Jo Nesbø retrata el lado oscuro de Oslo
Récord de muertes por sobredosis derivado del floreciente tráfico de drogas procedente de los Balcanes y Rusia, abusos sexuales y prostitución en ascenso, patio de recreo del crimen organizado… Entre los pocos que acertarían a adivinar que la ciudad que ampara todo ello es Oslo se encuentra Jo Nesbø, el autor de género negro que más pasiones despierta en Noruega, donde pensábamos, ilusos, que su especialidad no tendría referentes en la realidad. Allá lo visitamos con motivo de la publicación de “Némesis” (RBA). Texto: Antonio Lozano Foto: Bente Bjercke
Jo Nesbø acude a una prisión noruega a dar una charla y, al acabar, pregunta a los presos quién le puede suministrar información útil acerca de cómo se atraca un banco. Un enjambre de manos alzadas. “¿Pero quién es el mayor especialista en la materia?”, puntualiza el escritor. Al tiempo que las manos descienden, las miradas convergen en un tipo con expresión hosca que mira todo en silencio desde un rincón. El tipo le cuenta a Nesbø que lo más importante a la hora de desvalijar un banco es acertar con la dosis exacta de la droga que se decida ingerir. Si es un tranquilizante, tomar más de lo necesario puede dormirte en plena tarea. Si es un excitante, llevarte a provocar una carnicería. La policía le permite visionar muchas cintas de atracos y le sorprende descubrir la gran cantidad que alcanzan la categoría de auténticas chapuzas. Si polis y cacos echan una mano a Jo Nesbø es porque su fama de escritor más popular de Noruega le precede, porque quieren formar parte de un ciclo policíaco que vende más de 250.000 ejemplares por título y porque saben que hará un buen uso de su aportación. La relativa a los atracos bancarios acabó conformando la mitad de la trama criminal de Némesis (cuarta novela de la serie y la segunda en traducirse al español tras Petirrojo). La otra mitad se destinó al asesinato de una antigua novia yonqui del protagonista, convertido en falso culpable. El escenario es un Oslo turbio, pendenciero, toxicómano, violento y vengativo, a años luz de su asociación espontánea con una tierra de fiordos, Navidades blancas e impresionantes ayudas sociales. Es el Oslo que sangra en el lado oscuro de la luna, el Oslo al que serviría de metáfora el principal imán turístico de la ciudad: el cuadro El grito de Edvard Munch (en su día robado, lo cual refuerza los hechos expuestos).
Pero esta mañana de septiembre cuelga un sol resplandeciente sobre la capital noruega y la cita con el escritor es en un restaurante de diseño donde el mayor delito que uno puede imaginar cometiéndose en él es que la alineación de los cubiertos no sea perfecta. A Nesbø le coincide la promoción de su última novela con los medios locales con la visita de la expedición periodística española por una obra para él ya lejana en el tiempo. Como quizás no da abasto, da feroz y expeditiva cuenta de un sólido desayuno mientras conversa. De aspecto rudo y mirada desafiante, afín a un estibador de puerto o una criatura torva acechando en una callejón parisino y delineada por Simenon, uno sospecha que no habría desentonado en una rueda de reconocimiento junto a aquellos a los que fue a dar una lectura entre rejas.
A Nesbø el placer de contar historias le vino de fábrica. Su madre era bibliotecaria y su padre y sus dos hermanos competían en las sobremesas por captar la atención del auditorio con versiones perfeccionadas de narraciones compartidas docenas de veces. En su hogar la selección natural pasaba por pulir tus habilidades como Sherezade. Así que Jo empezó a fabular desde muy crío, pero hasta profesionalizarse tuvo que romperse los ligamentos de ambas rodillas y descartar su sueño de marcar goles para el Tottenham Hotspur; hartarse de ganar dinero y acumular insatisfacción trabajando como broker; triunfar como letrista y cantante de una banda de pop-rock, Di derre, y coger un avión de Oslo a Sydney tan interminable que para matar el rato planeó su primera novela. Con la excepción de una pelota de fútbol, puede decirse que todo lo que ha tocado se ha convertido en oro. El muñeco de nieve, la octava novela de la serie consagrada a su detective Harry Hole, se convirtió en el best seller más rápido de la historia de la literatura noruega, pero la más cercana a su corazón es la tercera, Petirrojo, por partir de una experiencia real de su padre. Miembro de las fuerzas noruegas aliadas con los nazis en el frente del Este durante la Segunda Guerra Mundial, una noche de fin de año vio cómo le explotaba la cabeza a un compañero, manchando de sangre y tejido cerebral su fusil. Ambos tenían 18 años. El colaboracionismo con los alemanes constituye una de las alambradas de espino que rodean el espíritu nacional y una avanzadilla histórica de los claroscuros sociales que su novela negra se ha dedicado más tarde a explotar y revelar al mundo. “Continúa siendo un tema tabú –comenta el escritor mientras sus maxilares desgarran un trozo de tortilla a la francesa–. Noruega es un país muy joven, que no adquiere la independencia hasta 1905 y que tiene en su imagen sesgada de bastión de la resistencia uno de sus activos mentales más poderosos. El hecho de que el número de personas que luchó con Hitler estuviera a la par del que lo combatió destroza la ilusión general de liberalismo y de héroes por la paz. Por esto mismo las simpatías filonazis de nuestro Knut Hamsun han evitado que bautizaran una calle con su nombre o le pusieran una estatua a todo un Premio Nobel”.
Lo que no es un terreno vedado, porque la misma obra de Nesbø se regodea en ello, pero tampoco del dominio público, es que la capital esconde un lado Mr. Hyde que pone los pelos de punta. En los últimos años se ha colocado a la cabeza, con Ámsterdam, en muertes por sobredosis de drogas y las violaciones denunciadas por cápita triplican a las de Nueva York. La prostitución florece y el crimen organizado campa a sus anchas. “De día, Oslo resulta un lugar apacible y bajo control, pero al caer la noche la situación cambia de forma dramática. Hace quince años éramos un rincón inocente en un extremo de Europa, dejábamos las puertas de casa abiertas al salir, las chaquetas sin vigilar en los cafés y las bicis sin candar en la calle. Hasta que los malos se dieron cuenta de tanto candor y tomaron cartas en el asunto”.
El antídoto imaginario del autor contra tan lúgubre panorama es el detective Harry Hole. Clásico en su confección -asocial, adicto al trabajo, rebelde con la autoridad, agresivo, decodificador de psicópatas, dueño de un hígado machacado y un corazón roto-, hierven en su interior tantos demonios personales que su hipertrofiado lado oscuro lo emparenta por momentos con algunos turbios superhéroes de la DC Comics. Y Hole es una criatura ambigua y fronteriza porque los temas profundos del ciclo policíaco para los que ejerce de portavoz lo son aún más. “El Mal no es una fuerza, sino que se acerca más a una carencia, es falta de amor y de compasión. Según Hobbes ni siquiera existe, pues todos somos humanos metidos en una competición. Para él, los animales que matan a sus criaturas más débiles de cara ayudar a la supervivencia de los más fuertes son buenos padres respondiendo a un instinto natural. Recientemente le oí decir a un criminólogo que la mente criminal es un camelo. Todo depende del momento histórico y las circunstancias sociales en las que vivas. Un buen soldado puede ver su pericia asesina apreciada en el campo de batalla y luego verse juzgado como criminal de guerra”.
Jo Nesbø se siente en deuda con el miedo que pasaba de niño cuando tenía que ir al sótano de la casa familiar a recoger patatas para la cena. “Intentaba sin éxito bloquear la mente para no darme de bruces con el monstruo mental que habitaba ahí abajo. La operación duraba treinta segundos, pero al regresar a la cocina tenía como tres relatos y dos novelas en la cabeza”. También reserva palabras de agradecimiento para el compañero de clase que cazaba moscas con un tarro y luego les arrancaba las alas con unas pinzas de fabricación propia, pues le despertó un interés morboso por los sádicos.
Ahora se encierra con el monstruo y el compañero de clase en su estudio, tira la llave y juntos construyen libros tan negros que ni la nieve que de forma recurrente cae en ellos consigue resquebrajar su abismal oscuridad.


Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra