Eduardo Mendoza: “Tres vidas de santos”

Autor: Eduardo Mendoza
Editorial: Seix Barral
192 páginas. 16,50 euros.

Cuatro tinteros

Argumento
En 1952, una humilde familia barcelonesa se ve obligada a acoger al obispo centroamericano Fulgencio Putucás, quien poco a poco irá abandonando su aura de Ilustrísima para degenerar entre vicios no exentos de lucidez. Ya en la democracia, el hijo de una reputada oftalmóloga parte de su abúlica estancia en el Chad para recoger un premio póstumo que dará sentido a su divagar. Años más tarde, el recluso Antolín Cabrales se convertirá en un prestigioso autor de imposturas gracias al apoyo de una profesora de literatura.

Que tiemblen quienes corren a distinguir entre los libros más y menos serios de Eduardo Mendoza, porque esta vez les va a costar decidirse: Tres vidas de santos es quizá uno de sus títulos más irónicos, pero es también uno de los menos complacientes en su empleo del humor. No dominan en él la mordacidad de El misterio de la cripta embrujada, ni la festiva socarronería de Sin noticias de Gurb, ni la hilarante ligereza de El último trayecto de Horacio Dos. A lo sumo, y pese a la ausencia de chascarrillos escatológicos, habrá quien lo vincule a la blanca parodia del hecho religioso que sustentó El asombroso viaje de Pomponio Flato, obviando para ello su amarga tendencia al absurdo, su hondura crítica y filosófica y su peculiar registro formal, a años luz de tal precedente.

Lejos también, aunque no tanto, de los “clásicos mendocianos”, los relatos que componen este volumen son tres tragicómicas variaciones en torno a una misma cuestión: el sinsentido de consagrar la existencia a afanes que nos superan por condición, destino o discernimiento. Es decir, lo que siempre han hecho los santos, pero desde el espejo deformante de unos personajes más próximos a Hamlet o al Quijote que a los mártires y protectores de las hagiografías.

Criaturas nihilistas

Pese a diferir, como explica el autor en el prólogo, en extensión, estilo e incluso época de concepción, La ballena, El final de Duslav y El malentendido comparten por tanto su oposición al sermoneo y la virtud ejemplarizante de las tradicionales “vidas de santos”. Por contra, el obispo Putucás, el viajero Duslav y el caco literato Cabrales son criaturas nihilistas cuyos extraños arrebatos de iluminación conducen, incluso en el éxito, a paraísos perdidos. De ahí que sus discursos -los tres, a su modo, cierran con prédicas los relatos- parezcan falsas moralejas en las que siempre subyace menos una enseñanza que un lúcido descreimiento. En ello se encuentra, acaso, lo que para unos será el grial del libro y para otros, la razón de su perplejidad; por ampliarlo en palabras del ilustrado Cabrales, sin descartar la ironía: “La literatura no es un vehículo para contar historias, para expresar sentimientos o para transitar emociones, sino una forma. Forma y nada más”.

Sí hay más, con todo, en el libro: el costumbrismo del Congreso Eucarístico en la Barcelona del ‘52, el exotismo del Chad y la abulia de sus nativos, el brillante curso de literatura de la señorita Fornillos… Y la Coca-Cola, cómo no, y el diablo, y la pasión por la música, y hasta la irreverente conversión de un obispo en un criado ladrón y borrachuzo. Si algo destaca al acabar, sin embargo, es el valiente ejercicio autocrítico sobre la condición de escritor de El malentendido: cada cual será libre de leerlo o no en clave, pero puede decirse, con admiración y sin un atisbo de ironía, que es en ese tipo de detalles donde un grande como Mendoza confirma su inteligencia.

Por Ricard Ruiz

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Escrito por el nov 16 2009. Archivado bajo Críticas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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