Para el niño y para la niña: Una historia de las letras infantiles
El catedrático Seth Lerer nos lleva de viaje a través de la historia de la literatura para los lectores más jóvenes, desde Grecia y Roma hasta este siglo XXI, en su libro “La magia de los libros infantiles” (Crítica). Por Begoña Piña
La naturaleza es enemiga del malvado: “Un hombre que había cometido un homicidio era perseguido por los familiares de la víctima. Cuando llegó a orillas de un río, tropezó con un lobo, y para huir de él se subió a un árbol. Entonces vió cómo una serpiente trepaba hacia él, por lo que decidió echarse al río. Pero de las aguas apareció un cocodrilo que se lo comió”. Todavía hoy, las fábulas (y moralejas) de Esopo (siglo VI antes de Cristo) siguen siendo piezas muy populares de la literatura infantil. A pesar del largo recorrido de ésta y de los extraordinarios cambios -sociales y literarios- producidos, sus fábulas se mantienen vivas, lo mismo que otros clásicos posteriores, que conviven con los nuevos descubrimientos del género. A niños, padres, maestros y editores no les ha llegado Harry Potter de la nada. La historia que acompaña a la literatura para los más jóvenes es extensa y su evolución está forzosamente ligada a las transformaciones generales del planeta.
Niños ciudadanos
“En realidad, nunca ha habido una época en que la literatura infantil se haya distinguido por su mayor calidad, precisión o eficacia”, sentencia Seth Lerer en su libro, donde no sólo se dedica a enumerar una serie de obras fundamentales, sino que además analiza cómo las distintas concepciones de la infancia en diferentes estadios sociales influyeron definitivamente en el tipo de literatura creada para niños y jóvenes. Hasta llegar a la actualidad, en que “las formas de la literatura infantil siguen siendo característicamente premodernas, pues conservan las técnicas de la alegoría, la fábula moral, los relatos de aventuras y el simbolismo”.
En la Antigüedad Clásica, la literatura infantil buscaba formar al niño como ciudadano. Los alumnos aprendían a memorizar, recitar e interpretar los textos en las escuelas y para ello los maestros manejaban fragmentos adaptados de grandes clásicos. La Ilíada, Teogonía, las tragedias de Eurípides, las comedias de Meandro, la Eneida, obras de Horacio… formaban parte de sus listas escolares, de las que extraían ejemplos de vida, teorías morales, personificaciones del poder, enseñanzas sobre las relaciones paterno-filiales…
Entre estos textos, por supuesto, se encontraban las fábulas de Esopo, de todos el más asociado hoy día a la literatura infantil. Basadas en un lenguaje figurativo, éstas alcanzaron un gran éxito seguramente porque en muchas de ellas los niños y los animales eran los protagonistas. Estos brevísimos cuentos ilustraban sobre lo bueno y lo malo, las diferentes clases sociales, los aspectos religiosos y otros asuntos que con el paso del tiempo siguieron vigentes. Pervivieron como las fábulas, que fueron adaptándose en cada época y adquirieron distintos valores religiosos y morales.
Según Seth Lerer, en la Edad Media el panorama se amplió y a las fábulas se unieron los manuales de cortesía, la poesía, los cuentos populares, las cartillas de educación alfabética básica, las canciones de cuna, las colecciones de adivinanzas, los trabalenguas… El mundo de la corte, del comercio y de los monasterios apareció en estas obras junto al que ya existía, con un objetivo todavía exclusivamente didáctico. Un buen ejemplo de la época es el Tratado del astrolabio (1391), de Geoffrey Chaucer, que el autor escribió para mostrar a su hijo los movimientos del sol y las estrellas.
La literatura infantil, que a finales de la Edad Media se había convertido en compañera inseparable de los nuevos ideales de la vida familiar, vivió entonces el mayor empuje de toda su historia con la aparición de la imprenta de Gutenberg. “De hecho -dice Lerer-, podemos hablar por primera vez de libros para niños”, textos que, de un día para otro, se convirtieron también en productos comerciales. El libro de la cortesía, publicado en 1477 ó 1478, y Pequeña gesta de Robin Hood (1500) fueron títulos pioneros de la nueva situación.
Ha nacido el entretenimiento
Los ejemplos morales, las historias de redención y de conversión se sucedieron en las sociedades puritanas de Inglaterra y América. Los libros de aquella época representaban alegóricamente las relaciones sociales y políticas con la intención de educar a los niños, considerados ya entonces “joyas preciosas, futuro de la familia y del movimiento puritano”. Incluso en los textos de enseñanza del alfabeto aparecían conceptos que preparaban a los más pequeños para las responsabilidades del mañana. En The New England Primer, el más popular libro de enseñanza, surgía, entre otras ideas, la de la muerte: “El gato que juega ahora puede estar muerto en una hora”. Era una manera de concienciar a los niños, de obligarles a pensar en el pasado como algo irrecuperable y disponerlos para el futuro.
Otros títulos populares de aquellos siglos XVII y XVIII fueron Progreso del peregrino, con el que John Bunyan creó la ficción novelística; Microcosmografía, donde John Earle retrataba diferentes personajes atractivos para los niños, o Divine Songs, Attempted in Easy Language for the Use of Children, uno de los más populares libros de poesía infantil en el mundo anglosajón, obra de Isaac Watts.
En medio de esa corriente puritana apareció un personaje fundamental en la historia del pensamiento moderno, responsable además de uno de los cambios más profundos experimentados por la literatura infantil. Se trataba de John Locke, autor de Ensayos del pensamiento humano (1690) o Algunos pensamientos sobre la educación (1692), que pronto se convirtió en un pilar de las posteriores teorías y prácticas de la pedagogía, y que lanzó la idea revolucionaria del entretenimiento. En sus trabajos defendió la necesidad de aunar entretenimiento e instrucción como la clave para la mejora de la educación infantil. Comenzaron a surgir entonces textos en los que se daba vida a objetos inanimados y otros en los que los animales podían hablar y sentir como los humanos y desde los que se inculcaba el respeto y el amor por éstos.
Así, las creencias de Locke encontraron inmediatamente eco en la literatura infantil y aparecieron títulos como Little goody two-shoes, la historia de una niña pobre con un solo zapato; The Governess, or The Little Female Academy, con el que Sarah Fielding se convertía en la primera autora de una novela extensa dedicada explícitamente a un público infantil, o la imprescindible Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Ésta es, sin duda, una de las obras clave de la historia de la literatura infantil y juvenil. Aparecida en Inglaterra en 1719, sólo un año después se había traducido ya al francés y posteriormente al alemán. Su influencia fue tal que incluso Rousseau hizo de este libro la obra central en la que se basaba su visión de la enseñanza desarrollada en Emilio. Tras su publicación, se multiplicaron los libros con historias de islas, canoas y caníbales -que ejemplificaban el choque entre lo europeo y lo salvaje-, relatos de aventuras geográficas y de exploraciones mentales e interiores. Los Robinsones suizos, de Johan David Wyss; Escuela de Robinsones y las novelas de Viajes extraordinarios de Julio Verne, o La isla del tesoro de Stevenson, son herederas declaradas de la obra de Defoe.
De la técnica al absurdo
“Una de las muchas razones de que Robinson Crusoe sea tan popular entre los jóvenes es que se pone exactamente a su nivel; y además el libro trata de herramientas y no hay nada que agrade tanto a un niño como las herramientas”. Estas palabras de Stevenson, citadas por Lerer, auguraban de hecho el enorme poder que los adelantos técnicos y tecnológicos iban a tener en muchos y distintos aspectos de la época y, en concreto, en los relatos para niños y jóvenes. Thomas Edison llegó a convertirse en personaje de novelas infantiles y Mark Twain triunfó con su mirada optimista hacia el futuro de Un yanqui en la corte del rey Arturo.
Con el telégrafo y su influencia en la Guerra de Crimea, la literatura infantil comenzó a crear personajes de jóvenes deportistas, aventureros, algunos periodistas, para los que la guerra era un elemento destacado. Además, en los nuevos libros nació un lenguaje para la fantasía y el desarrollo de una imaginación imperial, y se dinfundió la idea de que la vida de un joven era la vida de sus lecturas. Las minas del rey Salomón de H. Rider Haggard, y Kim de Rudyard Kipling, eran dos buenos ejemplos de la recién inaugurada literatura.
Los libros para niños y jóvenes también hicieron suya la teoría de El origen de las especies de Darwin. Su impacto se materializó en historias de hombres mono, muchachos de la selva, personajes en contacto con la naturaleza, criaturas maravillosas y un magnífico despliegue de la fantasía, que abrieron la que se conoce como la “edad de oro” de la literatura infantil. Una de las obras que más directamente acogió las ideas del naturalista fue Los niños del agua de Charles Kingsley, aunque, por supuesto, también habría que mencionar El libro de la selva de Kipling, Más allá de zebra del Dr. Seuss e incluso La isla del Dr. Moreau de H.G. Wells.
Uno de los grandes poderes de la imaginación recién desatada conducía en la literatura al absurdo como elemento de juego y creación. Esto y el descubrimiento de nuevas y antiguas lenguas provocaron invenciones revolucionarias. Charles Dickens fue responsable de muchas de ellas en libros donde algún personaje habla dialectos extraños (Joe Gargery en Grandes esperanzas) o hacen volar las palabras (Mr. Dick en David Copperfield). Con él, Lewis Carroll llevó al extremo el sentido del absurdo y la nueva visión del lenguaje. Ahí está su poema Jabberwocky, incluido en Alicia a través del espejo. El dadaísmo, las vanguardias rusas, el futurismo y el surrealismo tuvieron sus orígenes en aquello.
En una especie de trayectoria paralela, durante los siglos XVIII y XIX Europa también recogió muchos relatos populares e instauró los cuentos de hadas como un subgénero imprescindible. Charles Perrault, los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen son ya nombres indispensables de esta historia, en la que también hubo momentos donde las niñas fueron las estrellas. Mujercitas de Louise May Alcott, El jardín secreto de Frances Hodgson Burnett, El maravilloso mago de Oz de L. Frank Baum o La telaraña de Carlota de E.B. White convertían a las chicas en protagonistas por primera vez de las aventuras que se narraban.
Regreso a “érase una vez…”
Los cambios sociales, tecnológicos y políticos se sucedían rápidamente y el mundo literario de finales del XIX y principios del XX se abrió a otras novedades; entre ellas, a la exploración profunda de lo fantástico, lo oculto y lo espiritual. De la primera mitad del siglo pasado son algunas de las obras más conocidas del género: Peter Pan de James Matthew Barrie, Mary Poppins de P.L.Travers, las Crónicas de Narnia de C.S.Lewis o El Señor de los Anillos de Tolkien siguen siendo hoy las historias preferidas por los niños y por el cine para sus adaptaciones.
De las selvas, los inmensos mares y los mundos mitológicos, los autores pasaron a crear personajes infantiles que vivían en apartamentos altos de grandes ciudades, rodeados de carreteras. La literatura para niños y jóvenes se hace eco, a finales del siglo XX y principio de éste, de una sociedad “con un alto sentido de lo irónico”, tal y como la describe Lerer. La niña que quiere espiar a los demás de Harriet, la espía (Louise Fitzhugh) o la chica de sexto grado inadaptada y rebelde de ¿Estás ahí Dios? Soy yo, Margaret (Judy Blume), son creaciones de estos tiempos. Días en que se ha impuesto Harry Potter, obra heredera de algunas exitosas tradiciones de la literatura infantil y que recoge modelos que ya funcionaron en su época. “El relato infantil consiste en encontrar personajes que encajan en el molde de cada uno de nosotros -concluye el autor de este estudio- (…) Pero lo que cuentan siempre es que la infancia es una edad de la imaginación, y que cada vez que entramos en la ficción, volvemos a la infancia, al tiempo de ‘y si…’ o de ‘érase una vez…’”.









