Tras las huellas de Jack London: Javier Reverte viaja al Yukon
Javier Reverte no estaba seguro de sus propias fuerzas después de haber contraído la malaria en Sudamérica y haber pasado la barrera de los sesenta, pero tenía una deuda con Jack London y los pioneros de la Fiebre del oro. En “El río de la luz” (Plaza & Janés) nos cuenta cómo, tras cruzar Canadá, baja en piragua más de setecientos kilómetros por el río Yukon tras los pasos (o las paladas) del autor de “Colmillo blanco”.
Texto: Antonio G. Iturbe
El 17 de julio de 1897, el Excelsior atracó en los muelles de San Francisco y el 20 lo hizo en Seattle el Portland, ambos provenientes de Alaska. Por su pasarela bajaron un puñado de tipos barbudos, sucios y con ojos febriles que, en cuanto pusieron un pie en el embarcadero, empezaron a gritar una palabra: “¡oro!”. El eco de ese grito se transmitió como un virus por todo el país y, en los siguientes dos años, 100.000 personas contagiadas por la fiebre del oro se lanzaron a un viaje casi suicida a unos territorios de temperaturas de 40 grados bajo cero, con ausencia de carreteras y líneas férreas, osos y lobos e inmensas soledades en las que el mínimo percance o pérdida de víveres significaba la muerte. Aquella turbamulta de buscadores de fortuna abarrotó barcos hacia el norte, bastante de ellos fletados con sobrecarga y con tripulaciones inexpertas que naufragaron durante la travesía. Apenas una tercera parte de esos improvisados aventureros, la mayoría sin experiencia ni como mineros ni conocimientos ninguno de la vida agreste, llegaría a trancas y barrancas a los arroyos dorados del Klondike, un pequeño afluente del Yukon en medio de las heladas soledades de Alaska. Y de los que llegaron, apenas unas pocas decenas encontrarían oro; la mayoría encontraron la muerte o la ruina al haber empeñado todos sus bienes en el viaje. Entre aquellos febriles pioneros viajaba un muchacho amante del vagabundeo llamado Jack London y algunas sus peripecias en Alaska pasarían a convertirse en extraordinarios relatos de aventuras que han alimentado la imaginación de varias generaciones.
Uno de los jóvenes lectores que quedó fascinado por las dificultades de atravesar los terribles rápidos de Five Fingers en el Yukon o el paso de las terroríficas escaleras heladas del Chilkoot Pass cargando centenares de kilos de equipaje era Javier Reverte. Desde entonces, Reverte ha viajado por todo el mundo, ha sido corresponsal de guerra y ha firmado libros ya clásicos como El sueño de África, Corazón de Ulises, El río de la desolación (Amazonas) o la compilación de sus artículos viajeros en Billete de ida. Pero tenía una vieja deuda pendiente con el Gran Norte de Jack London.
Javier Reverte cuenta en la introducción del libro que, en el año 2002, durante una travesía por el Amazonas, enfermó de malaria. Y ya nunca había terminado de encontrarse bien, afectado por esa fiebre leve pero irreductible que deja como rastro, a veces de por vida, la enfermedad. El decaimiento le acompañaba desde entonces y no estaba seguro de ser capaz de llevar adelante su sueño de navegar por las aguas bravas del río Yukon y llegar hasta Dawson City, la ciudad del oro. Pero decidió jugársela en un viaje en busca de un tesoro: en este caso ,el probarse a sí mismo que era capaz de subirse de nuevo a lomos de la aventura. El río de la luz es, por tanto, el relato de un viaje al gran norte cien años después de que lo hiciera, en condiciones mucho más precarias Jack London y el tropel de soñadores del oro. Pero también es un viaje del escritor a sus miedos interiores: miedo a la debilidad provocado por la malaria africana o a ese otro paludismo sin vacuna que es el paso del tiempo.
El viaje se inicia en Vancouver, la elegante ciudad canadiense de la costa del Pacífico. Desde el minuto uno, con el taxista paquistaní que lo recoge en el aeropuerto, la conversación está salpicada de osos. Por lo que nos irá contando Reverte, hablar de osos es tan habitual en Canadá como en nuestro país hablar en los ascensores del tiempo. Va tomando diversos ferrys para ir subiendo hacia el norte, con dirección a Skagway, donde retornará a la ruta terrestre.
Son viajes de ciudad en ciudad cómodamente instalado en grandes transbordadores turísticos donde el escritor traba breves conversaciones con otros viajeros. Desembarca en la ciudad de Prince Rupert, acude a buscar folletos a la oficina de información y allí observa que la ciudad presume de tener uno de los índices de pluviosidad más altos del país: llueve 220 días al año. Efectivamente, la localidad le resulta tristona, sin apenas transeúntes, y allí debe quedarse a la espera de conectar con el siguiente ferry que lo siga llevando aún más al norte. Para añadir algo de excitación al viaje, decide comprarse un par de libros que hablan de cómo actuar en caso de encontrarse en campo abierto con un oso. Al parecer, los más agresivos y carnívoros son los osos polares: si ves uno cerca, corre. Los pardos son omnívoros y no suelen sentirse atraídos por la carne humana, “así que el libro aconsejaba que, cuando ataca un oso pardo, lo mejor es adoptar la posición fetal: rendirse, en suma. Lo más probable es que al hacer eso el oso olfatee, toquetee un poco al hombre y se largue. Lo que en ningún caso debe hacerse es plantarle cara y tratar de defenderse, porque ello significa la muerte segura”. En cambio, los osos negros son más pequeños pero más agresivos que los pardos y con éstos no hay que rendirse sino plantar cara lanzándoles palos, piedras y haciendo ruidos. Lo malo es que a veces hay osos pardos con pelaje negro y osos negros con pelaje pardo. Un problema.
Su ruta sigue por Juneau, mientras rememora las peripecias de Jack London y de los primeros pioneros que se instalaron en la ciudad, pasa otro par de días vagando por sus calles desiertas. La mayor incógnita con la que se topa Reverte en esos días por Canadá es cómo en un país que tiene a su disposición un extraordinario océano, donde se pesca todo tipo de especies, los restaurantes sirven unos platos de pescado tan nefastos. Únicamente comen salmón o fletán, preferentemente atiborrados de salsas de bote. En un restaurante donde ve que la especialidad son las ostras de la región pide una ración de ostras crudas y al hacerlo lo miran como si estuviera loco: allí sólo las sirven rebozadas y fritas y con salsa, como debe ser. Al menos en Canadá. Finalmente llega a su último puerto, Skagway, que se ha convertido en una ciudad de falsa animación que entra en efervescencia con cada crucero de lujo que atraca y cuyo lugar más interesante es un antiguo burdel convertido en museo que las familias visitan con sus hijos con turístico entusiasmo.
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Desde allí, Reverte se acerca hasta el duro Chilkoot Pass. Es un paso en la cima de la montaña que permite bajar por la otra cara hasta poder embarcarse en el Yukon y acceder a los arroyos auríferos más al norte. Para evitar más muertes inútiles de personas que se adentraban en la región sin ropa, herramientas y víveres adecuados para soportar un invierno aislados en medio de la nieve, la Policía Montada del Canadá instaló en el Chilkoot Pass un puesto y sólo permitía pasar a quien llevase consigo un equipaje de utensilios y víveres que alcanzara los 500 kilos de peso. La ascensión, con alrededor de cincuenta kilos encima, solía tardar unas seis horas. Eso implicaba que debían hacer varios viajes, hacer cola para acceder a los escalones tallados a pico sobre la roca y acabar empleando un mes en subir hasta el Chilkoot Pass todas sus provisiones. Muchos desistieron allí de seguir adelante. Entre ellos, el cuñado de Jack London, al que el futuro escritor había pedido dinero para emprender la aventura y que insistió él mismo con 60 años en sumarse a la expedición. Allí, aquel agosto de 1898, decidió que finalizaba su viaje y London siguió solo, con otros aventureros que conoció camino del Klondike, el arroyo del oro.
Reverte nos cuenta las duras andanzas de los pioneros en el cruce del paso, pero él opta por hacer la ruta hasta el otro lado de la sierra en tren. Hasta ahora, hemos acompañado a un viajero de ferrys, hoteles y trenes, que recoge folletos en las oficinas de turismo y come cómodamente en los restaurantes de la ciudad. No ha resultado lo que se diría un viaje con mucha aventura y uno tiene la impresión de que Javier Reverte está algo bajo de forma.
Tras cruzar el paso, Reverte llega a la población de White Horse, donde se reúne con cinco compañeros de viaje con los que se van a embarcar en tres piraguas para recorrer río abajo los 736 kilómetros que los separan de Dawson City. En el relato de esos doce días de largas jornadas de remo, de la peligrosa travesía del Lago Laberge, donde se forman repentinas tempestades que cada año acaban ahogando a excursionistas desprevenidos, o la búsqueda de lugares de acampada improvisados bajo lluvias torrenciales, revive al Reverte de siempre, nada chuleta frente al riesgo o el cansancio, pero siempre socarrón y sobre todo nada farolero: cuando su piragua vuelca en los rápidos de Five Fingers, entre rocas afiladas y aguas que en veinte minutos matan a una persona por hipotermia, al llegar a la orilla dice que no vuelve a pasar por ahí en canoa ni atado y los vadea por la orilla en una circunvalación por la montaña quizá más peligrosa todavía. El relato de esos días resulta vivificante y nos reconcilia con el paisaje deslumbrante del Gran Norte.
London atravesó en canoa los Five Fingers, pero no pudo avanzar mucho más porque se echaba encima el mal tiempo y el Yukon pronto se helaría. Así que pasó el invierno en una cabaña a cien kilómetros de Dawson City. Cuando llegó el verano, enfermo de escorbuto, llegó hasta la ciudad y, tras reponerse dificultosamente, sin dinero, sin posibilidad de acceder a ninguna concesión de lavado de oro, pasó un tiempo allí malviviendo y terminó por abandonar el sueño pesadillesco del oro y dejar Alaska. Javier Reverte termina su viaje de manera más triunfal: celebra con sus compañeros su 62 cumpleaños y cree haber encontrado el tesoro que buscaba: “Más tarde, al terminar el viaje del río, me di cuenta que había estado combatiendo contra el sentimiento de aceptación de la vejez. Y que había salido victorioso”. n
¿Qué libros le inyectaron durante su juventud el virus de los viajes? Sobre todo, La Odisea, que leí en la adolescencia. Y los de Jack London, P.C. Wren, Ruyard Kipling, Edgar Rice Burroughs, Zane Grey… Más tarde, Don Quijote de la Mancha y las novelas de Joseph Conrad y Graham Greene.
Si se incendia su casa y sólo puede salvar tres libros de viaje se llevaría… La Odisea, Don Quijote y El corazón de Tinieblas, tres viajes de ficción más verdaderos que los de no ficción.
Un lugar para perderse: Para perderme, ninguno. Para encontrarme, un barco en el corazón del Atlántico y solo. Nunca lo he hecho.
Un lugar al que no volvería de ninguna manera: A Viena. Es como un repollo con lazo, de mero cursi.
Un momento inolvidable, especialmente emotivo, durante sus viajes: Mi primera llegada, en barco, a la isla de Ítaca, la patria de Ulises.
Un consejo para un joven que desea viajar mundo adelante: Viajar ligero de peso, nunca mirar atrás, ni desear llegar a ninguna parte.
¿Qué lección ha sacado de sus vagabundeos por el mundo? Que no existen dogmas verdaderos ni patrias que merezcan la pena. Mundo es patria.
¿El río de la luz ha sido también un viaje a su miedo interior a la decadencia física? En cierto sentido, me quitó el miedo a la vejez, porque me devolvió al niño que fui, ese que quería viajar a Alaska y Canadá mientras leía a Jack London.
¿Cuál fue el peor momento de la travesía por el Yukón? Cuando me bajé de la canoa a los 750 kilómetros de remada y tras trece días de vida libre y salvaje. Hubiera querido seguir otros 2.000 kilómetros hasta la desembocadura del río. Pero no era posible.
¿Y el mejor? Cuando mis compañeros me cantaron Cumpleaños feliz, la mañana de mi 62 aniversario, frente a la isla sobre el río donde Jack London pasó un invierno atrapado por los hielos.
Después de su homenaje a Jack London, ¿le queda alguna deuda viajera pendiente? Tengo muchas: el Mississippi de Twain, el New Bedford de Melville, la Sicilia de Lampedusa, el Duino de Rilke, la Turquía de Jenofonte, el Saigón de Greene… Iré si me sostienen las piernas.
Y díganos, ¿que hay de verdad en eso de que en España se vive mejor que en ninguna parte? No podría afirmarlo con rotundidad. Creo que se vive más lúdicamente que en ningún otro país que conozca. Pero eso no sé si es bueno o malo. A mi me gusta, en todo caso.









Hoy he leído que comenzará a colaborar con una revista online de viajes culturales que se llama http://www.viajesalpasado.com
Según he podido ver, comenzará a colaborar a partir del 9 de diciembre