Bajo el sol de África: Viaje literario por Marruecos y Argelia

Redaccion

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marruecosTenemos la ocasión de adentrarnos en un añejo viaje literario por el norte de África con dos cicerones excepcionales. Guy de Maupassant nos lleva al corazón de la Argelia de finales del siglo XIX en “Bajo el sol” (Marbot) y Edith Warthon nos brinda una perfecta guía de viaje con “En Marruecos” (Pre-Textos), escrita en una estancia en el país durante la I Guerra Mundial. Texto Miguel Dalmau

Hace muchos años llegué a la literatura viajera de Guy de Maupassant (1850-1893) arrastrado por el hechizo arrebatador de sus cuentos. Recuerdo la lectura febril de La vida errante, donde con un estilo afilado y limpísimo el gran normando narraba un viaje a través del Mediterráneo y sus aventuras en Túnez. Ahora he vuelto a disfrutar con sus experiencias en el norte de Africa gracias a otra joya encantadora, Bajo el sol, donde nos cuenta su estancia en Argelia en el verano de 1881. Maupassant era entonces un joven escritor de gran talento, inquieto, hedonista y mujeriego. Dotado de una curiosidad insaciable, no perdía ocasión de huir de París y recorrer las costas del Mediterráneo para vencer sus raptos de melancolía. En este contexto debe situarse este viaje que se inicia en Marsella y concluye en la costa africana, tras una incursión a través de las arenas del desierto.
Ya desde la llegada a Argel se despliega ante él el espíritu del lugar. La ciudad lo deslumbra, lo seduce, lo envuelve con su exotismo. Ante el bullicio callejero, no tarda en mostrarse muy severo con sus propios paisanos franceses: “Somos nosotros los que tenemos aspecto de bárbaros en medio de estos bárbaros”. Será la tónica del viaje. Como hombre de su época, el escritor apuntala sus juicios sobre la supremacía blanca, no exenta de racismo, pero también es capaz de detectar y denunciar los errores del europeo. Bien pronto toma el tren en dirección a Orán. Y atraviesa la fértil llanura de Mitidja, sin dejar de preguntarse “Qué es lo que queremos colonizar en estos lugares”. Estamos, pues, en un punto de inflexión que anuncia los conflictos del nuevo siglo.
Maupassant es uno de los grandes, no hay duda. Y esa grandeza se expresa majestuosa en todas y cada una de sus descripciones. Es alucinante, por ejemplo, su primera noche en un albergue de Saida, insomne y atemorizado porque cientos de perros salvajes descienden de las montañas para robar comida -o devorar cualquier ser vivo- en las calles de la ciudad. Alucinante será, también, la estampa de un camello moribundo, mucho después, cuando la caravana se adentre ya en el desierto. Entretanto, el escritor alterna magistralmente sus vivencias con un estudio detallado del terreno y abundantes referencias al imaginario local. Puede hablarnos del sangriento caudillo Boumama, una leyenda, mientras se acerca a Orán. O registrar con toda la potencia de su prosa flaubertiana los rigores del ayuno. En pleno Ramadán penetra en la kasba, se mezcla con la gente, percibe el pulso de la vida, expresado aquí en la devoción religiosa. Otro tanto le ocurre en los cafés, en los mercados, hasta el punto de que el lector reconoce la senda por la que transitará luego toda la narrativa de ambientación norteafricana -Bowles incluido- del siglo XX.

La cabeza de un barbero
Por temperamento, Maupassant es un tipo solar, de modo que el sol rige sus pasos y a él se encomienda incluso cuando el termómetro de una estación de ferrocarril marca los cincuenta grados. El calor es insoportable, el agua de la cantimplora hierve, pero él sabe resistir. Por eso, cuando al acercarse al Atlas descubra el milagro de cañadas y manantiales, Maupassant se adentrará jubiloso en él como en un valle suizo. Es el paréntesis imprescindible para seguir rumbo al sur. “¡El sur! ¡Palabra corta y abrasadora! ¡El sur! ¡El fuego!”, exclama. Se diría que este viajero es incapaz de renunciar al mito ardiente, a la idea sin duda romántica del desierto, con sus nómadas y tierras vírgenes, un mundo nuevo que se le antoja el comienzo del universo.
Pero al mismo tiempo, no deja de admirarse y extrañarse de las costumbres autóctonas. Es curioso, por ejemplo, el doble rasero con el que juzga a las prostitutas del desierto, de la tribu de los Uled Nail, cuyos ritos y atuendos describe con embeleso y, por el contrario, la interpretación adversa de la homosexualidad árabe, tan extendida y aceptada. “¿A qué se debe esta desviación del instinto?”, pregunta abrumado por el calor. Maupassant va camino, pues, de convertirse en “El Toro triste”, su apodo, el fornicador insaciable, macho desaforado que arrasó en ciertos salones parisinos. Y elevó a la mujer a los altares.
Tras unirse a una expedición militar en el fuerte de Boghar, se interna en las llanuras y luego en el Sáhara. La recreación de su encuentro con las tribus o de la tortura cotidiana del calor son espléndidas. Pocas veces el desierto ha sido tan bien captado: el mar de dunas infinitas, la aparición jubilosa de los oasis, las ciudades de barro. Son etapas necesarias para llegar a la Cabilia, la región más rica, poblada y bella de Argelia. El reino de los beduinos. De allí el viaje retoma una senda más “civilizada” y prosigue hasta culminar en Constantina. Como ya ha visitado el corazón árido del país, el Sáhara, el francés cae rendido ante la visión del mar, así como ante el espectáculo de docenas de niñas juguetonas y ataviadas de fiesta. Es el símbolo quizá de la antigua pureza, de lo perenne que unos hombres fuertes han sabido crear en África a pesar de tantas adversidades. Luego Maupassant toma el barco de regreso, recordando las bondades del viaje. De cualquier viaje. Porque, como dijo su maestro Flaubert, “podemos hacernos una idea del desierto, de las pirámides, de la esfinge, antes de haberla visto. Pero lo que no podemos imaginar es la cabeza de un barbero árabe en cuclillas delante de su puerta.”

Tortuosa alma secreta
Casi cuarenta años después, otra alma aventurera se adentra en el Norte de Africa. Se trata de Edith Wharton (1862-1937), la escritora estadounidense afincada en Francia, que obtendrá la gloria con su obra La Edad de la inocencia. Para cuando esta mujer audaz inicia su aventura, el decorado internacional ha cambiado mucho. Estamos en otoño de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, y la zona del Estrecho de Gibraltar se halla vigilada por submarinos alemanes. La ruta marítima entre Marsella y Casablanca, tan habitual entonces, resulta peligrosa y desaconsejable. Los viajeros deben buscar otra alternativa: partir de un puerto español y desembarcar en Tánger. Acostumbrada al progreso americano, la indolencia y el atraso de nuestro suelo no le inspiran sus mejores palabras. La luminosa Tánger es un espléndido pórtico a los misterios de Africa pero, tras este umbral cosmopolita, le aguarda el vasto territorio del Protectorado español, surcado por unos caminos inhóspitos y polvorientos. Apenas diez años antes no había en todo Marruecos un solo vehículo de cuatro ruedas, sólo reatas de mulas y caravanas de camellos. Abandonadas las comodidades europeas, Wharton atraviesa el Rif casi de puntillas, con la voluntad firme de entrar cuanto antes en suelo francés. Una vez allí, las autoridades militares galas ponen a su servicio chófer y automóvil, y ella se encamina con entusiasmo a Rabat.
Pero muy pronto la realidad se impone: incluso los europeos del lugar tienen sus limitaciones. A veces el convoy llega a un cruce de caminos y es preciso seguir el rumbo, a tientas, a través de un espacio infinito y desolado. Las carreteras, en efecto, son mejores que las españolas, pero se abren como un largo interrogante hacia el corazón del vasto continente. Por si fuera poco, Wharton es ya una mujer madura -45 años de la época- y los traqueteos del coche ponen a prueba su trasero y su paciencia. Sufrida por naturaleza, no se recrea demasiado en el calvario de incomodidades. Le basta una pincelada alusiva al exceso de calor, el entumecimiento de los músculos, la avería del motor, o la temeridad de quedarse a dormir en determinados refugios. A menudo, “el zumbido de las moscas se parece al sonido de la fritura”, nos dice, y uno tiene la impresión de que esta dama refinada, anglosajona en definitiva, posee esa dureza estoica de sus pares que las ha hecho las mejores viajeras. Mosquitos, sí, pero nunca van a amargarle una buena aventura ni tampoco va a perder el tiempo contándonoslo entre lagrimones. Parece más interesada, por ejemplo, en las construcciones humanas, la arquitectura, y a ella dedica descripciones coloristas amén de comentarios certeros.
Cada vez que Wharton descubre la huella del hombre, ruinosa o no, siente una emoción sin reservas. Es lógico. Para entender las ciudades de Marruecos -y quizá de todo el Magreb- es imprescindible recorrer el desierto o, en su defecto, las amplias llanuras recocidas bajo el sol donde no hay un signo amable ni un alma conocida. Por esa razón, la llegada ansiada a Rabat supone una epifanía: animales de tiro, mercaderes, aguadores, mujeres cubiertas por velos, niños mugrientos… un inmenso hormiguero humano que respira entre las murallas rojizas de una ciudad azotada por el viento del Atlántico.
Mujer en definitiva, la escritora desarrolla una especial antena para los detalles. Aunque su talento para reflejarlos es, digámoslo francamente, bastante inferior al de Maupassant. Sólo a veces la descripción y la reflexión se dan la mano de manera adecuada. Una escena lo refleja. Se adentra en la alcazaba, trata de asomarse a los interiores de las casas. Todo en vano: los pasillos de las edificaciones marroquíes forman ángulos impenetrables, lo que a su juicio “parece ser la expresión arquitectónica de la tortuosa alma secreta de esta tierra”. En efecto. Otro tanto ocurre cerca de Rabat, cuando la escritora visita Salé: ciudad costera e indómita, cuna de los piratas de Berbería, cerrada durante siglos al viajero. Más allá de sus muros de color crema, le aguarda un escenario que parece surgido de las Mil y una noches. La relación es tan detallada que el lector, en efecto, cree hallarse en el mismísimo mercado de Bagdad. Pero es un espejismo. Bien pronto percibimos que, más allá del color, los bazares son lánguidos y modestos, y que en definitiva quizá está en lo cierto la señora Wharton cuando proclama: “la vieja animosidad contra los intrusos ha terminado por destruir su propia vida”.

Guía de emoción eterna
Desde Salé, el convoy parte de nuevo hacia el corazón del país. Resulta llamativo que no desciendan a Casablanca. Los viajeros parecen más interesados en visitar las ruinas de Volubilis, la antigua colonia romana, o el esplendor decadente de Meknés, “el Versalles marroquí”, como dice ella, y proseguir hasta la imperial Fez. Es el momento de franquear sólidas murallas, de descubrir palacios, perderse en los zocos. Ahora el automóvil se revela absurdo e inútil, entre tantos callejones y pasadizos: todo se hace a pie o a lomos de una mula. Pero al final aguarda la recompensa de un patio fresco, la eterna fuente. El misterio de un rincón teñido de paz y melancolía.
Hay en el viaje de Wharton un deseo múltiple: descubrir, consignar y no perder el tiempo. Hay también una voluntad implícita de redactar algo así como una guía de autor, una herramienta que resulte útil a ese público europeo que, cuando termine la guerra, sentirá de nuevo ansias de ver mundo y acaso acercarse a Marruecos. A diferencia de Maupassant, que detestaba las guías, ella pretende que su aventura estimule a los demás. Y que sea breve, sobre todo breve. Rara vez permanece dos días en el mismo lugar. Tampoco se demora en grandes descripciones literarias. Apenas llegar a Fez, ya parte hacia el sur, cruzando montañas, para llegar a Marrakech: la ciudad oasis al pie del Atlas. Es, sin duda, uno de los grandes momentos del viaje. Aquello no es exactamente Marruecos sino la tierra de los bereberes, un pueblo muy anterior a la llegada de los árabes. La escritora cae rendida ante el palacio de Bahía o las tumbas saadíes. Visita a las autoridades locales, se interesa por los harenes, se pierde en la plaza extraordinaria. En su libro alterna estos episodios con una valiosa información del momento y de la historia del país. Tanto ella como Maupassant, en fin, fueron capturados por las tierras del norte Africa. Aunque ha pasado un siglo, el lector percibe aún su emoción inmutable y eterna.

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