El misterio del príncipe, desvelado
Si hoy es 16 de julio, ayer tuvo lugar el estreno mundial de Harry Potter y el misterio del príncipe, una de las películas más/menos esperadas de la temporada. Menos porque se trata del sexto film de una saga que, en lo cinematográfico al menos, lleva ya ocho años entre nosotros. Y más básicamente por los mismos motivos: son legión los fans de la serie, en cualquiera de sus formas, que aguardan ansiosos y expectantes cada nueva adaptación de una historia que los ha acompañado durante su infancia, adolescencia o, como es el caso de quien esto firma, edad tirando a adulta. Afinidades personales al margen, ¿qué nos ofrece esta entrega? Pues, ante todo, una alarmante falta de ritmo: las seiscientas páginas de la novela de J.K. Rowling han sido comprimidas en 150 minutos demasiado conscientes de su naturaleza de puente. El guionista Steve Kloves ha intentado reproducir la mayor cantidad posible de elementos presentes en el libro, pero a la vez tiene muy claro que su obligación es llegar a la secuencia álgida del torreón (¿alguien ignora aún lo que allí sucede?) y dejarlo todo atado para un episodio final que en su versión de celuloide se dividirá en dos partes. Varias secuencias piden a gritos un mayor desarrollo; otras rozan el bostezo, y provoca escalofríos el carácter funcionarial, falto del menor dramatismo y emoción, con que se aborda el clímax de la historia.
Hasta ahí, las malas noticias, sin duda suficientes para ahuyentar al neófito. Los que quieran seguir, eso sí, hallarán también motivos de celebración. Porque Harry Potter y el misterio del príncipe es una película maravillosamente fotografiada, con un diseño de producción digno de los films de Tim Burton y unas interpretaciones que van desde el más que correcto (los tres actores principales, especialmente lúcidos en los apartados de comedia romántica) hasta el sencillamente memorable (Jim Broadbent es un magnífico Horace Slughorn, pero la aterradora Helena Bonham Carter y el torturado Alan Rickman se comen la función). Finalmente, aunque no llegue a los niveles de inspiración de Alfonso Cuarón (Harry Potter y el prisionero de Azkaban) y, en menor medida, Mike Newell (Harry Potter y el caliz de fuego), David Yates se las apaña para que varios de sus planos se vean francamente bien dirigidos.








Concuerdo contigo, despues de haber leido y visto.
Una lectura pasable y una pelicula mas tirando a los jovenes de 16 a 18.
Algunas secuencias agradables y 1 escena donde los efectos te dejan con la boca abierta.
Espero que la ultima parte, valga la pena.
Esta bién dejemos las afinidades personales de lado, pero aquello de una edad tirando a adulta??? la primera pelicula de Potter me pillo ya con 16 años, pero no lo niego desde entonces quede como tonto por la serie. y, si; creo que llorare…