Livingstone: memorias de un buen hombre en África

David Livingstone viajó a África para llevar a los nativos la verdad de la fe cristiana y se encontró muchas mentiras. Se puso del lado de los indígenas frente al trato despiadado a que los sometían muchos colonos blancos y llegó a los lugares más profundos del continente. Sus “Viajes y exploraciones en el África del sur”, memorias publicadas por Ediciones del Viento, nos llevan a vivir una gran aventura geográfica y ética.

Texto: Francisco Luis del Pino Olmedo

Cuenta la leyenda que, el primero de mayo de 1873, cuando murió David Livingstone en Chitambo, un poblado de la actual Zambia, junto al lago Bangwellu, los indígenas le extrajeron el corazón y lo enterraron para que permaneciese en África. Su cuerpo reposa en la Abadía de Westminster y su historia pertenece a todos: negros y blancos.

África estaba esperando a este escocés de Glasgow, nacido en 1813. Pudo haber sido China el escenario de sus gestas, pero la Guerra del Opio se lo impidió porque se cerraron las fronteras para los extranjeros. Entonces, su vocación misionera se volvió hacia África. Y allí nació un gigante de la exploración que jamás olvidó su deber: “He mirado siempre el fin de la empresa geográfica como el principio de las misiones”.

Misión en África

Livingstone, misionero de la iglesia anglicana, desembarca por primera vez en el continente negro en marzo de 1841 y lo hace en Ciudad del Cabo (actual Sudáfrica). Durante ocho años recorrerá la geografía de la región cumpliendo su apostolado, fundamentado en tres elementos: cristianismo, cultura y comercio. En 1849 se adentra en territorios desconocidos y explora el interior de África con el propósito de abrir nuevas rutas comerciales. Cruza el desierto del Kalahari, descubre para Occidente el lago Ngami, el río Zambeze o las cataratas Victoria, y atraviesa el continente de costa a costa (desde Luanda a Kilimane). En 1856 regresa a Inglaterra y un año más tarde publica la narración de sus viajes en un libro que gozará de un éxito fulgurante. No tan sólo logra el aplauso de los lectores, sino que le abre las puertas para poder realizar más expediciones, al concienciar a la sociedad de su época de las posibilidades que ofrece África.

Viajes y exploraciones en el África del sur (Ediciones del Viento) es el título que recoge su extraordinario periplo y que hasta el presente no se había podido leer íntegro en español, ya que faltaba una cantidad muy importante de texto; sobre todo en lo concerniente a botánica, fauna y descripciones geológicas, que en la primera edición de 1858 no se habían traducido.

La crueldad bóer

A Livingstone le causa extrañeza y no comprende el mal trato que los bóer (colonos holandeses y alemanes afincados allí) prodigan a los indígenas, a los que esclavizan y masacran. Sobre todo, le es muy difícil concebir que hombres con familia y cariñosos con sus hijos, puedan pasar a cuchillo a otros padres y madres, con frialdad y sin razón alguna, simplemente por tener la piel negra.

Decidido activista de los derechos humanos, procura llevarles atención médica y consuelo a los indígenas de las tribus esclavizadas. Pero, igualmente, atiende a los colonos y opina que ha sido para ellos “un mal gravísimo el abandono a que les ha sometido su propia iglesia, que nada ha hecho a favor de su educación”.

A la cuestión de por qué una minoría bóer puede dominar a un número muy superior de nativos, el médico-misionero explica que, aunque los bóer lo oculten, las tribus a las que someten violentamente son bechuana, que sólo luchan para defenderse y no son peligrosos. Caso bien diferente es el de los cafres, que, con armas de fuego en su poder, desalientan a los colonos y ninguno se ha atrevido a instalarse en su país ni a combatirles en campo abierto. Así que los ataques para lograr esclavos se han dirigido hacia los bechuana, dejando que sean los ingleses quienes diriman las cuestiones con los combativos cafres.

Explica en su relato Livingstone que, en 1852, cuatrocientos bóers atacaron un poblado bakuena y, después de matar a muchos adultos, se llevaron como esclavos a más de doscientos niños de los que asistían a la escuela misionera. Incluso él mismo sufrió la violencia de los colonos: al haberse corrido el rumor de que había enseñado a la tribu a matar bóers, saquearon una casa protegida por los nativos donde guardaban sus cosas los misioneros. “Los volúmenes de una buena biblioteca, mi único recreo en nuestra soledad, no fueron robados, aunque sí completamente destrozados, yaciendo sus hojas arrancadas por el suelo; mi botiquín fue hecho pedazos”.

Kalahari

Decidido a explorar lo desconocido, Livinsgtone se adentra en 1849 en el gran desierto del Kalahari, donde encuentra a sus pobladores, bosquimanos y bakalahari, que describe con minuciosidad y detalle. Los primeros, viven en el desierto por elección, relata, y los segundos por necesidad. Unos y otros, afirma, son amantes en extremo de la libertad. Este desierto que, matiza, no es una región estéril, además de proporcionar alimento a multitud de animales grandes y pequeños, ha servido de refugio a muchas tribus fugitivas. Y algunos perseguidores, como ocurrió con los matebele, que venían de la región del este, abundante en agua, murieron a centenares intentando perseguirles hasta allí.

Livingstone y sus acompañantes, nativos y algunos europeos, entre ellos su mujer y su hijo pequeño Robert, tras atravesar el Kalahari, continúan su exploración. Encuentran tribus que les ayudan, más allá de atravesar una cordillera muy abundante en arbolado. Topan con nativos como los bokoba, que se llaman a sí mismos “bayeyes” (hombres) y, según relata Livingstone, son pacíficos por naturaleza. Al poco descubren el lago Ngami. Y, a finales de 1851, dan con el río Zambeze en el centro del continente, lo que es un importante descubrimiento, ya que no se sabía que en ese punto existiera semejante río. El país que han atravesado desde el río Chobe, según su narración, era plano casi en su totalidad; entre Chobe y el Zambeze se encuentran grandes pantanos, entre los cuales viven los makololo, protegidos por los profundos ríos que los cercan contra los ataques de sus enemigos.

Los primeros días de junio de 1852, después de enviar a su familia a Inglaterra, partió el médico-explorador desde Ciudad del Cabo, “para mi último viaje”, escribirá. Un recorrido de varios años que abarcará desde la punta meriodional del continente hasta San Pablo de Luana, capital de Angola, en la costa occidental, y desde ese punto hasta Kilimane, en la oriental, atravesando en dirección oblicua el África central.

Fatiga, fiebre y tse-tsé

El misionero escocés se ve atacado por la fiebre por primera vez pocos días después de haber llegado llegado a la ciudad de Linyanti. Con bebidas y baños templados consigue aliviarse, pero estos ataques se sucederán a lo largo de los meses; otra vez en marcha, en plena travesía por interminables llanuras, sufre el “vigésimo séptimo ataque de fiebre, y justamente donde no había agua”.

Las temibles moscas tse-tsé acometen a la expedición en tal número que el buey que monta Livingston y que le había traído desde Liba a Golungo Alto (Angola) sufrió picaduras que lo dejaron moribundo: “nos lo llevamos a Naliele, para que acabase allí sus días con tranquilidad.”

Los nativos del lugar, explica, para ratificar la amistad realizan una ceremonia llamada kasendi, que consiste en hacerse algunas incisiones en las manos, estómago, mejilla derecha y frentes de los dos individuos; extraen unas gotas de sangre con un tallo de hierba, que se recogen en dos cacharros con cerveza; cada uno bebe el que tiene la sangre del otro. Y quedan obligados a una eterna amistad.

Llegan tiempo después al lago Dilolo, lo que representa una bendición para un Livinsgtone enfermo y entristecido por haber recorrido unos interminables terrenos áridos, “incultos y lúgubres”. “Aquí al menos respiraba, sentía la vida”, confiesa. Pero, entre dos poblados, Nameta y Sekhosi, las tse-tsé vuelven a aparecer. En esta ocasión viene en ayuda de la comitiva un insecto de dos centímetros y medio, según lo describe, de patas largas que, “semejante al tigre, se lanza sobre la tse-tsé y otras moscas, y después de chuparles la sangre, arroja a un lado los cuerpos”. Desgraciadamente para Livingstone, las tse-tsé se cruzarán en su camino de nuevo. En las riberas del Chiponga, donde tienen que detenerse varios días por las lluvias incesantes.

Livingstone llega, tras un viaje impresionante, a la aldea de Kalimane, navegando por el río del mismo nombre, el 20 de mayo de 1856, a pocos días de cumplirse cuatro años desde su salida de Ciudad del Cabo. Durante tres años no ha sabido nada de su familia. Allí le acoge un coronel portugués –siempre quedará reconocido a los lusos por su ayuda– que le entrega algunos regalos que habían dejado unos marinos británicos para él hacía un año: un barril de vino y una onza de quinina.

El gigante de la exploración y activo antiesclavista regresó a casa vía Isla Mauricio, tras trece años de ausencia. De tal suerte que le costó durante la travesía hablar inglés, por haberse desacostumbrado al idioma. Desembarcó del Candia, buque de la compañía de vapores Peninsulares y orientales, el 12 de diciembre. Había dicho que sería su último viaje, pero se equivocaba. Estas memorias no recogen sus dos siguientes exploraciones africanas. En la primera, iniciada en 1858 y que duró cinco años, falleció su esposa Mary. Stanley regresó a Inglaterra, pero en 1866 volvió a ponerse rumbo a África. Se adentró por lugares tan remotos que durante años se perdió su rastro y había dudas de que siguiera con vida. Por ese motivo, el New York Herald envió al aventurero y buscavidas Henry Stanley para dar con su paradero. Y se encontraron en 1871, en uno de los momentos clásicos de la exploración geográfica británica, cuando, tras un viaje lleno de avatares, Stanley se planta delante del misionero escocés y le dice: “El doctor Livingstone, supongo”.

Livingstone no quiso regresar a Inglaterra. Quienes creían que estaba perdido en África estaban equivocados: allí se había encontrado a sí mismo. Falleció dos años después en Zambia, a causa de la malaria y la disentería. Su cuerpo fue trasladado a Inglaterra para recibir un solemne funeral, pero su corazón, si no física al menos espiritualmente, quedó enterrado en tierra africana.

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2 Respuestas a “Livingstone: memorias de un buen hombre en África”

  1. Edgar Tallet dice:

    –__Ah! Y DIos Está en America y con descendencia del Nativo Indio Guaicaipuro en Su Cuerpo, dentro de lo Alfa y Omega tenido Morfológicamente.-

  2. Edgar Tallet dice:

    –__Lo de apreciar es, que lo mismo que pasó en América con los Nativos ó Indios pasó en Africa.-

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