Ford Madox Ford: Un moderno de raíces victorianas
Redaccion
Con sus originales novelas, Ford Madox Ford nos dice que la ambigüedad y la oscuridad impregnan la conducta humana. La edición ahora de su gran tetralogía, “El final del desfile” (Lumen), invita a redescubrir su azacaneada y vanguardista existencia. Texto: Carles Barba
Una semblanza sintetizada de Ford Madox Ford debería tener en cuenta, de entrada, tres circunstancias. Fue un escritor muy prolífico (ochenta libros entre memorias, poesía, sociología, biografías, crítica y narrativa). Produjo una de las mejores novelas inglesas del siglo XX, El buen soldado, traducida entre nosotros por Sergio Pitol (y, posteriormente, por José Luis López Muñoz). Y encontró todavía tiempo para dirigir dos de las mejores (y más influyentes) revistas literarias de la época: la English Review y, después de la Gran Guerra, The Transatlantic Review. Su nombre, además, figura gloriosamente en la nómina de los modernists, es decir, entre los autores (Joseph Conrad, James Joyce, Virginia Woolf y D.H. Lawrence entre otros) que, reaccionando contra la novela clásica realista del XIX, apostaron por una ficción artísticamente innovadora, centrada –David Lodge dixit- más en los flujos de conciencia de los personajes que en sus acciones objetivamente descritas. Madox Ford se habría sumado así al grito que lanzó a sus contemporáneos Ezra Pound, “Make it New!” (“¡Haced que sea nuevo!”), animándolos a liberarse de las escleróticas estructuras del pasado y a practicar un arte de vanguardia, que fuera por delante de su propio tiempo.
Sangre literaria y artística
Ford Hermann Hueffer vino al mundo en Merton, condado de Surrey, en 1873. Nació dentro de una familia muy culta, y desde el principio formó parte de la vida literaria inglesa más selecta. Su padre, de origen alemán (procedía de una familia de banqueros de Münster), ejercía la crítica musical en The Times y era un reputado wagneriano. Su madre era la hija del artista prerrafaelita Ford Madox Brown, que hasta su muerte pintó y se relacionó con todos los santones del mundillo artístico victoriano, desde los Rossetti (emparentados con Brown por matrimonio) hasta Alfred Tennyson, Thomas Carlyle o William Morris. El abuelo Brown de hecho retrató varias veces a su propio nieto disfrazado de hijo de Guillermo Tell, y Ford contaría más tarde cuánto sufría con estos atuendos medievales, ya que una vez en la calle, con pelo largo y medias de terciopelo, era el hazmerreír de los mozalbetes.
En este ambiente de alta cultura y refinamiento, con sólo 17 años, el joven Fordie publicó un relato de hadas, The Brown Owl, que ilustró su insigne abuelo. Las obrita tuvo éxito, el chico cobró diez libras por sus derechos, y más adelante resultaría que su ópera prima “vendería más copias que cualquier otro libro mío… y se sigue vendiendo hoy”. Animado, el incipiente autor escribirá entre los 18 y los 23 años seis títulos más, entre los cuales varios poemarios y una biografía del abuelo, fallecido unos meses antes. En este lote iría incluida también su primera novela propiamente dicha, The Shifting of the Fire (1892), que llamó la atención de Joseph Conrad, entonces en plena tarea de abrirse también camino como escritor. Hay que decir que, a los 21 años, Ford había viajado ya al continente numerosas veces (debido a sus conexiones familiares), dominaba el francés y el alemán, chapurreaba el italiano y el flamenco, y tenía buenos conocimientos de latín y griego. Se había educado en la Praetorius School en Folkstone, y posteriormente en la University College School de Londres, y gracias a su memoria excepcional, estaba capacitado para recitar largos fragmentos de obras clásicas.
Tan dotado joven, sin embargo, no hacía la menor gracia a los Martindale, una pudiente familia inglesa a cuya hija Elsie él cortejaba. Al parecer, los precarios medios económicos del novio y su ideología socializante obstaculizaban el compromiso. Fordie, al verse así rechazado, mascó pensamientos de suicidio, que virtió en su primer libro de poemas, The Question of the Well, publicado bajo el seudónimo de Fenil Haig. Elsie acabó fugándose de casa, y la pareja se casó en secreto el 17 de mayo de 1894. Para entonces, Ford había perdido a su padre y había heredado de él 3.000 libras que le permitieron retirarse al campo (a Sussex) con su joven esposa. El matrimonio nunca fue feliz y, tras procrear dos hijas, Ford acabó liándose con la hermana mayor de su esposa, Mary, lo que derivó en un sonado escándalo.
Ford y Joseph
Pero rebovinemos momentáneamente la cinta y situémonos alrededor de 1898. Gracias a la intermediación del escritor Edward Garnett, Ford (24 años) y Conrad (40) se conocen personalmente y sienten un mutuo flechazo intelectual. Los dos se invitan a sus casas (con la aquiescencia de sus esposas) y discuten hasta altas horas de la noche cómo hay que escribir y con qué talante. Para ambos, los maestros indiscutidos de la novelas hay que buscarlos en Francia (Stendhal, Flaubert, Maupassant). Admiran también a Turgueniev y a James. Creen que la novela moderna ha de concretarse a base de impresiones (y no a partir de una progresión ordenada), puesto que la vida no es otra cosa que una masa caótica de experiencias. De acuerdo con esta poética, escribirán al alimón dos novelas, La aventura (de ambiente hispanoamericano) y Los herederos, ésta última un roman à clef político. Las dos ficciones se leen hoy con gusto, y ayudaron sobre todo a Ford a desarrollar su técnica narrativa y encontrar su propia voz.
Su salud, en todo caso, no iba a la par que su desarrollo mental. En 1904, F.M.F. sufrió una crisis nerviosa y su familia lo mandó al continente con sus parientes alemanes. Allí recaló en varios balnearios, hasta que aparentemente se restableció. En 1905 ya estaba de vuelta en Gran Bretaña, y en Winchelsea (Sussex) estrecharía una amistad muy importante, la de un inválido, Arthur Marwood, que poseía medios económicos propios y una mente de primera categoría.
Por lo demás, la colaboración con Conrad le dio coraje para afrontar ficciones propias, y es así como se embarcó en una trilogía de novelas históricas, La Quinta Reina, inspirada en Katherine Howard, una de las esposas de Enrique VIII. La trilogía se centra en las luchas entre ésta y Cromwell para hacerse con la voluntad del rey. Las tres narraciones sintonizan con la creencia flaubertiana de que la evocación histórica se consigue mejor a partir de la recreación atmosférica (y no tanto con una rica erudición), y por este medio la trilogía logra acercarnos fielmente a la convulsa época de los Tudor.
Acabado este ambicioso ciclo, F.M.F. cambia de tercio y lanza en 1908 la English Review, una revista literaria de gran calado en la que aglutina a nombres consagrados como Henry James, W.B. Yeats, H.G. Wells, Thomas Hardy y Anatole France, pero también edita a autores entonces desconocidos, como D.H. Lawrence, Wyndham Lewis, Ezra Pound y H.M. Tomlinson. La publicación dura hasta 1910 y contribuye decisivamente a irradiar nuevos talentos y nuevos aires. El cierre viene impuesto por las deudas que arrastra la gerencia. En ese mismo de 1910, Ford, que lleva dos años separado de Elsie, se ve compelido por los tribunales a pasar una manutención a sus dos hijas. Al negarse, es enviado a la prisión de Brixton, donde permanece recluido ocho días.
“Ésta es la historia más triste…”
Con Violet Hunt (una estimable autora de ciencia ficción, sexualmente liberada y mujer afín a las celebridades: mantuvo affaires con H.G. Wells y con Somerset Maugham), Madox Ford tuvo una liaison de diez turbulentos años. Violet, once años mayor, convivió con él hasta 1918, y posteriormente Ford la utilizaría como modelo del personaje de Sylvia Tietjens, en su tetralogía El final del desfile. Graham Greene diría de Sylvia Tietjens que representaba “el carácter más intensamente diabólico” de toda la novelística del siglo XX. Hunt acompañó a Ford por Europa cuando éste sufrió un segundo colapso nervioso, y a la expedición se añadió la madre de él. Los tres visitaron Marburgo y Nauheim, y en esta última localidad vieron en persona al zar y a la zarina. El colapso había tenido su origen en la obcecación de Violet de presentarse en sociedad como madame Hueffer, esposa del escritor, lo que desencadenó una airada querella de la ex cónyuge Elsie Martindale contra ella, y en definitiva dejó a Ford en una situación pública embarazosa. No otra será la razón de que en 1919 se cambiase el apellido Hueffer por el de Madox Ford que desde entonces se le conoce.
Clausurada la English Review, Madox Ford abordó otra novela, The Call (1910), y se sumó indirectamente al movimiento poético de los imaginistas, un grupo anglosajón antivictoriano y antirromántico que, liderado por Ezra Pound, abogaba por una poesía libre y moderna, ceñida a los objetos y concisa de expresión. En 1914, Pound editó The Imagistes, una antología del movimiento que incluía versos de William Carlos Williams, James Joyce, Richard Aldington, el propio Pound y Ford Madox Ford. Éste a su vez quiso aportar cuerpo doctrinal al grupo, y formuló que el poeta debe escribir en la lengua de su tiempo, evitando los clichés y las afectaciones de la lengua escrita. En 1930, Ford editará su propia Imagist Anthology, y reivindicará para sí el patrocinio sobre estos poetas.
En 1913, el 17 de diciembre exactamente, día de su cuarenta aniversario, nuestro hombre empezó la novela que labraría su fama, El buen soldado. Inicialmente la tituló The Saddest Story, y arrancó con un íncipit que se ha hecho célebre: “Ésta es la historia más triste que jamás he oido”. A través de un narrador sutil y tendencioso, se va desovillando una trama de adulterio, celos y locura entre dos parejas, lo que de paso escenifica la desaparición de la Inglaterra aristocrática.
En 1915, con El buen soldado ya en la calle, Ford, en un arranque de patriotismo, se alistó como soldado en la Primera Guerra Mundial. Tomó parte en la batalla del Somme, en las filas del regimiento galés, y allí cayó gravemente herido, con conmoción cerebral y daños por gases. Declarado inválido, se reintegró a Gran Bretaña, otra vez en Sussex. Allí se aparejó con una joven pintora australiana, Stella Bowen, que le había presentado Violet Hunt. Tuvo una hija con ella. En ese período, Ford se sentía aún traumatizado por la experiencia de la guerra, y Bowen explica en su libro de recuerdos de su pareja que era “una persona solitaria y cansada, que sólo quería plantar patatas y criar cerdos, y no volver a escribir otro libro nunca más”. Alrededor de 1922, sin embargo, ambos se hartaron de la lluviosa campiña inglesa y, en una decisión súbita, se mudaron a Francia.
La fiesta parisina
En Paris, Ford volvió a sentirse empresario, y lanzó otra revista literaria, la Transatlantic Review. Nombró director adjunto a Ernest Hemingway e invitó a colaborar a Joyce, Pound, Gertrude Stein, e.e. cummings y Jean Rhys, todos ellos expatriados en la capital del Sena. Con Rhys tuvo un fogoso romance, y ella posteriormente lo novelizó en un relato que le dio fama, Quartet. La Transatlantic Review acabó haciendo aguas, pero mientras duró congregó en sus páginas a firmas como Djuna Barnes, Glenway Wescott, John Dos Passos o Robert McAlmond, y a artistas como Gris, Braque, Picasso, Brancusi o Satie. De esa década dorada, cuando “Paris era una fiesta” (por usar la expresión hemingwayana), Ford extrajo también un libro de recuerdos, It was the Nightingale (1933). En paralelo a su labor de editor y descubridor de genios, Ford escribió entre 1924 y 1928 una monumental epopeya narrativa, la tetralogía El final del desfile (ver recuadro). A través del personaje de Christopher Tietjens, un individualista que se siente naufragar en un mundo en crisis, el retablo explora el declive de la cultura eduardiana y la emergencia de nuevos valores.
En sus últimos años, Ford vivió frugalmente en el sur de Francia con una artista americana, Janice Biala, treinta años más joven. Esta pintora de origen polaco le aportó estabilidad, y resultó la relación más feliz de cuantas emprendió con mujeres. La pareja se acomodó en una granja cerca de Toulon (Provenza) y, en medio de ese paisaje y esa luz mediterráneas, el ahora sexagenario escritor se aficionó a un estilo de vida autosuficiente y austero, en contacto con el ciclo de las estaciones y los cultivos. En consonancia con ese régimen, Ford escribirá dos libros, Provence y Great Trade Route, en los que expresa puntos de vista pacifistas y ecologistas, adelantándose así a las corrientes dominantes de nuestro tiempo. En la tranquilidad del campo provenzal, pergeña también una nueva novela, El impulso (editada entre nosotros por Alba), cuyo protagonista, Henry Martin, logra convertirse en otra persona tras una estratagema de suicidio y sustitución. Anthony Burgess consideraba este libro un prodigio de agudeza psicológica y crítica moral.
En la década de los 1930, F. M. F. prefirió no pisar más Inglaterra y vivió con Janice a caballo entre Francia y Estados Unidos. Allí, el establishment literario le consideraba un clásico vivo, con una reputación comparable a la que disfrutaban un Theodore Dreiser o un Sherwood Anderson. Ford se dejó querer, y en Nueva York concretamente, a donde viajaba a menudo, ejerció nuevamente de gurú de toda una generación de autores emergentes. Organizó por ejemplo una serie de banquetes en honor del poeta William Carlos Williams, que él consideraba infravalorado, y reunió alrededor de un mismo mantel a Henry Miller, Marianne Moore, Christopher Isherwood y Alfred Stieglitz. Estas comilonas se prolongaban a menudo en el Village, con parties que terminaban de madrugada.
Adalid de las nuevas formas
En 1936, el autor de El buen soldado consiguió un profesorado en el Olivet College de Michigan, y ello le permitió un cierto buen pasar económico (aunque nunca pudo dejar la escritura como fuente de ingresos) . Gracias a esa posición académica más o menos honoraria, pudo planear su última y exuberante obra, The March of Literature, un balance muy sui géneris sobre las letras universales desde Confucio a Conrad. Mientras redactaba este colosal ensayo, siguió brindando ayuda a escritores que empezaban, y echó una mano entre otros a Eudora Welty, Robert Penn Warren y Robert Powell (a este último llegó a contratarlo como secretario).
La muerte alcanzó a Ford a los 66 años en Deauville, de camino a su querida Provenza. Afortunadamente dejó terminada The March of Literature, donde formuló un principio crítico que desafía todas las escuelas, y que vale la pena citar entero: “Para enjuiciar la literatura contemporánea, el único baremo es el propio gusto. Si a usted le gusta mucho un nuevo libro, debe considerarlo literatura, aunque no encuentre otra alma que le dé la razón. Y si le disgusta un libro, ha de mantenerse firme en que no es literatura, aunque un millón de voces le griten que está equivocado. La decisión última la dictará el Tiempo”. El Tiempo ha fallado a favor de la obra fordiana, y la reciente edición española de su novela más vasta, El final del desfile, permitirá corroborar la autenticidad de este veredicto. Léanla ustedes y juzguen. Palpita ahí un escritor que, a pesar de sus profundas raíces victorianas, se mostró siempre un adalid de las nuevas formas y de la experimentación literaria.

Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros