Paul Newman: barro para sus ojos

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Cuando se cumple un año de la muerte del actor, nos llega envuelta en polémica “Paul Newman. La biografía” (Lumen), donde Shawn Levy amenaza con empañar el resplandor de los ojos más hermosos de la historia del cine.

Texto: Javier Querol

El más esperado entre el previsible aluvión post mórtem de libros sobre Newman es éste escrito por Shawn Levy, crítico cinematográfico de The Oregonian. Decir a los recelosos que comenzó a redactarlo en 2006, para lo que se armó de cuanto pudo encontrar sobre Newman (“hasta acabar con tres muebles llenos de newmanía”) menos con Newman. Por tres veces le negó la entrevista, así que “monté una gigantesca entrevista con Newman, partiendo de lo que él había dicho a otros entrevistadores”. Dejemos que sea el propio actor quien se defienda en un deslumbrante ejercicio de precognición, cuando preparaba su autobiografía: “¡Me resulta todo tan aburrido! No tengo manera de juntarlo todo de forma coherente. No es más que una crónica de lo que he hecho”.

“Tiene un rostro tan bello que dan ganas de reír. Es como una broma, y físicamente es un fenómeno. Debería tener un lugar reservado en el Museo de Historia Natural”. Así lo describía Candice Bergen en un artículo para Vogue. Porque era guapo hasta el delirio. Tenía una belleza helénica, un Doríforo hecho carne. Y policromado. Sus ojos daltónicos eran de un azul glacial, de husky siberiano. Eran tan hermosos que el mismo Newman se hartó de ellos y terminó por esconderlos tras unas gafas oscuras que no se quitaba nunca: “No hay cosa que te haga sentir más como un objeto. Es como si uno se acerca a una mujer y le dice: ‘Desabróchese la blusa, que quiero mirarle las tetas’”. Siempre desconfió de su belleza, como de todo aquello que no se había ganado con esfuerzo.

Joanne, Joanne

Nació el 26 de enero de 1926 en Shaker Heights, acomodado suburbio de Cleveland, en el arquetípico hogar formado por Theresa y Arthur, copropietario de una exitosa tienda de artículos deportivos de la que Paul no paró de huir hasta lograr establecerse en Nueva York, actuando en Brodway y estudiando en el Actors Studio. Se había casado a los 23 años con Jackie, actriz de 19, y ya tenían un hijo, Scott.

Tras sobrevivir vendiendo enciclopedias conoce a Joanne Woodward representando Picnic mientras el matrimonio de él hace aguas y Jackie da a luz a una niña. Ya cuando rueda en Hollywood su segunda película, Marcado por el odio, convive con Joanne, que rodaba Las tres caras de Eva, por la que ganaría el Oscar. De vuelta en Nueva York se sincera ante Jackie y se va de casa. “Yo era demasiado inmaduro para hacer que mi primer matrimonio fuera un éxito –confesó–. Me siento jodidamente culpable, y eso es algo con lo que cargaré el resto de mi vida”.

Newman sentía que no tenía ningún talento para la interpretación. Para él era una profesión y, como le había enseñado su padre, eso requería trabajar duro. Estudiaba sus papeles hasta la extenuación y volvía locos a los directores con dudas y sugerencias. Evolucionó pronto de la hipergestualidad de su Rocky Graziano a la vulnerabilidad del Brick de La gata sobre el tejado de zinc, pero todavía adolecía de falta de emotividad. “No es que me dé miedo ir más allá, sino que lo he intentado y he visto que era un desastre”.

Newman, el rápido

Y llegó Eddie y, con él, la leyenda. Newman se convertiría en el perdedor por excelencia en la amarga obra maestra de Robert Rossen, El buscavidas. Sería Eddie Felson “el rápido”, el antihéroe de este martirologio de la derrota que busca afirmarse en el mundo cazando al Gordo de Minnesota, la ballena blanca del tapete verde, mientras arrastra en su caída a Sarah, alcohólica, lisiada y sobrecogedoramente interpretada por Piper Laurie. Newman retomaría a Eddie casi cuarenta años después para ganar el Oscar por El color del dinero.

Le siguieron personajes también memorables, como el bastardo despreciable de Hud, el cínico detective de Harper, investigador privado y, sobre todo, el Luke de La leyenda del indomable, donde no se tragó ni uno solo de los cincuenta huevos duros. Se libera del método y gana en naturalidad. Viene el dúo con Robert Redford y sigue madurando hasta convertirse en uno de los más grandes.

También hubo espinas. Su hijo Scott muere en 1978 por sobredosis de alcohol y drogas. Levy apunta a la legendaria dipsomanía de Newman, del que se dice bebía una caja diaria de cervezas (de hecho, solía llevar un abridor al cuello), y a la falta de comunicación con su único hijo varón, incapaz de competir con la sombra de su padre.

Semejante zarpazo dotó de aún más hondura a sus personajes, como el inolvidable abogado de Veredicto Final, e hizo que se volcara en la filantropía con su firma de productos alimenticios Newman’s Own (que lleva donados a la beneficencia más de 270 millones de dólares) y su red de campamentos Hole in the wall.

La hora del ataque al corazón

Aquí viene donde la matan. Levy desvela que, durante el rodaje de Dos hombres y un destino, Newman inició una aventura con Nancy Bacon, supuesta periodista, que se prolongó, según ella, durante año y medio. La adamantina fidelidad de los Newman hecha añicos.

Ya que nos empujan al lodazal, saltemos cual gorrinos. Levy se limita a transcribir, sin cuestionar lo más mínimo la versión de Bacon, modelo erótica que llegó al rodaje liada con el productor Paul Monash y con numerosos trofeos en su cabecero, entre los que no podía faltar un Kennedy. Y aporta pruebas demoledoras, como que supiera el coche que conducía Newman, que le gustaba escuchar a Bach o que siempre dijera “Es la hora del ataque al corazón” después de follar. Es poco probable que Levy se tire a semejante piscina sin agua, pero cuesta creer que fuera ella quien lo dejara: “Llegó un momento en que me dije que tenía otras opciones. Le dije: ‘Estás siempre borracho y ni siquiera puedes hacer el amor’. Y puse punto final”. Sí guapa, lo que tú quieras.

Puede que algunos se rían del “¿Por qué voy a buscar hamburguesas fuera si en casa tengo un bistec?” (les ahorro el chiste del beicon). Y puede que cincuenta años de matrimonio dejen de tener sentido para algunos. Pero quien considerara a Newman un héroe por serle fiel a Joanne no debería arrojar ninguna piedra. Y ver en cambio esa joya que es Rachel, Rachel, debut de Newman tras la cámara, la más delicada declaración de amor de un director a una actriz.

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