Kant, el nazi y el pensador francés
Menudo trío el que se junta en las páginas de El sueño de Eichmann, que acaba de editar entre nosotros Gedisa. Ante todo tenemos a Michel Onfray, su autor, ensayista galo y apóstol de la sensualidad y la libertad individual. Frente a él, nada más y nada menos que Emmanuel Kant, filósofo germano de maneras herméticas e influencia incontestable. Y, entre uno y otro, Adolf Eichmann, el nazi célebremente ejecutado en Israel en 1962 (previo secuestro por parte del Mossad en su residencia argentina), paradigma del “funcionario perfecto” (concepto del que en adelante cabría ir abominando) en cuanto responsable de la “cuestión judía” en el Tercer Reich.
Les cuento: durante el juicio que acabaría conduciéndolo al patíbulo, Eichmann se declaró sionista. Juró haberse sentido turbado y traumatizado tras ser testimonio del asesinato de niños y mujeres judíos, tras visitar las cámaras de gas de Auschwitz, tras ver cómo la sangre inundaba el suelo a sus pies expulsada fosa común arriba por los gases derivados de la putrefacción de decenas de cadáveres. ¿A cuento de qué, pues, organizó y dirigió el asesinato de cientos de miles de personas? Onfray lo tiene claro: la culpa es de Kant.
En efecto, Eichmann se declaraba kantiano de pro. Nacido en un hogar de profunda religiosidad, se crió en la austríaca Linz (donde por cierto se hallan enterrados los progenitores de Adolf Hitler) leyendo, en compañía de su padre, la Crítica de la razón práctica. Cuyo “imperativo categórico” quedó grabado en él a fuego. La idea, justificada en torno a diversas citas, es que Kant, al primar lo ideal sobre lo humano, al defender la absoluta sumisión a las leyes y al Estado, dando libertad de conciencia pero no de objeción y mucho menos de rebelión, allanó el camino para la perversión nazi (y no es mala forma de explicar tal confluencia de locura homicida, seguimiento masivo y racionalidad en las formas).
La obra, que no deja de ser una respuesta a lo expuesto por Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén, es una golosina. Si a la vez no fuera motivo de cierta desconfianza, cabría celebrar que en ella la ética kantiana sea explicada en apenas una cuarentena de páginas. Tras las que, por cierto, Onfray reúne a Kant, Eichmann y Nietzsche (el filósofo más común e injustamente asociado a la esvástica) en una breve pieza dialogada que añade nuevas y deliciosas variables a lo ya expuesto.








Vaya tergiversación y manipulación por parte de Onfray. Tras leer su Tratado de Ateología, constaté la mediocridad de este autor. Sus argumentos son históricos, nunca filosóficos, además de abogar por un ateísmo sin condiciones (rechazando la única posición intelectual honesta: el agnosticismo). No me extraña que no entienda a Kant. Veamos: el imperativo categórico no es uno sino son dos (en realidad son tres, pero el tercero es muy similar al segundo). El primero afirma que el hombre es un fin en sí mismo. Esto significa que lo que los nazis hacían era contrario a ese imperativo, por la simple razón de que utilizaron no solamente a los judíos, sino a muchos pueblos más paras sus ambiciones racial-imperialistas (utilizaban a las personas como medios, entonces). El segundo imperativo categórico dice que se debe actuar de tal manera, que ese acto pueda ser considerado como ley o acto de referencia universal. ¿Matar personas en un campo de concentración pudiera ser considerado como referente de conducta? Pues no. Ya vamos desmontando las falacias de Onfray.
Los argumentos de este “filósofo” francés se caen totalmente al quedar demostrado que no entiende absolutamente nada de filosofía política kantiana. La obediencia ciega a las leyes se debe por dos razones: una, obedecer leyes es preferible a obedecer caprichos de hombres y, dos, se obedecen siempre leyes creadas por la voluntad general (muy parecida a la rousseauniana). Esto es, se obedecen las leyes que uno propio crea (por eso sería insensato desobedecer una ley autoimpuesta).
Si Nietzsche fue malinterpretado, ¿por qué Kant no lo fue también? No es requisito el que un autor tenga que ser forzosamente mal interpretado. ¿Por qué sustituir uno por otro? El que Eichmann no haya entendido a Kant, no es culpa de Kant, así como tampoco es culpa de Nietzsche el haber sido mal interpretado. El que un ensayo sea original e iconoclasta no lo hace verdadero. Es más, es muy dañino para la filosofía el “desmontar” (no me extraña que este personaje sea francés) sin más, sin argumentos filosóficos…
Tal vez Kant haya sido mal entendido, y ya vieron lo que paso…
Emil