Sam Savage: “El lamento del perezoso”

Redaccion

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Autor: Sam Savage
Traductor: Ramón Buenaventura
Editorial: Seix Barral. 272 páginas. 16,50 euros.

TRES TINTEROS

Argumento
Corren los primeros años 1970 -o cabría decir más bien que se arrastran, fruto de la crisis económica y del tono anímico sentado por la Administración Nixon-. En una pequeña localidad del Medio Oeste, el cuarentón Andrew Whittaker escribe. Fragmentos de novelas, pero sobre todo cartas: a su esposa, que lo ha abandonado para irse a Nueva York; a sus inquilinos, que no le pagan el alquiler; a diversos autores en ciernes, que nutren con sus textos experimentales las páginas de su revista literaria Soap…

Con esa barba y cabellos que parecen no haber catado peine (y mucho menos tijeras) desde tiempos de JFK, esa mirada intensa pero también ligeramente inquietante y su bastante tardía llegada al mundillo literario (a falta de conocer la fecha exacta de su nacimiento no podemos más que intuirlo septuagenario), Sam Savage se nos antoja una suerte de náufrago que, tras años curtiéndose en el océano de la vida (véanse los muy diversos oficios que ha ejercido), arribó al concurrido puerto de la fama novelística gracias al bote que a su disposición puso Seix Barral.

En efecto, su ópera prima, Firmin, tenía visos de pasar dolorosamente desapercibida cuando el sello español adquirió tanto su traducción a la lengua de Cervantes como sus derechos mundiales. Maniobra que, debidamente decorada con las ilustraciones de Krahn, ha sido recompensada con más de un millón de ejemplares vendidos hasta la fecha.

Porque Firmin lo merecía, porque sus páginas destilaban un bagaje lector vestido de homenaje a quienes durante siglos nos han nutrido de negro sobre blanco, la fábula cobra un plus de justicia poética: Savage se nos aparece no sólo como el último Robinson Crusoe, sino también como un nuevo Edmond Dantès. Y por todos es sabido que no hay Conde de Montecristo sin ansia de venganza: huida y título nobiliario al margen, el triunfo radica en hacer saber/pagar al mundo todo el sufrimiento padecido.

Humanidad folívora

Algo de eso hay, si bien atenuado por un melancólico sentido del humor, en El lamento del perezoso, obra de gesto anacrónico que Savage sin duda ha recuperado de un cajón, si no del escritorio por lo menos de la memoria. Como su protagonista, en su día él mismo editó un magacín trimestral literario. Y hacen falta dos clases de psicología de bolsillo apenas para intuir en las cuitas creativas de sus personajes, ya el ratón bibliófago y bibliófilo, ya el editor en proceso de descomposición, un reflejo autoparódico de las dudas y decepciones que el autor haya podido sufrir a lo largo de su trayectoria.

Con ello venimos a decir, únicamente, que vuelve a haber dolorosa, entrañable, cómica humanidad en esta segunda entrega. Que Savage acierta de nuevo gracias a una voz protagonista blindada, zorro viejo él, con otro referente zoológico. Que la lectura roedora previa se ve complementada aquí por la escritura progresivamente folívora. Y que la experiencia (meta)literaria se cierra sobre el plano vital con ecos de lo que el mismísimo Philip Roth planteó en Sale el espectro.

Una lástima, pues, que el juego de engarces no venga acompañado de una labor dramática menos lineal: carente de sorpresas, El lamento del perezoso revela sus muy decentes cartas en el primer tercio de la partida y no hace ya más que vivir de rentas. Discreto animal, el del título, para adecuar un argumento a sus maneras.

Por Milo J. Krmpotic’

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