De Joyce a Bolaño y leo porque me toca
La vida es aquello que pasa de largo mientras estás intentando cerrar una revista. Ayer, 16 de junio, era el Bloomsday, jornada en la que los fans de James Joyce en particular y Dublín en general celebran el Ulises, libro cuya fama es inversamente proporcional a la cantidad de gente que lo ha leído (y digo esto sin ánimo crítico: servidor se quedó en las primeras cincuenta páginas, y eso que venía llevado por la inercia del Retrato del artista adolescente y los maravillosos relatos de Dublineses). Eso, que ayer era 16 de junio y nosotros se lo contamos un día tarde porque nuestro 16 de junio estuvo dedicado en exclusiva a cerrar el número de verano: correcciones finales, últimas búsquedas de imágenes, el típico precio o pie de foto que dejaste sin rellenar hace tres semanas y que has estado a punto de mandar así, en una sucesión de xxxxxx, a imprenta…
Pero sorpresas te da la literatura, la literatura te da sorpresas… Porque no ha sido hasta esta mañana, al llegar al trabajo y leer los titulares culturales del día, que he reparado en que ayer era el Bloomsday. Y que, precisamente en la noche del Bloomsday (¿o deberíamos decir Bloomsnight?), de forma por completo azarosa, porque me apetecía leer algo breve y negro, devoré las primeras 120 páginas de los Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, novela escrita a cuatro manos por A.G. Porta y Roberto Bolaño a principios de los años 1980 que Acantilado recuperaba hace algunos meses. Más allá de la curiosidad de su historia de violencia urbana y delirio metaliterario marca de la casa (Bolaño fue Bolaño desde el principio), vuelve a quedar claro que la casualidad es un elemento literario de primer orden. Y que los caminos de Joyce son en verdad infinitos.
(Respecto al número que finiquitábamos ayer, decirles que dedicamos nuestra portada a Ildefonso Falcones; que entrevistamos a Andrés Trapiello y Mercedes Salisachs; que efectuamos un repaso a la historia de la literatura infantil y juvenil; que también tenemos nuestra cuota de autores nórdicos y negros gracias a una doble pieza dedicada a Asa Larsson y Camilla Läckberg; que el irreductible Antonio Baños almorzó con Alejandro Jodorowsky para descubrir en carne propia qué es eso de la psicomagia… y un largo etcétera de contenidos que, esperamos, llenarán su verano de letras.)








