Berlín: al otro lado del muro

Veinte años después de la caída del Muro de Berlín, viajamos a la capital alemana para analizar los cambios acontecidos con algunos de los protagonistas de su escena literaria. El veredicto: Berlín ha cambiado, aunque manteniéndose fiel a sí misma. Por lo menos, de momento.

Texto: Álex Vicente Fotos: Julian Röder/Ostkreuz

Berlín, principios de septiembre. La luz de un cálido final de verano languidece sobre el paisaje postindustrial de la capital alemana. Los turistas salen en masa del aeropuerto de Schönefeld, que ha convertido la ciudad –compañías low cost mediante– en destino prioritario de un cierto turismo alternativo. En la estación de ferrocarril que conduce hacia el centro de Berlín, un tenderete de souvenirs despide a los que ya se marchan. Está lleno de miniaturas de la era socialista, chapkas coronadas por la estrella roja y otros objetos de reminiscencias militares, reproducciones relativamente fieles de una era recordada hoy con cierta nostalgia –aunque mucho más estética que política– por buena parte de los alemanes del Este.

El tren recorre barrios residenciales con las fachadas pintadas de amarillo anaranjado. Cruza por anchas avenidas donde circulan una multitud de bicicletas bajo la telaraña tejida por las catenarias de los tranvías. Adelanta a hombres y mujeres que regresan a casa tras una larga jornada laboral. Atraviesa terrazas llenas de sonrientes autóctonos, que aprovechan las últimas horas del verano ante gigantescos vasos de cerveza. Las proporciones monumentales de Berlín contrastan con la aparente tranquilidad que se respira en ella, que parece impropia de una ciudad de cinco millones de habitantes y novecientos kilómetros cuadrados de extensión, cerca de nueve veces más que Barcelona.

La misma paradoja se establece entre la vida apacible de hoy y el tormentoso pasado experimentado por la ciudad a lo largo del último siglo. La destrucción provocada por las guerras, los fantasmas generados por el nazismo, la división de su territorio en dos zonas incomunicadas. Estratos superpuestos de una historia brutal que se percibe en cada rincón. Tal vez para olvidar el perturbador ruido de las bombas, los berlineses parecen apostar hoy por vivir el presente de forma deliberadamente despreocupada, como si el futuro ya no les importara demasiado. Muchos de sus habitantes lo confirman: en Berlín parece que el tiempo se haya detenido, lo que explica la fuerza tranquila que marca la vida en la ciudad.

Esta suma de circunstancias convierten a Berlín en un caso prácticamente único en el mapa europeo, lo que puede explicar la fascinación que la ciudad sigue ejerciendo sobre los escritores.

El expresionista Alfred Döblin dibujó un impresionante retrato de la capital en Berlin Alexanderplatz, un auténtico clásico que sigue siendo vigente hoy. En la novela, las voces literarias se mezclaban, la narración se desarticulaba y el conjunto se anticipaba al giro que irrumpiría décadas más tarde en el zeitgeist. Döblin pareció entender antes de nadie que Berlín sería la capital postmoderna por antonomasia. La lista de enamorados de Berlín podría seguir con otros autores locales y foráneos, como Walter Benjamin, Robert Walser, Louis-Ferdinand Céline, Vassili Grossman o Thomas Pynchon. Todos ambientaron allí algunas de sus novelas más conocidas. Sin contar los autores contemporáneos que siguen acudiendo a la ciudad para ambientar sus novelas, de la nueva ola de la literatura estadounidense (Jonathan Franzen, Jeffrey Eugenides, Jonathan Safran Foer) a la franco-senegalesa Marie N’Diaye, descubrimiento de la temporada literaria en Francia –exiliada en la capital alemana tras la victoria electoral de Sarkozy–, pasando por la nueva premio Nobel de literatura, la germano-rumana Herta Müller, que reside en Berlín desde 1987.

McResistencia

Veinte años después de la caída del muro, Berlín no se ha convertido en la capital homologada que muchos temían. No son pocos los cambios acontecidos: las grúas que ocuparon el paisaje, las multinacionales que se plantaron en la ciudad, los ciudadanos del Oeste que se hicieron con las antiguas viviendas sociales del Este, la llegada en masa de artistas y creadores seducidos por sus precios irrisorios, que lograron configurar una sólida escena underground que todavía hoy subsiste. Sin embargo, la ciudad se sigue resistiendo al aburguesamiento que se avecinaba, al triunfo del capital sobre todas las cosas.

En el muy alternativo e izquierdista barrio de Kreuzberg, que acoge la primera comunidad turca del país, no se implantó el primer establecimiento McDonald’s hasta mediados de 2007. La inauguración vino acompañada de manifestaciones y grandes protestas –McWilderstand o “McResistencia”, la llamaron los vecinos–, entre medidas de seguridad dignas de un G-8. Dos años más tarde, el fast food “made in USA” ha conseguido integrarse pacíficamente en el barrio, pese a que habitualmente esté medio vacío. La razón se encuentra a sólo unos metros: los Big Macs fabricados en cadena no logran competir con las sabrosas hamburguesas de Burgermeister, un puesto callejero abierto en los antiguos servicios públicos de la estación de metro de Schlesisches Tor, que se encuentra abarrotado de clientes día y noche.

La caída del Muro no ha logrado suprimir las particularidades de la ciudad, aunque la amenaza sigue vigente, lo cual explica el nuevo deporte municipal: protestar contra los cambios, que en los últimos años parecen haberse acelerado más de la cuenta. Los numerosos solares de la zona Este se han convertido en decenas de hoteles y albergues de juventud para acoger el nuevo turismo masivo que llega a Berlín. Los alquileres, hasta hace poco prácticamente simbólicos, empiezan a subir desproporcionadamente. Los habitantes de barrios antiguamente populares, como Prenzlauer Berg, se ven obligados a marcharse a lugares más asequibles, mientras manadas de jóvenes de espíritu decididamente cool, jóvenes familias occidentales empujando los carritos de sus retoños y numerosos nuevos ricos con pedigrí bohemio se instalan en la zona. Allá donde hace cinco años no había nada, hoy se erige un edificio de viviendas de alto standing.

Cruzando el muro

De los 155 kilómetros de muro que se edificaron para separar Berlín en dos mitades, hoy sólo quedan poco más de mil metros, conservados a lo largo del río Spree, en la frontera entre Kreuzberg y Friedrichshain, otro barrio a la moda. En los últimos meses, los artistas de la época han vuelto a la ciudad veinte años más tarde para restaurar las pintadas que realizaron en 1989. Durante las casi tres décadas en que el muro se mantuvo en pie, cerca de doscientos ciudadanos del Berlín Este murieron al intentar atravesar hacia el otro lado, mientras que otros doscientos fueron gravemente heridos al ser descubiertos por las fuerzas de seguridad. Pero por lo menos 5.000 personas lograron cruzar este muro infranqueable de forma clandestina.

Entre ellas se encuentra la escritora Julia Franck. En 1978, cuando tenía sólo ocho años, huyó con su familia a la zona occidental. Una experiencia que relató en su novela Zona de tránsito (Tusquets), donde ponía en escena a cuatro personajes ficticios conviviendo en los precarios edificios del lager de Marienfelde, el campo de refugiados donde iban a parar los ciudadanos del Este que lograban cruzar el Muro. “Pese a ser sólo una niña, estaba orgullosa y feliz de dejar la RDA”, nos cuenta en la sede berlinesa de su editorial, situada en pleno Mitte, la zona central por donde pasaba el muro. “En mi cabeza, el Oeste adoptaba los rasgos del paraíso. Pero al llegar todo fue diferente. Nos metieron en el campo de refugiados, donde nos sometieron a todo tipo de interrogatorios durante nueve meses, ya que mi madre tenía contactos con la resistencia y su información interesaba a los estadounidenses”.

A los 39 años, convertida en autora superventas en su país, Franck acaba de conseguir el mayor éxito de su carrera gracias a su última novela, La mujer del mediodía, inspirada por otra historia familiar. En ella narra cómo, acabada la segunda guerra mundial, su padre fue abandonado por su abuela, una misteriosa enfermera, en una estación de tren. Franck es, junto a Judith Hermann, la principal abanderada de una generación de escritores que salían de la adolescencia cuando cayó el muro. Nacieron el mismo año, en 1970, pero no podrían ser más diferentes. Franck creció en el Este antes de cruzar al Oeste, donde sigue viviendo hoy. Hermann nació en la Alemania de Willy Brandt, pero se mudó a Prenzlauer Berg tras la reunificación. Algunos de sus libros han sido escritos en el café donde se encontraban los intelectuales de la era socialista.

Historia en mayúsculas

Hermann es autora de novelas introspectivas como Trauma y recuperación (Espasa) o Fantasmas (RBA), así como de una celebrada colección de cuentos Corales rojos (Siglo XXI), que pasó sin pena ni gloria en el mercado español, pese a tratarse de una de las obras más exitosas de la literatura alemana de la última década. “La generación anterior estaba más interesada en el pasado, en la guerra, en la política. Mi generación sólo se mira a sí misma”, sostiene Hermann, que ahora vuelve a triunfar en su país con su último libro de relatos, Alice. Si es cierto que la nueva literatura alemana prescinde de la historia en mayúsculas para abordar sus pequeñas preocupaciones cotidianas de forma algo narcisista, como han afirmado tantos críticos en los últimos años, Julia Franck debe ser la excepción que confirma la regla. Al escuchar la afirmación de Hermann, Franck discrepa con amabilidad. “Para mí, resulta imposible separar el yo de la historia”, asegura. “En mis novelas no aspiro a definir a la totalidad de la sociedad alemana, sino a simples individuos. Pero cada personaje tiene un vínculo fuerte con la Historia en mayúsculas, con la experiencia colectiva”. Y tal vez suceda la mismo con la práctica totalidad de los alemanes.

Franck, que parece haber conservado los rasgos de aquella niña que vivió mucho más de lo que le correspondía, alucina cuando se le muestra un recorte de un diario español, donde era definida como “la heredera de Günter Grass”. “Invocarlo a él es un recurso fácil de los medios, ya que nunca ha sido una influencia, ni como escritor ni como referente ideológico. Hace años que Grass intenta relacionarse conmigo y con otros escritores de mi generación, sobre todo porque quiere que le ayudemos a hacer campaña para el Partido Socialdemócrata (SPD)”, dice con gesto crítico. Franck se resiste a dar el sí al Premio Nobel, puesto que no cree que tenga derecho “a pedir el voto de nadie”. “Es muy sintomático de la generación de Grass: se sentían tan culpables por haber formado parte de nuestra historia más oscura que ahora pretenden convertirse en portavoces para obtener un mundo mejor”, concluye.

Concluida la conversación, Franck nos saca a pasear por Mitte, donde siguen hallándose grandes espacios sin construir, como uno donde se han instalado artistas con sus ateliers ambulantes, alimentados por la luz solar. Al otro lado de la calle, junto a uno de los escasos edificios de posguerra que se ven en la zona, están construyendo un bloque de apartamentos especialmente diseñados para músicos: una de las habitaciones de cada piso está perfectamente insonorizada para no molestar a los vecinos. “No es extraño que se construyan pisos como estos, con la cantidad de músicos que hay en Berlín”, explica. “Este es un buen lugar para crear porque es muy barato, lo cual siempre es importante para un artista. Es una ciudad muy pobre, pero tiene grandes ventajas: está llena de lagos alrededor, tiene el Mar Báltico a pocas horas de coche, puedes moverte en bicicleta por todas partes y no tiene la ambición de ser chic, como Múnich o Hamburgo. Para mí, es la definición de una ciudad normal”, concluye Franck antes de despedirse.

“Ich, Ich, Ich”

La presencia masiva de artistas y creadores podría ser una de las características del Berlín de hoy. Otra es, sin lugar a dudas, la resistencia del colectivismo como sistema de organización social, tal vez como herencia del pasado socialista. Las casas okupadas se multiplicaron tras la caída del muro y la experiencia de las cooperativas sigue floreciendo hoy a todos los niveles. En las calles del Este se multiplican los espacios alquilados por profesionales jóvenes, que comparten despachos en los bajos de las casas para economizar y huir de la soledad del trabajador independiente. Son arquitectos, diseñadores, propietarios de minúsculas discográficas e incluso escritores.

En una pequeña calle de Prenzlauer Berg hallamos experimentos como Adler & Söhne, una oficina de creación literaria compartida por nueve escritores treintañeros. Entre ellos, Sasa Stanisic, autor de Cómo el soldado repara el gramófono (Alfaguara). Stanisic, nacido en Bosnia, emigró a Alemania con sus padres durante la guerra de los Balcanes y ahora reproduce sus recuerdos sobre el conflicto en esta exitosa novela, traducida a más de veinte países. En la habitación contigua, junto a una hamaca donde los arrendatarios dicen encontrar la inspiración, se encuentra Thomas Pletzinger, una de las revelaciones de la temporada en Alemania gracias a Bestattung eines Hundes (“Funeral para un perro”), una novela con el 11-S de fondo –el autor trabajaba en una editorial neoyorquina cuando las Torres Gemelas se derrumbaron– que será traducida al inglés en 2010 y empieza a ser contratada en otros mercados. Pletzinger se mudó aquí hace dos años para trabajar en su próxima novela, que estará ambientada en Praga y en Berlín.

“La ciudad respira historia, lo que supone una inspiración importante para cualquier escritor”, explica desde el café de la esquina, donde jóvenes aparentemente desocupados sorben latte macchiattos junto a una porción de tarta de cerezas. “Vengo de una pequeña ciudad industrial del Oeste, donde prefieren tirar los edificios abajo para construir centros comerciales llenos de H&M, cadenas de comida rápida y otros símbolos de la decadencia de nuestra cultura. En comparación, me quedo con esto”.

Pletzinger también discrepa al escuchar el estereotipo que define a los jóvenes autores alemanes como egocéntricos obsesionados por sus pequeñas miserias. Para los escritores alemanes, no todo es Ich, Ich, Ich (“Yo, Yo, Yo”). “Me interesa hablar de la identidad, pero no necesariamente de mi identidad. Y creo que es algo habitual entre mi generación. No todos hablamos de problemas inexistentes ampliados a un tamaño exagerado, como reza el tópico. Hablamos de nuestro malestar, que no siempre está provocado por cuestiones banales”, analiza el autor, que se dice admirador de John Irving, así como del Günter Grass de El tambor de hojalata, pese a no considerarlo una gran influencia. Tampoco otros literatos alemanes de prestigio internacional, como Bernard Schlink (El lector) o W.G. Sebald (Austerlitz) aparecen en la lista de sus autores predilectos.

Cuando el muro se vino abajo, Pletzinger tenía 14 años. Unos meses antes, su equipo de baloncesto participó en un torneo que tuvo lugar en el Berlín Este. “Al entrar en la zona este me entró un miedo horroroso. De repente, el paisaje cambió radicalmente y recordé que los ciudadanos que vivían allí no podían pasar al otro lado. Por un momento creí que no volvería nunca”, cuenta. Nunca hubiera creído que, veinte años más tarde, viviría en una de aquellas calles observadas con terror desde la ventana del autobús.

La guerra de las librerías

Aquellas tensiones entre Este y Oeste, asimiladas con el paso de los años pero todavía no desactivadas del todo, subsisten incluso en el negocio literario. No muy lejos del despacho de Pletzinger, junto al muy decadente cementerio judío de Schönhauser Allee y a la cautivadora plaza dedicada a la malograda ilustradora Käthe Kollwitz, se encuentra la Büchner Buchladen, una de las más activas librerías de todo Berlín, que organiza un prestigioso festival cada año con invitados internacionales. Su propietaria, la muy enérgica Sabeth Vilmar, llegó a la ciudad desde Colonia a principios de los 1990. Fueron comienzos difíciles. “Cuando abrí la librería no había ningún comercio en toda la calle”, recuerda. Hoy el barrio está plagado de restaurantes y tiendas de diseño. “Se ha convertido en un lugar con cierto poder adquisitivo, lo cual no está del todo mal cuando uno tiene un negocio”, ironiza. Pero el éxito de Sabeth genera cierto recelo por parte de las pequeñas librerías que ya existían antes de la caída del Muro, propiedad de alemanes del Este. “Cuando llegué al barrio yo era la mala, la alemana occidental que venía a usurpar su territorio. Y hay algo en esa percepción que aún no ha cambiado. Hoy todavía hay gente que habla mal de mí”, dice Sabeth, que afirma no haberse visto afectada por la crisis gracias a una clientela fiel. Sus competidores, con un fondo de catálogo menos abundante y una puesta en escena algo más gris, aguantan con mayores dificultades.

“No necesitamos ser ricos; nos basta con sobrevivir”, se resigna Specht, propietario de una librería vecina que ya roza la jubilación y que hace unos años se marchó del barrio pese a seguir trabajando en él. “No lo hice sólo por los precios, sino porque ya no podía aguantar siete días de Prenzlauer Berg a la semana. La gente se ha vuelto demasiado uniforme y ha habido muchos cambios. Antes había un ambiente más diverso y de convivencia”. Unas avenidas más allá, conocemos a Uwe, el dueño de Die Insel, una diminuta librería que expone a Almudena Grandes y Jaume Cabré en su escaparate. El nombre de la tienda lo dice todo: “La Isla”. Su mujer ya trabajaba en la tienda cuando era propiedad del Estado socialista. Ambos coinciden en el mismo punto: “El barrio se está llenando de yuppies que llegan de fuera de Berlín. Lo encuentran bonito y agradable y se quedan aquí. Cuando abrimos la librería, en 1990, los vecinos nos ayudaban a colocar los libros. Hoy no queda nada de todo aquello”, se lamentan.

En el Wannsee

La novelista Jenny Erpenbeck creció en una zona modesta del Este, pero esta noche se encuentra en el Wannsee, que parece su perfecta antítesis: un enorme lago repleto de lujosas residencias pertenecientes a la burguesía occidental. Se prepara para leer fragmentos de su último libro, Dinge, die verschwinden (“Cosas que desaparecen”), en el Literarisches Colloquium, un centro cultural instalado en una de esas villas, que organiza regularmente actos literarios con invitados de prestigio. En su nuevo libro, Erpenbeck –que cuenta con una novela traducida al español, Historia de la niña vieja (El Cobre)– aborda los cambios acontecidos en el Berlín oriental. “Por ejemplo, la guardería de mi hijo, que ha quedado reducida a la mitad porque un propietario ha comprado la otra mitad para convertirla en un piso. O un tipo especial de pan que se vendía en las panaderías del Este: hoy los profesores de las escuelas de panaderos son occidentales y han cambiado la receta”, cuenta con una mezcla de melancolía y de divertida indignación.

“A un nivel diferente, también hablo del Palast der Republik, sede del gobierno socialista. Cuando lo abrieron, nos llevaron a verlo con la escuela y nos dijeron que tendríamos la gran suerte de poder contar a nuestros hijos y nietos que habíamos estado allí el día de la inauguración. Fue construido para la eternidad, pero hoy sólo queda aire”, explica. Después de años de debate público, las autoridades apostaron por derribar el edificio –todo un emblema de la RDA, pero significativamente dañado por el amianto: una metáfora perfecta del régimen al que hospedaba– para reconstruir el antiguo palacio renacentista de los Hohenzollern. Un proyecto algo rocambolesco, interpretado como una tentativa de supresión de una parte de la historia de Berlín, contra la cual han protestado muchos alemanes del Este.

Desde hace unos años, se ha decretado un retorno de la Östalgie (en alemán, una contracción de “nostalgia” y “Este”), la añoranza de ese pasado cercano, pero cuyas huellas se encuentran en extinción. A Erpenbeck no le gusta cómo se ha caricaturizado el fenómeno. “No se trata de nostalgia por la RDA, sino por las cosas vividas durante el pasado, sean buenas o malas. Experimentamos un sentimiento de pérdida muy fuerte: las cosas que conocíamos desaparecen, las referencias que teníamos se esfuman”, analiza la autora, que considera que sus libros hablan “del hecho de perder el lugar de dónde vienes pese a seguir viviendo en él”.

Erpenbeck, que en noviembre de 1989 tenía 23 años, asegura que los últimos veinte años han sido buenos y se muestra conforme con la reunificación. “Pero, de todas maneras, me sigo considerando una alemana del Este y es algo que todo el mundo percibe, por tu manera de hablar, por las cosas de las que te ríes o por la forma de relacionarse con los demás. No, nunca seré una alemana del Oeste”, confiesa. Y, sin embargo, en la terraza de esta elegante mansión, en el más occidental de los rincones de Berlín, mientras el sol se despide en el horizonte y la brisa sacude los sauces, nadie –venga de donde venga– parece sentirse mal del todo.

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Escrito por el nov 30 2009. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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