Esther Tusquets: con memoria y sin pudor
Tras “Habíamos ganado la guerra”, Esther Tusquets manifestó que no iba a escribir su continuación por no herir a gente que todavía vivía. Por fortuna ha reconsiderado tal decisión con “Confesiones de una vieja dama indigna” (Bruguera).
Texto: Jorge de Cominges
Se sorprende la autora, en el primer capítulo de este libro, de la buena acogida que tuvo su anterior volumen de memorias y del escaso escándalo que había provocado un texto que ella suponía iba a irritar a su familia y a la burguesía bienpensante de Barcelona. Ello fue sin duda debido a la elegancia con que redactó sus recuerdos, sin cargar las tintas en sus críticas sino valiéndose de su escritura a modo de un espejo que reflejaba de modo fiel –e implacable– la realidad situada frente a él.
En esta ocasión ha hablado con cierta libertad de sexo (aunque siendo bastante discreta con las personas implicadas), ha mostrado su amistad incondicional con escritoras como Ana María Matute, Marta Pessarrodona o Ana María Moix, y su admiración por editores como Carlos Barral, Jorge Herralde y Beatriz de Moura; no ha dudado en proferir inmisericordes opiniones sobre reputadas personalidades como Carmen Balcells, Rosa Regás, la duquesa de Medina Sidonia, Camilo José Cela o la familia Maragall, y se ha valido de su condición de vieja dama indigna para no morderse la lengua.
Casualmente convertida en editora de Lumen a sus 23 años –con la colaboración de su hermano Oscar, al que describe tan brillante e inteligente como insoportable–, comienza publicando libros infantiles (El saltamontes verde de Ana María Matute), de humor (Nuestros tipos de Cesc) y creando una colección, Palabra e Imagen, pronto famosa por Izas, rabizas y colipoterras, el libro de fotos de Juan Colom con textos de Camilo José Cela que retrataba la sordidez del barrio chino barcelonés. Un libro que pasó irregularmente la censura gracias a la amistad de Cela con Fraga Iribarne.
Fue durante la realización de otro de ellos, La caza de la perdiz roja, con textos de Miguel Delibes y fotos de Oriol Maspons, cuando se produjo el boccacciano –por el escritor, no la legendaria sala de fiestas– episodio de la pérdida de la virginidad de nuestra autora. El lugar, un hotel vallisoletano; los protagonistas, una chica moderna ansiosa de liberarse de la doncellez y un mujeriego fotógrafo ocho años mayor que la muchacha; la ocasión, el viaje a la ciudad castellana para entrevistarse con Delibes; el modo, el chico va a la habitación de la chica y se mete en su cama sin que ésta se lo impida.
Realizada la operación sin más trauma –en un tiempo, hay que recordarlo, en que las señoritas de buena familia solían llegar intactas a su noche de bodas–, Esther y Oriol mantienen un idilio que dura hasta la boda de ella con Jordi Argente. Aunque la escritora se confiesa enamorada del fotógrafo, éste, en cambio, le deja muy claro que no es su tipo de mujer y que no la ama ni la amará en el futuro. Una relación disparatada, al borde de la perversión, en la que follan en una gélida buhardilla (prestada), al son obligado de un tocadiscos, sobre alfombras y cojines distribuidos por el suelo e, incluso, encima de un abrigo de pieles que Esther se compra con la única finalidad de envolver a su amante entre suavidades.
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Eran los inicios de la gauche divine, un grupo de escritores, arquitectos, publicistas, fotógrafos, modelos, editores, cineastas y adictos a actividades diversas que se consideraban, aunque no militaran en el mismo partido político, progresistas. Eran también los tiempos del amor libre, en el que todos estaban dispuestos a las más audaces experiencias eróticas y abominaban del demonio de los celos. La Barcelona –y el Cadaqués– de los años 1960 que nos describe Tusquets es brillante y divertida. Beatriz de Moura, todavía no casada con Oscar Tusquets y escasa de dinero, es contratada para bailar como gogó en un podium de Bocaccio. En el restaurante de la Mariona -Ca L’Estevet–, en la calle Valldonzella, la mesa del fondo está siempre reservada para los miembros de la gauche. Rosa Regás, cuando unos pobres llaman a la puerta de su casa pidiendo limosna, les da la cubertería de plata. Los pacientes del psiquiatra Vidal Teixidor coinciden en la escalera con los autores representados por Carmen Balcells, que tiene su agencia literaria en el mismo inmueble. Isabel Arnau, la primera mujer del arquitecto Oriol Bohigas y Montse Ester, la mujer más elegante de Barcelona según Esteban Busquets –segundo marido de Esther y padre de sus hijos Milena y Néstor– convencen a sus clientas de que cualquier pingo étnico de su tienda Saltar i Parar les sienta de maravilla. Una ilustre novelista mallorquina (Concha Alós, en realidad nacida en Valencia) comparece en el salón de su casa, lleno de invitados, con las venas abiertas al enterarse de que su amante (Baltasar Porcel) la engaña (con la que más tarde se convertiría en su esposa). Nuria Serrahima y Esther Tusquets discuten amablemente sobre cuál de ellas se va a la cama con un conocido pintor (Paco Todó), en una larga sobremesa de Cadaqués, mientras a la esposa del artista le da un ataque de nervios. Camilo José Cela canta coplas obscenas e irreverentes mientras recibe a personajes variopintos en su suite del hotel Arycasa. Luisa Isabel Álvarez de Toledo, la duquesa roja, cuenta que su madre le hizo jurar, en su lecho de muerte, que tendría un hijo varón y nunca se depilaría las piernas. Ana María Matute cocina banquetes pantagruélicos y confecciona exquisitas joyas de cristal y latón que causan sensación entre los habituales del Liceo. Ana María Moix recoge diariamente en un taxi a su tía Florencia y, cargando con una olla de sopa, se traslada a comer a casa de sus padres. Esther Tusquets mantiene un tierno (y literario) idilio con Pedro (Gimferrer), que le escribe versos rubenianos y más tarde se enemista con ella al advertir rasgos suyos en un personaje de El amor es un juego solitario. Célica, la tupamara ex compañera de Cristina Peri Rossi, es contratada como canguro de los hijos de Esther pero se niega a cuidarlos el 1 de mayo por ser la fiesta del trabajo. Anécdotas de unos progres barceloneses tan, tan de izquierdas que cuando se cruzan, al salir del puerto de Cadaqués, con la barca amarilla de Salvador Dalí se niegan a devolver el saludo que les hace amablemente el pintor.
Admite Tusquets que muchas veces el éxito de un editor depende de la suerte. Ella la tuvo en dos ocasiones. La primera con la Mafalda de Quino, que el dibujante ofreció en la Feria de Fráncfort a Carlos Barral y que la mujer de éste, Ivonne Hortet, derivó a Lumen. La segunda, con la primera novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa. Aunque varios editores españoles se interesaron por ella, Eco zanjó la cuestión afirmando que Esther Tusquets era su editora en castellano (había publicado sus ensayos) y seguiría siéndolo. Gracias a ellos fue posible que esa pequeña editorial independiente publicara sólo lo que le apeteciera, llevando a cabo un notable cometido cultural y, en parte, también político.










he leido recientemente el libro —habiamos ganado la guerra— interesante…aunque con algunas inexactitudes clamorosas. Solo un ejemplo: como puede la autora, que declara haber estudiado en varios colegios alemanes, referirse al Habitur como el examen de bachillerato. Habitur se escribe SIN HACHE!!!!!!!!!!!
si todo es tan correcto como eso!!!!