Tras la pista de Fred Vargas: un policiaco clásico, sin coartadas

Este año, la XXII edición de la Semana Negra de Gijón tuvo una invitada de excepción: Fred Vargas. Allí charlamos con una de las escritoras de novela policiaca más leídas del globo, una renovadora del género que, bebiendo de los clásicos anglosajones, sin recurrir a excusas sociales ni “culturetas”, ha conseguido crear un mundo propio e intransferible, entre el surrealismo y la concepción medieval del monstruo.

Texto: Jesús Palacios Foto: Marcello Casal

Alguien dijo que no se puede inventar nada nuevo en el género policíaco. Probablemente fui yo mismo… Pero esta profecía no sólo no se ha cumplido, como suele ocurrir, sino que ha sido completamente desmentida por un nombre de mujer que no parece tal: Fred Vargas.

Frédérique Audoin-Rouzeau, conocida como Fred Vargas –apellido de ficción que comparte con su hermana pintora Jo, robado a la Ava Gardner de La condesa descalza–, tiene un algo juliovernesco: historiadora, arqueóloga, experta en epidemiología del Instituto Pasteur, su aspecto desaliñado y frágil engaña: cuando comienza a hablar se adueña por completo de la escena, exponiendo con franqueza y claridad sus ideas. En un momento en el que casi todos quienes cultivan el policial se escudan en la novela negra como coartada de compromiso social –haciéndose los suecos–, o en la Historia –exotérica y esotérica– como coartada “cultureta” –ecos de Eco–, Fred Vargas ha retornado a la novela de enigma clásica.

La catarsis del enigma

“Yo no hago novela negra, sino novela de enigma. Mis influencias son anglosajonas: Conan Doyle y Agatha Christie. Me costó mucho encontrar editor, ya que ahora casi nadie escribe en este estilo. La novela policiaca es quizá la forma más arcaica de literatura que sobrevive hoy día. Representa la continuidad del mito y la novela de caballerías. Como éstos, posee una función terapéutica: eliminar la ansiedad y la angustia. En la novela policiaca hay un monstruo como el Minotauro –el asesino–, un héroe mítico como Teseo –el detective–, y un laberinto que debe atravesar para destruir al monstruo –el enigma con sus pistas y enredos–. La novela negra y la novela enigma son en algunos aspectos muy similares, pero también muy distintas porque, en la negra, el mal no es simplemente un monstruo, sino un mal social, cuya solución es imposible, salvo, quizá, a través de la revolución. En Francia esta tradición tiene su origen en la tendencia anarquista de Arsène Lupin, que posee bastante humor, pero después llega la invasión americana de posguerra y todo se vuelve oscuro. Yo prefiero la sencillez de la novela problema, más simple e ingenua, como yo: el mal tiene nombre –dragón, ogro, asesino– y el detective, caballero andante, lo vence, y con ello desaparece la angustia. Al terminar una novela negra, por el contrario, estamos más deprimidos que al principio”.

El loco mundo de Vargas

Cuando parecía imposible crear un detective que no fuera una nueva versión o perversión de Holmes, Poirot o Maigret, Vargas nos sorprende con una galería irresistible de personajes improbables: el Comisario Adamsberg, flanneur zen, al borde del dadá como método de investigación; el inspector Danglard y su loca comisaría, digna de una película de Louis De Funes dirigida por Fellini; Ludwig Kehlweiler, ex policía inseparable de su mascota, el sapo Buffo; los “Tres Evangelistas”, historiadores siempre en líos, ayudados por Vadoosler el Viejo, antiguo policía… Todos entrecruzan sus caminos en un Universo Vargas que amenaza con devorar plácidamente al lector.

“No inventé al Comisario Adamsberg, simplemente dejé que se presentara a sí mismo. Soy consciente de que lo he creado, pero no sé decir cómo. Cuando escribo una novela policiaca me olvido de todo. Es un juego, una diversión, pero me absorbe por completo. Suelo escribirlas en tres semanas, aunque después dedico un tiempo a pulirlas. Es como si fuera al cine a ver una película sobre Adamsberg: escribo lo que veo a partir del personaje. Es un poco lo que hace Adamsberg; es decir: nada. Dejarse flotar, fluir. Adamsberg no tiene una posición científica, lógica; los dos nos dejamos arrastrar por un río, como los personajes de La Reina de África, hasta encontrar una salida natural a la historia. No quiero controlar a mis personajes. Una vez intenté planificar una novela. Me aburrí. Naturalmente tengo ideas previas, pero se van desarrollando como en sueños. De hecho, se parece bastante a soñar. Suelo tener las ideas para mis novelas de noche, cuando duermo. Nunca de día”.

Hay algo surrealista en los enigmas de Fred Vargas, en Adamsberg y su ausencia de método. Su prosa está repleta de palabras que parecen asociarse de manera casual, no tanto por su sentido como por su capacidad para evocar imágenes de belleza onírica, que hacen pensar en un enigma policial con decorado de Magritte o Delvaux.

“¿Surrealismo? Sí y no. Mejor dicho, no y sí. Mi padre, Philippe Audoin, era miembro del Movimiento Surrealista… No es fácil ser hija de un surrealista, nunca entiendes lo que está diciendo (risas). En mi casa se reunían los surrealistas, incluyendo André Breton, y ya saben lo que decía Breton: Apres toi, mon beau langage –“después de ti, mi hermoso lenguaje”–. Parto un poco de la manera de hacer surrealista, pero no tanto de la escritura automática, muy formal y científica, con reglas muy precisas, como de los juegos de asociación de palabras, de los que fui testigo en mi infancia. Me inspiro más en la improvisación musical que en el surrealismo. Hay que tener en cuenta que los surrealistas rechazaban la novela policiaca, que consideraban estúpida. Tenía que leerlas a escondidas. Afortunadamente, mi madre era científica y yo elegí la ciencia. Pero el mal ya estaba hecho. La verdad es que no me gusta que me digan que tengo influencias surrealistas, pero es algo que va contigo desde muy dentro”.

El sueño de la razón

Aunque siempre hay explicación racional para los misterios de Fred Vargas, sus novelas poseen una atmósfera casi sobrenatural. Por ellas deambulan criminales imposibles, con aire de licántropos y vampiros.

“Soy medievalista. Y en la Edad Media el hombre lobo era real. Los resucitados, los vampiros, eran aceptados y combatidos por la Iglesia. Mi padre, como buen surrealista, me hizo leer Drácula con trece años, y Voltaire, en el siglo XVIII, dio credibilidad a dos casos de vampirismo… Pero como historiadora y medievalista, me es imposible utilizar sólo lo fantástico. Como científica necesito una explicación lógica para el lector de hoy. Aprovecho las posibilidades poéticas de lo fantástico, pero voy retirando sus elementos hasta llegar a una explicación”.

En definitiva, Fred Vargas, como su nebuloso Adamsberg, es una idealista.

“A pesar de que las muertes de mis personajes son muy truculentas, nunca las describo con detalle. Mis libros están completamente desprovistos de violencia. La mayoría de mis víctimas son anónimas, me daría pena que tuvieran familia. Soy muy sensible. Es el miedo a lo cotidiano. Hay niños, ancianos, que leen mis novelas. No sé si los protejo de esa violencia… o si soy yo la que me protejo de ella. En todos mis personajes, incluso en los malvados, hay belleza. Alguien que hace algo horrible puede ser hermoso. No creo en un mundo rosa, pero tampoco negro. La literatura es una necesidad vital para el hombre, como la comida o el agua, no un lujo. Y la novela policiaca es terapéutica. Responde a la necesidad de expresar el dolor, el peligro… y resolverlos, a través de la catarsis. En cierta ocasión, un psiquiatra le dijo a un paciente: ‘no tome más pastillas: léase estas novelas policíacas’. Dos meses después estaba mucho mejor. Rousseau fue mi primer gran amor, y aunque ahora ya sé que, por desgracia, el hombre no es bueno por naturaleza, intento que en mis libros se mantenga esa vieja máxima”.

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