Andrés Neuman: El viajero del siglo
“El viajero del siglo”
Autor: Andrés Neuman
Editorial: Alfaguara
532 páginas. 22 euros.
CUATRO TINTEROS
Argumento
Buscando una posada para pasar la noche, Hans detiene su coche de caballos en Wandernburgo, una ciudad imaginaria entre Sajonia y Prusia. A la mañana siguiente, en la Plaza del Mercado, el enigmático viajero se detiene ante un anciano que toca el organillo y, emocionado, se acerca a dejarle una propina. Pronto entablarán amistad y la estancia de Hans se alargará indefinidamente. Algo a lo que tampoco será ajena la joven Sophie.
Igual que Horacio conoce a Virgilio, Hans, el viajero del siglo, se encuentra con el Organillero y da una tregua a su vocación de extranjero. Sucede en Wandernburgo, entre calles que cambian de sitio y salones literarios donde se discuten subversivamente asuntos como la inmigración, el nacionalismo, Kant, Hegel, Goethe o Scott. Sobre estos mimbres, Neuman ha construido un almacén de emociones y una artillería de ideas que danzan un minué al son de la Alemania post-napoleónica, pero cuyos ecos siguen vigentes en cualquier salón de baile de la Europa de la nueva centuria. Moroso en el decir y de exquisita aristocracia en las maneras, ha culminado una novela de lirismo visionario que, como diría Octavio Paz, “logra jugar al tenis con pelotas que se vuelven pájaros”. Sin incurrir en el carácter centrípeto de la mayor parte de las obras en prosa, en las que siempre hay un camino de vuelta hacia el demiurgo narrador, el ganador del Premio Alfaguara ha edificado un arsenal de ideas –políticas, filosóficas, poéticas y hasta amatorias–, para, con el alma puesta en cada oración gramatical, levantar esta catedral narrativa de proporciones colosales. Es, en mi humilde opinión, una novela que contesta a la incapacidad de vivir –tanto como a la alegría de hacerlo–, al conformismo, la apatía, la extrañeza, el “sinsentidismo”, el dolor sordo y la continua sensación de impotencia ante los acontecimientos. Si una frase pudiera resumir estas quinientas páginas sería la de Horace Walpole: “la vida es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten”.
Por Ángeles López









