Jacinto Antón: Periodista con alma de niño
Todos quisimos de pequeños ser exploradores y acabamos renunciando a nuestros sueños. Jacinto Antón estudió Periodismo y, aunque su naturaleza no era la de un arrojado aventurero, nunca ha renunciado a hacer unas crónicas que mezclen el rigor de un lector y viajero curtido con la mirada de un niño que sigue soñando con “Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias” (RBA).
Antón combina en sus artículos del diario El País aquí recopilados ramalazos del cronista flemático a la inglesa de la escuela de Evelyn Waugh (compartida por Ibargüengoitia) con otros de hombre de acción, eso sí, de modesto heroísmo.
Indiana Antón
En un viaje a la comarca francesa del Perigord se dispone a seguir el rastro de los desaparecidos mamuts, pero cuando le sugieren visitar la cueva prehistórica de Rouffignac, de once kilómetros de angostas y claustrofóbicas galerías, decide despistar a la expedición e instalarse en una terraza de Les-Eyzies, autodenominada capital mundial de la prehistoria con la clásica modestia francesa, a tomar un pastís y abrir su ejemplar de Sur la piste du mammouth de Bertarnd Buigues, para vivir su propia aventura cómodamente leyendo. El propio Antón reitera en numerosas ocasiones que no da para nada el perfil del corresponsal aguerrido; de hecho, confiesa tener un vértigo apabullante, miedo al mar y pánico a los telesillas, lo cual no le impide subirse a todas partes porque –lo descubrimos a través de sus múltiples viajes a los rincones más remotos del mundo- es cobardica pero también tozudo y abnegado. Uno no puede evitar que le resulte entrañable este periodista empeñado en homenajes quijotescos a sus personajes más admirados, como permanecer en un crucero por los fiordos noruegos tozudamente en la cubierta, tiritando de frío por la gélida temperatura, para emular a los héroes noruegos que consiguieron desvelar la posición del temido acorazado alemán Tirpiz a fin de que pudiera ser destruido por la aviación aliada. Con un orgullo tirando a modesto afirma en un momento dado de sí mismo que es el cobarde más valiente del que tiene noticia.
Héroes de armas tomar
Su pasión ejerce de ariete en sus crónicas. Así es cómo consigue ser el único periodista recibido en casa del escritor Patrick O’Brian en Colliure el día de su funeral, e incluso es invitado a compartir la sopa con la familia, o dormir en el castillo de los Almásy tras dejar estupefacta a la sobrina del conde con su apasionado fervor por el aventurero húngaro.
En los tiempos del “No a la Guerra”, no es muy habitual que alguien muestre públicamente su fervor absoluto hacia personajes tan dudosos como el conde Almásy (que se hacía pasar por conde sin serlo y que fue colaborador de los nazis), el general alemán Rommel o el muy polémico Lawrence de Arabia, o que muestre una pasión febril por regimientos de húsares, aviones de combate o submarinos. Sin embargo, no deja de traslucirse a través de estas páginas que Jacinto Antón no es un belicista, sino simple y llanamente un romántico. Eso sí, un romanticismo que no está en la línea edulcorada de Amélie, sino tras la estela de personajes que cometieron errores y fueron imperfectos en muchos aspectos, pero que se jugaron la vida para perseguir grandes epopeyas.
Quizá sea el conde Ladislaus Almásy el receptor de un mayor número de páginas y no deja de resultar un homenaje justo a un personaje tangencialmente rescatado del olvido por la novela de Michael Ondatjee El paciente inglés. Sin duda, Almásy fue un personaje con luces y sombras, pero su libro Nadadores en el desierto (Península) es una de las obras más hermosas que jamás se hayan escrito sobre el desierto. Las peripecias de este húngaro piloto de avión y también de coche son extraordinarias. Un personaje que fascina al periodista cuando relata su apasionada búsqueda en ese mundo de arena, calor y legendarios oasis, y cómo se infiltra alegremente en las líneas británicas llevando en coche a dos espías alemanes a través del desierto. En una excelente crónica nos cuenta cómo llega a trancas y barrancas hasta el castillo de los Almásy en Hungría, donde su vehemencia por Ladislaus descoloca a su sobrina y termina siendo invitado a instalarse y a cenar con sus descendientes como uno más de la familia.
Jacinto Antón reconoce, eso sí, que Almásy no era realmente conde (era un título inventado) o que su admirado escritor de novelas de la Armada británica, Patrick O’Brian, maquilló (y no poco) su biografía para esconder sus miserias. Pero, sin dejar de apuntar sus debilidades, él prefiere resaltar la grandeza del personaje antes que las deficiencias de la persona. De esa manera, sus artículos destilan una mítica que, sin grandilocuencia, contagia un entusiasmo sincero, punteado por un sentido del humor donde contrapone su propia torpeza y falta de ardor guerrero (excelente la crónica de su involuntaria participación en la toma del Congreso de los Diputados el 23-F mientras hacía el servicio militar) a la fortaleza vital de esos aventureros a los que rinde homenaje. Una recopilación que nos hace viajar en compañía de un periodista de muchas lecturas, que practica esgrima para emular a sus espadachines predilectos, que tiene por mascota una serpiente y, cuando llega carnaval, se disfraza de los personajes más inesperados; que, en definitiva, se resiste a dejar de mirar el mundo con los ojos de aquel niño que creció de la mano de Julio Verne, Karl May y Emilio Salgari.
Cuando uno piensa con tristeza que ya nadie se acuerda de las ardorosas investigaciones y viajes de Thor Heyerdahl, quien casi sin saber nadar se subió con otra media docena de nórdicos a una balsa atada con lianas en Perú para demostrar cómo se produjeron las migraciones a los Mares del Sur y estuvieron dando tumbos cien días por el océano rodeados de tiburones (El viaje de la Kon-Tiki es uno de los libros de viajes más apasionantes que puedan leerse), cuando se ha perdido toda esperanza de que vuelvan esos tiempos míticos, aparece una crónica recordando al gran antropólogo noruego firmada por Jacinto Antón y uno respira aliviado, porque en este mundo aún quedan soñadores.
Texto Antonio G. Iturbe










Excelente obra la del intrépido periodista Jacinto Antón. La contemplé -parecía observarme- en la Biblioteca Municipal de mi localidad; me llamó la atención, y rápidamente fui en búsqueda de datos que me facilitó Internet. La tomé en préstamo un 24 de mayo del 2010, la renové -había estado bastante ajetreado con varios reconocimientos médicos; y aún así la llevaba conmigo- un 3 de junio, y la volví a renovar hasta un 14 de junio, fecha límite. Sinceramente, no había reparado en Jacinto Antón, y si lo hice fun inconscientemente, en sus artículos de “El País”, desde ahora, seré uno de sus asiduos. Su libro “Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias” (Editorial RBA), deja su bien patente consolidada cultura y espíritu aventurero, salvo que no errático, sino premeditado. Yo también escribo, tengo siete libros de cuentos y una novela “El camarote de la memoria”, varias veces reeditada, aparte de dos más aún inéditas, y creo que me afano en valorar las bien “musculadas anatomías psiquicas” de escritores como Jacinto Antón, pero aunque no escribiera, como lector, que no es más que un cómplice de escritores, al fin y al cabo un lector viene a ser el coautor crítico del escritor, la literatura del escritor barcelonés es altamente gratificante. Soy de la opinión de que algunos de sus textos no podrán exceder más de seis o siete folios -entendido en formato The News Time, cuerpo 12, a doble espacio, pero la brevedad no estará jamás reñida con la calidad, la cual adquiere enorme relieve en la literatura. Felicito al autor del libro, y extremo mi complicidad con aquellas otras personas que en en su condición de escritores se han deleitado ante la poderosa escritura de Jacinton Antón. Lo volveré a leer más adelante, lo tomaré prestado, porque podría ser un bun libro de cabecera. Sus 351 páginas han sido forjadas a golpe de fecunda inteligencia.
Simplemente deseo felicitar a JACINTO ANTON por su perseverancia en rescatar del olvido personajes y situaciones que de otra manera quizas hubieran pasado a engrosar los archivos de la no-memoria en la que parece estar sumergida nuestra civilizada sociedad pero sobre todo por su fina ironía en el tratamiento de los temas aparentemente mas serios lo que les hace mucho mas cercanos y accesibles y por supuesto porque hacen gozar al lector que los disfruta casi tanto como el autor. Desde el pasado común y la memoria te envío un saludo.
Mi intención es dejarle a JACINTO ANTON un pequeño comentario acerca del libro de Kerr, sobre “nazis, Evita … ” que comenta hoy,viernes 10 de Abril de 2009 el diario EL PAIS ,version digital. Algo que Kerr seguramente ignora , es el hecho de que Peron a causa de un accidente sufrido en su juventud, no podía procrear.Ninguna de sus mujeres fue embarazada por él. Y oficialmente estuvo casado tres veces : primero con una tal “Tota” Tizón, de la cual enviudó, la segunda la famosa Maria Eva Duarte y la tercer Maria Isabel Martinez.La excomunión de Peron tuvo motivos muy distintos a lo que tiende a apuntar dicho libro. Peron estuvo muy peleado con la Curia e incluso su régimen persiguió a la Iglesia con dureza.Posiblemente todo nació de que los seguidores de Evita pretendían que se la hiciera Santa… El libro que comenta no parece contener mas allá de la ficción, historias ampliamente conocidas.
[...] (Ver artículo al respecto en el número 140) Etiquetas: Editorial RBA, Jacinto Anton [...]