Patrick McCabe: crea monstruos, quiere ver fantasmas
El escritor irlandés nos reveló en Londres el perturbador universo que alimenta las páginas de “Bosque frío” (Plata), un escalofriante cuento de hadas moderno. Texto: Antonio Lozano Fotos: Eduardo Hojman
Niños asesinos y asesinos de niños, terroristas travestidos, pedófilos, serial killers matricidas, fantasmas dionisíacos… ¿Puede un escritor tener debilidad por personajes atroces y ser un buen tipo? ¿Y, además, simpático? A lo largo de una mañana londinense con Patrick McCabe –que acaba de ver traducida Bosque frío (Plata), novela que define como una “historia de terror a la antigua”– se intentó dar con las respuestas y se acabó en un cementerio.
Patrick McCabe viste de negro de pies a cabeza, pero un sombrero panamá y un rotulador naranja prendido a la solapa rompen la lúgubre monocromía de su atuendo. Desayuna un plato de sardinas que se hace acompañar de dos capuchinos y en su canosa barba van quedando prendidos trozos de pescado como lacitos en un árbol de Navidad espolvoreado de nieve artificial. La impresión inmediata de excentricidad se superpone a la prejuiciosa capa previa de locura que sus perturbadoras novelas brindan pero, en cuanto McCabe comienza a hablar con su estentórea voz de trovador de las praderas y sus ojos de un azul refulgente centellean de entusiasmo (como sus personajes, es el narrador que hipnotiza a los asustadizos boy scouts en torno a una hoguera), se revela un tipo inteligentísimo y de un humor tan sarcástico que debería dedicarse a inventar epitafios para muertos con chispa (de hecho, posa con total naturalidad frente a las tumbas). Sin duda está más cuerdo que la media aparentemente “normal” –o se engaña mucho menos– al entender que, bajo su apariencia de inocencia y encanto folclórico, las viejas baladas o los cuentos infantiles de tradición oral suelen encerrar las mejores historias de terror. De sus incómodos y astutos libros uno extrae dos lecciones básicas: no te acabes de fiar nunca de tu interlocutor (¿quién puede, a fin de cuentas, explicar la verdad de un hecho?) y, si pretendes estremecer, sugiere; nunca muestres.
Todo ello está en Bosque frío, relato gótico de fantasmas, balada sobre una posesión infernal o pura creación de una mente desquiciada, donde un periodista que lo pierde todo es seducido fatalmente por un violinista que esconde a un monstruo. Da tanto miedo como el cuento sobre un loco suelto en el vecindario que te susurraba tu hermano con las luces apagadas una noche de tormenta. El autor de The Butcher Boy es un rendido admirador de la osadía temática y de los trucos narrativos del primer Ian McEwan, aquél que la prensa británica bautizó como Ian McAbre sin saber que era mucho más acertado un Patrick McCab(r)e.
El miedo en los genes
¿De niño escuchó muchas historia de miedo?
Las había a montones, eran tan naturales como el aire que respirábamos, casi se puede decir que nacíamos con ellas en nuestro código genético. Tan pronto se hacía oscuro comenzaba el turno de los fantasmas. Piense que la electricidad no llegó a mi pueblo hasta que cumplí los 3 años.
¿Recuerda alguna que lo impresionara de forma especial?
Sí, la clásica The Stray Sod (“El césped extraviado”), que ha emigrado y mutado en todas las culturas. Habla de un trozo de césped encantado que, si lo pisas, provoca que todo el entorno con el que estás familiarizado de golpe se transforme en algo desconocido y, al mismo tiempo, te hace perder el sentido de la orientación. Lo más desconcertante es que, a primera vista, parece que nada ha cambiado, pero a medida que te fijas y avanzas te das cuenta de que estás completamente extraviado. Sólo hay una forma de romper el encantamiento, que consiste en darle la vuelta a una de tus prendas. Esta pieza de folclore es una metáfora para cualquier acontecimiento que te desestabiliza en la vida, llámesele divorcio, muerte de un familiar, pérdida del hogar… Mientras que la solución entronca con la recomendación de cualquier psicólogo de que reviertas una obsesión alterando uno de tus hábitos.
¿Hasta qué punto su literatura se explica por haber crecido en un pueblecito rural irlandés como Clones?
Con la excepción de la lluvia persistente, contaba con la típica estructura de cualquier enclave campestre –su iglesia, su doctor, sus granjas…–, inmutable a lo largo de dos siglos. Nadie solía abandonar el lugar y escaseaban las visitas. De niño me encantaba su ritmo, sólo de adolescente uno empieza a inquietarse, a pensar en expandir horizontes, y es entonces cuando empiezan los problemas.
¿Las Midlands no tenían algo único que le moldeara el carácter?
Es curioso porque en los años 1970 y 1980 no despertaban el menor interés, incluso las guías turísticas te decían que no merecía la pena visitarlas. Pero, claro está, el lugar donde descifras el mundo por primera vez va a ser siempre el más importante para ti, va a circular por tu sangre, independientemente de si tiene algo que ofrecer o no. Durante mi infancia, las Midlands eran todo el universo conocido, no tenía la menor idea de lo que se extendía más allá. Únicamente de adulto me di cuenta de que carecen de horizonte; es decir, que no puedes ver el mar, lo que provoca que te muestres suspicaz respecto a los foráneos, que los tomes por potenciales rebanadores de tu pescuezo. Es la otra cara de su asociación con un remanso de paz punteado de granjas.
Antes de publicar tocó los teclados en una banda de música durante tres años…
No sé siquiera si se nos podía considerar una banda, éramos una basura, pero nos divertíamos mucho interpretando básicamente temas de folk y country. La vena musical me viene de mi padre, un virtuoso de la trompeta y del piano, y un letrista estupendo. Nunca tuvo la oportunidad de demostrar su talento y me pasó el testigo a ver si yo contaba con más fortuna. Uno siempre acaba pareciéndose física y emocionalmente a su progenitor…
También ejerció de profesor de primaria en su país y de niños con autismo en Londres.
Era un profesor pésimo, se suponía que debía ser un ejemplo de civismo para los chavales, ¡yo! El primer día que entré ya comencé a planear mi fuga, pero se retrasó 17 años.
¿Es cierto que presenciar una discusión de sus padres, cuando tenía 7 años, fue decisivo en su futura conversión en escritor?
En aquel momento abrí los ojos al hecho de que había cosas ahí afuera a las que tendría que intentar dar una explicación. Se me reveló la existencia de toda una esfera de emociones privadas que debían ser articuladas. Supongo que descubrir que el mundo podía ser un lugar extraño y desconcertante tuvo algo de traumático. De forma que empecé a escribir muy joven, aunque no enseñaba nada a nadie.
Esto da pistas de la naturaleza perturbadora de sus libros.
No me interesa la literatura realista porque a lo sumo explica el diez por ciento de lo que hay ahí afuera. Es imposible decir qué es la realidad. Dos personas caminan por la misma acera y ven dos calles distintas. La realidad es apenas el punto de partida. Por ello me seduce tanto la obra de Harold Pinter, un dramaturgo que nos muestra que el lenguaje es antes un método de defensa que de comunicación. Este es el tipo de literatura que me interesa y por esto soy un muerto de hambre.
Al principio no le fue tan mal, The Butcher Boy fue finalista del Booker a principios de los años 1990 y le lanzó a la fama.
Antes de eso escribí muchas historias llenas de lluvia y de funerales que eran burdas imitaciones de irlandeses ilustres y de las que ahora me avergüenzo. Me costó encontrar mi estilo y, sobre todo, la arrogancia para creerme que a alguien podía interesarle lo que escribía.
Aquella fue una década prodigiosa para la literatura irlandesa.
En 1992 y 1993, la cultura irlandesa se puso de moda, sobre todo gracias a la música de U2 y Sinead o´Connor, y nuestras letras se aprovecharon de la euforia del momento. Ahora todo ha vuelto a la normalidad; esto es, al ninguneo. Los jóvenes escritores irlandeses no asoman por los medios de comunicación y muchos han desertado al teatro.
¿Por qué le chiflan los personajes trastornados?
¿Qué entiendes por “trastornados”? Sé lo que estás pensando: “si este tipo no es capaz de ver que sus personajes están trastornados, es que es uno de ellos” [risotada de Santa Claus siniestro]. A ver, mis criaturas son mecanismos ficcionales que, junto a un lenguaje rebuscado, me permiten salirme del reino de lo real, de la típica historia del tipo que se levanta por la mañana y vamos a ver cómo empieza la semana. Busco crear un mundo con unas reglas propias; o mejor dicho, sin reglas. Además, nuestra vida discurre principalmente hacia adentro, producimos monólogos interiores, discursos y ritmos que, de salir a la superficie, también nos harían parecer perturbados. Los necesitamos para soñar despiertos y soportar la vida, que es un chiste absurdo con un final jodido, lo cual justifica nuestra histeria.
Hacemos bien en no fiarnos.
Erramos por el cosmos sin saber dónde está la verdad. Uno tiene una vida interior que sólo saca al exterior de forma puntual, durante el entierro de un familiar, cuando yace en su lecho de muerte… Y no hablo de secretos, sino de áreas íntimas del todo vetadas. ¿Cómo no vas a desconfiar de todos, y especialmente del narrador de una novela, si tú mismo no haces más que esconderte y explicarte cuentos?
¿Cuál es, pues, su filosofía de la vida?
Creo en la filosofía del caos: somos pedazos de carne llamados a morir y el mundo está lleno de peligros, pero… ¿dónde están las raíces y las causas de todo? ¿Y quién las crea? Quizás nadie, quizás todo es azaroso, pero tampoco se puede descartar que el gran coreógrafo sea el Anticristo o, ya puestos, un lunático en un pueblecito rural irlandés.
Como Ned Strange, el montaraz violinista demente de Bosque frío.
Los victorianos colocaban narradores omniscientes, al modo de divinidades neutrales que se limitaban a exponer los acontecimientos, pero ¿qué pasaría si aquéllos fueran mentes enfermas que mueven las almas humanas como piezas de ajedrez?
¿Cuál sería la banda sonora de la novela?
En cuanto balada de fantasmas, le iría de perlas The Long Black Veil de Johnny Cash y The Snakes Crawl at Night de Charley Pride. En cuanto cercana a la música country en su intención de acercarse a los grandes temas de la humanidad, como la pérdida, la muerte, los anhelos, la tristeza… le cuadraría la Harry Smith Collection of Folk American Music.
¿Qué historias ponen los pelos de punta a Patrick Mccabe?
Otra vuelta de tuerca de Henry James. El quimérico inquilino de Roland Topor. El relato Mariposas de Ian McEwan…
En Bosque frío flirtea con lo sobrenatural. Usted, ¿cree o no cree en los fantasmas?
Precisamente el otro día escuché en la radio a un científico asegurar que el cerebro lleva de fábrica la tendencia a creer en lo sobrenatural. Basta tener a un perro y comprobar cómo presiente a las personas y a la muerte para darse cuenta de que nos rodean cosas que trascienden nuestra capacidad de comprensión. Desgraciadamente, nunca he visto a un fantasma. Cuando murieron mis padres deseé con todas mis fuerzas que se manifestaran de alguna manera, pero no me brindaron siquiera un susurro. Una pena, la verdad. [Hace una pausa] ¿Vamos ya al cementerio a hacer las fotos?










joder tio todo eso en un solo libro???