La trastienda de La Biblia: el gran “best seller” de la historia, más allá de la versión oficial

reportaje evangeliosQue Jesús de Nazaret murió ejecutado como reo de alta traición es un hecho. Como también lo es que no dejó ni una sola línea escrita de su puño y letra. Veinte siglos después de su muerte, reverbera el eco de sus palabras dividiendo al mundo entre adeptos y detractores, creyentes y agnósticos. Un grupo de especialistas dirigidos por Antonio Piñero ha abordado por primera vez, para la editorial Edaf, la traducción de “Todos los evangelios”. Texto: Ángeles López

Acaso sea Jesús de Nazaret el hombre más importante de nuestra civilización, en tanto que ha dejado una impronta imborrable en la historia de la humanidad. Su vida, obra y milagros queda relatada en menos de un centenar de textos evangélicos que la iglesia ha dividido entre aceptados y desestimados –o, lo que es lo mismo, entre canónicos y apócrifos–, aunque a día de hoy seguimos ignorando la cuota de realidad o de ficción que en ellos se relata sobre lo acontecido en la Palestina del siglo I de nuestra era.

Para arrojar un poco de luz sobre los libros –fragmentarios o completos–, sus autores y lo que significa que pertenezcan o no al canon eclesiástico, el equipo dirigido por el experto en literatura del cristianismo Antonio Piñero ha traducido de sus idiomas originales –latín, griego, hebreo, siríaco, copto y árabe– los 76 evangelios aparecidos hasta la fecha. Gracias al trabajo de este Dream Team de eruditos contamos con una guía cronológica para navegar en el proceloso mundo de los evangelios escritos desde la segunda mitad del siglo I d.C. hasta el siglo X d.C.

Llamamos Evangelio al término utilizado a partir del siglo II en toda la cristiandad para referirse al “libro que recoge los hechos y palabras de la vida de Jesús como buena noticia de salvación para todos los seres humanos”. La paradoja del cristianismo es que el llamado Mesías nunca pretendió fundar una Iglesia porque estaba convencido de que el fin del mundo sobrevendría de forma inmediata. Poco a poco se vio que ese fin de los tiempos no terminaba de llegar. Aun sin perder la esperanza en que acontecería en breve, sus seguidores tuvieron que ir asentándose sobre la tierra –unos con más fortuna que otros– y organizaron estructuras para sobrevivir con las palabras de Jesús por bandera. Fue así como, en torno al año 50, van naciendo los primeros evangelios con vocación misionera y unificadora hacia las diferentes comunidades desperdigadas por Palestina, Israel, Chipre, Siria…

En torno a una docena de cristianismos distintos campaban a mediados del siglo I. La poca cohesión entre los seguidores de El Mesías se debía a que nadie de su entorno llevó un cuaderno de bitácora reseñando sus industrias, andanzas y milagros sobre la faz de la tierra. “A lo sumo –matiza el profesor Piñero– algunas hojas volantes, pequeños cuadernillos de sentencias o el recuento de algunos milagros como la sanación del centurión o el exorcismo de un niño… Ni pasión ni resurrección ni infancia, tal y como luego leeremos –como palabra revelada– en los evangelios”.

Por tanto, en medio de tal caos, con un fin del mundo en ciernes –que se estaba haciendo esperar–, una caterva de seguidores “divididos” en plena expansión hacia el Sur de Asia Menor y decenas de relecturas de la vida y obra de Jesús, se imponía reorganizar la cosa. Y el empeño tuvo un único vencedor: Pablo de Tarso.

El gran empresario de la fe

Había una grandísima oportunidad histórica para organizar un credo monoteísta en un Imperio Romano en plena descomposición. Algunos candidatos, como Juan el Bautista, tenían firmes probabilidades, pero fue la figura de Jesús la que más impactó en aquel tiempo. El más taumaturgo, el más carismático, el que más exorcismos y sanaciones realizara…

El converso Pablo de Tarso, que nunca conoció “al hijo de Dios”, fue el que mejor vendió –en palabras del propio Piñero– su “producto de fe”, adaptándolo a las necesidades de aquel “mercado”, utilizando convenientemente las redes sociales que mejor le servían para la expansión, con las mejores técnicas de marketing del momento y eliminando los cristianismos que hacían lecturas distintas a la suya. Evidentemente, su “producto” era, en sí mismo, bueno. Por lo que sus seguidores, muy pronto y una vez formada la “empresa” –esto es, el germen de la iglesia actual–, fueron quienes pusieron los medios necesarios para que prosperara mediante una buena organización, un control de la jerarquía y de los medios económicos y, por supuesto, aquilatando su doctrina intelectual a través de las escrituras. De forma paralela, los cristianos judíos incorporaron el primer sistema de seguridad social de la historia –contemplando la ayuda comunitaria por enfermedad, viudedad, orfandad, etc.– y conformaron la primera sociedad estable y organizada de nuestra era: la iglesia primitiva.

Por tanto, es la gran iglesia paulina la que se hace con el control de calidad de las palabras de Jesús de Nazaret, derrotando al resto de variantes. No en vano, el orden cronológico de escritura de El Nuevo Testamento fue el siguiente: primero se compusieron los escritos de San Pablo –que murió hacia el año 60 de nuestra era– y, entre el año 71 y el 100 d.C., se redactaron lo que hoy conocemos como Evangelios Canónicos. Aunque distintos entre sí, los cuatro evangelistas están poderosamente influenciados por la gran síntesis paulina sobre cómo hay que interpretar las palabras de Jesús y entender su muerte como un sacrificio vicario para toda la humanidad conforme al plan divino. Mateo, por su parte, propugna que no sólo es necesario creer en esto, sino además guardar la ley de Moisés como soporte para la salvación.

De ninguno de los cuatro evangelios aceptados por el canon –Mateo, Marcos, Lucas y Juan– quedan papiros originales. Afortunadamente, se redactaron multitud de copias amanuenses para repartirlas por toda la cristiandad, por lo que han llegado hasta nuestras manos copias de copias fechadas en torno al siglo IV y redactadas en griego en su mayoría. El curso de los evangelios apócrifos fue distinto. Poco a poco se los fue arrinconando en una carrera de “selección natural” por tardíos, disparatados, anecdóticos y ceñirse a la “prensa rosa” de la vida de Jesús. Pero, fundamentalmente, porque perdieron la batalla: no encajaban en el esquema paulino de la fe.

La deuda apócrifa

Aunque nunca serán reconocidos por los poderes eclesiásticos, los próceres de Roma miran con respeto algunos de los llamados Evangelios apócrifos, como el de Tomás, “así como el protoevangelio de Santiago, que es el testimonio más antiguo de la virginidad perpetua de María –explica el profesor Piñero–, de quien la iglesia primitiva se ocupó nada o muy poco”. Apenas importaba quién era la madre de El Mesías, salvo a un reducido grupo de piadosos. A aquellos primeros fieles les interesaba más la figura de El Salvador que si había tenido un nacimiento “maravilloso” y sin mácula. Lo que hubiera hecho la madre antes, o después, poco les preocupaba: si estaba casada, si tuvo o no más hijos. No había devoción a María en la Iglesia primitiva. Todas las noticias aledañas de su vida las sabemos gracias a los apócrifos y es algo que la Iglesia ha asumido.

“Lo que no dudamos en consensuar muchos especialistas es en el hecho medular de que ninguno de lo 76 evangelios que ha llegado hasta nuestros días contiene palabras literales pronunciadas por Jesús” –sentencia el experto en literatura del cristianismo primitivo-. Para empezar, porque el “hijo del carpintero” predicó en arameo y, como mucho, en hebreo cuando tenía entre su auditorio a escribas y doctores de la Ley. La primera perversión involuntaria se produjo cuando sus palabras fueron traducidas al griego. De entre muchos ejemplos puede pensarse en la traducción de la frase aramea “hijo de hombre” sin artículo, a “el Hijo del Hombre”, con dos artículos. Es decir, se pasó de una locución que significaba simplemente “un hombre” a ver en ella un título mesiánico.

Otra malversación no deliberada es la que concierne al paso de la tradición oral a la escrita, que conlleva una necesaria reelaboración –y hasta recreación– de los dichos que de Jesús realizaron los profetas cristianos, quienes, a su vez –y es la tercera alteración de la realidad– se creían inspirados por el mismísimo espíritu del Maestro y se permitían hablar en su nombre. No en vano, a día de hoy seguimos sin saber quién o quiénes se encuentran detrás de los nombres de cada evangelista. El Concilio Vaticano II reconoció que no está demostrada la identidad de los autores, pero asegura que el que sus redactores no sean aquellos a quienes se les atribuye tradicionalmente tampoco les quita validez

Componer un evangelio era harto novedoso en la época, ya que se trataba de transformar lo que eran unidades sueltas de tradición sobre Jesús en una especie de biografía que tiende a retroalimentarse entre los sinópticos. Si Mateo ofrece una versión nueva, ampliada y corregida del Evangelio de Marcos, Lucas, a su vez, tiene una nueva concepción de la historia, ofreciendo una “narración ordenada”. Por último, Juan, sobre el que se supone que actuaron varias manos con un redactor final en torno al año 100 d.C., presenta notables diferencias con los tres canónicos que le preceden. Su imagen de Jesús está repensada, reelaborada y reescrita, por no hablar del carácter simbólico y místico que contiene… El redactor de ese evangelio presenta como garante de la información de Jesús a un discípulo “amado”, por lo que muchos intérpretes piensan que este personaje es la figura literaria del discípulo ideal, que no real, de Cristo.

Dicho esto, y a pesar de ciertas exageraciones, hay que admitir que los profetas sí se encargaron de la función de transportar o acomodar a su realidad las sentencias del Maestro. Es difícil aceptar que inventaran dichos o hechos de Jesús sin ninguna base en la vida de aquél, pero a la vez es imposible negar –dada la evidente libertad con la que es tratada la tradición oral– que esos profetas también alteraron y reelaboraron –a veces profundamente– las enseñanzas del hijo de María.

El grano de la paja

Circulan muchas versiones sobre cómo fueron elegidos los cuatro evangelios canónicos, pero no existe ningún documento, aunque parezca imposible, sobre cómo la Iglesia construyó su “lista” o “canon”. Lo que indica que, aunque hubo una decisión –probablemente en Roma y muy posiblemente en el último cuarto del siglo II–, el proceso fue lento, consensuado… y con muchos altibajos. No sabemos, por tanto, cómo se convierten en canónicos, pero se sospecha que –amén de no ser disparatados– operaron varias líneas de confluencia:

1) Un consenso sobre qué era lo que se leía los domingos en las iglesias más importantes: Roma, Alejandría, Antioquia, Éfeso, Corintio…

2) Que se tratase de textos, tanto evangélicos como epistolares, que se atuvieran a cierta regla de fe que ya se había formado entre el 150 y el 200 d.C.

3) Se eliminaron aquellos que la tradición no había convalidado por no proceder directamente de los apóstoles.

Aunque la historia sitúa a Ireneo de Lyon como el responsable de la elección de los Evangelios canónicos, él sólo es un espejo de lo que ya es un hecho. Sí es cierto que es el primero que escribe un gran tratado contra los herejes, pero sólo refleja el sentir de su iglesia y lo que ya está decidido. El crítico radical del gnosticismo dejó escrito: “Fuera de la iglesia no hay salvación: ella es la entrada a la vida; todas las demás son ladronas y salteadoras”. Por tanto, San Ireneo no fundamenta; sólo constata.

Un género literario

Como se ha dicho, aunque no se pueda adjudicar con certeza la autoría de los evangelios a personas concretas, sí nos consta que se trata de judíos cultivados –salvo quien o quienes están detrás del Evangelio de Lucas, pues se discute aún si era un pagano que se hizo prosélito muy pronto y se convirtió después al judaísmo–, una garantía de cultura en la época. Varones que aprendieron a leer de niños, que habían entrenado su oído en la oralidad de los sábados en los templos y que en el seno de sus casas habían crecido con las escrituras hebreas, dotadas de un tremendo lirismo. En aquella época, si uno había nacido varón, judío y de clase media había tenido la inmensa suerte de formarse en una de las más sublimes literaturas de la antigüedad: Isaías, Ezequiel, Jeremías… Como plus añadido, la lengua educativa de las escuelas era el griego, y teniendo a La Iliada como texto de cabecera resultaba imposible no aprehender cierta destreza a la hora de redactar.

No en vano, el evangelio no es un género literario que nazca para el anuncio de la buena nueva de El Mesías. Deviene de la biografía helenística. Tanto es así que, cuando los textos de Lucas y Mateo están terminados, les añaden capítulos para redondearlos (el nacimiento, la adoración, los Magos, la huida a Egipto)… Los completan los propios autores para acomodar sus textos al género biográfico con tintes especiales religiosos. Sólo en el correr del siglo II aquella “buena noticia” se denominaría Evangelio. Será una vez más San Pablo quien oponga a Jesús a la teología imperial, en la que ya se hablaba en el culto al emperador de epifanías, salvación, manifestación, etc…

En sí mismos, los evangelios sólo se ocupan de un año y medio de la vida adulta de El Salvador, entre otros motivos porque, cuando se publica el primero, han pasado cerca de ochenta años desde la muerte de un hombre de 36-37 años y todo en su biografía son lagunas. Sí se sabe que tenía un taller heredado de su padre donde se realizaba carpintería para la construcción de casas. Se trataba de un pequeño negocio próspero y nada humilde, al igual que sus “apóstoles” eran medianos empresarios con barcas de pesca en propiedad. La tradición nunca se ocupó de la infancia de los grandes personajes, por lo que no es de extrañar que sólo Lucas reseñe el encuentro del joven Jesús con los eruditos en el Templo que, aunque verosímil, no debe de ser cierto pues se contaba de otros rabinos, e incluso Flavio Josefo repite la anécdota consigo mismo como protagonista.

El evangelio perdido

Mientras estudiosos y creyentes aguardan el descubrimiento de nuevos papiros enterrados en las secas arenas del desierto, los expertos en literatura del cristianismo primitivo confían en la aparición de la llamada “Fuente Q” (derivada de la palabra alemana Quelle, fuente). Se supone que su autor fue un discípulo directo de Jesús que, tras la muerte del Maestro, vivió en Galilea. No se sabe si primero fue oral y luego escrita, pero se data en torno al año 50 de nuestra era y seguramente debió de difundirse en griego por toda la cristiandad, sirviendo de base para la confección de los evangelios sinópticos y también para algunos apócrifos.

Aunque es un evangelio perdido del que no hay rastro alguno, son muchos los expertos que defienden su existencia: “Al igual que los científicos han reconstruido la lengua indoeuropea, hoy perdida, por medio de la comparación entre lenguas hijas de aquélla, somos muchos los que estamos absolutamente seguros de que este evangelio perdido existió y que no contenía acciones ni milagros de Jesús, ni siquiera la historia de la pasión, sino sólo dichos y sentencias del Maestro… Y claro, nuestro sueño sería encontrarlo”, concluye el profesor Piñero.

Compártelo!
Escrito por el oct 21 2009. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

Dejar un comentario

Ads

Publicidad

Galería de Fotos



Revista MC

 
Secciones y Temas

Revista Qué Leer | Passeig de Sant Gervasi, 16-20, 08022 Barcelona (España) | Teléfono: 93 254 12 50 | Fax: 93 254 12 63 © 2011 MC Ediciones