Jorge de Cominges: Exquisita sencillez
Redaccion
Abogado que no ejerció, cinéfilo, periodista de largo recorrido, observador literario y desclasado de Barcelona… Todo ello con elegante normalidad, por más que su última obra se titule “El desconcierto” (Seix Barral).
Texto: Margarita Rivière
Agradecimientos por la foto a Humberto Rivas
La primera imagen
Jorge de Cominges Trías me impresionó. Los dos teníamos siete años. Yo asistía a los premios de final de curso del colegio de los jesuitas de Sarriá, -“Promulgación de Dignidades”, se llamaba el solemne acto-, donde iba mi hermano pequeño, y desde entonces, durante muchos años, Jorge de Cominges Trías iba a tener siempre, sin un fallo, las mejores notas de su clase. Por ello le cubrían con unas enormes medallas colgadas de vistosas cintas y hasta con coronas de laurel. Sin embargo, su cara era la de una buena persona, como si aquello le agobiara. Vestía con pantalón de franela gris a la rodilla, americana gris, camisa blanca y corbata: todo eso desaparecía bajo el medallamen. Ésa es la primera imagen.
Aún le veo así en una vieja foto. Él recuerda que en una de estas solemnes sesiones declamó Los motivos del lobo de Rubén Darío y otras cosas por el estilo: eran unas ceremonias fastuosas, solemnes; en mi colegio no pasaban estas cosas. Debimos, por entonces, coincidir también en algunas sesiones de cine dominical –casi siempre en blanco y negro- en el mismo colegio, pero nunca lo supimos. La sala de actos era enorme y estaba siempre llena.
El chico de la camiseta verde
Él dice que nos conocimos en una “puesta de largo” –costumbre tan simpática como sociológicamente interesante- de la que, también, hay una foto. No sé. Debíamos tener unos veintidós años: le recuerdo como un chico que quería dedicarse al cine al que regalé una camiseta –creo que verde- de Boccaccio, el lugar donde se cocía una gauche divine algo mayor que nosotros, un referente. Estas camisetas eran objeto cotizado y yo no me desprendía de las dos que tenía así como así. Aquel verano hacía mucho calor. Yo preparaba frenéticamente algo tan inverosímil como unas clases de historia del vestido y le veo todavía llegar a mi casa a recoger la camiseta, que era de estupenda calidad.
Aparece con esa camiseta en unas fotos de Colita durante el rodaje de Tren de Matinada (1969), película de Antoni Ribas con Joan Manel Serrat de protagonista. Del delirante rodaje, como de otras cosas de esa época, Jorge ha escrito con la punzante sobriedad que le caracteriza en Memorias de un extraño (2004). Nos veíamos intermitentemente. Yo estudiaba periodismo y él me facilitó una entrevista con su amigo Pere Gimferrer, parte de la cual se publicó en la revista Triunfo (la otra parte permanece inédita). Gimferrer, que acababa de ganar el premio Nacional de Poesía, está hoy casado con Cuca, la hermana de Jorge. La vida.
El abogado que amaba el cine
Nunca entró en sus planes ser abogado y, con la licenciatura en el bolsillo, no se le ocurrió ejercer como tal: quería hacer cine; mejor dicho, le gustaba el cine. Juntos recorrimos todas las sesiones de películas prohibidas en el sur de Francia y visitábamos la filmoteca. Me hizo amar el cine. Creo que el cine es la única constante de su vida, ah, y las agendas: lleva meticulosamente anotadas no sólo todas las películas que ha visto desde los 12 años de edad –con su correspondiente valoración-, sino también indicación sucinta –él es básicamente sintético- de lo que hace cada día.
En esa época todo era posible. No era una percepción falsa, fue una realidad. El abogado, pues, se dedicó al cine –trabajó en películas asombrosas que explica en Mis años de cine (1976-1979). Entre el destape y la ‘qualité’-, y el cineasta reivindicativo se convirtió en periodista. Primero como crítico –en El Noticiero Universal, El Periódico de Cataluña y Fotogramas-; luego como redactor jefe y subdirector de Fotogramas. Nunca había pensado en ser periodista y acabó –desde 1996 hasta diciembre de 2008- dirigiendo y consolidando Qué Leer como la primera revista de libros de este país. Es ésta una experiencia que merece ser contada para que entendamos mejor la época que nos ha tocado vivir.
Observador y “outsider”
Tampoco pensaba en ser escritor y ahí están sus novelas Un clavel entre los dientes (1989), Tul ilusión (1993), Las adelfas (1997) y ahora El desconcierto: saga de una Barcelona oculta, misteriosa, que sólo es capaz de mostrarse a través de la escritura de un perpetuo outsider, un desclasado –así se define en sus memorias-, y un observador meticuloso de detalles inverosímiles. El desconcierto, concretamente, cuenta la historia de Ana, una joven de la alta burguesía de la Ciudad Condal que, a finales de los años 1970, desafía sus orígenes para dedicarse a la producción cinematográfica y teatral mientras se sumerge en un torbellino de relaciones sexuales. Como resultado, una perplejidad muy parecida a la de tantos españoles en aquella época de nuevas libertades y viejos vicios.
Una rara avis
Durante ¡cuarenta años ya! he seguido esta trayectoria y he compartido su desclasamiento, su asombro y su extrañeza: nos hemos divertido bastante como observadores, en estado de “perenne provisionalidad”, del cambiante entorno.
Fan de Marcel Proust, su literatura formalmente es todo lo contrario. “Odio las florituras literarias y las pretensiones de estilo…”, escribe en las memorias. Juan Antonio Masoliver (en La Vanguardia, 29 de diciembre de 2004) la definió como “Exquisita sencillez”. Lo cual implica, según Masoliver, que “no hay espacio para tergiversaciones y sí para homenajes, retratos y situaciones divertidísimas”. Jorge es un buen dibujante; como es lógico, casi nadie lo sabe. Así es él: una mirada limpia e inteligente no suele exhibirse. Una rara avis. Un tesoro. Su perro se llama Max.

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