Lorrie Moore no se casa con nadie

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Luce un aspecto juvenil que le otorga un aire inocente y no para de lanzar risitas de colegiala, pero quien la ha leído sabe que posee unos rayos X capaces de iluminar las partículas más elementales del comportamiento humano. Nos encontramos en un restaurante griego de Madison (Wisconsin) con motivo de su primer libro en más de una década, la novela “Al pie de la escalera” (Seix Barral/Ed. 62), historia de un corazón puro asediado por un clima desesperado.

Texto: Antonio Lozano

Con sólo 26 años, Autoayuda la reveló como uno de esos talentos literarios que llegan numerados y con diploma de autenticidad cada generación. Todo aquel que años después leyó los relatos Pájaros de América –oportunamente reeditados por Salamandra– continúa deshaciendo algún que otro nudo en el estómago, medicándose del corazón, poniendo orden a sus emociones, recomendándolo a discreción, o todo a la vez. Jonathan Lethem considera que podría tratarse de “la escritora americana contemporánea más irresistible”. Miranda July asegura que si escribe es para rozar algún día un mechón de su talento. Tras once angustiosos años sin noticias, regresa con su tercera novela, Al pie de la escalera. Gigantescos asuntos (la guerra, la adopción, el terrorismo, el racismo, las crisis de pareja, el primer amor, la hipocresía…) concentrados en un pequeño pueblo imaginario del Medio Oeste americano y orbitando en torno a una universitaria de 20 años que abandona el nido. Moore reside y da clases de escritura creativa en Madison, la capital de Wisconsin, un lugar tan de clase media, tan ideal para criar hijos, tan sobrado de casas victorianas y jardines, tan proclive a las sonrisas de los desconocidos, que parece construido a medida del detector de falsa felicidad, fingimiento e hipocresía que caracterizan su literatura.

Todos los tímidos escritores

¿De alguna manera, la Lorrie Moore niña ya contenía a la escritora en la que se iba a convertir?

Supongo que sí, aunque por entonces no fuera obviamente consciente de ello. Me interesaban todas las artes: dibujaba, tocaba el piano, montaba obras de teatro con los amigos… También asocio la infancia a muchos momentos de soledad. Puesto que tenía tres hermanas que armaban un gran jaleo, solía encerrarme en mi habitación, sobre todo a leer. Me encantaba el piano, pero me faltaba talento y tiempo. Adoraba el ballet, pero exigía demasiada disciplina. Cuando entré en la adolescencia y pude analizar con algo de criterio mi situación, acepté que en lo único en lo que sobresalía un poco era escribiendo.

¿Qué cree que había en su carácter que ayudó a encarrilarla hacia la escritura?

Entre todas las disciplinas artísticas, quizás la de escribir ficción sea la que te empuja más a ir entrando y saliendo de un sueño, a sentirte a gusto en un mundo de fantasía del que debes aprender a regresar constantemente a la realidad para no perder la cabeza. Ya de niña era buena tomando este trayecto de ida y vuelta con mis creaciones. Además, los futuros escritores por lo general fueron tímidos de pequeños. Yo escuchaba mucho porque no me atrevía a abrir la boca.

¿Cómo recaló en el mundo de la abogacía?

Tras graduarme de la universidad me asaltaron las dudas sobre qué quería hacer con mi vida. Pese a los ánimos de diversos profesores, no tenía nada claro que escribir me fuera a servir para algo. Así que con 22 primaveras entré a trabajar como asistente de un abogado. Era una forma de ser independiente, estar ocupada y de poder vivir en Manhattan. Sólo aguanté dos años. Gracias a Dios que pude enrolarme en el curso de escritura de la Universidad de Cornell.

Qué hace una chica…

Para alguien que se crió, trabajó y se formó como escritora en Nueva York, vivir en Madison parece una opción muy peculiar.

La explicación radica en los mecanismos del mundo académico. Al solicitar una plaza como profesora en 1993, rellené diez destinos distintos y me tocó escoger entre Ohio y Madison. Me decanté por este último, a pesar de no saber siquiera dónde caía el estado de Wisconsin. Sólo había venido de camping con mis padres. De hecho, creía que estaba ubicado en un punto mucho más remoto y septentrional, lindando con Dakota del Norte. Debo reconocer que me sentí algo aterrorizada.

¿Sus miedos estaban fundados?

No. Por entonces, era joven y soltera, y me había imaginado el lugar demasiado lejano, caluroso y suburbano. Madison resulta un sitio ideal si eres un joven universitario o has alcanzado la mediana edad, pero una bomba de relojería para la gente mayor. En los inviernos se hiela todo y una caída puede devenir fatal. Mis padres ya han amenazado con no volverme a visitar nunca más.

Wisconsin es el corazón del Medio Oeste americano, una región proclive a las chanzas en el resto del país, donde sus habitantes suelen ser retratados como pueblerinos y algo paletos. Al igual que en Texas o en Portland, en Wisconsin prolifera un orgullo por constituir el referente rural americano, por ser los guardianes de las esencias patrias, que genera una gran tensión a la hora de tapar los secretos inconfesables y los comportamientos reprobables que desmontarían esta imagen. La gente del Medio Oeste es además muy celosa a la hora de extender su certificado de pertenencia, para que te consideren uno de ellos has de acreditar que tu estancia aquí se remonta a diversas generaciones. Tengo una amiga japonesa que está enamorada del lugar porque le recuerda mucho a su hogar. Para una escritora de mis características, muy interesada en la hipocresía y las fachadas, esto es una mina.

¿Es usted una celebridad aquí?

Puedo ir al supermercado con toda tranquilidad. Nada que ver con lo que tuvo que soportar David Lynch la temporada que vivió aquí: cada vez que los medios locales lo avistaban en algún lugar, al día siguiente ponían en portada “Otro linchamiento!!!”. Los miembros de la banda de rock Garbage también contaron con su cuota de acoso.

Una boda brasileña

¿Sus relatos nacen antes como una pregunta o como un intento de dar respuesta a algo?

Por lo general, surgen como una reacción a algo que me ha ocurrido. Luego empiezo a jugar con ello, a añadir cosas, a darles la vuelta, a marearlos, a reenfocarlos… y se convierten en un proceso de descubrimiento en marcha. Si el relato no te va revelando caras, no hay diversión y por tanto no sirve para nada.

¿Sabría citarme un ejemplo de cómo se gestó un relato?

No. Soy incapaz de acordarme de qué fue lo que desencadenó la mayoría de mis escritos. Supongo que debido a que enseguida me pongo a trabajar en otra narrativa y porque forma parte del misterio de la inspiración.

(Se detiene a reflexionar.)

Bueno… Ahora que lo pienso, como en estos momentos estoy metida en un nuevo relato que tengo muy fresco, sí que puedo decirte cómo se originó. Hace unos meses fui invitada a la boda de una pareja brasileña en medio del campo. Música de bossa nova, bolas de heno, mosquitos. Me emocionó ver lo feliz que se mostraba el anterior marido de la novia, que se desvivía por cocinar, ayudando a traer y llevar comida, como si “entregar” a su ex mujer le produjera una honda satisfacción. Me pareció que ahí se arremolinaban emociones muy complejas. ¿Qué decía esa situación sobre el paso del tiempo? La suma de perdón y de perpetuación de un cierto tipo de amor permitía aceptar un cambio tan significativo, libre de rencor y otros sentimientos dolorosos. Pero todavía no sé qué forma tomará el relato, lo único claro es que llegará un punto en que habré olvidado de dónde brotó.

¿Qué cree que debe reunir un buen relato?

Cuidado y precisión en el lenguaje. El recorrido es corto y no puedes permitirte una frase prescindible. Bueno, una a lo sumo, mientras que una novela te concede once. Asimismo, debe haber un elemento de sorpresa o una mínima revelación, porque la vida nos desconcierta. Si no las hay, la página está muerta, no habrá contenido un trozo de vida. Por último, tiene que abrir una ventana a algo, ya sea al mundo o al propio proceso de escritura.

¿Qué me dice de las epifanías? ¿No cree que los autores americanos están abusando bastante de ellas?

Una epifanía no debería alterar de forma artificial el curso o el pulso de la historia. Si no se desprende orgánicamente de ésta, si no acarrea algo de verdad en ella, se debe descartar. Pienso que los escritores deben descubrir qué contiene su historia y, a partir de ahí, desarrollarlo, detectar qué emerge de forma natural, en oposición a encajarle a la fuerza una revelación impostada.

Extrañeza e incomodidad son sensaciones que se repiten a la hora de valorar su obra. ¿Comparte esta impresión?

Sólo sé que a todos nos gusta reír y llorar. Las cosas suelen ponerse trágicas, trágicas, trágicas, despertándote un apetito voraz por la comedia. Puedes sentirte traicionado si aspectos muy difíciles y oscuros de la vida no son tratados en un libro y, al mismo tiempo, la realidad no está completa si no incluye el humor.

Resignarse a no cumplir

Han transcurrido once años desde su anterior libro.

No hacen más que recordármelo, pero a mí no me los han parecido. En este tiempo me he divorciado, me he convertido en una madre soltera que cría a su hijo sola, he seguido con mis clases, he escrito cuatro relatos, una novela y muchas reseñas literarias… Me pregunto cuántas mujeres pueden decir lo mismo. En definitiva, que he estado de lo más ocupada. El precio ha sido tener la casa hecha una leonera, lo que me impide recibir a periodistas en ella.

Parece que el tema la tiene un poco enfadada.

Sin duda prefiero oír “¡cuánto tiempo ha pasado!” a “¿ya otro libro?”. No sé cuántos títulos llevan dentro los otros escritores, pero en mi caso veo a lo sumo un par más. Si es así, habré alcanzado los diez. Suficiente.

¿Se puede ser una buena madre y una buena escritora?

Creo que debes aceptar el hecho de que estás condenada a hacer mal las dos cosas, a ser mediocre en ambas facetas. Es muy complicado encontrar el equilibrio, además tus hijos notan que llevas tu trabajo en la cabeza todo el tiempo y les afecta y te transmiten un sentimiento de culpabilidad maternal terrible. Sin embargo, debes encontrar la manera de perdonarte a ti misma.

¿Qué es lo más difícil de hacer entender a sus alumnos de escritura creativa?

Que lo que desean escribir y el material vital que acarrean en sus corazones y para el que están dotados no siempre coinciden. Esto y que se liberen de la necesidad de contentar a su entorno. Les pido que escriban algo que jamás enseñarían a sus padres, algo que a estos seguramente les perturbaría y les ofendería. Un escritor no puede preocuparse de si lo que va a escribir molestará a alguien. Existe una cierta brutalidad implícita en nuestra tarea. No debemos colocar ningún perímetro de seguridad por delante nuestro, ni siquiera ser personas agradables. Nos debemos a nuestra imaginación.

¿Qué consejos atesora de cuando usted estaba en su posición?

Recuerdo a una profesora de la universidad que en los márgenes de mis relatos solía escribir “demasiado mono”. Siempre estoy alerta para evitarlo. Tampoco he olvidado a la que me advirtió: “si algún día eres escritora y te casas deberías hacerlo con alguien que encuentre tu profesión encantadora e inofensiva, que la respete sin tomársela muy en serio”. Y es que, en cierta manera, los escritores damos algo de miedo, provocamos recelo.

¿Su círculo de amigos la teme?

De tanto en tanto me comentan “Oh, ¿vas a poner esto que acabo de contar en uno de tus relatos?”. Si les respondo que no, se ofenden porque parece que su historia carece de interés. Si les respondo que sí, se sienten agraviados. No hay forma de ganar.

Rabia, cortesía, risas

¿Qué tenía en mente al aparcar los relatos para embarcarse en una novela como Al pie de la escalera?

Buscaba escribir una novela que captara el espíritu del Medio Oeste, su condición de gran centro de alimentación del país al reunir el mayor número de granjas, pero también que sea la caja de resonancia de la mayoría de asuntos de envergadura que afectan a la sociedad americana. Al mismo tiempo, quería escribir una novela a la antigua, en la que una joven entra en un hogar que desconoce, que la sorprende y que la llena de experiencias formativas. Me inspiré bastante en Jane Eyre, aunque prácticamente nadie ha captado el referente. Por otro lado, comencé a escribirla en 2002, el primer año en que enviamos tropas a Afganistán, momento también en que la situación en Irak comenzaba a recrudecerse. Ver cómo en el Medio Oeste proliferaban oficinas de reclutamiento de soldados -algo que no estaba ocurriendo en ciudades de la Costa Este y Oeste-, que intentaban captar a adolescentes despistados en los institutos, me indignó y quise reflejarlo en el libro.

En él se vierte mucha rabia…

La hay porque se centra en los dramas cotidianos de un grupo heterogéneo de personas que se enfrentan a diferentes formas de hipocresía.

No sé si ahora, con Obama, podría escribir la misma novela.

La idea de que Obama pudiera ganar las elecciones es justamente opuesta a la que sostiene mi novela, que dibuja un país en el que eso sería inimaginable. De alguna manera, su victoria fue negativa para mi libro. Bromeo, claro. Hice campaña puerta por puerta por Obama en Indiana y, pese a que nadie cree que el racismo vaya a acabarse, es indiscutible que uno se siente ahora mucho mejor siendo americano que con Bush Jr.

Presta especial atención a los gestos, la manera en que nos definen es una constante en su obra.

Un gesto puede ser un acto vacío, pero en ocasiones encierra un intento desesperado por mantener una conversación muy necesaria. Tomemos lo “políticamente correcto” o “p.c.”. En América está muy extendida la idea de que las siglas p.c. responden de verdad a “pura cortesía”. De aquí que yo, en parte, defienda lo “políticamente correcto” por cuanto tiene de ejercicio de cortesía. Al mismo tiempo, la cortesía se queda en ocasiones en un simple gesto, lo que me irrita.

Un lector acaba un relato o una novela suya. ¿Qué sensaciones habría de tener para que usted se sintiera recompensada?

La lectura tendría que haber sido capaz de contener una muestra del mundo real y haber significado algo. Un artista mira al mundo y éste le puede parecer que tiene o no un sentido, entonces su labor es crear un objeto que refleje o contradiga su punto de vista. Los mejores son aquellos que consiguen mostrar simultáneamente el orden y el absurdo.

¿Qué le divierte a una escritora tan proclive como usted a verle el lado risible a momentos embarazosos?

Es que, precisamente, aquello que encuentro más hilarante suele basarse en una situación tensa y represiva que estalla por los aires con la erupción por sorpresa de un elemento subterráneo u oculto.

Sorpréndame con una historia inaudita que le ronde por la cabeza.

Mi hijo forma parte del equipo olímpico americano de fútbol de su categoría y, últimamente, me he familiarizado mucho con este deporte. Esa combinación de trabajo duro que no puede conducir a nada y golpe de suerte inmerecido que te lleva a la victoria, esa mezcla de esfuerzo y accidente que contiene el marcar un gol me recuerdan mucho a cómo funciona la vida.

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