Señoras del aire: la aventura de la aviación con nombre de mujer
En “Ellas conquistaron el cielo” (Blume), el historiador y periodista Bernard Marck nos presenta a las mujeres que, desde los inicios de la aviación, han desafiado la gravedad con una pericia y un valor que convierte las páginas de este bello libro de magníficas fotografías en un relato de apasionantes aventuras. Desgranamos algunas de los retratos que nos ofrece Marck en este recorrido por la apasionante historia de la aviación femenina. Texto: Sabina Frieldjudssön
En su introducción, el periodista e historiador Bernard Marck –autor de media docena de libros aeronáuticos, entre biografías de pilotos célebres e historias de la aviación– nos dice que “la aviación adora a las mujeres”. Y afirma que “la lucha por el cielo y, por tanto, contra el peso, parecía, ante todo, una ofensiva contra los prejuicios tan tenaces que unos imbéciles con bigote creyeron útiles para alejarlas de los campos de aviación y enviarlas a los trabajos domésticos”. El autor es de la opinión que no se puede poner en duda la competencia y la combatividad de las mujeres en el aire, y en las páginas de este libro lo va a ir demostrando desgranando biografías de aviadoras que pulverizaron récords de altitud, de velocidad y de desprecio al peligro. Algunas, como Hélène Boucher, desbancaron los récords de los hombres y todas tuvieron que luchar contra el prejuicio masculino. Jacqueline Cochran tuvo que utilizar todo su carácter y sus influencias para hacer que las mujeres piloto sirvieran a su país en un momento de tanta necesidad como la Segunda Guerra Mundial, y aún así sólo les permitieron labores de retaguardia.
El eficaz trabajo de Marck se ve realzado por el gran formato del libro y una selección de fotografías que lo convierten en un volumen para coleccionar. Quizá Marck peca de colocar a demasiadas aviadoras francesas en esta selección (ya sabemos cómo son para estas cosas los galos) y a veces hace excesivo hincapié en la belleza de las mismas: todas tienen talles exquisitos, ojos preciosos y son bellísimas y seductoras. En cualquier caso, hay que decir a su favor que su anticuado sentido de la galantería no hace distingos entre guapas y feas.
La historia de la aviación femenina que nos propone arranca con las aeroestatistas (tripulantes de globos aerostáticos). La primera de la que da noticia es Elisabeth Thible, que remangándose la falda saltó dentro de la barquilla del Gustave en 1784, tan sólo un año después del primer intento exitoso de volar en globo. Su recorrido pasa por los primeros aparatos que apenas se levantaban unos metros del suelo y continúa por triplanos, biplanos, autogiros, bimotores y reactores, hasta llegar a la primera piloto del Concorde o las actuales mujeres estratosféricas, como la doctora Claudie Haigneré, primera astronauta francesa.
Una historia fascinante en la que, a las dificultades meteorológicas, los fallos mecánicos y los accidentes trágicos, estas mujeres tuvieron que sumar el obstáculo de su condición femenina en un siglo de hombres. Pero consiguieron elevarse por encima de nubes y prejuicios, escribir en el aire grandes proezas que ayudaron a mejorar prototipos y realizar misiones de extraordinario valor técnico y humano.
Élise Deroche
La baronesa voladora
Los inicios de la aviación fueron cosa de hombres en un arranque del siglo XX donde las mujeres ni tan sólo tenían derecho a voto. Por eso nos cuenta Bernard Marck que resultó sorprende para muchos señores de grandes bigotes engominados y chisteras que, el 22 de octubre de 1909, una elegante señora con un entallado vestido de lana se subiera a una de aquellas endiabladas máquinas voladoras y tomara los controles. Élise Deroche fue la primera mujer de la historia en realizar una travesía en solitario. Tras diversos vuelos (en aquella época elevarse unos pocos metros del suelo y volar durante unos minutos era una proeza) tuvo un percance con un Antoinette pero, lejos de asustarse, continúo volando. Eso hizo que la asociación de aviación más importante, el Aéro-Club de Francia, le concediera el título oficial de piloto-aviador con el número 36, el 8 de marzo de 1910. También se ganaría, a fuerza de demostrar su habilidad como piloto y su valor, el título de baronesa: se lo concedió el zar Nicolás II tras verla actuar en una exhibición aérea en San Petersburgo. Al poco tiempo, en una competición aérea tuvo un accidente y se provocó dieciocho fracturas al estrellarse. Pero no dejó de visitar el aeródromo durante su recuperación, aunque fuera con muletas. Ni se planteó dejar de volar.
Otras mujeres fueron incorporándose poco a poco a la aviación y se instauró en Francia el Premio Fémina. La baronesa lo ganó en 1913 y se consagró como la reina de los cielos. Su primer marido, el constructor aeronáutico Charles Voisin, falleció de accidente automovilístico en 1912. Volvió a casarse con el piloto Jacques Vial, pero éste murió en el frente durante la primera guerra mundial y el hijo que tuvieron falleció a causa de la gripe española. En vez de venirse abajo, subió aún más arriba y se volcó en el pilotaje más que nunca, logrando una perfección extraordinaria. En 1919, tenía 33 años cuando se subió de pasajera del piloto Barrault; un fallo mecánico hizo capotar el biplano, que se estrelló fatalmente contra el suelo. Fue su vuelo definitivo.
Amelia Earhart
Una aviadora de leyenda
Earhart tuvo desde niña afición por los deportes de riesgo. Con sus pequeño ahorros se costeó un curso de pilotaje y empezó a volar en 1921, cuando tenía 23 años. Con un viejo biplano deportivo que le ayudó a comprar su madre empezó a acumular horas de vuelo y en 1922 logró el récord femenino de altitud con 4.600 m. Durante un tiempo dejó la aviación y ejerció de enfermera. El ministerio del aire organizó un vuelo para que por primera vez cruzase el océano por el aire una mujer, eso sí, como pasajera. No era exactamente lo que habría deseado Amelia Earhart, pero aceptó ir de paquete. La idea de ofrecerle a ella el viaje fue del editor George Putnam, que se sentía fascinado por el ímpetu y la belleza de aquella aviadora estilizada, rubia y de grandes ojos grisazulados. Putman se dio cuenta de su potencial mediático y la promovió como conferenciante e imagen de marca; reactivó su carrera de piloto e incluso se divorció de su mujer y se casó con ella, en 1931. Earhart pulverizó en los siguientes años todo tipo de récords. Se quitó la espina de su viaje como paquete y se convirtió en la primera mujer que atravesó el Atlántico volando en solitario: partió de Terranova a las 19:20 del 20 de mayo de 1932 y aterrizó quince horas después en Culmore (Irlanda). Tras atravesar Estados Unidos de punta a punta, empezó a preparar su gran hazaña: una vuelta al mundo (con escalas) sobre los 47.000 kilómetros de la línea del Ecuador. Con un bimotor Lockheed con autonomía para 7.000 kilómetros, en mayo de 1937 partió de Oakland en dirección a Puerto Rico y Natal. De allí cruzó el océano hasta Dakar. Atravesó África, el golfo arábigo y aterrizó en Calcuta. A través de Bangkok y Singapur, llegó hasta Nueva Guinea, a 36.000 kilómetros de su aeropuerto de salida. Su viaje se había convertido en un gran acontecimiento en Estados Unidos: corresponsales cubrían sus etapas y el ejército le brindaba apoyo logístico con hasta tres buques repartido a lo largo del último tramo de su ruta. Despegó de Nueva Guinea el 2 de julio de 1937, pero nunca más volvió a saberse de ella. Su desaparición resultó enigmática. Las comunicaciones con los barcos de apoyo fallaron y se perdió su rastro. Indagaciones posteriores mostraron que su avión había sido modificado por ingenieros del ejército norteamericano y se le habían añadido cámaras fotográficas, lo que apuntala la teoría de que iba a actuar como espía para desvelar posiciones estratégicas del beligerante ejército japonés. Se especula con la posibilidad de que amerizase cerca de las Islas Marshall, que fuera capturada con su tripulación y fusilada por el ejército japonés. Pero nunca se ha podido verificar, no se ha hallado el aparato ni rastro de sus cadáveres. Amelia Earhart ingresó en la leyenda.
Hélène Boucher
Mujer de alto riesgo
Es una de las aviadoras con una carrera más brillante y, lamentablemente, más fugaz. A los 22 años, un piloto amigo de la familia le dio una vuelta en su avioneta y, cuando puso un pie en tierra, esa muchacha inquieta y aficionada a la mecánica dijo que lo único que quería ser en la vida era aviadora. Sus padres aceptaron a regañadientes que hiciera un cursillo. Desde el principio, Hélène se convenció de que estaba llamada a ser una aviadora famosa y trabajó con ahínco para conseguirlo. A fuerza de mucho ahorrar se compró un biplano de segunda mano en 1932. Decidió sacarse la licencia de piloto de transporte para ganarse la vida y se apuntó a uno de los raids aéreos de la época, carreras de larga distancia no exentas de peligros que daban fama a sus vencedores, para ser bien recibida en alguna compañía aérea. Intentó realizar el peligroso París-Saigón, pero los problemas mecánicos la hicieron abandonar en Bagdad. Estudió acrobacia aérea con uno de los mejores instructores de la especialidad, Michel Détroyat, quien se asombró del temple de Hélène en los rizos, toneles y barrenas más extremos. Tras sólo un mes de entrenamiento fue capaz de hacer sombra a la campeona alemana, Vera von Bissing, que llevaba dos años de experiencia. Fue contratada por la compañía Caudron-Renault y empezó a volar en pruebas de velocidad. En agosto de 1934, en Istres, batió el récord internacional de velocidad para todas las categorías (hombres y mujeres) sobre 1.000 kilómetros, con una media de 409 kms/h. De esa forma destronó a Amelia Earhart. El 10 de agosto, en otra prueba de distancia libre, aún apretó más y voló temiblemente baja y enloquecidamente deprisa para batir la marca femenina establecida por Mary Haizlip. Pero no había superado el récord masculino y se sintió defraudada. Al día siguiente volvió a intentarlo; a las siete de la mañana ya despegaba y lograba una velocidad punta de 445 kms/h. que la convertía en el ser humano más rápido del planeta. Su insaciable hambre de velocidad la hacía despreciar el riesgo. El 30 de noviembre de ese mismo año 1934 acudió al aeródromo a entrenar. Hacía mal tiempo y el jefe de pilotos Delmott le pidió que no volara, pero ella despegó igualmente. Cayó en picado tras inclinarse su aparato a gran velocidad, probablemente por una ráfaga de viento, y no darle tiempo a recuperar el control. Cuando llegó Delmott al lugar del accidente comprobó que estaba muerta sobre el panel, pero su rostro tenía un gesto de serenidad, inasequible al miedo hasta el último suspiro.
Beryl Markham
Caballos, aviones y amantes
Nació en Leicester (Inglaterra) en 1902, pero a los cuatro años sus padres se trasladaron a Nairobi. Su padre le enseñó el negocio familiar de la crianza de caballos de carreras y a los 18 años era la única mujer en África con licencia de entrenadora de caballos de competición. Le descubrió la maravilla del vuelo un cazador y guía de safaris llamado Denys Finch Hatton (inmortalizado en el cine por Robert Redford en Memorias de África). La propia Beryl Markham aparece retratada en la película como la joven Felicity, que monta a caballo en el club inglés. Al aceptar Fynch Hatton llevarla en un vuelo se produce la rotura de una resquebrajada relación amorosa con Karen Blixen (interpretada por Meryl Streep). Tras viajar en su avioneta, Beryl Markham se apasionó por el vuelo y por el aventurero, con el que vivió un breve romance. Aprendió a pilotar en África con Tom Campbell Black (quizá el gran amor de su vida) y trabajó como piloto para safaris. Entonces se planteó realizar alguna hazaña más arriesgada. Como Amelia Earhart ya había sido la primera mujer en cruzar el Atlántico, ella se dispuso a hacerlo en sentido opuesto (de Este a Oeste), lo que resultaba mucho más difícil al tener los vientos en contra. Emprendió el vuelo el 4 de septiembre de 1936 al mando de un monomotor, con tiempo borrascoso. Los fuertes vientos contrarios la forzaron a gastar más combustible del previsto y, puesto que no podía llegar a Nueva York, hizo in extremis un aterrizaje forzoso en Nueva Escocia, del que salió ilesa de milagro. Consiguió el récord y fue aclamada como una heroína en Inglaterra. Tras la muerte de Tom Campbell Black, decreció su pasión por el vuelo. En el Hollywood de 1940 se reencontró con el aviador y escritor Saint-Exupéry, que la animó a escribir sus memorias, West with the Night, que tuvo un gran éxito. Por cierto, el autor de El Principito fue otro de sus amores pasajeros. Ha habido a lo largo de los años una fuerte controversia por la autoría del libro, que luego se arrogó su ex marido, el novelista Raoul Schumacher. No resulta descabellado, puesto que ella apenas había completado sus estudios básicos y el libro era de una factura literaria excelente. Acabó retirándose a vivir a Kenya para dedicarse a la cría de caballos y vivió plácidamente hasta los 84 años.
Jackie Cochran
La más combativa
Tuvo una infancia desangelada pero, partiendo de la nada, su enorme inteligencia, tesón y seguridad en sí misma hicieron que se abriera camino en todos los frentes que se propuso. Se fue a Nueva York huyendo de la pobreza de su vida en Louisiana y muy pronto se introdujo en el negocio de la peluquería y la cosmética. Se le ocurrió instalarse por su cuenta y llevar un muestrario propio como representante. Para hacerlo, decidió que la mejor manera de moverse por un país como Estados Unidos era en avioneta y se sacó la licencia de piloto. Pero tanto le gustó pilotar que se compró un viejo aparato y fue adquiriendo práctica. Se casó con un abogado adinerado y sagaz que siempre la apoyó, y a la vez que el negocio de la cosmética iba hacia arriba empezó a participar en competiciones aéreas y a batir récords. En 1940, con Europa en guerra, trató de incorporarse como piloto militar, pero recibió muchas reticencias. Consiguió que se le permitiera participar en operaciones de transporte, únicamente acompañada de otros pilotos masculinos. Entonces Cochran, que vio por ahí un resquicio para las mujeres, escribió cartas a todas las aviadoras del país y reunió a 650 de ellas para formar una unidad de transportes. Estados Unidos estaba en un proceso de envío de aviones a Inglaterra y hacían falta pilotos, por lo que las mejores mujeres de Jackie Cochran se pusieron al servicio de la Air Transport Auxiliary. Jacqueline Cochran se convirtió en la directora de las WAFS (Women Airforce Service Pilots) y, cuando finalizó la guerra y terminó su programa de acción, habían recorrido en sus veintisiete meses de existencia quince millones de kilómetros y realizado 12.650 transportes. El final de la guerra motivó el retorno de muchos pilotos destinados en Europa y el Pacífico, y se desmovilizó la unidad femenina. Jackie Cochran no se desanimó y siguió batiendo récord de velocidad, también masculinos. Dado el poderío económico del matrimonio, eran importantes accionistas en Northeast Airlines y pudo acceder a los mejores aparatos de la época. En 1953 fue la primera mujer en romper la barrera del sonido y establecer un nuevo récord de velocidad con 1.049 kms/hora. Con 57 años, a bordo de un Lockheed F-104G, batió todos los récords de velocidad alcanzando 2.095 kms/h. y puso punto final a una brillante carrera de piloto profesional. Vivió confortablemente en un rancho de California hasta su muerte, en 1980.
Jacqueline Auriol
Una dama veloz
Fue una piloto un tanto tardía, pero su amor por la velocidad le hizo recuperar el tiempo perdido. Nacida en un acomodada familia francesa en 1918, se casó muy joven con el hijo de un notable miembro del socialismo francés, Vincent Auriol. Durante la segunda guerra mundial tuvieron que vivir en la clandestinidad y pasar algunos apuros, pero al finalizar ésta su suegro fue nombrado presidente de la República. Como nuera del presidente, disfrutaba de una cómoda vida de recepciones elegantes pero, al comentarle a un general su pasión por la velocidad, éste le sugirió que se sacase el título de piloto. Lo hizo y empezó a volar. Tras sacarse la licencia básica, fue perfeccionando y tomó clases con un instructor de mucha altura, Raymond Guillaume. Él le enseñó los trucos de la acrobacia aérea y, a los mandos de un Morane-Saulmier MS 341, empezó a despuntar como piloto. En un viaje como pasajera a bordo de un bimotor anfibio sufrió un grave accidente: tres fracturas de cráneo, rotura de ambos maxilares y nariz, y una disyunción craneofacial que hizo que todos los puntos de anclaje del cráneo con la cara se rompiesen y se le hundiera el rostro tres centímetros. La hermosa y distinguida dama de la alta sociedad quedó completamente desfigurada. A lo largo de dos años tuvo que someterse a dieciséis operaciones, pero no sólo no se enfrío su afán volador sino que se multiplicó. Se volcó en la consecución de récords de velocidad y estuvo durante años turnándose en el liderato de mujer más rápida del mundo con Jackie Cochran. En 1951 destronó a la aviadora americana con un Vampire con el que voló a 818 kms/h. Cochran la volvió a superar después y así estuvieron durante doce años. Se dedicó durante ese tiempo a hacer de piloto de pruebas con nuevos prototipos que, Bernard Marck no lo oculta en su libro, su condición de nuera del presidente facilitaba que llegaran a sus manos. Pero ella demostró manejarlos con extraordinaria habilidad y ser una piloto de unos reflejos poco frecuentes. En los últimos años de su vida, un accidente de coche y el Parkinson la alejaron de los aeródromos, y falleció en el año 2000.










BUENA HISTORIA Y EJEMPLO.
ALGO QUE ALGUNA VEZ NO SE NOS OCURRIÓ PODER COMPARTIR CON EL MAL LLAMADO “SEXO DEBIL”, QUE DE DÉBIL NO TIENE NADA, Y VAYA UN RECONOCIMIENTO A LA PROEZA, ENTEREZA Y CORAJE DE LA MUJER, HASTA ESTA EMPRESA DE TRIUNFAR EN UN MEDIO AMBIENTE QUE NO ES EL DEL HUMANO TERRESTRE,
SÓLO LOS QUE HEMOS DESAFIADO LA GRAVEDAD SABEMOS DE LA COMUNIÓN DEL HOMBRE-MÁQUINA-CIELOS.
Y LAAS MUJERES PUEDEN CONQUISTAR MEJOR TAL VEZ..
LOS CIELOS, Y ENTRAR EN COMUNIÓN CONSIGO MISMAS EN LA SOLITARIA ATMOSFERA, EN DONDE UNO NO SE SIENTE SOLO, SINO EN CONTACTO CON UNO MISMO..
SALUD POR ELLAS ¡¡
Enhorabuena por el magnífico reportaje.
Vendemos la revista Que Leer y la leemos todos los meses.
Siguiendo el link que va a continuación, pueden verse otros libros relacionados con ELLAS CONQUISTARON EL CIELO
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