Teresa Viejo: lujo y tragedia en el balneario
La periodista catódica debuta en la ficción con “La memoria del agua” (Martínez Roca), una novela ambientada en La Isabela, un balneario real en el que se pasó del “savoir vivre” a las miserias de la Guerra Civil.
Texto: Begoña Piña Foto: Teresa Peyri
Amor, pasión, muerte…
“Me inquieta que se haga un juicio de mi trabajo desde los prejuicios”. A Teresa Viejo, muy popular por sus apariciones en diferentes magacines de televisión, le atormenta que la imagen que los ciudadanos se hayan hecho de ella se convierta en un lastre para su primera novela, La memoria del agua, un drama estructurado en dos partes y ambientado en La Isabela, un balneario de mucho prestigio en la década de los años 1920 en España y que desapareció en 1955. Una trama policial antes de la Guerra Civil y la tragedia de un lugar convertido, después de años de lujo y salud, en reducto de los enfermos mentales del país durante la contienda, constituyen los dos apartados de este libro cuyas quinientas páginas destilan una intensa sucesión de elementos: amor, pasión, odio, miedo, violencia, misterio y, claro está, muerte.
El paso a la ficción
Autora de tres libros de ensayo, Teresa Viejo está convencida de que todos los periodistas anhelan escribir un gran libro de ficción. “Llevaba reprimiendo las ganas muchos años. Pero yo sigo siendo una periodista que ha escrito un libro de narrativa. Era una necesidad que tenía desde niña. Y he hecho esto con todo el respeto y con mucho pudor”. Pudor que nada tiene que ver con el dejarse ver tras sus personajes o con el reflejar sus sentimientos y secretos, sino con el hecho de “abrir una puerta que me infunde un enorme respeto. Cuando escribía me preguntaba muchas veces: ‘Pero ¿a dónde vas tú, Teresita?’. Por suerte, la vida está llena de cierto grado de inconsciencia que te permite lanzarte”.
Obsesión por la Isabela
La memoria del agua no es sólo producto de esa necesidad a la que se refiere la autora; también ha nacido de una obsesión. “El libro es la historia de una fascinación por un lugar. Antes de empezar esta novela ya tenía trazada otra, pero me encontré con este lugar y me obsesioné. Empecé a hacer un documental, pero me di cuenta de que ahí había una historia de ficción”. Un relato en el que ha mezclado personajes e historias reales con otras inventadas y para el que ha dedicado un gran esfuerzo de investigación.
La psiquiatría en la Guerra Civil
Durante los días de investigación, Teresa Viejo no sólo descubrió las bondades del agua del lugar o las visitas a La Isabela de Gregorio Marañón. También se tropezó con la siniestra historia de la medicina psiquiátrica durante la Guerra Civil. “El gobierno de Franco destruyó los historiales clínicos o los empleó para represalias… La novela es una especie de alegato a favor de la psiquiatría, de la que se hizo una terrible utilización política. Los enajenados por la guerra no están contabilizados en ningún sitio. Esa investigación me resultó dolorosa. Disfruté, pero también sufrí y lloré mucho”.
Una metáfora de la vida
Sin embargo, no son ni la psiquiatría ni los tratamientos de agua lo fundamental de este libro. El empeño de su autora era trazar una metáfora de lo efímero en esta vida a partir de la historia real del balneario. “Me centré en la simbología de ese lugar, que podría ser la propia vida. Un lugar donde existen el placer, la salud, el amor, el lujo… y que en poco tiempo se convierte en el horror más absoluto. Es como las parejas que pasan del amor al odio o como cuando te gusta un trabajo y de pronto lo pierdes. Me interesaba esa dualidad, lo efímero de una situación placentera. Me obsesionó tanto que necesitaba convertir el lugar en un personaje”.
Al lado de La Isabela, la otra protagonista del libro es Amada Montemayor, la narradora y testigo de la historia. Tal vez para una debutante en la ficción el camino fácil hubiera sido construir el personaje sobre rasgos propios o de personas conocidas. Sin embargo, Teresa Viejo no siguió esa fórmula. “Ella no tiene nada de mí, como mucho cierta curiosidad y el ser un poco replicona. Hay más de mí en algunos personajes masculinos. Amada Montemayor surge de esa cultura de cine, de esa viejita de Titanic. Pero también está Librada, inspirada en una señora a la que conocí. O Balbina, la criada, que podría ser cualquier mujer conquense”.
Una anciana le cuenta a un hombre, que sigue la pista del padre al que nunca llegó a conocer, la historia de éste y del lugar donde en su día ella lo encontró. Es el recurso narrativo que Teresa Viejo ha utilizado para avanzar con su relato; un recurso que, confiesa, es lo que más le costó de todo el proceso de escritura. “Ahí tuve muchos problemas. Sabía qué quería contar, pero no sabía cómo mezclar los momentos históricos ni qué estructura utilizar ni… Empecé a escribir en primera persona y no funcionaba. Mi editor y mi agente me ayudaron mucho. Ahí introduje la figura de la viejita del Titanic contando una historia. Es una técnica del cine que sabía que me iba a hacer las cosas más sencillas. Me he dado cuenta de lo importante que es la figura de un editor. Y la que ha sido providencial ha sido mi agente, Anna Soler-Pont”.
Satisfecha con su trabajo, Teresa Viejo no puede, sin embargo, evitar pedir disculpas casi constantemente por haberse atrevido a pisar el terreno de la ficción. “Creo que es un trabajo digno, aunque siempre podría mejorarlo. Ahora me tengo que quitar el chip de pedir disculpas por haberme atrevido a escribir narrativa. Me toca disfrutar”. Pero, en esos planes del goce del trabajo, la escritora se sige encontrando con un persistente enemigo: su propia imagen. O, mejor dicho, la imagen que los futuros lectores y los críticos puedan ya tener de ella. “Supongo que pensarán: ‘Aquí está otra de la tele que ha escrito un libro’. Pero a mí me gustaría que lo leyeran, porque hay un trabajo digno detrás. Siento cierta inquietud ante la posibilidad de que se haga un juicio de mi trabajo desde los prejuicios. Tengo que ser humilde, pero lo que quiero es que lean el libro”.








