Nick Cave: “La muerte de Bunny Munro”

critica caveAutor: Nick Cave
Traductor: Miguel Izquierdo
Editorial: Papel de liar
240 páginas. 22 euros.

Cuatro tinteros

Argumento
Bunny Munro vende productos de belleza a domicilio y a menudo se folla a sus clientas. Su mujer, harta de demasiadas cosas, se suicida. Bunny, que también le da al whisky, queda a cargo de su hijo, fiel lector de una enciclopedia que le ayuda a aproximarse al “mundo real”. Tras una noche de disolución, Bunny decide cambiar de vida: se sube al coche con el niño dispuesto a seguir el negocio por su cuenta, lanzándose a la carretera.

Cuando se nombra a Nick Cave, se piensa: “cantautor”. Su guión para la formidable The proposition nos habló de un genio versátil capaz de lo mejor en diferentes disciplinas. “Pero la novela es otra cosa”, dirán. Cave ha demostrado que para él no es así. Que, en lo artístico, sólo sabe hacer las cosas asombrosamente bien. Pedirle la banda sonora para la adaptación de La Carretera de McCarthy tiene aún más sentido tras leer este viaje a ninguna parte. Desde luego que las novelas no tienen mucho más en común; Bunny no tiene ni idea de cómo proteger a un niño, él mismo es una especie de residuo a la deriva –bebe, respira, folla, poco más–, pero en el amor resistente entre padre e hijo se vislumbra ese Algo Sublime que sin duda vincula a ambos libros.

Hagan caso de la portada: van a asistir al descarnado y agresivamente expresionista retrato de un hombre sin lugar, desorientado hasta el patetismo, cuya forma de aferrarse al mundo son los coños. Bienvenidos a los dominios de un enfermo que puede hacer gracia pero que desde el caos de su apetito condena y arrastra a todo lo que se le acerca. Ante semejante desahucio espiritual, es fácil pensar en otros Retratistas de Almas Destruidas, como Amis o Welsh, si bien Cave concede al léxico un protagonismo distinto, revelándose un virtuoso en la tarea de resaltar lo radical. El vocabulario, fogoso y chispeante, adensa una atmósfera ya saturada de detalles perturbadores, toscos, hasta lograr una desolación que te deja boqueando, agitado por la misma ominosa zozobra que castiga a Bunny: el desconcierto.

Por Gabi Martínez

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