Bienvenidos a Chináfrica: el “Far West” del gigante asiático
El continente negro se tiñe de amarillo. Desde mediados de los años 1990, China ha invertido 20.000 millones de dólares en África, instalando novecientas empresas y movilizando a entre 500.000 y 750.000 de sus súbditos. Descompresión interna, trabajo esclavista y falta de escrúpulos son algunas de las claves de esta bastarda alianza que provoca la globalización. ¿Recolonización o salvación? “China en África” (Alianza), de los periodistas franceses Serge Michel y Michel Beuret, tiene la respuesta. Texto: Antonio Lozano
Por citar sólo tres ejemplos, China consume el 32 por ciento de la producción mundial de arroz, el 47 por ciento de la de cemento y el 33 por ciento de la de tabaco. En consecuencia, puede verse como un tirano de la gula que reclama constantemente alimentos, pero al que hay que ir enviando de tanto en tanto a una clínica extranjera de adelgazamiento de cara a que no reviente en su traje de fabricación casera. La presión demográfica provoca, a un tiempo, una necesidad ingente de materias primas (petróleo, minerales, madera, productos agrícolas…) y una urgencia por promover el éxodo humano para paliar los devastadores efectos contaminantes. ¿Y dónde está la gigantesca cuchara doble que por un lado mete y por el otro saca? Pues en el continente más pobre y desestabilizado del planeta.
Lo que comenzó como una maniobra política –a partir de 1949, la China Popular ayudó a los pueblos africanos a liberarse porque necesitaba los votos de los estados recién independizados en la ONU– derivó en una macro operación económica. En la Cumbre de Pekín de 2006, China cerraba contratos comerciales con África por valor de 1.900 millones de dólares. Ambos negociadores coinciden en que la corrupción, la falta de democracia y la desatención a los derechos humanos deben soslayarse en aras de la Prosperidad y un Acuerdo ganador-ganador. Al régimen zambiano del desalmado Robert Mugabe y al sudanés del genocida Omar Hassan Ahmed al-Bashir, acosados por la comunidad internacional, se les extiende la alfombra roja. El Gobierno chino pone todas las facilidades a los suyos para que emprendan la larga marcha: asesoramiento jurídico, préstamos sin intereses, la garantía de que a su regreso les venderán terrenos a precios rebajados por los servicios prestados… En la misma onda, los gobiernos de acogida multiplican las zonas francas donde los inversores y los industriales foráneos se benefician de exenciones fiscales y no deben pensar ni por un momento en impactos medioambientales.
Una vez ahí, las autoridades y los capataces quedan encantados porque los de ojos rasgados se desloman de sol a sol. Son diligentes y reservados hasta el extremo de parecer robots. Para colmo no se relacionan con sus mujeres, ni por una noche ni aún menos para esposarlas. A los chinos les compensa trabajar como negros, seis días a la semana a razón de diez horas diarias, y en muchos casos con un alto riesgo de contraer la malaria. Peng Shu Lin, sin ir más lejos, pasó de cobrar sesenta euros al mes modelando equipamientos de plástico para el Ejército de Salvación en la fábrica de Huafeng a recibir 373 euros por hacer lo mismo para la Standard Plastics Industry de Kano (Nigeria). Incluso los directores de las obras no duermen en el Hilton, como los occidentales, sino en los barracones de los obreros.
Los gobiernos en ocasiones saben ser agradecidos con ellos. Por ejemplo, a Jacob Wood, empresario de la construcción nacido en Shanghai y establecido en Nigeria, le conceden permiso para que su flota al completo de todoterrenos lleve matrículas de policía, lo que le permitirá evitarse las odiosas congestiones de tráfico.
Armas para todos
Al Primer Mundo puede que le indigne saber que la cuenca del Congo, la segunda selva tropical más grande del planeta tras el Amazonas, está siendo salvajemente deforestada y sus especies protegidas diezmadas. Pero quizás deberá rebajar su furia si descubre que una parte sustancial de los árboles moabis –cien años necesitan hasta alcanzar su madurez– que son talados de forma ilegal acaban conformando un mueble de Ikea… de quien China es el principal proveedor. Ironías de la Historia: para construir, entre 1403 y 1419, parte de la flota de 2.868 navíos de tecnología punta con la que el legendario explorador y almirante chino Zheng He (siempre según la propaganda oficial china) habría descubierto África antes que los occidentales, el emperador ordenó talar la mitad de los bosques del sudeste asiático. De cara a demostrar la gesta que legitimaría su masiva intervención hoy en África, las autoridades chinas financian en la actualidad excavaciones arqueológicas en la costa de Kenia para hallar aquellos navíos.
De vuelta al presente, la cara más esperpéntica de todo este “temblor de tierra geopolítico”, como lo definen los autores del libro, pasa por lo militar. Afianzado como uno de los principales exportadores de armas del mundo, China reproduce la cínica jugada lucrativa de las antiguas superpotencias, Rusia y los Estados Unidos, consistente en vender de forma indiscriminada armamento a los dictadores africanos, al tiempo que asiste técnica y logísticamente a las facciones rebeldes que pretenden derrocarlos. En Chad suministra pólvora a los insurgentes a la vez que adelanta al poder los salarios de los funcionarios. Compatibiliza el ser cómplice de las atrocidades a sangre y fuego que se cometen en Sudán y Zambia con participar en hasta seis operaciones de mantenimiento de la paz.
Movimientos hostiles
La invasión asiática no complace a todos los lugareños ni está exenta de profundas tensiones. La fiebre del uranio en Níger ha llevado al grupo terrorista tuareg Movimiento Nigeriano Por la Justicia a multiplicar el secuestro de trabajadores extranjeros; en Camerún, la imitación barata china del buñuelo local ha levantado una pequeña guerra; en Senegal son frecuentes las reyertas con muertos entre comerciantes de ambos países; en Zambia, quinientos obreros de una fundición se rebelaron contra sus sueldos de miseria apedreando a doscientos capataces chinos y la oposición casi gana las elecciones presidenciales bajo el eslogan de “China Go Home”; en Douala circula el rumor de que Pekín prepara la repoblación de la región con 10.000 hombres equipados de un afrodisíaco llamado “Jinete de la calle”, que, compuesto a base de pelo de foca, pene de búfalo, polvo de asta de ciervo, jengibre, hipocampo, testículos de yak y caparazón de tortuga, garantiza una erección de tres días, mientras que en Bangui se dice que los chinos están construyendo una vía férrea secreta que les permitirá enviar a su país todas las riquezas de África a través de Port Sudán y el mar Rojo…
Sea como fuere, los chinos están asentados y miran hacia adelante. En Jartum hay unos 60.000 de ellos trabajando en los más diversos sectores; han fundado una liga de baloncesto propia, un club de karaoke, una agencia de viajes y supermercados con alimentos importados. En Marowe están colaborando en el levantamiento de la versión africana de la “Presa de las Tres Gargantas”. En Angola, la China Railway Construction Company reconstruye la línea férrea Benguela-Luau, que permitirá repoblar sus aldeas gracias al transporte de los productos agrícolas (al respecto de esta mastodóntica obra, en el libro se comenta: “Siempre he creído que los egipcios no pudieron construir las pirámides sin la ayuda de los extraterrestres -nos explicó el intérprete-. O sin ayuda de los chinos”).
Pero son quizás las explotaciones petrolíferas en Sudán, con las que China por primera vez podrá contar con sus propias instalaciones, las que mejor ilustran su vínculo a largo plazo con África. Y es que, si en 1999 apenas tres millones de coches circulaban por las carreteras chinas, en 2015 podría superarse la barrera de los cien millones. Esto se traducirá en una necesidad de importar diariamente entre quince y veinte millones de barriles, más del doble de la producción actual de Arabia Saudí.
Moraleja: “China no es desinteresada, por supuesto (…) pero los esfuerzos que despliegan para lograr sus objetivos ofrecen a África un futuro impensable hace sólo diez años. En el fondo, recuperan una confianza a la deriva, olvidados de todos en la tectónica de la globalización”.









