William Shakespeare: un moderno incombustible

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...

Shakespeare ha entrado en el siglo XXI igual de lozano y universal que en el XIX y en el XX. Su teatro sigue encandilando y su vida continúa motivando biografías como la que acaba de firmar Bill Bryson en RBA.

Texto: Carles Barba 

Dice Aumerle en Ricardo II: “En mi pecho hay mil bríos”. Puede tomarse como una confesión de su propio creador, William Shakespeare, el mayor poeta dramático de todos los tiempos. En las docenas y docenas de personajes que pueblan sus 37 piezas teatrales se expresan las más diferentes y opuestas pasiones, siempre con una vehemencia y un poderío verbal insuperados. “Es un súper-poeta, un poeta de poetas”, remarcó Antonio Machado a propósito de la innumerabilidad de sus voces. Y, desde Richard Burbage a Kenneth Branagh, las diferentes generaciones de actores que lo han interpretado han insistido en que, una vez aprendidos sus versos, perduran mágicamente en la memoria. Curiosamente este genio inigualado nunca exhibió un individualismo diferenciador y, en cambio, se sentía más cómodo dentro de una empresa colaborativa y gremial. Distintos libros aparecidos recientemente en España sobre su trayectoria (de Burgess, Kott, Lampedusa, Ackroyd y Bryson) invitan a rastrear una biografía llena de claroscuros.

Padre adolescente

William Shakespeare nació en el corazón de Inglaterra, en el condado de Warwick, en una bella localidad agraria de 5.000 habitantes, Stratford-upon-Avon, a 160 kilómetros de Londres, que atrae hoy a peregrinos literarios de todo el mundo. Se sabe de cierto que fue bautizado el 26 de abril de 1564 y que muy pronto fue evacuado por su familia a una población de aires más puros, Wilmcote, puesto que en Stratford se había declarado una peste. El padre del Bardo, John Shakespeare, había medrado como guantero y asumió sucesivamente dentro del municipio las funciones de concejal y chambelán, y gracias a su boda con Mary Arden, la hija de un terrateniente de la comarca, adquirió el perfil de un burgués respetable y cívico. John tenía además pretensiones de hidalguía y en 1570 solicitó un escudo de armas. Posteriormente se endeudaría y perdería estatus social pero, gracias a las gestiones de su hijo cerca de la corte, adquirió por fin la condición de gentilhombre.

Shakespeare nace sólo seis años después de que Isabel I ascienda al trono. Su carrera irá ligada a esta impar soberana, que nunca se casó, reinó durante 45 años, logró apuntalar el protestantismo frente a la Contrarreforma y brindó a su país la estabilidad necesaria para convertirse en la primera potencia naval y comercial de Occidente. Isabel I contribuyó también a que la nación asimilara los nuevos aires del Renacimiento y dio alas a los poetas, lingüistas, músicos y artistas de su tiempo.

Es infundado decir que de la vida de Shakespeare se sabe muy poco. Se sabe tanto, e incluso más, que de la mayoría de sus coetáneos. Otra cosa es que sobre él se hayan acumulado incontables leyendas deformantes. Consta que estudió en la “Grammar School” de Stratford y que allí se le inoculó sobre todo historia y gramaticas latinas. Inglaterra se miraba entonces en la Roma clásica y César, Séneca o Cicerón eran tenidos por modelos de virtudes cívicas. Sus posteriores dramas Julio César o Timón de Atenas tuvieron en esos años escolares su primer fermento.

Se desconoce qué actividades ocuparon al William adolescente. Desde luego, no fue a la universidad y su falta de estudios superiores dará pie en el futuro a las más peregrinas teorías. Eruditos del más vario pelaje han defendido la imposibilidad de que un chico de provincias que completó su formación a los catorce años pudiera luego escribir obras de una densidad y profundidad tales como La tempestad. Pero, como bien vio Anthony Burgess, “es una necedad suponer que el gran arte requiere una educación superior”. Sí parece probado, en todo caso, que el mozo no desperdiciaba ocasión de llevar adelante el aprendizaje sexual y, en 1582, cuando le faltaban dos meses para la mayoría de edad, hubo de casarse con Anne Hathaway, una mujer de 26 años a la que había dejado embarazada.

A los pocos meses, pues, William se vio padre de una niña, Susannah, y dos años después Anne le dió gemelos, Hamnet y Judith. La pareja se instaló desde el principio en el hogar de los padres de él, resignándose a no tener casa propia y a hacinarse en un dormitorio con cama doble y unos escasos muebles. Se ha aventurado que, durante esos años intermedios, William pudo emplearse de maestro de escuela o ejercer de tutor de los hijos de algún noble. Es seguro que la presencia en su ciudad de algunas compañías teatrales ambulantes despertasen en él el gusto por la farándula. Presumiblemente, la estrechez de su vida en la casa paterna, la falta de objetivos profesionales claros y una posible crisis de su relación conyugal le llevaron a dar (solo) el salto a Londres. Corrió el bulo de que habría emigrado porque le sorprendieron cazando furtivamente en el parque de Charlecote. Hoy tal tesis apenas se sostiene y se cree que William acudió a la gran metrópolis ávido de horizontes más amplios.

El fenómeno del teatro

A poco de llegar, contactó con ambientes de teatro y, al parecer, al principio guardó los caballos de los espectadores nobles. Más adelante se hizo actor y también autor anónimo. Sintomáticamente, en 1592 un dramaturgo consagrado, Robert Greene, acusa celoso su presencia y advierte a sus colegas contra el peligro de un intérprete que ha tenido la desfachatez de pergeñar también dramas y que, con “su corazón de tigre envuelto en piel de actor”, se cree capaz de escribir en verso blanco. Greene llama a este intruso “Shakes-scenes” (“Sacude-escenarios”) y lo señala en suma como un advenedizo molesto.

Lo cierto es que el joven de Stratford cayó en Londres en el momento justo. Se cree que en un principio se hospedó al norte de las murallas de la City, en Shoreditch, distrito que albergaba dos de las salas teatrales pioneras del país, el Curtain y el Theatre. Hay que decir que la irrupción de estos locales era un fenómeno nuevo en la Inglaterra de la época y, en todo caso, sólo se autorizaba su apertura en los suburbios, allí donde también estaban los cementerios, cárceles, burdeles y los talleres más pestilentes.

Al año de arribar Shakespeare, por cierto, una peste se cebó ahora en los londinenses y las compañías teatrales tuvieron que cerrar o emprender unas giras inciertas por el interior del país. En ese impasse, Bill Bryson conjetura que aprovechó el interludio para probar suerte en el poema narrativo. En efecto, parece que en abril de 1593, a los 29 años, Shakespeare dio a las prensas Venus y Adonis, con una florida dedicatoria al tercer conde de Southampton, un amanerado aristócrata de diecinueve años del que se sospecha que fue también el destinatario de los célebres Sonetos. En los 1.194 versos de Venus y Adonis, su autor tomó el tema de las Metamorfosis de Ovidio aprendidas en sus años escolares y recreó en cierto modo su propio affaire conyugal (es decir, la relación de una mujer madura y un joven que cae en sus redes). La obra –editada por un conciudadano de Stratford, Richard Field– resultó un éxito y, al año siguiente, William manufacturó una secuela, La violación de Lucrecia, con 1.855 versos nuevamente dedicados a Southampton, de quien sin duda anhelaba un mecenazgo estable.

En cualquier caso, en 1594 los teatros londinenses reabrieron. Isabel I (una fanática de las tablas) neutralizó a las facciones puritanas que querían mantenerlos cerrados indefinidamente y Shakespeare, ligado a un grupo nuevo, los Lord Chamberlain’s Men (que aglutinaba el gran actor Richard Burbage), empezó a volcarse en la producción de dramas y comedias. Un inesperado factor favorecía si cabe aún más su carrera: su mayor rival, Christopher Marlowe, fue asesinado a los 29 años. En resumidas cuentas, a los treinta años Shakespeare se encontró en una compañía estable y duradera, y con energías bastantes para ir asumiendo simultáneamente los roles de dramaturgo, actor, coempresario e incluso director de escena.

Bill Bryson indica que este hombre-orquesta nunca renunció a interpretar (a diferencia de un Ben Jonson) y que, por lo general, “se reservaba los papeles sustanciosos, pero no demasiado exigentes, de sus propias obras”. Uno de los que se le atribuyen más a menudo es el del espectro del padre en Hamlet. No consta que asumiera papeles femeninos, que la normativa Tudor prohibía taxativamente que interpretasen mujeres.

The Globe, el mejor lugar

En sus comienzos como dramaturgo, Shakespeare abrevó básicamente sus materiales en obras históricas como las Chronicles de Raphael Holinshed. Aprovechando las coyuntura política que se vivía –la derrota de la Armada Invencible de Felipe II estaba fresca–, escribió las tres partes de Enrique VI, el Tito Andrónico o Ricardo III y Ricardo II, aleccionadoras piezas de ambición y caída que le granjearon una reputación y unos saludables ingresos. En paralelo a sus dramas históricos (que se hacían eco del sentimiento de identidad nacional conquistado por Inglaterra), Shakespeare se aventuró en un género nuevo, la comedia romántica, con títulos de sabor y ambientación italianos, como El mercader de Venecia o Los dos hidalgos de Verona, y con piezas tocadas por la gracia y la jovialidad, como Sueño de una noche de verano o Trabajos de amor perdidos.

Para 1596, gracias a estas representaciones y a su calidad de accionista de los Lord Chamberlain’s Men, nuestro hombre tenía ya una aceptable fortuna y, al año siguiente, pudo comprar una espléndida mansión en su Stratford natal, New Place, y asimismo satisfacer la ambición nobiliaria del padre, consiguiendo para la familia un escudo de armas con la divisa “Non sanz droict”. Una adversidad aguó esta buena racha: a los once años falleció su único hijo, Hamnet, dejándole sin heredero. Por otra parte, en Londres, el arriendo del Theatre en Shoreditch expiró de golpe y, ante el peligro de demolición del edificio, los Burbage se mudaron al otro lado de la ciudad, en el Bankside, junto al Támesis, y allí construyeron The Globe, un teatro circular al que el Bardo denominaba “la O de madera” y en cuyo escenario estrenará en los años siguientes las obras que lo han hecho inmortal.

De una representación de Ricardo III en el Globe ha sobrevivido esta anécdota que refleja el lado licencioso y divertido del triunfante dramaturgo. Al parecer, una dama del público quedó prendada de la interpretación del actor Richard Burbage y, en premio a sus méritos, lo citó de noche en su casa, advirtiéndole de que, por discreción, se anunciase con el nombre de Ricardo III. El autor del drama oyó casualmente el recado y corrió a casa de la señora (antes de que llegara el actor), donde obtuvo lo que ya podemos suponer. Al cabo de un rato, un criado anunció la llegada de Ricardo III y Shakespeare en persona recibió condolido a Burbage, diciéndole que lo sentía pero que, en la historia inglesa, William el Conquistador precedía a Ricardo III.

Con la botadura del nuevo Globe, el Bardo y su troupe van a atravesar una década gloriosa. Entre 1599 y 1611, Shakespeare encadenará una serie de piezas a cuál más universal: Julio César, Hamlet, Noche de reyes, Medida por medida, Otelo, El Rey Lear, Macbeth, Antonio y Cleopatra, La tempestad… En su pequeña biografía, Bryson trata de figurarse aquel ambiente: “Imaginemos”, dice, “lo que pudo haber sido asistir a una función de Macbeth sin conocer el final, o formar parte del silencioso público que oía el monólogo de Hamlet por primera vez, o ser testigo de Shakespare recitando sus propios versos”. Y añade: “No debe haber habido, en toda la historia, muchos sitios mejores que el Globe”.

La hora de la tragedia

Con el cambio de siglo se produce, pues, una inflexión en la creatividad del genio y entramos en el período negro de sus grandes tragedias. En los dramas históricos ya se habían representado traiciones, baños de sangre y toda clase de villanías, pero en el desenlace el orden quedaba restablecido. Ahora Shakespeare dejará de lado las fuerzas políticas como agentes de la acción y, en dramas introspectivos, problem-plays como se los conoce en el mundo anglosajón, se encara con el corazón humano y sus combates con el mal, lo irracional, la locura y otras pasiones enajenantes.

La primera gran tragedia de la serie es nada menos que Hamlet (1601). Burbage y su equipo necesitaron cinco horas para recitarla. Desde entonces se erige como la obra shakesperiana más indescifrable e inquietante. El Ulises de Joyce dedica un buen puñado de páginas a intentar su exégesis. Hamlet –dice Jan Kott, otro estudioso del Bardo– “es como la Mona Lisa de Leonardo. Incluso aquellos que jamás leerán o verán representada la obra, saben quién es”.

A principios de 1603, el destino de Inglaterra cambia de riendas. El 24 de marzo, la reina Isabel I murió mientras dormía, a los 69 años. La sucedió pacíficamente Jacobo I de Escocia, hijo de la María Estuardo a la que la soberana había mandado ejecutar veinte años atrás. Para el Bardo y el Globe, el advenimiento del nuevo rey resultó beneficioso. Una de sus primeras medidas consistió en otorgarles patente real y así pasaron a convertirse en los King’s Men. La compañía llegará a actuar para el monarca en 187 ocasiones durante los siguientes trece años.

Entretanto, a pesar de su éxito creciente y de las tierras que acumulaba en su región, en Londres Shakespeare seguía llevando una vida austera. Vivía de alquiler, en la City, en casa de una familia de hugonotes, los Mountjoy, lo que le vino muy bien para mejorar su francés. Otra posibilidad sería que Shakespeare se retirase a Stratford a escribir sus tragedias en la paz del campo, pero no hay ningun documento que lo abone.

En 1604 estrena Otelo; en 1605, El Rey Lear y, en 1606, Macbeth. Jacobo I sigue prodigando su protección y, en 1606, los King’s Men obtienen permiso para abrir el Blackfriars, un teatro cubierto más íntimo que el Globe (el aforo era de seiscientos espectadores). Y también más caro, lo que redundó en los bolsillos del Bardo, que poseía una sexta parte de la empresa. La sala estaba situada intramuros, en un barrio acomodado, y sus gestores duplicaron los beneficios que obtenían con el Globe (que se reservó para las temporadas de verano). Los nuevos recursos técnicos y lumínicos del local favorecieron por ende que Shakespeare, en sus siguientes producciones, incrementase los elementos espectaculares y rituales. En concreto Pericles, El cuento de invierno y su canto del cisne, La tempestad, incorporaron elementos de mascarada y música, y fueron ideados ex profeso con entreactos en los que sonaban canciones. Por esas mismas fechas muere la madre del Bardo y ello pudo contribuir a que en 1609 publicase los Sonetos, un corpus amoroso que incluye muchos versos homoeróticos y que lleva cuatro siglos atareando y desquiciando a los eruditos por el objeto de sus efusiones amatorias.

Tras La tempestad, el veterano dramaturgo fue abandonando poco a poco las tablas, replegándose cada vez más en Stratford, como un pequeño capitalista que administra su hacienda. Aceptó escribir en colaboración (con George Wilkins y, sobre todo, con John Fletcher) y, tanto en Los dos nobles caballeros como en Enrique VIII, es reconocible su inconfundible mano (también habría trabajado en Coriolano, pero la obra se perdió). En todo caso, un hecho simbólico marcó el adiós del genio al que fuera su hábitat natural: el 29 de junio de 1613 ardió el Globe (precisamente durante la representación de su Enrique VIII), y, tras el incendio, se desvinculó de los King’s Men.

Desde 1614 hasta su muerte, el 23 de abril de 1616, lleva una vida de propietario rural en su casona de New Place. Litigó por tierras con diferentes vecinos y también mantuvo pleitos en Londres por la liquidación de sus intereses en Blackfriars. Otro de sus biógrafos, Peter Ackroyd, le ve a sus cincuenta años adoptando “una actitud resignada o fatalista hacia los asuntos del mundo”. A principios de 1616 se ocupó de testar (y dejó a Anne Hathaway “su segunda cama”, otro punto oscuro que ha llevado de cabeza a cientos de comentaristas) y tal medida jurídica conduce a creer que se sabía enfermo de gravedad, acaso con una sífilis o una dolencia degenerativa. Está fuera de duda que, tras varias noches de insomnio, fatiga y sed devoradora, falleció el 23 de abril, día en que cumplía 53 años. El epitafio que vela desde entonces su tumba refleja tal vez su personalidad: “Buen amigo, por Jesús, abstente / de cavar el polvo aquí encerrado / Bendito sea el hombre que respete estas piedras/ y maldito el que remueva mis huesos”.

Compártelo:
  • Add to favorites
  • RSS
  • email
  • Facebook
  • Twitter
  • Google Bookmarks
  • Live

Similares

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , ,

Deja un comentario

mcediciones.com Publicaciones online de MC Ediciones, S.A.

Secciones populares