John Belushi: Cine, drogas y rock & roll
Bob Woodward, uno de los periodistas que destaparon el caso Watergarte, cuenta en “Como una moto” (Papel de liar) la galopante vida y trágica muerte de John Belushi, grande de la comedia catódica y cinematográfica norteamericana que también dejó una huella musical con The Blues Brothers. Texto Javier Querol
Es como besar a Dios. Así describía John Belushi su relación con la droga. Y menudo sabor de boca debió de dejarle al Sumo Hacedor en la mañana del 5 de marzo de 1982, tras morir de la sobredosis de speedball (chute mezcla de heroína y cocaína) más famosa de la historia. Tenía 33 años. Se la había inyectado, pues a Belushi le asustaban las agujas, Cathy Smith, groupie devenida en traficante a la que habían introducido en la heroína los Rolling Stones. La noche anterior, Robert De Niro y Robin Williams se habían pasado por su bungalow número tres del Chateau Marmont en Sunset Boulevard y habían esnifado unas rayas de cocaína. Culminaba así la estampida hacia el abismo del cómico más famoso del país.
Tres meses después, una cuñada de Belushi acudía al periodista más famoso de América. Quería que investigara aspectos sin aclarar en la muerte de John. Bob Woodward, en cuya chimenea colgaba media cabeza de Nixon, nunca había abandonado el ámbito de la política, y nunca ha vuelto a hacerlo. Woodward y Belushi se criaron en Wheaton, Illinois, e incluso se habían graduado en el mismo instituto. Pero no podían tener menos en común.
John Belushi había revolucionado la industria del espectáculo desde el nacimiento del Saturday Night Live, en 1975. Su humor era irreverente, imprevisible y peligroso. Siempre a partir de la improvisación, irradiaba un magnetismo animal, irresistible. En cualquier momento podía pasar cualquier cosa. Pero, para su desgracia, esa energía procedía de su incontrolable naturaleza, una pulsión suicida que alimentó con todo tipo de adicciones, muy especialmente la cocaína.
Pero sería en el cine donde dejaría dos iconos para la historia. Sólo hay que echar un vistazo a las carteleras, treinta años después, para darse cuenta de la importancia de Desmadre a la americana. Belushi parió a Bluto, su salvaje álter ego, “una mezcla entre Harpo Marx y el monstruo de las galletas”, según el director del film, John Landis. ¿Quién no ha conocido a algún Bluto? ¿Quién no ha gritado “¡toga! ¡toga! ¡toga!” en alguna borrachera para olvidar? Con el tiempo, el actor sería devorado por su criatura: “Belushi parecía una parodia semiadulta, horrenda y abotargada de Bluto”. Antes, no obstante, le dio tiempo a encarnar a Jake, el pequeño de los legendarios Blues Brothers con su compadre Dan Aykroyd. Nadie ha vuelto a llevar unas Wayfarer como ellos ni ha habido un coche tan molón como el Bluesmóvil –ya le gustaría al Batmóvil–. Por no hablar de la música.
Más allá del payaso triste
Woodward hace un relato implacable, riguroso y exhaustivo –el número de testigos entrevistados asciende a 217– de su proceso de autodestrucción, centrándose especialmente en las semanas previas a su muerte, en las que un Belushi permanentemente alucinado, paranoico, egocéntrico y repulsivo vaga por las calles cual Geoffrey Firmin cocainómano de 140 kilos. La cocaína era la gasolina de Belushi y en su alocada carrera hacia ninguna parte esnifaba como actuaba. Leyendo a Woodward, el escritorio de Tony Montana nos parece la taquilla de Iniesta: “agarraba aproximadamente un cuarto de onza –de 500 a 600 dólares– y lo disponía en una sola raya, de varios palmos, sobre un espejo. Entonces desafiaba a alguien a que empezara por el otro extremo (…) y se precipitaban hacia el centro. Normalmente ganaba John”. Otra estampa: “John tenía con él la parte inferior de un molinillo y esnifaba cocaína del mismo con una pajita, sin ocuparse de hacer rayas”.
Pero no se queda Woodward en el tópico del payaso triste. Se explaya a gusto contra una industria que no sólo no intentó evitar un descarrilamiento que todos sabían próximo (“Tienes que apartarlo de las drogas. Si no lo haces, sácale tantas películas como puedas porque sólo le quedan dos o tres años de vida”, le dice al productor Robert K. Weiss el doctor Bennett Braun), sino que alimentaba a la gallina de los huevos de oro con cocaína: “era una suerte de juego, como arrojar cacahuetes a las focas del zoo: si le das algo, actuará, hará su papel de chalado abominable; si le das algo más, le tendrás toda la noche en vela”. Y tira con bala: da nombres y apellidos de cuantos lo rodeaban, lo que hacían y lo que se metían.
Veinticinco años ha tardado en llegarnos este clásico del periodismo de investigación; retrato del actor paradigma del exceso, para quien las juergas podían durar dos semanas casi sin dormir; escrito por alguien que, durante su investigación, confiesa haber puesto “el despertador a las tres treinta de la madrugada a fin de visitar un after-hours que no abría hasta las cuatro”. Damos por bueno ese cuarto de siglo. Era una misión de Dios.


Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra