José Saramago: un ateo que clama al cielo

En “Caín” (Alfaguara/Ed. 62), nuestro Premio Nobel ibérico revisita la vieja historia bíblica de los dos hermanos irreconciliables y hace una lectura corrosiva del Antiguo Testamento. La escritora Laura Restrepo, su esposa Pilar del Río, el propio Saramago y el fotógrafo Daniel Mordzinski nos dan las claves de la novela y de todo cuanto rodea al escritor portugués afincado en Lanzarote.

Texto: Laura Restrepo Fotos: Daniel Mordzinski

La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él”, dice Saramago en Caín, su novela más reciente, irónica, punzante, demoledora, con la cual amplía el ciclo abierto en su Evangelio según Jesucristo, al añadirle nuevas páginas a la tarea de desvelar la naturaleza atrabiliaria y disparatada de ese Dios de las Escrituras, que Caín nos va mostrando como un ser enloquecido y enloquecedor, celoso y envidioso, parcial e injusto, maligno por naturaleza, verdugo de inocentes, exterminador, señor de los ejércitos que calcula bien el negocio redondo que hay detrás de cada guerra.

Son claros, juguetones y retadores los motivos por los cuales Saramago ha erigido en protagonista de su novela a Caín, que no es el elegido de Dios sino precisamente lo contrario, el repudiado, el marcado en la frente, el desterrado. El Caín de Saramago ama a Lilith, la mujer-demonio; es condenado a errar no sólo por los caminos del planeta sino también por las crestas del tiempo, teniendo por única compañía a la soledad, odiando a Dios sobre todas las cosas y proclamando su propia libertad por encima de cualquier verdad teologal. Para este Caín, la rebeldía es el único credo y a través de su boca el autor proclama: “benditos sean los que eligieron la sedición, porque de ellos será el reino de la tierra” .

Este Caín “nació para ver lo inenarrable”, aquello que sin embargo Saramago se ha atrevido a narrar. Porque él siempre se atreve, aún con los tópicos intocables, o sobre todo con éstos, porque lo suyo no es el silencio cómplice, ni la condescendencia de lo políticamente correcto, ni el alineamiento con los poderosos. Lo suyo es la seguridad del gran escritor que conoce la fuerza de las palabras y no duda en desatarla cuando de la defensa de lo humano se trata, cuando se impone la urgencia de señalar y colocar contra la pared a los Estados, cuando es hora de mofarse de la alharaquienta prepotencia del cielo.

Dice el experto en mitos René Girard: “Solemos creer que el dios metafísico es, de entrada, fruto de una imaginación metafísica, y que los ejércitos celestes son elaboraciones secundarias, de alcance relativamente menor. Siempre he pensado que habría que invertir el sentido de esta génesis. Hay que partir de estos ejércitos, que no son en absoluto celestes, sino reales, muy reales”. Y esto es justamente lo que hace José Saramago en su nueva novela, donde desdeña una aproximación metafísica al Antiguo Testamento y emprende en cambio una lectura ética y política que no les concede a tales textos autonomía en cuanto textos, ni los considera letra muerta y enterrada.

Vivas, y muy vivas, resultan las Escrituras cuando se las ve como catálogo de venganzas proferidas a nombre de dios, pero ejecutadas por mano de los hombres de carne y hueso que le sirven de agentes. Quizá dios exija el sacrificio y señale a la víctima, pero quienes la hacen pedazos son los hombres. Aquellos que alaban la fanática hostilidad de su señor y que, al proclamarse a sí mismos pueblo elegido, perciben su propia violencia como sagrada. Un pueblo que le adjudica carácter sagrado a la violencia que ejerce puede preciarse de contar con la absolución y el beneplácito divinos al someter a otros pueblos, saquearlos o exterminarlos. Resultan entonces evidentes las ventajas de tener a mano una doctrina incuestionable, que señale a los enemigos propios como enemigos también del Señor.

Yo me atrevería a decir que, ante los ojos de dios, el verdadero pecado del Caín de Saramago, y supongo que también del propio Saramago, es haber descubierto que el gran secreto celestial consiste ni más ni menos que en la extrema debilidad de Dios, su talón de Aquiles, todavía más vulnerable que el del propio Aquiles, por lo cual de aquí en adelante habrá que decir más bien el talón de Dios. Pese a que su ira es inmensa, e inmenso su desprecio por los seres humanos, el Yahvé de las Escrituras no puede castigarlos por su propia mano, bien porque no existe, o bien porque existe, pero no tiene manos.

Pilar x Saramago

No habrá ninguna sorpresa para quien recuerde lo que sobre ella he dicho y escrito en el ya casi cuarto de siglo que llevamos juntos. Esta vez, sin embargo, quiero dejar constancia, y supremamente lo quiero, de lo que ella significa para mí, no tanto por ser la mujer que amo (que eso son cuentas de nuestro rosario privado) sino porque gracias a su inteligencia, a su capacidad creativa, a su sensibilidad, y también a su tenacidad, la vida de este escritor ha podido ser, más que la de un autor de razonable éxito, la de una continua ascensión humana. Faltaba, aunque eso no lo podía imaginar antes, la idealización y concreción de algo que fuera más allá de la esfera de la actividad profesional o que pudiera presentarse como su prolongación natural. Así nació la Fundación, obra en todo y por todo obra de Pilar y cuyo futuro no puede concebirse, a mi entender, sin su presencia, sin su acción, sin su genio particular. Dejo en sus manos el destino de la obra que creó, su progreso, su desarrollo. Nadie lo merecería más, ni siquiera de lejos. La Fundación es un espejo en que nos contemplamos los dos, pero la mano que lo sostiene, la mano firme que lo sostiene, es la de Pilar. En ella confío como en ninguna otra persona sería capaz. Casi me apetece decir: éste es mi testamento. Pero no nos asustemos, no voy a morir, la presidenta no me lo permitiría. Ya le debí la vida una vez, ahora es la vida de la Fundación la que ella deberá proteger y defender. Contra todo y contra todos. Sin piedad, si llegara a ser necesario.

José Saramago, El cuaderno (Alfaguara)

Saramago x Pilar

Saramago nos ha escrito otro libro. Su título es Caín, y Caín es uno de los protagonistas principales. Otro es Dios y otro es la humanidad, con sus distintos nombres y pulsaciones. En este libro, como en los anteriores, El Evangelio según Jesucristo, por ejemplo, nuestro escritor no se anda por las ramas, ni se busca subterfugios a la hora de abordar lo que durante milenios, y en las distintas culturas y civilizaciones, han dicho que es intocable e innombrable: la divinidad y el conjunto de normas y preceptos que los hombres establecen en torno a esa figura para exigirse a sí mismos -o tal vez sería mejor decir para exigirles a otros- una fe inquebrantable y absoluta, en la que todo se justifica, desde negarse a uno mismo hasta la extenuación, o morir ofrecido en sacrificio, o matar en nombre de Dios.

Caín no es un tratado de teología, ni un ensayo, ni un ajuste de cuentas: es una ficción en la que Saramago pone a prueba su capacidad narrativa al contar, desde su peculiar estilo, una historia de la que todos conocemos la música y algunos fragmentos de la letra. Pues bien, con la cabeza alta, que es como hay que mirar al poder, sin miedos y con buen trazo, José Saramago ha escrito un libro que no nos va a dejar indiferentes, que provocará en los lectores desconcierto y quizá alguna angustia, pero, amigos, la gran literatura está para clavarse en nosotros, lectores, como un puñal en la barriga, no para adormecernos como si estuviéramos en un fumadero de opio y el mundo fuera pura fantasía. Este libro nos atrapa, lo digo porque lo he leído, nos sacude y nos hace pensar: apuesto a que cuando lo terminéis, cuando hagáis el gesto de cerrarlo sobre las rodillas, vais a mirar al infinito, o cada uno a su interior, diréis un “ufff” que os saldrá del alma y empezará una buena reflexión personal a la que, más tarde, seguirán conversaciones, discusiones, posicionamientos y, en muchos casos, cartas diciendo que esas ideas estaban pidiendo forma, que ya era hora de que el escritor se metiera en faena y gracias por hacerlo con tan hermosos resultados.

Esta última novela de José Saramago, que no es muy larga, ni podría serlo, porque necesitaríamos más fuelle del que tenemos para enfrentarnos a ella, es literatura en estado puro. Dentro de muy poco podréis leerla en portugués, castellano y catalán, y entonces veréis que no exagero, que no me mueve ningún desordenado deseo al recomendarla: lo hago desde la más absoluta subjetividad, porque desde la subjetividad leemos y vivimos. Y os hablo a los amigos, porque esta carta sólo a vosotros va dirigida. Con mucha alegría.

Felicidades a todos los lectores: un año después del Viaje del elefante tenemos otro Saramago. Son tres libros en un año, porque también hay que contar con los Cuadernos. No podemos pedir más, nuestro hombre ha cumplido y de qué manera. La edad, amigos, agudiza la inteligencia y agiliza la capacidad de trabajo. Qué suerte tenemos los lectores de tener quien nos escriba.

Pilar del Río

Saramago + Pilar x Mordzinski

Viajar a Lanzarote con el único propósito de fotografiar a José Saramago es, por un lado, una responsabilidad y, por otro, un gran honor, en el mejor y más íntimo de los sentidos. Hace mucho tiempo que conozco y aprecio a Pilar y a José, y sé que hay entre nosotros una simpatía, una suerte de complicidad previa que, sin embargo, no me evitaba cierto nerviosismo. Saramago no es sólo el Nobel, el gran autor y referente para varias generaciones de lectores comprometidos: es un hombre distinto del novelista que triunfa y yo sé, por mis treinta años de experiencia, que cada clic contiene un poco de misterio, una proporción de riesgo y de azar.

Lanzarote es un territorio peculiar -sin duda también por eso lo eligieron los Saramago para vivir- y allí la condición del retratador queda en una especie de limbo que no debía enturbiar mi misión: rescatar para los lectores la mayor sinceridad en el acercamiento a este gran hombre. La primera sensación al aterrizar, tras cinco horas de avión, es que la descompresión de la cabina vale para toda la isla. En la casa de Saramago se respira una serenidad impensable en París o en Lisboa (no hablo ya de temperatura ni de condiciones climáticas…). Pilar y José, como he dicho, son amigos desde hace años, pero yo intentaba no dejarme llevar por un exceso de afecto porque el reloj iba en mi contra -apenas contaba, en total, con doce horas de estancia en Canarias- y la premura, por muy reportero de guerra que uno haya sido, es mala consejera. La gran sorpresa -los grandes siempre consiguen sorprendernos; con sus libros, con sus gestos, con sus bromas o con sus costumbres cotidianas- fue la naturalidad con que los dos acogieron el hecho de que yo viniera de Francia, a toda prisa y por muy pocas horas, para retratar al autor de Memorial del convento. De algún modo tuve la sensación de que ese rito (llegar del aeropuerto a su casa pisando la lava volcánica de la isla) se repetía ese jueves como cada día de la semana, como si todas las mañanas quedásemos los tres para desayunar en el jardín, charlar sin prisa, pasear mirando la raya del horizonte y comer a la escasa sombra de la árida vegetación insular.

Me quedan, aparte de las fotos, dos recuerdos esenciales de ese viaje: Saramago en su sillón jugando con sus perros, mientras escribía su blog, comprometido con absoluta naturalidad con el oficio de pensar y de contemplar de un modo crítico los problemas del mundo, y el gran esfuerzo que tuvo que hacer para luchar contra el viento posando en mis fotos. Por si mis fotos no lo reflejan lo suficiente, diré que no se entiende a José sin Pilar ni vicerversa, y ésa es una maravillosa prueba de amor y de autenticidad. Son una pareja capaz de hacer sentir como en casa a quienes eligen como interlocutores; no hay la menor sombra de vanidad en su triunfo, porque radica en la armonía de sus sentimientos y su manera de compartirlos con los lectores. A mí, como fotógrafo, me gustaría mucho que eso quedase reflejado en las fotos con las que, de paso, quiero testimoniar mi admiración y mi complicidad con su crítica y creativa manera de interpretar el mundo.

Daniel Mordzinski

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Escrito por el dic 11 2009. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

2 Comentarios por “José Saramago: un ateo que clama al cielo”

  1. Sara mango

    Saramago supo darle formato de libro al aburrimiento soporífero. Infumables.
    Como escritor, malo (quizás a alguien le impresione un Nobel, a mi no. Menos aún cuando lo ha recibido un terrorista como Arafat).
    Como moralista, malo (esto de ser comunista y millonario, jaja en fin, habrá alguno que se lo crea)
    Como humanista, malo: no dormía preocupado por su tan querida Humanidad quemada por la Inquisición y, sin embargo, (yo flypo) como buen comunista que era, jamás denunció las atrocidades del Comunismo a lo largo y ancho del mundo (los crímenes de Stalin que suman 60 millones de muertos incluyendo su famoso Holodomor en Ucrania, las atrocidades de Pol Pot en Camboya que también se contabilizan por millones, las de Mao y sucesores en China, las de Castro en Cuba, las de Ceacusce en Rumanía, eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeettttttttttttttttttttttttttttcccccccccccccccccccccc

    De todas formas, no me alegro con su muerte aunque abomine de su obra.

  2. ALEJANDRA

    SIENTO PROFUNDAMENTE LA MUERTE DE ESTE GRAN AMIGO Y HERMANO DE LAS LETRAS,JOSÉ SARAMAGO,MUERTO RECIENTEMENTE.
    BUENOS RECUERDOS DEJO CUANDO ESTUVO EN CHILE.

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