Rodrigo Fresán: de Argentina al fondo del cielo

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Cuando se cumplen diez años de su llegada a España, el escritor más pluriempleado, ubicuo y prolífico que haya dado en tiempos recientes el Río de la Plata presenta nueva novela, “El fondo del cielo” (Mondadori), una historia de amores y planetas sobre la que hablamos largo y tendido en su casa de la localidad barcelonesa de Vallvidrera.

Texto: Diego Gándara Foto: Daniel Mordzinski

Fresán señala el cielo. “Allá está Monserrat”, dice. “Parece Mordor”. A lo lejos, bajo la tarde de un verano azul, la silueta arrugada de la emblemática montaña se distingue entre el paisaje verde de valles y árboles y sierras que el escritor contempla desde el ojo de buey de su atalaya personal: un despacho angosto, repleto de libros y papeles esparcidos con desorden sobre la mesa de un altillo al que se accede subiendo por los peldaños de una temible y empinada escalera de caracol. Es sábado, es julio, y en Vallvidrera, el lugar que el escritor y su familia eligieron para vivir en febrero de 2008 tras haber trajinado las calles del Eixample, hace calor, mucho calor, a pesar de que aquí, dice Fresán, en las alturas, la temperatura suele estar por debajo de la del de asfalto y tráfico pesado que se respira en el centro de Barcelona.

Fin del mundo, inicio del amor

Hace diez años que el escritor dejó su Buenos Aires natal y cruzó el Atlántico y se instaló en la Ciudad Condal. En todo este tiempo ha tenido tiempo para todo: ha traducido a Denis Johnson, ha escrito prólogos para libros de Ann Beattie, de Carson McCullers, de Robertson Davies, de Charles G. Finney; ha sido padre de un niño, ha escrito artículos en esta revista y en los suplementos de cultura de los diarios El País y ABC; ha viajado por casi toda la Península; ha presentado los libros de otros escritores; ha continuado escribiendo en el diario argentino Página/12 y en muchos otros medios de España y América Latina; ha preparado la edición de los cuentos, las novelas y el diario de su adorado John Cheever y, desde hace unos meses, dirige la colección de literatura criminal Roja & Negra que edita Mondadori.

Semejante prepotencia de trabajo, sin embargo, no ha sido un impedimento para que, entre la urgencia de los días y la escasez de las horas, siguiera alimentando el motor de su propia literatura, una obra inmensa, mutante y original que se ha ido renovando con el paso del tiempo y de los libros. “El balance de estos diez años pasa por ver los libros que escribí. Si me gustan, está todo bien”, señala Fresán, que en esta década se ha encargado de tomarle el pulso neurótico al D.F. mexicano y de pasear por los laberintos victorianos y lisérgicos de Londres en novelas como Mantra y Jardines de Kensington, de escribir nuevos cuentos para las reediciones de La velocidad de las cosas y Vidas de santos, y de cerrar este aniversario de números redondos con El fondo del cielo, una novela breve pero profunda sobre el fin del mundo y el inicio del amor, cuya procedencia resulta tan incierta como su destino.

“Es difícil explicar la novela. Cuando me pedían que contara el argumento pensaba: ‘si lo cuento va a parecer una estupidez absoluta, una cosa completamente incomprensible’. Es una novela que, para saber de qué va, hay que leerla. Me gustan mucho los libros huérfanos, los libros que no se sabe de dónde vienen y que probablemente no tengan descendencia. Salvando las enormes distancias –aclara–, cuando pienso en El fondo del cielo pienso en libros como El bosque de la noche, de Djuna Barnes; El libro de Monelle, de Marcel Schwob; Una casa para siempre, de Enrique Vila-Matas; o Esto parece un paraíso, de John Cheever. Son libros que, si bien están nutridos por una gran cantidad de corrientes previas, se alimentan a sí mismos y se autoabastecen”.

Un idioma extraterrestre

En un principio, El fondo del cielo, que narra la soledad cósmica y el triángulo amoroso de dos hombres y una mujer a través del universo y el tiempo, iba a ser un libro con muchas más páginas de las casi trescientas que quedaron en la edición final; en ellas, Fresán hacía un repaso detallado, minucioso y enciclopédico del desarrollo de la ciencia ficción hasta nuestros días, una manera de trabajar y de escribir que consiste en acercar los géneros a su territorio para lograr un efecto viral que está presente en casi todos sus libros.

El fondo del cielo es el libro que más tiempo me llevó escribir –explica–. Iba a ser una novela muy larga y fue una novela breve, medular, muy comprimida y muy compacta. No suelo planificar mucho la arquitectura que tendrán mis libros. Prefiero mantener el estado de lector, la posibilidad de sorprenderme a mí mismo. Me parecen admirables los escritores que arman absolutamente todo el libro en su cabeza y que despliegan planes y mapas, pero no creo que yo pueda escribir de ese modo. Para mí es muy aburrido tener todo el libro en la cabeza antes de sentarme a escribir”.

La novela, en cualquier caso, más allá de que no se parece en nada a lo que iba camino de ser, terminó resultando una suerte de laboratorio literario pues, durante el largo proceso creativo, Fresán aprendió algunas claves de un oficio que, además de paciencia y trabajo, también contempla la posibilidad de que muchas de las páginas escritas acaben en el cesto de la basura o en la papelera de reciclaje. “Fue muy interesante en el sentido educativo porque me di cuenta de que eran cosas que yo tenía que escribir para que no aparecieran en el libro pero que, de algún modo, estuvieran. De todas formas, la historia que contaba en esas páginas está toda, no falta nada”.

Uno de los desafíos del libro, algo que Fresán descubrió cuando ya llevaba varias páginas, es que no le gustaba el idioma en el que El fondo del cielo estaba escrita. “Me interesaba que fuera mucho más oscura, mucho más difusa, que las cosas no pasaran tanto por lo que ocurría en la novela sino por el modo en que se contaba lo que estaba ocurriendo. Hasta que me di cuenta de que el idioma que precisaba el libro era un idioma extraterrestre, que los personajes y el narrador hablaran como extraterrestres que descienden a la Tierra y aprenden el idioma terrícola, aunque estén completamente contaminado por sus inflexiones y sus ideas previas”.

En un paisaje donde los libros que se publican, según señala, están más contados que escritos, lo que más le satisface de El fondo del cielo es que se trata de una novela que, en el buen sentido de la palabra, está escrita. Y con estilo. “El estilo es una resultante de errores. Es imposible que alguien pueda tener un dominio absoluto de su estilo. Yo tengo una idea bastante vaga de cómo desearía escribir, una idea reforzada, a su vez, por la lectura de escritores que me gustan, por prosas ajenas. En el ejercicio de parecerme o de intentar acercarme al estilo de esos escritores, inevitablemente se falla. Muchas veces. Estoy convencido de que lo que termina siendo el estilo de uno es una sedimentación, o una fosilización, de fracasos que de pronto concluyen en algo bueno y que, en realidad, no esperaba del todo. Al fin y al cabo, en la medida de los fracasos están las medidas de las victorias”.

Un Borges pop

Está feliz Fresán. Pletórico. Y no sólo por el resultado de esta novela perfecta que ha escrito lentamente entre abril de 2007 y abril de 2009 (es decir, entre la muerte de Kurt Vonnegut y la de J. G. Ballard), sino también porque a El fondo del cielo, ahora, se le ha sumado la tercera reedición en España de Historia argentina, su primer libro, y de cuentos, que acaba de aparecer en la colección Otra vuelta de tuerca de Anagrama, acompañado por textos de Ray Loriga y de Ignacio Echevarría.

Publicado en Buenos Aires por primera vez en 1991, Historia argentina, además de abrir los caminos de la nueva narrativa argentina por su audacia formal y por la irreverencia y la inteligencia con que deshacía casi todos los mitos de ese país, inmediatamente alcanzó la cima de los libros más vendidos, aunque también hizo que a Fresán se le colgara el incómodo cartel de ser un escritor mediático, una especie de Borges pop que habla con acento extranjero.

“Yo parto de la base de que la literatura argentina es rara –afirma–. Y la rareza está claramente especificada, incluso como instrucciones hacia el futuro o cápsula de tiempo, en el famoso ensayo de Borges El escritor argentino y la tradición, donde dice que, para bien o para mal, los argentinos tenemos la obligación de ser universales. Creo que eso es una gran ventaja y, al mismo tiempo, un enorme desafío. En cuanto a que soy un escritor mediático, creo que es una idea equivocada que se tiene sobre mí en la Argentina. Basta con revisar archivos para comprobar que no es así”.

Lo cierto, no obstante, es que, antes de que se publicara el libro, Fresán se ganaba la vida como periodista de una revista que editaba una tarjeta de crédito y escribía una columna semanal en una revista de rock que los jóvenes de entonces devoraban con placer. “No creo que eso –afirma– signifique figurar en los medios”. La etiqueta de escritor pop, por el contrario, no es algo que le moleste ni, mucho menos, le desagrade, aunque su literatura, además del pop, también se nutre de autores como George Eliot, Charles Dickens, Marcel Proust, Laurence Sterne, Emily Brontë y siguen las firmas, y de discos de los Beatles y de letras de Bob Dylan y de películas como 2001: Una Odisea del Espacio y Qué bello es vivir. “Tengo bastante bien leído todo el siglo XIX y todo el siglo XVIII. No soy el típico escritor ‘joven’ que está en contra del establishment literario o de los maestros clásicos de la literatura, sino casi todo lo contrario”.

El Rod Serling de las letras

Fresán, a pesar de que nació en Buenos Aires en 1963, ha crecido muy lejos de la Reina del Plata. En 1975, amenazados por la terrorífica organización paramilitar Triple A, sus padres debieron abandonar la Argentina y se refugiaron en Venezuela. Cuando él y sus progenitores regresaron, con la vuelta de la democracia, Fresán se encontró con un país muy diferente al que había dejado a los doce años, cuando era un niño que se pasaba horas frente al televisor mirando Las aventuras de Súper Hijitus y La dimensión desconocida y soñaba con convertirse en una sola cosa: escritor.

“Hubo un largo período de mi vida en el que me preguntaba qué quería ser cuando fuera grande y me respondía: quiero ser como Rod Serling, un señor que aparece al principio y al final de las historias y oficia de maestro de ceremonias. De todos modos, desde muy joven también supe que en el momento en que fuera escritor no sería el típico escritor argentino. Pensaba en cómo contar lo argentino y me daba cuenta de que, en realidad, no me interesaba hacerlo. Como tengo una formación muy anglo, muy norteamericana, todos mis primeros intentos literarios fueron textos que no sólo no ocurrían en la Argentina, sino que tampoco tenían personajes argentinos”.

Como una manera de entender su propio pasado, lo primero que se le ocurrió, entonces, fue tomar ciertos materiales de la realidad para contarlos a su manera y hacer un libro de cuentos que, ya desde el título, fuera ciento por ciento argentino. Y aunque después de ello empezó a escribir sobre luchadores enmascarados mexicanos, sobre los años 1960 en Londres o sobre la ciencia ficción, con el correr de los años comprobó que en un libro que se llama como se llama no podía faltar una de las grandes pasiones, o tal vez la única, de los argentinos: el fútbol.

Así, para esta nueva encarnación de Historia argentina, Fresán ha escrito un cuento que transcurre durante el Mundial de Fútbol de 1978, entre los muros de un campo de concentración y con militares y futuros desparecidos jugándose la muerte y perdiéndose la vida por la patria y el balón. “Fue muy curioso volver a escribir un relato para Historia argentina teniendo en cuenta que han pasado dieciocho años.” El cuento, sin embargo, salió de manera casi automática y lo escribió en un par de días, tal vez porque cuando vuelve a leer el libro sigue reconociendo al escritor que era en ese momento.

“El mejor elogio o el mayor agradecimiento que puedo hacerle a Historia argentina es que buena parte de las fantasías que tenía cuando quería ser escritor se hicieron realidad. El libro me colocó en un lugar y en una posición en la que ya no tuve que preocuparme de una cantidad de cosas. Aún así, si alguien, después de leer alguno de mis libros siente el deseo de escribir o de ser escritor, me doy por satisfecho. ‘Misión cumplida’, pienso”.

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Una Respuesta a “Rodrigo Fresán: de Argentina al fondo del cielo”

  1. Juan Uriarte dice:

    Date por recontra satisfecho, Rodrigo.

    [Responder]

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