En busca del tiempo encontrado
Hace algunos años, un grupo de redactores de Fotogramas, Clio y Qué Leer (por entonces las tres revistas pertenecían al Grupo Hachette), junto con amigos como Robert Aniento u Octavio Botana, comenzamos a organizar un proyecto de corte personal: la creación de un diccionario de la década de 1980, en la que se había desarrollado gran parte de nuestras respectivas adolescencias. Desgraciadamente, pese a los varios almuerzos que le dedicamos en el chino de la esquina, la cosa no pasó de una veintena de entradas más o menos acabadas sobre el primer centenar previsto (recuerdo que Antonio Lozano se encargó de Michael Jackson -como en el número de Qué Leer ahora mismo en quiosco, por cierto-; que Sergi Rodríguez explicó de forma hilarante la elección de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992, y que un servidor se enfrentó tanto a la guerra de las Malvinas como al Mundial de México ’86, amén de a Eddie Murphy, al desaparecido Falco y a las gomas Milan Nata).
Me viene todo esto a la memoria mientras disfruto como un enano con el segundo volumen de Papel y plástico (Astiberri), en el que Oscar Lombana se ha mostrado menos asequible al desaliento que nosotros a la hora de recuperar, de forma eminentemente visual, los elementos más lúdicos de la década favorita de Felipe González, Maradona y Spandau Ballet. De entre la orgía de recuerdos que asoman desde sus páginas, permítanme reseñar algunos de los que más personalmente me afectan: (por orden de aparición en el libro) los cómics de V, los rotuladores Carioca (¿quién no los llamó “retuladores” en algún momento?), los gremlins de plástico duro, los tapones de Coca-Cola con su promoción de Superman II, el cartel de Goonies, los kalkitos, el CinExin, los cromos de Monstruos, las películas de Enrique y Ana, la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente, el ordenador Spectrum (aunque en casa fuéramos más de MSX)… Todo un paseo por la nostalgia que, aparentemente, contará en un futuro cercano con su tercera parte (como dictan los cánones ochenteros, vamos).








Recuerdo, recuerdo. Y además colaboré con Oscar para la segunda parte de su libro, prestándole astantes gadgets (aunque el muy despistao no me ha puesto en los agradecimietos, grrr…). Saludos.