Amélie Nothomb: El abrazo del samurái
Redaccion
La escritora belga regresa al Tokio de su juventud para relatar la historia de amor que vivió con un joven japonés. “Ni de Eva ni de Adán” (Anagrama/Empúries) supone un retorno al estilo autobiográfico que tan buenos frutos le dio en el pasado y le ha permitido, además, saldar las últimas cuentas pendientes con el país del Sol Naciente.
Son las diez de la mañana, pero Amélie Nothomb empieza a adquirir el rostro cansado de un oficinista que termina su jornada laboral. Como cada día, la escritora belga se ha levantado a las tres de la madrugada. Ha trabajado de cuatro a ocho en su próxima novela, que debería tener a punto para otoño. Después ha pasado un par de horas contestando a mano las cartas que recibe de una legión de devotos seguidores en el pequeño y oscuro despacho de su editorial francesa, en el barrio parisino de Montparnasse, donde nos ha dado cita a pocos días de Navidad.
Pese al cansancio, Nothomb habla a gran velocidad. Escupe sus respuestas sin reflexionar demasiado, como si estuviera convencida de que, diga lo que diga, probablemente será genial. Protegida por un sarcasmo casi infalible, no logra disimular del todo un carácter angustiado y vulnerable, que muchos de sus libros ya dejan vislumbrar. En su última novela, Ni de Eva ni de Adán, ha decidido regresar a sus años de juventud en Tokio. Los que hayan leído Estupor y temblores saben que Nothomb fue una de las más desastrosas empleadas de una de las mayores corporaciones del país. La escritora revela ahora su historia de amor con un joven japonés llamado Rinri y regresa a su celebrado registro autobiográfico, tras dos obras de ficción –Ácido sulfúrico y Diario de Golondrina— que resultaron menos brillantes de lo habitual.
RISAS Y LÁGRIMAS
¿Qué le ha impulsado a escribir sobre su historia de amor?
Es una pregunta a la que no puedo responder con precisión. No tengo la menor idea sobre lo que me habrá llevado a reexaminar esta historia sentimental, a la que nunca había dado mayor importancia. Lo que veo es que me ha costado dieciséis años darme cuenta de que fue un gran momento en mi vida. Así que he deducido que el tiempo de digestión de la felicidad debe de ser mucho más largo que el de la desgracia. Como dijo Virginia Woolf, nada sucede hasta que lo ponemos por escrito. Suena un poco extremista, pero en el fondo tiene toda la razón: no somos plenamente conscientes de las cosas que hemos vivido hasta que decidimos escribirlas.
Parece que le quedaran cuentas pendientes con su país natal.
Es cierto. Hay una parte de mí que siempre se verá obligada a volver al Japón, ya sea en persona o a través de mis libros. No olvide que allí pasé los primeros años de mi vida, ya que mi padre era diplomático. Tener que marcharme del país a los cinco años fue una experiencia que viví como una injusticia, un escándalo y una desgarradura. Durante el resto de mi infancia, me consideré una exiliada. No dejaba de contar a quien quisiera escucharme que en realidad yo era japonesa, para perplejidad de mis interlocutores, pero que un día lograría volver a mi país. Así que, al terminar la universidad, me compré un billete de ida para Tokio, con la intención de pasar allí el resto de mi vida.
¿Qué le atraía tanto de Japón?
Quería formar parte de la civilización japonesa, tal vez porque entonces no sentía ningún tipo de vínculo con Bélgica. Hoy sí que me siento belga, pero no ha sido algo automático: tuve que marcharme lejos para darme cuenta de que era el lugar al que pertenecía. Al final, he entendido que ser belga es algo magnífico y que te libera de muchos complejos. Para la mayoría de extranjeros, se trata de una nacionalidad de lo más exótico, así que sueles ser observado con gran curiosidad. Cuando actúas como una auténtica idiota siempre tienes excusa, porque la gente se dice inconscientemente: “Claro, la pobre es belga”.
“Como siempre a lo largo de mi vida, yo era la única belga”, escribe al describir su curso de japonés. Es una frase que revela cierta soledad.
Es que yo siempre me he sentido profundamente sola. Pero, mucho más que en Japón, me he sentido sola en mi propio país, tal vez porque allí mi idiotez no tiene ninguna supuesta excusa que la justifique. Mi soledad va más allá de cualquier problema de desarraigo identitario. Incluso hoy, pese a mi éxito profesional y a sentirme bien acompañada, conservo intacto ese sentimiento de soledad, que sigo padeciendo a diario.
En el libro describe su historia de amor con Rinri, pero también su proceso de formación como escritora. ¿Se dedicaría a escribir si no fuera por el Japón?
Sin el Japón, ni sería escritora ni sería nada. Antes de llegar a Tokio, las cosas me iban muy mal por muchas razones [fue anoréxica durante dos años y estuvo a punto de ser violada, según cuenta en Biografía del hambre]. Pero una vez llegué a Tokio conseguí recuperar mi salud física y mental. Creo que me tomé por una especie de divinidad mitológica y sentí que tenía que volver a pisar mi tierra natal si quería recuperar la fuerza para vivir.
Sí, pero tras recuperarla se marchó inmediatamente.
Tiene razón. Fui una auténtica ingrata. Y eso que Rinri era el chico perfecto, porque no tenía más que cualidades. Lo peor de todo es que nunca me he arrepentido de haberme marchado, así que supongo que tomé la decisión correcta.
Dice que es la primera vez que ha escrito una novela “donde nadie quiere masacrar a nadie”. ¿A qué se debe esta excepción?
No lo sé, pero debo confesar que me ha durado muy poco. Desde que terminé el libro, me han vuelto a entrar ganas de masacrar a los demás. Sospecho que es algo que forma parte de mi naturaleza más profunda. Evidentemente, nunca llegaré a pasar a la práctica, más que nada porque tengo demasiado miedo de las consecuencias de mis actos. Lo bueno es que se me permita hacerlo a través de mis libros.
También debe de ser la primera vez que escribe una frase como “Le quería mucho”, una auténtica rareza en sus novelas.
Es verdad. En mi literatura, esa frase es toda una aberración. Pero es que éste es un libro muy especial, ya que habla de una afección moderada entre personas, lo que para mí resulta de un exotismo absoluto. En el libro hablo de amor, aunque no de pasión. Tal vez por eso no aparece ningún asesinato en estas páginas. Es un libro que disfruté mucho escribiendo. Cuando llegué a las últimas líneas me puse a llorar, lo cual no me había sucedido nunca en toda mi vida. Normalmente, me río a carcajadas.
FANTASÍAS OCULTAS
¿Escribir supone para usted un momento de alegría o de dolor?
Es el mejor momento del día. Durante el resto del tiempo siento una gran angustia. Y cuando escribo también siento esta ansiedad, pero me veo capaz de dominarla.
Una de sus marcas de identidad es una autocrítica feroz. ¿Se trata de un antídoto contra la megalomanía que suele caracterizar al escritor?
Ser belga ya me predisponía a ser víctima de mi propio sarcasmo, aunque es verdad que es algo que empecé a potenciar cuando descubrí que era una verdadera megalómana. Siempre lo he sido. Y al mismo tiempo siempre he sido muy consciente de que ejercer como tal era una pésima idea. Cuando escribo me sigo tomando por Dios, así que me parece importante conservar este espíritu de autocrítica para evitar ir demasiado lejos. No creo que sea un acto masoquista. Quiero creer que se trata de un buen reflejo de mi inteligencia.
Se la vincula a ese subgénero llamado autoficción, aunque sólo cuatro de sus libros sean abiertamente autobiográficos…
Es un fenómeno fascinante. Mis lectores están convencidos de que todo lo que escribo me ha sucedido en la vida real, lo cual empieza a preocuparme, teniendo en cuenta que en mi anterior libro describía la actividad de un asesino en serie. Había lectores convencidos que contaba mi propia experiencia. Algunos me escribieron para decirme que les gustaría morir asesinados por mí. Es de locos.
¿Por qué cree que los lectores vinculan su voz literaria a su propia voz?
No tengo ni idea. Es algo que no me molesta, pero que me sigue sorprendiendo mucho. Supongo que suscito las fantasías ocultas de muchas personas. Además, debo admitir que los lectores no andan del todo equivocados, porque en mis obras de ficción pura y dura hallamos muchas proyecciones personales. Para saber quién soy, habría que hacer una extraña ecuación entre todos mis libros.
¿No cree que todo se debe al hecho de haber creado un personaje literario llamado Amélie Nothomb?
Me siento obligada a constatar la existencia de ese personaje, pero no es algo que haya construido intencionadamente. Es un daño colateral de mi actividad literaria, que aparece fruto del azar. Contrariamente a lo que se suele creer, en mi literatura existe muy poca premeditación. Escribo tal como me sale y, a menudo, al releerlo cobra sentido. Siempre he pensado que la literatura surge en el instante de transcribirla en el papel. Mi admirado Stendhal, por ejemplo, dictó las seiscientas páginas de La cartuja de Parma en 53 días. Por muy reflexivos y cerebrales que queramos ser, cuando escribimos hay una gran parte que se nos escapa.
Se dice que ha regresado a la autobiografía porque sus dos últimos volúmenes, de carácter ficticio, funcionaron mucho peor.
No ha habido ningún tipo de oportunismo comercial, si es lo que me está preguntando. No creo que se trate de una reacción a lo anterior, aunque optar por este tipo de alternancia sería algo muy natural, igual que después de comer algo salado decidimos tomar algo dulce. Pero no se trata de un cálculo. En el fondo, todo esto es muy sencillo. Escribo cada día del año. Cuando llega diciembre, suelo haber concluido tres o cuatro novelas, de las que elijo la que más me gusta para publicarla. El año pasado, a la hora de elegir, no tuve ninguna duda de que Ni de Eva ni de Adán era el mejor libro que había escrito.
¿La verdad es un concepto importante en sus libros?
Es terriblemente importante, aunque no de manera factual. Para mí, la verdad es una simple impresión. Cuando escribo obras autobiográficas, me interesa ser lo más fiel posible a la sensación que experimenté en el momento de vivir los hechos. La precisión no es algo que me obsesione, porque no considero que mis libros deban ser investigaciones policiales.
A SU MANERA
¿Qué le parece la actual Francia de Sarkozy?
Nunca me expreso en público sobre la vida política, básicamente porque no creo tener nada interesante que decir. De todas formas, hago política a mi manera. Meto a cuatro personajes en un espacio cerrado y espero a ver qué sucede. Mi doctrina política debe de ser el sadismo.
¿Le preocupa haber adquirido el estatus de escritora para el gran público? Parece haber perdido el prestigio intelectual de sus inicios.
Es algo que no me importa demasiado. Me parece tan genial como inesperado disponer de una base de lectores tan amplia. En especial, porque no creo que ninguno de mis libros respondan al perfil clásico de un best seller. Mi caso es bastante único. He demostrado con mi éxito que las teorías del marketing editorial son completamente falsas.
Ya no le preguntan nunca por sus influencias, como si se hubiera convertido en un género por sí sola.
No lo había pensado, pero es cierto. Hace unos meses descubrí por accidente el programa de publicaciones de mi editorial francesa. Al lado de cada título, habían escrito la estrategia promocional a seguir, las influencias del autor y cuanto podía ayudar a venderlo. Al lado de mi libro no había una sola palabra.
En todo caso, Marguerite Duras parece una influencia evidente en este libro. La cita hasta doce veces.
Con los libros de Duras sucede algo extraordinario: sientes las cosas sin que necesariamente las entiendas. Se trata de una escritura de la sensación, algo que también intento provocar.
Hay más puntos en común. “Cuando terminas un libro de Duras, sientes frustración. Es como una investigación al final de la cual has entendido poco”, escribe. ¿Se podría decir lo mismo de sus libros?
Una de cada dos cartas que recibo dice algo así. Los lectores me dicen que les ha gustado mucho mi libro, pero que se han quedado un poco decepcionados porque no han entendido el final. Me parece formidable. Es mejor terminar un libro con hambre que empachado. Mientras haya hambre, sigue habiendo deseo.
Uno de los pasajes finales –donde describe “el abrazo fraternal del samurai”— ha generado diversas interpretaciones. ¿A qué se refería?
¿No me estará pidiendo que haga un comentario de texto? Es que no sabría hacerlo. Y destruiría todo tipo de emoción si tratara de explicar torpemente lo que sentí al oír esas palabras. Sólo puedo decir que lloré mucho. Fue una frase que provocó en mí una emoción tremebunda.
¿Sería capaz de abandonar la escritura?
No. Siempre estaré vinculada a ella de forma totalmente compulsiva. Volví del Japón con 21 años. Hoy tengo 41. En estos últimos veinte años, sólo he pasado un día sin escribir. Fue un domingo por la mañana. Acababa de terminar la promoción de una de mis novelas, así que me encontraba exhausta. Decidí que me merecía pasar un día como una persona normal. Preparé un café, elegí un buen libro y me metí en la cama. Fue un día abominable. Viví una regresión hasta la edad de 13 años. Experimenté todos los sufrimientos que tenía entonces. Sentí que no era nada ni nadie, que ni siquiera existía. Ese día entendí cuál era mi destino. Y supe que nunca volvería a hacer una estupidez semejante.
Texto Álex Vicente


Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros
cada vez me gusta mas esta autora. estupor y templores me gustó pero ni de eva ni de adan me ha encantado. y en 20 días podré comprobar in situ la civilización oriental, que ganas.
[...] (Ver entrevista con la autora en el número 140) [...]