el contenedor
Hace unas semanas escribí una nota sobre cómo de la explosión de El Andén habían surgido (progresivamente) hasta cuatro pequeñas editoriales (Libros del Lince, AlRevés, JP Libros y Ámbar). Hubo algunos comentarios de gente bastante enfadada diciendo que aún estaban esperando cobrar facturas. Realmente, El Andén ejemplificó esa España del descorche de los años del desenfrenado boom inmobiliario en que el dinero corría a raudales y los perros se ataban con longanizas. Su presentación en sociedad fue una fiesta rutilante, a todo plan, y allí se anunciaron docenas de contrataciones a golpe de talonario en el mejor estilo Florentino Pérez. A lo grande. Iban a revolucionarlo todo, iban a sacar el bolsillo antes que la tapa dura e iban a sacudir el apolillado universo editorial con su torrente de ideas innovadoras. Después la realidad (esa tozuda) se impuso, y la crisis (uno de los socios provenía del mundo de la construcción) terminó por desinflar el globo. Me recuerda a aquella excelente novela de Luis Landero de auge y caída (El mágico aprendiz) de una empresa que vive un momento de gloria (sustentado en una base más bien gaseosa) y termina deshaciéndose como algodón en rama. Lo que nunca pude pensar es que esta historia de El Andén tuviera un final casi más parecido a una novela de Paul Auster que a una de Landero. Hace unos días, una buena amiga editora me llama y me cuenta la siguiente historia: una amiga suya iba por la Gran Vía y cerca de un container de la basura vio unos cuantos libros. Apasionada lectora como es, se acercó. Había unos cuantos títulos nuevecitos de El Andén en unas bolsas. Triste final para los libros. Pero lo que le da el toque berlanguiano al asunto es que en una de las bolsas había algo más que libros: había correos electrónicos de altos dirigentes de El Andén, hojas con estadillos de stocks de Prólogo, Edilog y Masesmas, estadillos de stocks de El Andén, e incluso una hoja donde se detallan facturas de una conocida imprenta con una casilla final donde dice “Estado de pago” y debajo la anotación “se debe”… en todas, unas cuarenta. Doy fe de que esto es así, porque mientras escribo esto, tengo los papeles sobre mi mesa, la bolsa entera, con tres teléfonos móviles incluidos. No números de móvil, sino los teléfonos físicamente (dos Nokia y un LG) que algún día debieron echar humo. Ver para creer. Voy a ser más prudente que la persona que depositó allí ese material y no voy a contar algunas cosas curiosas que se leen en los correos. Lo que me resulta sintomático es la dejadez de El Andén (o de alguno de sus actores) y su final impúdico, dejando todo, sus libros y hasta su intimidad contable, tirado de cualquier manera en la calle… En fin, lo que empezó de manera rutilante termina a los pies de un container, una metáfora de esos tiempos de la España del ladrillazo.

Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra
A otros no nos dejaron a deber millones de euros, pero sí unos cuantos miles de los que no nos repondremos tan rápido como la familia Pascual. Hay que reconocerles un don a la saga: el de reinventarse a sí mismos sin dejar rastro. Sigue pasmándome que en este país a un autónomo se le caiga el pelo si no paga el IVA al liquidar el trimestre y a ellos no se les caiga la cara de vergüenza cuando las deudas les acechan en cada esquina de Barcelona. Por si fuera poco, si los denuncias por impago te llaman traidor y se quedan tan a gusto… pa nota!
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Masesmas, la empresa que distribuía a sellos como Salamandra, Umbriel y El Andén, está en la quiebra. Los administradores David Senserrich, Alex Ayllon, y Roger Papiol se han endeudado en 8 millones de euros, y dejaron en la ruina a familias y empresas. Movieron el dinero para formar otras empresas, como dooplan, la conjura del ocio, the end audiovisual, edilog, ESTAFADORES!!!!!
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