Luis Landero: pone letra a la música del mundo
Asomarse al balcón, ver la vida pasar y rellenar los huecos que queden vacíos. Tal es el proceso que ha desembocado en “Retrato de un hombre inmaduro” (Tusquets), novela en la que Luis Landero se sirve de la existencia de un personaje al borde de la muerte para reflexionar sobre el amor, el lenguaje, la identidad…
Texto: Begoña Piña Foto: Sebastián Romero Márquez
Media mañana, hora del aperitivo madrileño. Luis Landero espera con una cerveza en su casa, en el castizo barrio de Chamberí. Un espacio que “ve vivir” cada día desde hace años, pero que ahora, recién jubilado, se ha convertido para él en una especie de parque lúdico altamente inspirador. De ahí han salido muchos personajes y muchos lugares de su nueva novela, Retrato de un hombre inmaduro, un trabajo que le ha permitido disfrutar del “privilegio del artista”, poner argumento a una vida. Un hombre que está a punto de morir repasa su vida al desordenado ritmo de la memoria y, con él, el escritor revisa algunas de las grandes cuestiones que han obsesionado históricamente al ser humano, o al menos las que a él más le interesan. Locuaz, a veces un poco deslenguado, con una envidiable sagacidad natural y curado ya “de muchas malas pasiones”, Luis Landero exhibe hoy su “felicidad literaria”. Sonríe mientras explora de nuevo esta novela que habla de la vida y, un rato después, con la segunda cerveza, se pregunta: “¿dónde coño está la vida? Uno busca la vida en algún lado y… no sé dónde coño está la vida”.
¡Vaya repaso que le da a la vida con esta novela!
Yo qué sé lo que he escrito, pero es la novela que más he disfrutado escribiendo. Ha sido un año de felicidad. Decía un personaje de Shakespeare que hacíamos las cosas con más esfuerzo que deleite y es verdad; sin embargo, en ésta el esfuerzo apenas ha aparecido. La he escrito, además, con una irresponsabilidad y con una soltura… y con mucha libertad. Ha sido un año realmente feliz literariamente. Y a mí, cuando la vida literariamente me funciona, me funciona casi todo. Y lo de la vida… Sí, es una novela muy vivida, todos los materiales están sacados de la vida. He salido a la calle y he visto lo que hay a mi alrededor y lo he contado con reflexiones narradas, porque no son ideas puras. No intento que haya ahí una especie de lastre ensayístico. Es una novela en la que me han salido muchas cosas de lo que yo pienso de la vida, de lo que veo vivir.
¿Quién es este personaje que narra su vida?
Es una voz, sobre todo. Es un personaje que habla desde la sombra, que habla de sí mismo, pero que habla más sobre lo que ha visto vivir que sobre lo que ha vivido.
¿Ése no es justamente el material en el que se mueve el escritor?
Bueno, es que estamos hechos un poco más de lo que observamos que de lo que somos, a no ser que andes preocupado de tu ego todo el día. Si no es así, el espectáculo del mundo, normalmente, da para mucho.
En el fondo, ¿no es todo una excusa para ir haciendo reflexiones sobre temas esenciales?
Lo que pasa es que, cuando alguien hace balance final de su vida, no sólo cuenta; también reflexiona sobre lo vivido. El hombre cuenta, piensa, dice, opina, va y viene, devanea. Porque yo quería que la novela fuese un poco errática, como suele serlo la memoria. La novela tiene una estructura oculta que es temática, aunque a mí la estructura me importaba muy poco aquí. El primer capítulo habla sobre la doble conciencia, otro sobre el amor, otro sobre el lenguaje…
Primer tema, la doble conciencia. De eso hay mucho ahora, ¿no?
Precisamente, cuando he utilizado la palabra “inmaduro” lo he hecho en el sentido de una persona que no se entiende a sí misma, que no entiende el mundo y cuya conducta es un tanto errática. El signo es la intermitencia. Coquetea con el mal, con el bien, no tiene referentes. Va y viene, que es lo que pasa hoy en día más que nunca. En el siglo XXI se ve todavía con más claridad esta falta de referentes y gratuidad de la conducta.
A todo eso usted le pone cierto cinismo y un tono humorístico. ¿Se ha rendido ante la realidad o ya no le da mucha importancia?
Es que a ciertas alturas… Sí, de algún modo, la novela es un testamento, no es hora de fingir. El personaje es cínico, pero no demasiado, porque también es sincero. Explica esa doble conciencia que todos tenemos. Lo de la Guerra de Irak, ¡cuánta gente no estaba esperando que bombardearan de una vez Bagdad para asistir desde el sillón de su casa al espectáculo! O esto de llorar en el concierto de la Filarmónica de Viena y luego llorar porque matan a Miguel Ángel Blanco o porque ves Pretty Woman o porque mueren unos en una patera. ¿Qué lágrimas más sinceras, menos sinceras? ¿Qué tipo de pornografía sentimental hay en todo esto?
En esos primeros recuerdos del personaje aparece un músico que pierde la inspiración y luego la recupera repentinamente. ¿Así le ocurre a usted?
Este hombre recupera a hostias la inspiración. Yo no quiero que cuando no esté inspirado venga un tipo, me dé un par de hostias… Aunque si con eso recupero la inspiración… Sí, creo que hay una especie de don que se pierde. Sánchez Ferlosio habla de eso, dice que perdió el don de la narración y que se pasó al ensayo. Scott Fitzgerald perdió su don. Es un caso clarísimo de alguien que de pronto pierde todo el talento que le había sido regalado en su juventud. Es un caso triste. Al fin y al cabo, la inspiración es la capacidad intuitiva que uno tiene. Todos nos sentimos a veces especialmente inteligentes, ingeniosos, y otras veces nos sentimos torpes y demás. ¿Y cómo vuelvo otra vez a encontrar la sensibilidad? Porque a veces la sensibilidad se apaga. ¿Cómo vuelves a encontrar que vibre tu alma, que te emociones, que sientas? Yo me muevo mucho en esto.
Otro gran tema es el amor. ¿En el libro aparecen sus propias convicciones sobre él?
Hay un acarreo de materiales autobiográficos a la autobiografía del personaje. Y sí, uno de los temas fundamentales de la novela es el amor y la dificultad enorme de conocer el amor. Dicen que el amor es algo normal, pero yo creo que es una cosa excepcional, salvo en la adolescencia. Es una cosa rara, por lo menos las experiencias que yo tengo.
Entonces, ¿usted cree que uno está buscando el amor toda la vida, pero no lo alcanza nunca?
¡Es así, joder! Lo que pasa es que, el que más el que menos, confunde el amor con la costumbre. Pero ese amor que nos cuentan los poemas es una cosa muy rara y efímera. Esa experiencia profunda y catastrófica también… porque de pronto te desordena la vida. Yo lo he sentido un par de veces, además de en la adolescencia. Y yo sé que eso es un espejismo o es quizás la encarnación de la hambruna de amor, es un ensueño… No sé lo que es, pero ocurre.
Hablando de la adolescencia ¿recuerda usted bien la suya?
Yo tengo muy viva mi adolescencia. Es una época de una enorme inseguridad, donde no sabes cuál es tu personalidad y, además, te parece horrible no tenerla. Buscas referentes, héroes, maestros. En casi todas mis novelas aparece algo de mi adolescencia y de esa edad entre trágica y ñoña, que hay que pasarla.
En la novela da unas cuantas vueltas al tema de la identidad. ¿Le preocupa mucho?
Para nada, no me interesa cómo soy yo ni nada de esto. He renunciado a conocerme a mí mismo hace mucho tiempo y si alguna vez lo he intentado he terminado aburrido, porque no entiendo muy bien qué es eso de conocerse a uno mismo. Creo que el mejor modo de conocerse a uno mismo es mirar el mundo, tu mirada eres tú. Toda esta gente que anda con la identidad, tanto sea la de la patria como la de uno, me da un poco de risa. La verdad, no entiendo muy bien qué es lo que buscan o qué esperan encontrar.
La vida, como dice su personaje, a veces es fácil y eso procura momentos de felicidad. ¿Eso es sabiduría?
Creo que eso es sabiduría, efectivamente. Llegar a pensar que vivir es algo que no tiene misterio, que si lo despojas de todos sus oropeles, temores, esperanzas, de toda esa prosopopeya, metafísica, de todos esos ensueños… descubres que es como volver a cuando eres niño. Y, de algún modo, el hombre inmaduro es el que conserva rasgos de la niñez. La sencillez de la vida, la pureza y la alegría de la vida porque sí. A veces sí, la vida es sencilla. Lo que pasa es que también tiene algo de mentiroso eso, porque la vida también es compleja… Gente que sufre, tú sufres también, eres inseguro, envejeces, estás lleno de fantasmas… Uno de pronto descubre que la vida es fácil, pero son instantes en que ves que la plenitud se te regala, ¡qué contento solamente con estar vivo!
Eso para el que no piense que “la vida está siempre un poco más allá”.
Pero vivimos un poco proyectados en el futuro. Aunque creo que hay un momento en que ya no. Yo, ahora mismo, ya no. Hace tiempo que he conseguido una cierta sabiduría, he conseguido curarme de muchas malas pasiones y una de esa malas pasiones es el creer que lo que no vas a hacer hoy, mañana lo vas a hacer con creces. No, no, no. Tampoco espero del mañana nada que no esté en el hoy. Ya los políticos, los curas nos hablan del futuro, el futuro como promesa, como salvación, siempre traficando con la esperanza.
Eso sí parece que le obsesiona un poco, el poder de las palabras. ¿Realmente cree tanto en ese poder?
Las palabras son tremendamente poderosas, consiguen construir una alternativa de realidad. Sabino Arana construye un relato de la patria hecho con palabras y eso cristaliza. En las religiones tenemos los textos sagrados. El celoso crea un mundo alternativo de palabras que termina fraguando en una realidad dura y cierta. Yo tengo una relación con el lenguaje conflictiva.
¿Por qué?
Por un lado, por lo que veo, la charlatanería, la falta de respeto que hay a la palabra, al lenguaje, que es en definitiva una falta de respeto al saber. No hay más que poner la televisión y ver cómo charlotean. Me deprime. Pero detrás de esas palabras no hay nada, más que el ruido que hacen, el sonajero. Y luego, como escritor, el querer decir las cosas con precisión, el huir de todo lo que huela a literatura, no soporto el tufillo literario. Si escribo y algo me sale demasiado bonito, que huele a literatura, ¡fuera! La literatura tiene que tener vida. Vale más un insecto vivo que un tigre disecado. Y toda esta palabrería filosófica, política, no lo soporto.
De tanto vacío, ¿cree que hay mucha gente, como su personaje, que “no sabe pensar su pensamiento”?
Eso pasa porque se piensa en abstracto y lo general y abstracto no lleva a ningún lado, a nada que no sean los tópicos. Hay que pensar desde lo concreto y lo personal, lo de tu barrio, tu casa, de ti, de tus libros, tus lecturas. Y partiendo de lo concreto es de donde sale lo original y es productivo el pensamiento. Yo a mis alumnos les decía: “Vamos a escribir sobre los pasillos, pero sobre los vuestros”, y tenía un éxito enorme. Les salía solo. La lección era ésta, tenemos que ser nosotros mismos y partir de nuestras experiencias y a partir de ahí somos inimitables.
Ahora que habla de alumnos, usted acaba de jubilarse. ¿Va a dejar pasar menos tiempo entre libro y libro?
Yo siempre he sido un escritor que ha dado clases, no un profesor que escribe. No, no creo que escriba más. Lo que sí es verdad es que para mí ha sido fundamental el dejar de hablar en las aulas.
¿Cómo es eso?
Porque uno es un charlatán y tiene que hablar, tiene que seducir al auditorio, y a veces uno sale pensando que es un vendedor de crecepelo. El silencio me ha sentado muy bien. ¡He estado 32 años hablando! Y llega un momento en que estás deseando callarte, porque se siente uno falso. Y si uno habla de Chéjov o de Faulkner, claro, no va a cambiar de discurso cada año.
Y hablar de literatura y ser escritor, ¿no es un poco paranoico?
Hay demasiada literatura, sí, pero como profesor se vive poniendo un poco el automático. Ser profesor no ha influido nada en mi vida de escritor. Sin embargo, ser escritor sí me ha mejorado como profesor.
“Mi vida no tiene argumento”, dice su personaje. Poner argumento a las vidas, ¿es el juego literario del escritor?
Es una reflexión y es un juego literario, porque es verdad que las vidas, a diferencia de las novelas, no tienen un argumento cerrado, con su planteamiento, su nudo y su desenlace. Lo que tiene la vida son episodios, pero no se organizan. Eso es el privilegio del arte, poner ese orden que la vida no tiene.
A este “hombre inmaduro” le gustan Nicole Kidman y Uma Thurman. ¿Y a usted?
Bueno, son un poco mis preferencias. Me gustan como mujeres. Podía haber puesto otras, claro. Antes me gustaba mucho Natalie Wood. He puesto esas dos porque le pegan al personaje. Son mujeres deseables para un hombre, tienen algo, tienen morbo…
Lo que tiene morbo es descubrir a personas reales convertidas en personajes. ¿Les ha pedido permiso?
No. Uno se tiene que inspirar en estas cosas, uno tiene que saquear a sus vecinos, saquear la realidad, igual que uno saquea los libros que le gustan. Un escritor es como una urraca que todo lo lleva al nido.
En la novela, narrada en primera persona, se plantea las grandes preguntas y, al mismo tiempo, les quita toda importancia. ¿Es una novela existencialista o es la antítesis?
Puede que sea lo contrario, porque hay una decepción por parte del personaje y una defensa también de vivir la vida. Pero es muy complicado esto. ¿Sabes qué pasa? Me pongo a escribir algunas mañanas y pienso: “¿Qué hago yo escribiendo que no estoy paseando por el barrio?”. Entonces salgo a pasear y digo al rato: “¡Qué cojones hago yo paseando que no estoy escribiendo!” ¿Dónde coño está la vida? Uno busca la vida en algún lado y… no sé dónde coño está la vida. Esa perplejidad mía es la que he intentado transmitir y he puesto en boca del personaje.
Que es un “hombre inmaduro”…
Es un hombre que no tiene referentes para que su conducta sea coherente. Está lleno de ímpetus, arrepentimientos… Una conducta a la deriva.
Pero, ¿no estamos todos un poco así?
No, todos no. Yo no creo que el Goirigolzarri éste del BBVA sea un hombre inmaduro. Ni Rajoy. La palabra inmaduro tiene un aspecto positivo, simpático, tiene algo de los cronopios de Cortázar. Desde el punto de vista moral no se puede utilizar, claro, pero en otro sentido puede ser un elogio. Porque es algo del niño que uno fue. Y es que el que no conserva algo de su infancia es un hombre que ha perdido algunas de sus mejores cualidades. Al fin y al cabo, un artista es el que prolonga un poco su infancia, creo yo.


Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra