Ismail Kadaré: Literatura contra la tiranía
El escritor albanés, eterno candidato al Nobel, ha publicado “Cuestión de locura” (Alianza), sobre la llegada del comunismo a su país. El bilbaíno Festival de las Letras Gutun Zuria fue escenario de esta conversación junto a su traductor al español, Ramón Sánchez Lizarralde. Texto Iñaki Esteban
Ismaíl Kadaré evita hablar de sus novelas porque, según confiesa, no termina de controlar ni el argumento ni los personajes, que se le imponen mientras él les busca en sus páginas el mejor acomodo posible. Serio, aunque de vez en cuando esboce una sonrisa, Kadaré se embala al hablar sobre el totalitarismo y sobre su vida bajo el régimen comunista de Albania. Aunque viva entre París y Tirana, capital de un país albanés ahora democrático, el autor evoca una y otra vez los disparates totalitarios, que los dictadores trataban de vender como si se tratara de la más discreta normalidad.
LETRAS, VIDA Y REPRESIÓN
En sus novelas se respira el aire asfixiante de los regímenes totalitarios, que envenena las relaciones entre hermanos, entre otros familiares o entre vecinos, como sucede en Cuestión de locura.
El estalinismo que yo viví en Albania trataba de aniquilar la vida de todos los días, la vida normal. Ese era su enemigo número uno.
¿La libertad?
La libertad es una palabra muy suntuosa, muy grande. Prefiero ser más modesto y de algún modo hacerla más pequeña. Prefiero hablar de la vida cotidiana, del comportamiento normal, del lenguaje normal, de tomarte un café con la persona con la que tú elijas sin que nadie te vigile. El sueño totalitario consiste en eliminar las relaciones entre la gente, entre los amigos, porque todo eso lo viven los dictadores y quienes les apoyan como una herida, como un riesgo a su deseo de dominio total.
¿Reprimen la vida normal?
Reprimen todo aquello que creen heterodoxo, en el pensamiento, en la poesía, en la música, en la vida. Los dictadores se empeñan en el malestar. Les gusta el aburrimiento.
¿Por qué se quedó en Albania hasta 1990, un año después de la caída del Muro de Berlín?
No había otra elección. Si alguien se exiliaba en la dictadura de Hoxha, su familia se convertía en la diana del régimen. Su mujer, sus hijos, sus padres, todas las personas importantes en su vida quedaban amenazadas. Albania es un país pequeño, fácil de controlar para unas fuerzas armadas y una policía que estaba detrás de todo. Por eso apenas hudo exiliados.
¿Cómo era su país entonces?
Después de la muerte de Hoxha y de la caída del Muro, el régimen estaba muy debilitado. Yo sabía que no iba a durar mucho tiempo y en cuanto pude empecé a apoyar al movimiento democrático. Ahora somos un país normal, con sus problemas, como todo el mundo, y eso lo hemos conseguido en unos años, a veces conflictivos, como en 1997, cuando hubo una crisis financiera en la que muchos albaneses perdieron sus ahorros y que casi derivó en una guerra civil.
¿Cómo fue su vida de escritor bajo la dictadura comunista?
Por el hecho de dedicarte a la literatura, ya eras culpable. Y si tus libros tenían alguna repercusión, eso te convertía en más culpable todavía. Pero no sólo trataban de reprimirte los oficiales del partido comunista. Había un control público en el que participaba la censura, todos los organismos del régimen y gran parte del pueblo.
¿Gran parte del pueblo?
Sí, militantes fanáticos, como hay en todas las dictaduras, que enviaban miles de cartas al Comité Central condenando determinadas novelas. Eran los auténticos vigilantes del régimen, los que se empeñaban en que todo siguiera igual. La satisfacción más grande para un escritor consistía en superar todos esos obstáculos. No éramos un puñado de personas que hacían de la lamentación su modo de vida. Había momentos de alegría como éste, aunque el Estado reaccionaba recrudeciendo el terror para destruir nuestro buen humor. Siempre digo que la literatura no es víctima de nada.
¿En qué sentido?
La gran literatura es más fuerte que las tiranías. Los escritores que practican este oficio por casualidad no pueden entenderlo. Un autor de verdad tiene una visión del mundo propia y no hay cosa que pueda molestar más al totalitario que tener una visión del mundo que sea la suya. El ejercicio de la escritura implica el individualismo y, aunque sientas cada día la amenaza, la presión, sabes que estás por encima de todo ello, estás convencido de que esa circunstancia opresiva es algo que está en tus alrededores, no dentro de ti. Perteneces a otro reino, mucho más noble que el suyo. Te podrán atacar a ti, pero no a tus novelas.
Pero no es fácil soportar la presión.
Un escritor amigo mío vino un día a mi casa y me dijo: “Escucha, Ismaíl, me ha dicho mi padre que estás en peligro. Te acusan de ser un agente de Occidente”. Su padre era entonces el primer ministro. Me conocía. Sabía que yo no era un agente de Occidente, lo que quiera que eso signifique. Hay que mantener la tranquilidad en esos momentos, porque si no la mantienes te vuelves loco y hoy no estaría aquí. Creer en la literatura te ayuda mucho en esas situaciones
NO HAY AUTOR OFICIAL BUENO
¿Puede la literatura hacer algo contra las tiranías?
Absolutamente nada, como las tiranías tampoco pueden hacer nada contra la literatura. Un tirano puede fusilar al escritor, pero eso no cambia sus libros. El comunismo comprendió que la lucha contra la literatura era una cosa muy seria. No bastaba con amenazar a los autores, con intentar callarlos, porque esas medidas no destruyen la literatura. Así que crearon una raza de escritores conformistas, dogmáticos, sin una visión del mundo propia, autores de libros deleznables.
Se refiere a los llamados escritores oficiales.
Cuando vivía en Moscú había miles y miles de escritores, pero muy pocos que verdaderamente pudieran llevar ese título con orgullo. La minoría de autores auténticos disminuía cada día y los totalitarios pensaban que triunfarían cuando hubieran desaparecido todos. Los soviéticos decían: “Nosotros permitimos la libertad de los autores”. En realidad, estaban beneficiando a aquellos que escribían sin pulso, a los que tenían como objetivo matar a la literatura.
¿No ha habido un escritor oficial ni siquiera medianamente bueno?
No, que yo sepa. Decían que Maksim Gorki era el máximo exponente o el creador del realismo socialista por su novela La madre. La gente cree que Gorki escribió esa obra porque estaba presionado o porque quería agradar a las autoridades. En realidad, ni una cosa ni la otra. Publicó la novela en 1905, muchos años antes de la Revolución Rusa. Y la escribió en total libertad. Pero la enfermedad estaba en su cabeza, nadie le había inducido a sostener su increíble dogmatismo. Para mí, no tiene ningún interés. Los escritores no pueden justificar sus carencias por el régimen político en que viven. Se pueden escribir veinte o doscientas páginas magníficas bajo la amenaza más terrible. En el periodo más negro del estalinismo soviético es cuando mejores escritores hubo: Bulgákov, Pasternak, Ana Ajmátova… Y en la mayoría de los países comunistas ha pasado lo mismo.
Estudió en Moscú en los años 1950. ¿Qué recuerdo guarda?
Fue muy interesante, una época muy bonita, cuando Jruschov condenó los crímenes de Stalin. Para estar en un régimen comunista, se respiraban ciertos aires liberales, al menos eso es lo que podía percibir un estudiante que venía de Albania, de un pequeño país estalinista. Para mí fue como una especie de paraíso, un descubrimiento de que podía existir una vida privada rica hasta cierto punto.
¿Qué piensa de los escritores comprometidos?
El compromiso de la literatura es siempre indirecto. No consiste en ponerse a favor o en contra de una causa, porque eso degenera en mala literatura. Por supuesto que uno puede transmitir o expresar una ética en sus libros. Pero el escritor no es un sacerdote. Sus obras no deberían ser el reflejo de una doctrina.
Pero en sus novelas hay algunos personajes tiránicos que no figuran como héroes, precisamente.
En Homero también había personajes de esa clase. Es una tradición muy antigua, una ley universal que pasa por Shakespeare y Dante. Reyes y gobernantes ocupan la mitad de los personajes de la literatura y yo he incluido en mis libros a faraones de Egipto y a Mao Tsé Tung, entre otros. ¿Qué es lo que une a los tiranos y a los escritores? Pues el deseo de perdurar. El tirano intuye que su vida será corta y trata por todos los medios de alargarla. El escritor cree que será larga pero la quiere hacer más larga aún.
En la primera parte de Cuestión de locura, cuenta la llegada del comunismo a Albania a través de los ojos de un niño. ¿Por qué?
Es una manera de contarlo. Hay muchas formas de contar lo que ha sucedido en Albania. Se puede hacer a través de la tragedia, de la comedia, de la tragicomedia, de la literatura grotesca… No hay límites.
¿Percibe usted elementos grotescos en el totalitarismo?
No puedo imaginarme un régimen totalitario sin su lado grotesco. Por desgracia no es fácil captar este elemento en la literatura, porque se puede caer muy fácil en una comedia ligera, en una caricatura, cuando para mí ese aspecto grotesco es algo muy serio, magnífico y profundo. En lo grotesco, la comedia alcanza su máximo nivel y engarza con la tragedia.
LAS LEYES DE LA LITERATURA
En su literatura, usted utiliza los elementos mágicos y mitológicos para denunciar el totalitarismo. ¿No le parece que la magia está reñida con las dictaduras?
El escritor no elige qué quiere hacer y cómo quiere hacerlo. Los medios literarios que utiliza están más allá de su voluntad. No se fíe del que le dice que él ha decidido la forma de hacer una novela, porque esa elección está por encima de sus posibilidades. Además, yo utilizo la máquina literaria mundial, que admite muy pocas variaciones y, si puedes hacerla funcionar, pues estupendo, y si no, lo mejor es retirarse porque tu literatura no valdrá la pena. ¿Cómo se consigue que funcione? Con muchas lecturas. Claro que una buena educación no debería servir sólo para la literatura.
¿Qué motor lleva esa máquina?
Suele decirse que mi fórmula consiste en una mezcla de mitología, tradición y modernidad. Puede haber algo de cierto en ello, pero yo no soy el único que la ha puesto en práctica. Son las leyes de la literatura, muy complicadas y eternas, aunque en cada época da la impresión de que se renuevan.
Muchos de los temas de sus novelas proceden de situaciones que ha vivido. Pero, ¿incluye también experiencias autobiográficas?
Apenas doy importancia a las autobiografías. No obstante, la vida del escritor, lo quiera o no, está en su obra y sus episodios aparecen donde él menos se lo espera. Hace cuarenta años estaba escribiendo Los tambores de la lluvia y tuve unos dolores muy fuertes en el oído derecho. La mecanógrafa me hizo notar que, sin darme cuenta, se los había pasado a un mando turco que aparece en la obra. Hay centenares de ejemplos como éste.
¿Y la memoria?
Las primeras obras de la historia, en concreto las representaciones teatrales, surgieron para mantener vivos unos hechos y unos temas en la memoria de la gente. La literatura nació como una máquina contra la muerte, contra el olvido.
¿Qué significó para usted el exilio?
Yo quisiera quitarle dramatismo a mi marcha de Albania porque, efectivamente, fue en 1990, las cosas habían cambiado y no sentía que estuviera en peligro. El gobierno estaba aterrorizado con lo que estaba pasando en los países del Este y prometía a la gente el cambio que ella misma pedía, cuando en realidad negociaba con los estalinistas que preparaban un golpe de Estado contra Gorbachov. Me marché para denunciar la situación y para dar más coraje a las fuerzas democráticas. Siempre supe que volvería pronto. Mi exilio golpeó al régimen y yo conseguí lo que quería.
¿No fue París una fiesta, en comparación con la vida albanesa?
Tampoco fue una fiesta. Duró muy poco, algo más de un año, y desde entonces consideré que ya había vuelto a Albania. Si aún vivo una parte del año en París es por razones profesionales.
¿Espera ganar el Nobel?
No quisiera pensar tanto en el premio, pero me lo recuerdan los demás a todas horas. Hay gente que, de tanto repetir mi nombre en relación al Nobel, incluso piensa que ya lo he ganado.










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