Kiko Amat: Literatura de extrarradio
RedaccionCon “Rompepistas” (Anagrama), su tercera novela, Kiko Amat rinde un conmovedor tributo al barrio que le vio crecer y, sobre todo, a ese año crucial en el que suceden las cosas importantes que nos marcan para siempre.
Texto Philipp Engel Foto: Mario Krmpotic y Denominación de Origen: Sant Boi.
Todo el mundo que conoce a Kiko Amat en Barcelona sabe que es de Sant Boi. Sus lectores, también. Es algo que reaparece constantemente en todo lo que escribe, como una denominación de origen tatuada en la piel, como una maldición de la que no reniega, como un estigma del que se siente orgulloso. Yo mismo debí de sufrir algún estúpido estremecimiento al enterarme de que aquel mod menudo y nervioso provenía de un pueblo de extrarradio famoso por su loquero. Ocurría a principios de los 1990, con decorado de megastore, como en una película de Kevin Smith. Kiko, que tiene prácticamente mi misma edad, llegaba con unos cuantos CDs de Mose Allison “para escuchar” y servidor, ataviado con la clásica sudadera corporativa roja, se los ponía diligentemente para que pudiera comprárselos en vinilo en otra tienda. Así apareció mi nombre en los agradecimientos del fanzine que Kiko manejaba en aquel momento. Se llamaba Hangover (“Resaca”), un nombre muy definitorio para una época de la que confiesa no recordar gran cosa.
Esperando a Kiko
Sentado en un bar de la parte más agreste y escarpada del barrio de Gracia, que Kiko me ha definido como “territorio no ocupado”, pido una cerveza e inevitablemente pienso en el tiempo transcurrido. Aunque a lo largo de los años nos hemos ido tropezando, más o menos a tientas, en bares, conciertos y demás saraos de una escena musical a la que Kiko permanece muy ligado, nunca nos habíamos citado oficialmente. A la postre, me digo que estamos como al principio, pues con Rompepistas Kiko rinde homenaje al mundo que precisamente había dejado atrás cuando nos conocimos. Al poco, me confiesa que “a la hora de ponerme a escribir Rompepistas, tenía en la cabeza otra novela ambientada en 2008 y con personajes de mi misma edad, casi cuarentones”. Miro a mi alrededor. Es una vieja bodega. Suena música de garaje a todo trapo, un tipo se hace un porro solitario en otra mesa, habituales en la barra y un grupo de chicas que charlan animadamente a mis espaldas. Me pregunto si todo esto merece ser contado. Por fortuna, Jorge Herralde, su editor, le recomendó que clausurara primero su “ciclo juvenil, como había hecho Colin McInnes con su llamada ‘Trilogía de Londres’. Por supuesto, le hice caso: Jorge sabe qué resortes pulsar para convencerme de cosas.”
Aficiones dañinas
Rompepistas es una novela poderosa, emocionante, fundamentalmente honesta y rabiosamente pop, que inmortaliza el Sant Boi de los 1980 a partir de las vivencias de un chaval que tiene más de Kiko Amat que el Julián de El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003) o el Pánic Orfila de Cosas que hacen BUM (2007). Si aquéllos eran proyecciones ficcionalizadas, inspiradas en “combinaciones de amigos pasados y presentes”, Rompepistas –así le llaman sus colegas- “es un reflejo bastante fiable del autor. Sólo le puse gafas”. Kiko creció rodeado de skins y de punks (aunque salió mod), en el bando de los que aman la música y detestan el deporte. Entre rebeldes inadaptados para los que el futuro era un NO. “En mi pandilla, nunca oí hablar del futuro. No te lo digo con nihilismo-epatante, simplemente sabíamos que no podía ser bueno de ninguna manera y que lo mejor era actuar como si no existiera. De ahí la identificación a vida-o-muerte con cultos juveniles, el tatuarse cosas extrañas, tirarse de coches en marcha, tragar farmacias enteras, llevar ropa risible y otras aficiones dañinas de aquellos años.”
Regreso a la adolescencia
Kiko salió adelante en un entorno de clase obrera donde los escritores brillaban por su ausencia. Aunque “mostraba una palpable inclinación para la ficción desde muy niño, la falta de ídolos que emular (en literatura) me quitó brutalmente esa idea de la cabeza. Pensaba que la gente que escribía novelas eran seres superiores con conocimientos infinitamente más profundos y misteriosos que los míos”. Descubrir la pureza de un Richard Brautigan, “tan fresco y tan cercano”, le obligó a intentarlo. Hoy es muy consciente, sin falsas modestias, de que su obra, sencilla, clara y directa, también puede inspirar a otros jóvenes que no han pasado por la Universidad. Escribir, el saberse capaz, le ha permitido llegar a Rompepistas, el libro con el que más ha sangrado. “Revisitar mi adolescencia, volver a ver mentalmente a todos mis amigos de entonces y las cosas que nos pasaron, enfrentarme al inevitable hundimiento de nuestras aspiraciones y a la vez celebrar los bemoles que le pusimos… En fin, me dio una pena bastante grande. Al mismo tiempo, pienso que siempre he sido consciente de que esta era la historia que tenía que contar. Incluso podría decir que todo lo que he hecho hasta hoy (las otras dos novelas, los artículos, los sucesivos fanzines…) no ha sido más que el camino para llegar a esto, el aprendizaje para obtener las herramientas con las que poder llegar a hacer este libro.”
1987 fue un gran año
Rompepistas salda las cuentas con un tiempo y un lugar que sólo Kiko Amat podía contar, pero también es una novela de iniciación en estado puro, que trasciende lo local para abrazar la universalidad sin habérselo propuesto. Si la relación de amor-odio que Amat mantiene con sus orígenes puede resultar fascinante, más desarmante resulta la franqueza sin complejos con la que retrata un momento clave en la vida de cualquiera.
Rompepistas nos habla de muchas cosas, pero la narración se centra principalmente en junio de 1987, cuando el protagonista tiene diecisiete benditos años. La edad en la que uno se desprende de traumáticos fardos adolescentes para comprobar que, si el mundo no está a sus pies, ofrece muchas posibilidades: la noche, los amigos, el sexo y tal vez el amor. Rompepistas refleja a la perfección aquella efervescencia que se apoderó de nosotros cuando empezamos a creer que lo esencial estaba a nuestro alcance. Ha llovido mucho desde entonces, los cuarenta amenazan a la vuelta de la esquina, y aquello que llamamos juventud -estirada como un chicle- ya parece casi un delito. Kiko Amat por fin está listo para escribir esa novela de cuarentones.


Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros