Alaa Al Aswany: El egipcio más internacional

Redaccion

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alaa-al-aswanyTras el éxito mundial de “El edificio Yacobián”, Alaa Al Aswany sigue mostrándonos los diversos rostros del Egipto actual gracias a un grupo de emigrantes que aman y odian en “Chicago” (Maeva). Más vidas cruzadas, pues, para este dentista que se ha convertido en el autor egipcio con mayor proyección internacional desde Naguib Mahfuz.

Cuando Alaa Al Aswany empezó la escritura de El edificio Yacobián, hace siete años, le aseguró a su mujer que en cuanto acabara de escribir esa novela emigrarían a Nueva Zelanda, el lugar más lejano a Egipto en el que pudo pensar. Al Aswany, hijo de un famoso escritor de la década de 1950, comprometido con el cambio democrático en su país y cairota hasta la médula, jamás se había planteado abandonar su país, pero la editorial oficial del Estado (la única capaz de garantizar unas tiradas reseñables) había rechazado sus tres primeras novelas y Al Aswany quería más que nada alcanzar el éxito literario.
Sin embargo, una semana después de la publicación de El edificio Yacobián en una editorial independiente que sólo pudo realizar una tirada minúscula, los ejemplares se habían agotado y Al Aswany pudo renunciar a sus planes migratorios. El libro se convirtió en un fenomenal éxito y se ha mantenido desde su publicación en 2002 en lo más alto de las listas de más vendidos de Egipto. Aunque resulta imposible conseguir cifras oficiales de venta, se calcula que podría haber vendido varios centenares de miles de ejemplares, una cantidad impresionante en un país con un alto porcentaje de analfabetismo.
El fenómeno Yacobián pronto traspasó fronteras y Al Aswany se convirtió en el primer escritor egipcio del que se oía hablar en Occidente desde el premio Nobel Naguib Mahfuz. A día de hoy, El edificio Yacobián ha sido traducido a más de una veintena de idiomas y hace algo más de un año se convirtió en película, la más cara jamás rodada en Egipto. Al Aswany se transformó en toda una estrella en su país y en el rostro más reconocible del movimiento “Kifaya” (literalmente, “basta”) que agrupa a partidos políticos, organizaciones no gubernamentales y movimientos de izquierdas que reclaman una verdadera democracia para Egipto y denuncian las carencias del régimen de Hosni Mubarak.
La militancia política se hace evidente en sus novelas, que Al Aswany no duda en convertir en un escaparate de todo lo que considera disfuncional en la sociedad egipcia: corrupción política, brutalidad policial, extremismo religioso, represión sexual… En el El edificio Yacobián recurrió a una técnica de probada eficacia para lograrlo: la narración de las vidas de los diversos personajes que habitan el edificio del título, a través de los cuales muestra los diversos rostros del Egipto actual. Está el joven honesto que quiere entrar en el cuerpo de Policía pero al que no le dejan porque su familia es pobre; la chica guapa, novia del anterior, que tiene que soportar los abusos de su jefe para conservar el trabajo; un periodista poderoso que oculta su homosexualidad por miedo a las represalias y un hábil comerciante que sueña con pertenecer a la clase política dominante y no duda en unirse a la corrupción generalizada para conseguirlo, entre otros personajes igualmente memorables.

“Fui egipcio, pero me libré…”
En Chicago, Al Aswany repite la jugada, aunque en este caso se centra en los estudiantes y profesores egipcios del departamento de Histología de la Universidad de Illinois y en las diversas formas que tienen de afrontar su exilio. Al Aswany toma a una decena de personajes egipcios, en diversos grados de asimilación al medio americano, y describe su actitud ante un entorno que les resulta amistoso, lleno de oportunidades, hostil o una mera recreación de lo que han dejado atrás, según el caso.
En el origen de la novela está la experiencia del propio Al Aswany, que estudió Odontología en Chicago en los años 1980 y luego regresó a su país para ejercer como dentista, aunque con la ambición oculta de convertirse en escritor. Es el mismo objetivo que se marca uno de los protagonistas, Nagui Abdel Samad, evidente álter ego del autor tanto por trayectoria vital (estudia Medicina para ser escritor) como por militancia política. De hecho, es el único personaje que se dirige al lector en primera persona, a través de su diario.
Resulta evidente que el personaje de Nagui ejemplifica lo que Al Aswany considera la emigración bien entendida. Abiertamente contrario al gobierno, tolerante y ávido de nuevas experiencias, Nagui es todo lo opuesto a uno de los personajes mejor logrados de la novela, el presidente de la Unión de Estudiantes Egipcios en Chicago, Ahmad Danana, un ser auténticamente despreciable que utiliza el poder que le otorga el cargo para manipular a su antojo, perpetuar su beca y conseguir dinero, reproduciendo así en su pequeña área de influencia en Chicago la corrupción política del sistema egipcio.
En la zona de claroscuro entre la actitud abierta de Nagui y la vileza absoluta de Danana se encuentra el resto de personajes, todos ellos oscilando entre el apego a la tradición y la negación de sus raíces. En un extremo aparece Refat Sabet, uno de los profesores del departamento de Histología, que reniega de todo lo que huele a egipcio y se esfuerza lo indecible por no mostrar el desagrado que le causa que su hija tenga intención de irse a vivir con su novio pintor. “Fui egipcio, pero ya me libré de ello”, declara en un momento dado. Mohamed Salah, en cambio, vive con la sensación de que al emigrar tomó la decisión equivocada. Aunque han pasado treinta años desde entonces, decide separarse de su mujer y tratar de recuperar su pasado. Entre el amor y el odio a su país se halla también el eminente cirujano Karam Doss, que no olvida el modo en que le discriminaron en El Cairo por ser copto.
Otros dos personajes completan el cuadro de los exiliados en Chicago: Shaimaa Mohamady y Tareq Hasib, dos jóvenes estudiantes que inician una relación formal en la que las hormonas se interpondrán en el camino de la tradición y las buenas costumbres. Al Aswany se esfuerza en narrar el conflicto moral y religioso desde el punto de vista de la joven Shaimaa ya que, igual que en El edificio Yacobián, el autor muestra una especial sensibilidad por la situación de las mujeres en el mundo islámico, al tiempo que admira la libertad de la que gozan las americanas, como se ejemplifica en el episodio (en cierto modo hilarante) en el que la ex mujer de Salah decide comprarse un consolador para sustituir a su marido en la cama.
Al Aswany no sólo se centra en los expatriados. De hecho, uno de los personajes con más peso en la novela es un profesor norteamericano de ideas progresistas y cierto parecido con Ernest Hemingway, escritor al que admira y cuya influencia reconoce. Sin embargo, se nota que Al Aswany se siente más a gusto recreando personajes egipcios. No cabe duda de que Al Aswany, que sigue ejerciendo como dentista para no perder el contacto con la realidad de su país, se siente más cómodo retratando a sus compatriotas, de los que en Chicago ofrece, igual que en El edificio Yacobián, una imagen poliédrica y matizada, que alcanza todos los estamentos y no tiene piedad con los que se aprovechan de su poder para someter a un pueblo que el autor considera destinado a recuperar todo el esplendor de su glorioso pasado.
Texto Ana Camallonga

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Una Respuesta a “Alaa Al Aswany: El egipcio más internacional”

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