Günter Grass: La caja de los deseos
“La caja de los deseos”
Autor: Günter Grass
Traductor: Miguel Sáenz
Editorial: Alfaguara
256 páginas. 21,50 euros.
CUATRO TINTEROS
Argumento
El libro, que se encuadra en un ámbito familiar, nos muestra a los hijos del autor reunidos para evocar sus recuerdos sin ningun tipo de trabas ni de tapujos. Puede leerse como el anhelo del escritor por conocer la opinión de su prole; no acerca de su obra, sino de su persona y de su papel como padre. De fondo, una cámara de cajón que sobrevivió a la guerra y a los incendios de Berlín, y que desde entonces supo mostrar tanto lo que había tenido lugar en el pasado como lo que iba a acontecer en el futuro.
Si el anterior libro de Grass, Pelando la Cebolla, provocó tal indignación al confesar el Nobel que había colaborado con las SS cuando, en buena lógica, la reacción debería haber sido de apoyo y admiración por su honestidad y coraje al contarlo, con La caja de los deseos, circunscrita a un ámbito más doméstico, podría ocurrir otro tanto. Pero no creo que vaya a ser así.
En este nuevo volumen, también autobiográfico, que se debe de enmarcar dentro de la sólida tradición de la literatura alemana que indaga en el yo y que, probablemente, se inaugura de manera gloriosa y emblemática con Poesía y Verdad de Goethe, Grass trata un tema delicado y peliagudo, pero lo hace con enorme finura y con una sorprendente elegancia moral, de modo que el resultado, que en manos de otros hubiera podido ser una mera bravuconada, resplandece como un texto de prosa jocosa y ágil, absolutamente sobrecogedor, que conmueve por su gran ternura.
En este libro, el escritor parece ausentarse para dar voz a sus ocho hijos, fruto de diferentes madres, consiguiendo una introspección literaria de primera magnitud. Uno de ellos afirma que “Él sólo nos imagina”; otro, que “a mí me pone en la boca cosas que no he dicho”. Qué más da. El experimento funciona y lo hace estupendamente.
El libro, que serpentea entre ficción y realidad, indaga tambien en las relaciones y conflictos generacionales y nos muestra cómo el tiempo va tejiendo extrañas relaciones entre padre e hijos. El autor no tiene inconveniente alguno en confesar su egoísmo de creador solitario y aceptar la responsabilidad de los malos momentos familiares vividos. Una de las partes más vibrantes es cuando asegura que se había instalado, de forma psicológica, una especie de muro de Berlín en el interior de su domicilio. También nos cuenta, sin asomo de amargura, que ninguno de sus hijos ha tenido afición a la literatura y, a la suya, menos.
En fin, un fascinante retrato de familia, de gran agudeza narrativa por parte de un autor que conoce como pocos el complejo laberinto del alma germánica.
Por Antoni Gual









